Mensajepor Sherezade » Dom Jun 24, 2012 10:13 am
15-Al alba
Bajo los primeros rayos del sol, al despuntar el nuevo día, la silueta alta y serena de Gonzalo de Montalvo, maestro, héroe y padre, aparece recortada en la salvaje y verde planicie que se extiende en los popularmente conocidos como ‘Terrenos de las monjas’. Antaño, campos de labriego y bosques llenos de vida animal, propiedad de quienes, tiempo atrás, tuvieron nombres y tierras, y al fallecer, donaron dichas tierras al ahora, lúgubre convento.
Entre esos verdosos y descuidados campos, lindes y muros se confunden y se ocultan entre la agreste vegetación, que paree haber tomado esas tierras, en nombre de la madre naturaleza. Un dominio de verdes, ocres y sutiles pinceladas de colores vivos, que ocultan historias y secretos de tiempos remotos y cercanos.
Es a uno de esos secretos que el joven Montalvo ha sido enviado. Una hendidura en la roca, antaño oculta tras una cancela. Hoy, apenas un hueco que se adentra en las entrañas de la tierra, y cuyo destino, las historias otorgan al infierno, o al convento. Si es que hubiera alguna diferencia entre ambos.
Gonzalo se aproxima al borde de la abertura y la mira receloso. Minutos antes, bajo las primeras luces del amanecer, Agustín no sólo le ha recordado que ha cometido un error, si no que, una vez más, todo está relacionado con la Logia.
Es por ello, por todos esos cuerpos sin nombre, olvidados, que se hacinan en las oscuras y húmedas galerías que son el reino del comisario Mejías; esos niños que, a estas alturas permanecen tras los aciagos muros del convento de Santa Ana; y por su familia, que se ha visto inmiscuida en toda esta funesta aventura que empezara apenas un par de noches atrás… que está frente a esa hendidura en el rocoso suelo.
Después de estimar que la profundidad de la cavidad rocosa, no supera los nueve metros, decide que será capaz de bajar por ella.
No tiene alternativa. Debe bajar.
Aproximándose al borde y mirando en derredor, se quita la guerrera que, convertida en una masa de tela, deja caer al fondo de la abertura. Con una última mirada al horizonte, y a la cúpula celeste, tantea con los pies en busca de algún punto de apoyo.
Las botas, teñidas por el barro, con sus gruesas pero desgastadas suelas, no iban a facilitarle el descenso. No obstante, y a medida que la áspera piedra le araña los brazos y deja en sus manos la impresión del esfuerzo, su mente les recuerda.
No sabe muy bien que le espera al otro lado. Desarmado y sin haber descansado demasiado, con la oscuridad cerniéndose a su alrededor… a pesar de la palabra de Miguel acerca de la seguridad que ese camino representa, la incertidumbre, la inseguridad, el recuerdo de su familia, de sus rostros, sus voces, sus risas… se entremezclan en su mente, creando una tensión en sus músculos preparados, atentos a cualquier eventualidad que les convoque a la acción.
El descenso, para quien estaba habituado al esfuerzo físico y ese tipo de menesteres, estaba siendo lento y penoso.
El sol cae sobre sus hombros mientras desciende, y a pesar de la ligereza de la camisa de hilo blanco, empieza a sudar profusamente. Con ironía, no puede evitar pensar que, media hora antes o después, el sol no habría penetrado allí.
Cuando ya se encuentra cerca del fondo, salta el último metro, quedando de pie en un espacio en el que apenas queda lugar para girarse. Justo en el momento en el que sus pies tocaron el suelo, este cede bajo sus pies, de una manera tan súbita que apenas tiene tiempo de soltar una exclamación ahogada y prepararse para el golpe, flexionando las rodillas.
Durante unos segundos, que casi parecen una eternidad, cae al vacio para tomar tierra con una violencia tal, que el impacto le deja sin respiración.
Fragmentos de roca triturados, raíces secas y tierra llueven sobre él mientras espera que su vista se acostumbre a la oscuridad reinante, al tiempo que trata de llenar sus pulmones de aire.
Con diversos rasguños tiñendo de barro y sangre su blanca camisa y con movimientos casi felinos, pendiente de todos los resquicios y rocas a su alrededor, evalua mentalmente su estado y las posibilidades de hallar, allí abajo, una salida.
Levantando la mirada hacia la abertura de contornos irregulares por la que ha caído, y a pesar de la dificultad de hacerlo, ante la terquedad del insistente rayo de sol que se filtra hacia él, tratando de cegarle, calcula que la distancia se ha duplicado.
Reprimiendo una maldición, trata de aprovechar el rayo de sol para ver algo en la penumbra.
La negrura, llena de sombras de una pared, se alza a unos cuantos metros de allí, y en la lejanía, el gorgoteo del agua, le indica la presencia del líquido elemento. Sabe que el rio no está lejos. ¿Sería esta la entrada al convento de la que hablaba Agustín? Debía probarlo. Cualquier cosa, menos esperar a la noche… con pasos cautelosos, pendiente de las irregulares paredes de la estrecha galería natural, se adentra en la oscuridad.
La tenue luz amanecer, filtrada por las nubes y el pequeño resquicio que la contraventana entreabierta ofrece, ilumina las revueltas sábanas que con unos suaves y apenas audibles murmullos son agitadas y retorcidas sobre el cómodo jergón.
Las esbeltas y suaves piernas de mujer, apenas cubiertas por las pálidas sábanas, se mueven inquietas, como el menudo cuerpo al que pertenecen.
Desperezándose lánguidamente, sintiéndose feliz, relajada, tranquila, amada y saciada, con una adormilada sonrisa en los labios y el cabello revuelto, Margarita busca sin éxito a Gonzalo entre las sábanas.
Sonriendo relajada, la joven con el cincelado rostro cubierto por el espeso, oscuro y revuelto cabello, aparta el mismo con un lánguido gesto todavía embriagada por la relajación del escaso pero reparador sueño en el que se ha visto sumida las últimas horas. Descanso que ha compartido o creía haber compartido con aquel cuyo nombre se desliza por sus labios en un sereno y amodorrado murmullo. Gonzalo.
Repentinamente un sonido procedente de la puerta atrae toda su atención y asustada descubre que se trata de su sobrino.
Los tímidos e insistentes golpes que la pequeña pero fuerte mano de Alonso ejerce sobre la hoja de madera, resuenan en la silenciosa habitación. Su voz, adormilada pero risueña, se filtra ahogada; y sus palabras, su excusa, su saludo… apenas son oídos por la muchacha que, apresurada y temiendo ser descubierta, busca algo con lo que cubrirse entre las sábanas. Finalmente, divisa en el suelo la falda y el resto de sus prendas que sobre el frío suelo han pasado la noche en compañía de las que Gonzalo a su vez dejara olvidadas, abandonadas, del mismo modo que ambos se abandonaron al sentimiento, la pasión.
Acalorada y sonrojada, con una sonrisa relajada y feliz por los recuerdos que esas ropas y su emplazamiento han traído a colación, la muchacha se viste rauda y veloz sin bajarse de la cama, justo a tiempo de ver como la hoja de madera se desliza y una pequeña y familiar mano, seguida segundos después por una cabellera clara y unos ojos adormilados le dan las buenos y tímidos días.
- Hola tía- susurra el chiquillo con una gran sonrisa al ver a la mujer despierta y sentada en la cama. Ella devuelve el saludo sin abandonar la sonrisa o los pensamientos relacionados con su cuñado y su ausencia al despertar que se reiteran y contradicen en su mente.
El chiquillo, ajeno a los pensamientos que afligen a su tía, acaba de abrir la puerta mostrando bajo el marco de la puerta, una bucólica, curiosa y tierna imagen. Con camisa de dormir, legañas, la somnolienta sonrisa y la pequeña Paloma, en iguales condiciones en sus brazos, Alonso sonríe ampliamente dibujando unos inocentes y alegres hoyuelos en sus sonrosadas mejillas, consiguiendo que su tía silencie momentáneamente las dudas concernientes al maestro.
- ¿Se puede saber qué hacéis ahí?- pregunta la mujer sin abandonar la sonrisa. El niño mira al suelo en busca de una excusa y encoje los dedos de los pies, como si el frío suelo pudiera ofrecerle una respuesta apropiada. -¿Y qué haces descalzo?- apartando las sábanas, que minutos antes ha estirado aprisa, invita al chiquillo y a su precioso cargo a acompañarla- Ven aquí, anda. ¡Corre!
Entre las risas, y los alegres aplausos y murmullos inteligibles de la pequeña, los dos niños se aproximan a la cama velozmente.
- Se ha despertado, tía- murmura como excusa el niño, una vez que se ha sentado de rodillas sobre el jergón cuyos cojines se le antojan más mullidos, suaves y cómodos que los suyos propios. La cama de la mujer que considera una amiga, una confidente, una madre… la misma mujer, que recibe su excusa con una ceja levantada y una dubitativa expresión, a la que replica alzando los hombros y señalando con el mentón, a la pequeña personita cuyas pequeñas, sonrosadas, y rollizas extremidades danzan envueltas en su pálido vestido de algodón.
-¡Ya lo veo!- Responde risueña e irónica la muchacha.
- Paloma… Yo… Nosotros… Es que... ¿Te echábamos de menos?- confiesa el pequeño alzando los hombros, ligeramente avergonzado y sin otra excusa plausible para su necesidad de compartir unos minutos con su tía. Margarita, conmovida y extrañada por la repentina necesidad de su sobrino para excusarse, acaricia con el dorso de la mano el rostro de su sobrino, que al notar el gesto, se acomoda sobre los cojines, y se aproxima a ella en busca calor y cariño.
Los minutos pasan en agradable compañía, entre risas, bostezos, batallas de cosquillas y confesiones a media voz. Es durante estas que Alonso, sin saberlo, con sus inocentes palabras, reaviva las dudas que atenazan la mente de su tía. Su padre no está en la casa, y Saturno, a su vez, ha salido temprano a llevar a cabo los recados matutinos.
Con los pensamientos arremolinados en su mente, la joven morena toma la decisión de no permitir, una vez más, que las dudas o los pensamientos acerca de su cuñado le nublen los pensamientos, o el día. Intentando obviar las dudas, el miedo, y centrándose en las sensaciones, la calidez, el cariño, que los recuerdos vividos y los que puede llegar a vivir, ponía su sobrino en pie, y con la mano izquierda sobre el hombro del niño, dirigiéndolo hacia la puerta y una palmada en el trasero, y le anima entre risas arreglarse.
El día, no hecho más que empezar.
Las desiertas calles, parecen empezar a resurgir con la vida diaria, con el ajetreo, el ruido, que poco a poco los madrugadores habitantes de la villa ocasionan al despertar. Algunos inician sus quehaceres diarios, se dirigen a sus lugares de trabajo o simplemente, vagan por las calles en busca de algo que llevarse a la boca. Sin embargo, entre esas personas, también hay sombras que recorren las oscuras calles, sin aproximarse en demasía a la escasa luz que las riega. Cada una con una historia, con un destino… unos, buscando entre las sombras la forma de obtener algo de alimento, otros, tratando de ocultarse, de pasar desapercibidos, para llevar a cabo empresas, más o menos lícitas.
Es entre estos últimos, una oscura figura recorre las calles, pendiente de todos y cada uno de los sonidos o los movimientos con los que la villa renace un día más. Su actitud, pasa desapercibida a estas horas, y entre las sombras, parece indicar que busca a alguien, o que intenta no ser encontrado.
Eligiendo el amparo de unos soportales, se oculta tras unos viejos y ajados barriles de madera, cubiertos por polvo, barro, unas desgastadas cuerdas y unas raídas y mugrientas telas, que tiempo atrás debieron ser blancas; la sombría silueta, del misterioso hombre, con sus oscuras ropas y las negras botas de buen género y mejor calidad, llenas de barro, para observar desde su aventajada posición, una hoja de madera, en un muro de adobe.
La puerta, es conocida en el vecindario de San Felipe, por ser aquella que limita la vibrante energía de la vecindad, con la intimidad del hogar de uno de los hombres más conocidos en el mismo: Gonzalo de Montalvo, maestro de escuela.
Con el largo y rizado cabello cayendo a su espalda, ataviada con un simple vestido blanco, cuya amplia falda parece danzar a su paso, la risueña mujer cruza la puerta acomodando en sus brazos un cesto de rafia. A su lado, un chiquillo de castaños cabellos, con una cesta de mimbre trenzado en sus brazos, ríe divertido mientras habla con ella en murmullos, al cerrar la puerta.
Sus pasos, lánguidos, distraídos por la animada conversación cargada de risas y confidencias que uno y otro comparten, se extiende por las calles de la villa, y el camino del río. El trayecto, que apenas debería durar unos minutos, se prolonga por las diversas paradas que realizan en su singular paseo, en las que, uno y otra, cambian los capachos de mimbre. Mientras la mujer, sostiene la suya por ambas asas con una sola mano, el chiquillo parece abrazar su encargo contra el pecho, dificultando su camino, y haciéndolo más complicado y pausado.
Sin embargo, y aunque parece que el sosegado paseo, tiene como destino la rivera en la que las mujeres de la villa, lavan las ropas de sus familias, esta singular pareja, formada por Alonso de Montalvo y Margarita Hernando, hijo y cuñada del maestro respectivamente, más parecen estar disfrutando de un distendido paseo bajo las primeras luces del día, mientras la villa despierta.
Al pasar junto a la fuente, Margarita saluda con un ligero gesto y una cómplice sonrisa a un par de las mozas que, cobijadas bajo el viejo olmo, con más historias y secretos guardados que años, se despiden de sus pretendientes, a los que han conseguido ver a tan temprana hora, gracias a la necesidad de agua en el hogar. Una de ellas, llora desconsolada, con un asa de barro entre las manos, murmurando entre sollozos su congoja, ante la posible explicación que deberá dar a su madre, del aciago destino que ha sufrido el cántaro; mientras a su derecha, el rubio joven sostiene el rodillo, el paño enrollado que hasta minutos atrás, la muchacha llevaba sobre su cabeza, sosteniendo el jarrón, con medida coquetería.
Unos metros más allá, recibe el saludo de Blasa, una viuda que, a pesar de no tener a su cargo ya, esposo o hijos a los que alimentar, asoma a la fuente, en busca de historias y conspiraciones amatorias con las que entretenerse y entretener a quienes la quieran escuchar.
Y Margarita, a pesar de devolver la afable sonrisa de la mujer, no puede evitar acelerar el paso, con una mano en los hombros de su sobrino mientras, con una furtiva mirada al cielo, suplica no volver a encontrarse con ella en el lavadero.
Como ella, las mozas que conocen a la buena mujer como La Tía Hurraca, se alejan de quienes las cortejan, sabiendo que la oronda matrona, cuya oscura figura, que en las sombrías noches parece una campana deslizándose por las calles, ayudada por un viejo y recio cayado, propiedad de su difunto esposo, que serró ella misma a fin de conseguir la altura apropiada, compartirá sus historias con el primer oído dispuesto a ser regalado con las adornadas palabras.
La lluvia de los últimos días, ha provocado una crecida en el río. Las turbias aguas, no llegarían siquiera a acariciar la blancura a la que Margarita, tiene acostumbradas las ropas de su hogar. De modo que la mujer, en lugar de continuar el camino que bordea el río, avanza un poco más, haciendo crujir a su paso, para divertimento de los pequeños, las hojas que, convertidas en un manto de ocres y dorados, anuncian la llegada del otoño, en dirección al lavadero de “Pino”.
Se trata de una edificación simple, de piedra, con una pila en su interior, con muretes a dos vertientes hacia el caudal del agua, para facilitar el lavado de ropa. La habitación, de planta cuadrada y dos muros abiertos, con tejado a dos aguas, sobre una cimbra de madera de roble y cubierto por tejas, que se han visto golpeadas por las inclemencias del tiempo, es además un lugar de reunión donde las mujeres de la villa, no sólo hacen la colada, sino que cuentan con una menor presión social y familiar que en cualquier otro punto, en el que pueden conversar, compartir y transmitir información sobre los aspectos de la vida propia, ajena y general de la villa. Había sido prohibida la presencia de hombres en dichos lugar, desde tiempos en los que la madre de la muchacha, era apenas una moza.
Y es precisamente por ello, y a pesar de que la presencia de niños no era habitual, más allá de las niñas que por una mínima suma de dinero lavan una cantidad determinada de ropa, que la joven se sentía tranquila ante la posibilidad de pasar la mañana en compañía de su sobrino y el pequeño encargo que, envuelta en su mantilla de lana, en el mismo cesto de mimbre con el que llegó a la casa, mueve los brazos juguetona, ante las atenciones que Alonso, sentado junto a ella en el suelo le profiere.
Con las manos en el frío líquido, coloradas, por el cambio de temperatura y el esfuerzo extra que hacer la colada requiere bajo la helada agua, una sonriente Margarita aparta un travieso rizo que cae por su frente, mientras a su espalda, apoyado contra uno de los muros del lavadero, Alonso ríe divertido y charla con Paloma acerca del día, las últimas aventuras con sus amigos y sus propios recuerdos de visitas pasadas al lavadero, en las que no era extraño acabar jugando tras encontrarse con alguno de sus amigos que, cómo él, se ven obligados a acompañar a sus madres.
La forma en la que el niño, con la más absoluta seriedad e inocencia, promete no marcharse a jugar, sino quedarse con ellas para protegerlas, recuerda, en el tono y la expresión facial, la del padre. Algunas mujeres, sonríen divertidas mientras la muchacha no puede evitar una carcajada, al oír a su sobrino explicarle a la pequeña, con toda la sapiencia de que puede hacer acopio, la naturaleza de la labor que ella está realizando. Un trabajo de mujeres, según sus propias palabras, y en el que él, no participaría de no ser, porque ambas necesitan una escolta.
- Gracias, amable caballero por su condescendencia- comenta risueña para provocar la risa de su sobrino- Tú sabes que Satur, a menudo hace la colada, ¿verdad?- pregunta Margarita, con una amplia sonrisa, llevada por el recuerdo, no sólo del criado, sino del padre- Y los soldados, también hacen su propia colada.
- Gabi me ha contado- replica el niño, desde su posición en el suelo, y con la ingenuidad e inocencia típicas de su edad- que los soldados pagan a una mujer.
Tratando de disimular la punzada que esa frase le ha provocado, o el recuerdo del padre, ausente, ocupado en quién sabe qué menesteres, decide restarle importancia y continuar con la actitud que han mantenido hasta ahora.
- Pregúntale después a tu padre.-Comenta Catalina distraídamente mientras golpea el tejido contra la piedra- Él fue soldado, y tuvo que lavar su propia ropa.
Agradecida, comprueba al girarse, el brillo del orgullo resurgir en los ojos del niño que, aprovechando la mirada de su tía, y cansado de las conversaciones femeninas que a su alrededor se desarrollan, trata con el gesto, de pedirle a su tía permiso para unirse a los juegos. Con una cómplice sonrisa y un guiño, la joven mueve la cabeza y sugiere al pequeño que se aleje a jugar un rato mientras ella acaba de lavar la ropa con la clarilla, a base de ceniza, que Catalina ha traído consigo.
Con una rápida e imperceptible caricia, consistente en una mano situada por un lapso de apenas unos segundos sobre la tocada cabeza de Paloma, Alonso se aleja raudo y sonriente a unirse al jolgorio que, en el prado, los niños organizan con sus juegos. En su carrera, pasa junto a la oscura figura de Blasa, la Tía Hurraca, que con sus manos, de dedos torcidos por el trabajo y la edad, sostiene la garrota en una verticalidad casi imposible frente a ella, mientras mira detenidamente todo lo que acontece en el lugar y, de forma ininterrumpida, enlazando una con otra, narra las aventuras y desventuras amorosas de cuanta persona conoce o se cruza en las calles. Algunas reales, otras, rumores, y las más, percepciones propias que la buena mujer hace, bajo el juicio que, según ella, la edad y el saber le han otorgado para identificar la verdad en los pequeños detalles.
Cómo es el caso de la joven Carmen, una muchacha en la que, bajo su mirada crítica, y por los ligeros cambios de su cuerpo, no sólo ha tenido su primera menstruación, sino que, también ha conocido ya varón. Al menos, eso es lo que le comentó al padre de la niña que, preocupado, ha dudado en permitir que su hija continuara realizando su trabajo como lavandera, a pesar de la ayuda económica que esas pocas ganancias suponen para el mantenimiento de su familia.
Entre las mujeres congregadas en el lugar, hay una historia o una incógnita; iniciada por la mismísima Blasa, la duda acerca de la identidad de la niña que los Montalvo parecen estar cuidando con tanto mimo, se extiende como la pólvora. La mujer, a pesar de que un rápido pero breve rumor ha llegado a sus oídos, acerca de la maternidad otorgada a Margarita, no ha dudado un instante en repudiar dicho chisme, ya que, en su opinión, los pechos y caderas de la moza no han sufrido cambios desde que llegara. Sin embargo, y tras ver a los dos niños juntos, no pone en duda la paternidad del maestro. La mujer, no titubea a la hora de expresar su sospecha en voz alta en presencia de Margarita que, llevada ella misma por la incertidumbre, prefiere no participar en modo alguno de las suspicacias y rumores, sino que trata, más que consigue, ignorar las voces a su alrededor, centrándose en la tarea que tiene entre manos.
Tan concentrada está la muchacha, restregando contra la piedra, de forma casi violenta, la blanca camisa de su cuñado, que apenas advierte el próximo crujir de hojas.
No es, hasta que una desconfiada Blasa, lanza una sibilina pregunta al aire: ¿A quién busca, caballero? Que no se percata de la robusta figura masculina a su lado.
A contraluz, apenas es una silueta recortada bajo la luz de la mañana, pero debido a lo peculiar de una presencia masculina en el enclave del lavadero, Margarita no puede evitar recordar al intruso que de madrugada, irrumpiera en su hogar, hiriendo a Satur.
Con un sobrecogido suspiro, la muchacha trata de alejarse del recién llegado, mientras se interpone entre él, y el canasto en el que la pequeña Paloma descansa.
- ¡Carmen!- Espeta el hombre, de profesión carpintero- ¿Dónde está mi Carmen, y qué hace aquí este zagal?
Es en ese momento, cuando la muchacha se da cuenta de la presencia de su sobrino, a espaldas del hombre. El niño, casi de puntillas y con una mueca de dolor en el rostro, trata de aguantar las lágrimas o las exclamaciones de dolor, ante la presión que el recién llegado ejerce, con índice y pulgar, sobre su oreja.
- ¿Qué hace con el niño? ¡Bruto!- Pregunta sorprendida Margarita mientras trata de abalanzarse sobre el hombre, intentando liberar a Alonso.- ¡Que lo suelte, bestia!
- ¡Suelta al niño, hombre!- ¡No seas animal!- ¡Sólo es un muchacho!
De un rápido gesto, el hombre aparta a Margarita y su intento de liberación, haciendo que pierda el equilibrio, y apunto habría estado de caer, de no ser, por la oportuna ayuda de Catalina.
- ¡Pero serás desgraciao!- espeta malhumorada la morena- ¡Suelta al chiquillo ahora mismo, o doy aviso a la guardia que has estado en el lavadero!
- ¡Yo sólo he venido a proteger a mi Carmen!- de un brusco movimiento, el carpintero obliga a Alonso a situarse frente a él- Y a hablar con la insensata que ha traído a este yegüero hasta aquí.
- ¡Pero será posible, el come-serrín este!- Espeta Catalina.
- ¿A quién llamas tú yegua, animal?- Interpela Margarita enfurecida- ¡Suelta a mi sobrino de una vez, cacho bruto!
- Señora, no soy ningún bruto.- Prosigue el hombre, sin soltar a Alonso, pero un poco más calmado- Este mozalbete y otro par, andaban jugando con mi hija en la linde del río. Y no quiero saber a qué jugaban, pero sí que los quiero lejos de mi pequeña, sobretodo en un lugar como este en el que la presencia de varones, por mandato real, está prohibida.- Soltando al chiquillo que, frotándose la oreja y mirando de soslayo al hombretón, trata de disculparse, le dedica una mirada significativa que zanja en asunto con el muchacho, y prosigue más calmado, hablando con las mujeres- Entiéndame señora. Sé de la existencia de la fuente. – Y con una ligera sonrisa soñadora, se confiesa- Allí rondaba yo a mi Juliana, hasta que sus padres me permitieron frecuentarla.- Su sonrisa se borra, y se transforma en una mirada sombría y preocupada- Y ahora que mi Carmen está en edad, entiendo a mi suegro y su preocupación por salvaguardar no solo el buen nombre, sino la honra de mi Juliana.
A una distancia prudencial, la idónea para actuar si fuera menester con la presteza suficiente y observar sin ser visto u oído, pero lo demasiado alejada para no poder escuchar las conversaciones del lugar, la oscura figura que ha seguido a Margarita y a Alonso, yergue la espalda y lleva la mano a la caña de la negra bota, en la que una vizcaína descansa al percatarse de la proximidad del recién llegado y su actitud, pareciera que beligerante, para con la mujer y el niño.
Todo el trayecto hasta el lavadero se ha mantenido ojo avizor, atento a los movimientos de tía y sobrino, y de todos aquellos con los que se han cruzado. Ha actuado como escolta en la distancia, oteando no solo el horizonte, o las sombras a la zaga de una amenaza. También la ha buscado entre la gente sonriente o afable que entregaba o devolvía el deseo de un buen día a la morena y su joven acompañante. Mientras la moza lavaba las ropas y el niño jugaba con el resto de zagales, ha intentado mantenerse atento y solícito en ambas direcciones, más, en algún momento, ha sido negligente con la seguridad de Alonso.
Ahora, intrigado al ver al niño liberado por su captor y ya en brazos de su tía, decide arriesgarse y hacer uso de su uniforme para proteger a la mujer y los niños, si fuera necesario, del corpulento hombre.
Así, alejándose del abrigo que los altos y frondosos árboles y arbustos le proporcionan, Miguel de Almansa, se aproxima al lavadero.
- Buenos días, señoras- su voz serena, educada y varonil, parece embelesar prácticamente a la totalidad de las mujeres allí reunidas- Espero no haberlas sobresaltado con mi inesperada entrada, - una sonrisa se dibuja bajo su cuidada barba, para fascinación de las mozas que advierten, no solo la postura erguida y marcada de un militar, sino los elegantes ropajes y las caras botas negras de caña alta- pero creí haber visto a un caballero aproximarse a este lado del camino.- Su voz calmada, nada tiene que ver con la mirada directa y amenazante que dedica al corpulento carpintero que azorado, trata de disculparse y explicar su presencia en un lugar destinado únicamente a las mujeres, y en el que, la presencia masculina, su presencia, es delito que podría pagar con tres días en el calabozo y escarnio público.
- Yo… verá usted, yo… mi hija….- el temeroso y turbado hombre, agita las manos, y transpira nerviosamente ante la presencia no solo del soldado, sino de su vizcaína y su mosquete reglamentario.
- Señor Almansa- Saluda Margarita intercediendo por el hombre que apenas unos minutos atrás, parecía vapulear a su sobrino- la hija de este hombre, es una de las chiquillas que vienen a lavar la ropa, y él…
- Alguien le ha ido con el cuento de que hay zagales por aquí.- Continua Catalina irritada, con los brazos cruzados y una mal disimulada mirada de soslayo a Blasa, la anciana que, parece no perder detalle de cuanto acontece en el lugar.
- Capitán, de verdad…-trata de recuperar la voz y el voto el robusto maderero- Capitán, le juro que mi intención no era molestarlas, sólo quería proteger a mi pequeña…
- ¿Ninguna de ustedes … - antes de que pudiera terminar la frase, Margarita, situada frente a él, mueve la cabeza de lado a lado, acompañando el gesto de una insistente y nerviosa negativa, temerosa, a buen seguro, no solo del castigo que el ebanista pudiera recibir, sino su propio sobrino, cuya edad, pareciera haber llegado a la sutil línea que divide la niñez de la juventud – En tal caso, lo dejaremos en un aviso.- Comenta agradecido, por no tener que sacar su arma o haber de llevar a un pobre infeliz a presencia del comisario Mejías- ¡Pero no regrese por estos lares! O, - advierte, con un tono más serio y la mano apoyada, distraídamente, sobre la culata de su arma- una sola palabra, de cualquier mujer, y yo mismo iré en su busca.
El hombre, robusto, de oronda figura y curtido por la edad y el carácter, traga saliva a duras penas, mientras asiente ligeramente con la cabeza, en un silencioso juramento de no retornar al pilón. Por su parte, Miguel mueve rápida y secamente la cabeza, indicando la dirección del camino a la Villa, invitando al aturullado hombre a alejarse con presteza, invitación, que no duda en aceptar en compañía de su hija, que, pálida, y con los bajos del vestido empapados, sosteniendo en sus brazos un hatillo con húmedas, pero limpias ropas, se aleja con la mirada perdida entre el miedo y la vergüenza.
Las campanas de Santa Ana, repicando al otro margen del río, ocultas tras el pequeño bosque que separa ‘las tierras de las monjas’ de la ribera, advierten a Margarita de lo avanzado de la hora.
- ¡Que tarde se ha hecho!- Nerviosa, la muchacha empieza a recoger las empapadas ropas que tenderá en casa, a sabiendas que, el trayecto hasta la misma, se alargará no solo por el tiempo que tarden en recorrerlo su sobrino y ella, sino por el peso extra que las pesadas ropas y el cesto de Paloma, suponen sobre los embarrados caminos- Alonso, vámonos.
- ¿Tengo que ir a escuela, tía?- pregunta el chiquillo, con un mohín mientras toma en sus brazos la cesta de la niña- si no voy, padre lo entenderá. Estoy ayudándoos..- comenta esperanzado con una pícara sonrisa- Además, así no tendríamos que correr, y podrías secar la ropa aquí.
- No pienso excusarte de la escuela, sólo porque tenga que poner la ropa a solea- Replica la muchacha con una risa- Anda, vámonos.
- Permítame.- Intercede Miguel con una mano sobre la de Margarita, en el momento en el que esta intenta tomar el pesado cesto con las húmedas ropas.
- El camino está embarrado, y con la cría, no es seguro- Intercede Catalina, viendo las atenciones que profesa a su amiga el joven y atractivo soldado, a quién conoce ligeramente por la amistad que les une con el maestro- Será peligroso, mujer. Déjale que te ayude.- con una inclinación y una agradecida y confiada sonrisa hacia el soldado, Catalina prosigue con su explicación- Yo te ayudaría, pero aún me queda largo rato y aquí voy directa a Palacio. ¡Y mi Murillo iba a ser más una carga que una ayuda!
Retorciendo entre sus manos unas calzas de su pequeño, Catalina observa con una sonrisa cómo el alto soldado carga en una mano, y sin aparente esfuerzo, con el cesto de la ropa limpia y los aperos de limpieza, mientras con la otra, ayuda a Margarita, con la niña entre sus brazos, a sortear un considerable y a buen seguro, resbaladizo charco.
Sin embargo, al igual que ella, al otro lado del río, entre los espesos matorrales y juncos que crecen en la orilla más alejada, alguien más es testigo de esa ayuda, de la cálida sonrisa que la joven le dedica a modo de agradecimiento, y de la mano que, hasta alejarse por entre la espesura, continua posada en la espalda de la mujer, mientras el chiquillo corre distraído unos pasos por delante, sosteniendo en sus manos la vacía cesta de mimbre en la que, hasta ser sostenida por los brazos de la morena, descansaba el infante.
La oscuridad, parece vencer, con cada paso a la escasa luz. Sus pasos, sus botas contra la terrosa superficie, resuenan en el silencio con un eco abrasador, tanto, como el rasguño que en su brazo derecho parece quemar por el contacto de la herida abierta con el polvo y la sucia tela de la camisa blanca.
Gonzalo, en su interminable camino por las siniestras galerías en las que ha ido a caer, no puede evitar intentar calcular mentalmente la distancia que lleva recorrida, la esperanza, mengua a cada paso, y los pensamientos acerca de su familia, se agolpan en su mente.
Con ellos, los últimos recuerdos que guarda sobre unos pasillos similares, no en forma, si no en contexto: los setecientos pasillos, y la posible conexión entre unos y otros, con los oscuros secretos que parecen envolver a la villa, agitan el pulso del héroe, e inquietan al maestro.
Una vez más, en la casi absoluta penumbra que le envuelve, se detiene intentando, sin conseguirlo, no golpear sus magullados músculos contra las irregulares paredes de las cavernosas y oscuras galerías. Sin luz por la que guiarse, o sonido de campanas, no sabe a ciencia cierta el tiempo que ha transcurrido desde que diera con sus huesos en la galería. Y aunque pudiera hacerlo, y calcular así, de forma aproximada la distancia que lleva recorrida, la irregularidad del camino, de las escarpadas paredes, y la embotada cabeza, a buen seguro por la falta de aire limpio o por algún golpe recibido durante la caída, dificultan su capacidad de orientación.
Mirando al frente, apenas ve un punto de luz en la lejanía… y a sus espaldas, sabe que no sólo le espera el mismo recorrido escarpado que acaba de realizar, si no una caída de 18 metros, de raíces, piedras y tierra, que en nada ayudarán su ascenso.
Suspirando, y recordando las últimas imágenes que guarda en la memoria de su familia, las que su retina ha grabado a fuego esta mañana cuando se ha alejado de Margarita, cuando ha comprobado que Alonso y Paloma todavía dormían arropados, toma una decisión. Al menos, al frente, le espera la luz. La que divisa en el horizonte, y ellos.
El tiempo transcurre lentamente en la oscuridad. Las distancias, parecen dilatarse, y las fuerzas, las reservas, reducirse. Cada vez más cansado, con las manos apoyadas contra las irregularidades de la roca y la tierra, Gonzalo ya ni siquiera intenta calcular las distancias, ya no sabe exactamente donde está. Hace tiempo que ha decidido que, dado que sigue oyendo el río frente a él, continúa en las proximidades del monasterio de Santa Ana. Puede que esté bajo el valle, bajo el cementerio, el propio claustro, o el bosque que lo rodea… poco importa.
No oye las campanas, pero tiene la sensación de que el tiempo, aunque lento, no se detiene. Sabe que varios metros por encima de su cabeza, el sol alumbra a su paso el despertar del nuevo día, y con él, la villa. En poco tiempo, el maestro será esperado, no sólo por su familia, si no por sus alumnos.
La falta del maestro, puede resultar una alegría para los niños, pero no ignora que su falta, despertará dudas. Y entre ellas, las que más teme: las de su familia. Satur no ignorará sus obligaciones, puede que se tome un tiempo en decidirse, pero no tardará en poner en marcha el plan de huída que tantas veces han estudiado. Y Margarita…
-Margarita…- su nombre, un murmullo, un suspiro, un rayo de luz y vida, en las galerías de tierra yerma y frías rocas, se le antoja cálido y doloroso.
Sus pasos, se ven dificultados por el estrechamiento del camino, y derrotado, se deja caer contra una roca, agachando la cabeza, dejando que la desazón, y el cansancio se apoderen de él… ¿Qué pensará al despertar? ¿Y cuando no logre verle?... ¿Y Alonso? … con los codos sobre las rodillas, la espalda encorvada y el rostro hundido en las sucias manos, la mente del maestro le recuerda, no los últimos instantes vividos con su familia, si no sus rostros, llenos de vida, de energía, la pícara sonrisa de Alonso, el rostro encendido de Margarita en la oscuridad, iluminada por la luz de la luna… su risa, su mirada… y con rabia, golpea con el puño la piedra más próxima y se percata de la diferencia al tacto que tiene con el resto de rocas que se ha encontrado en su camino.
Intrigado, y a oscuras, palpa la piedra con cautela, apreciando, no sólo el cambio en la rugosidad, si no en la forma. Un rectángulo casi perfecto. Un ladrillo.
Curioso, desliza la mano por la pared, y aprecia más ladrillos mezclados en la roca y la tierra. La gruta natural, repentinamente, ha pasado a ser un pasaje que, en algún momento ha sido transitado. Una galería, con una salida al final.
Con renovadas energías, retoma el camino, cruzando con cautela el angosto pasaje que, de repente, le sitúan en un pasillo de oscuros ladrillos que parece alargarse una vez más, hasta el infinito. Hasta un pequeño punto de luz en la lejanía. Hacia la libertad.
Sus pasos, una vez más llenos de fuerza y vigor, se intensifican súbitamente por la adrenalina cuando por segunda vez, el mismo pensamiento cruza su mente: la semejanza entre este corredor, y los setecientos pasillos, donde casi encuentra la muerte a manos de su hermano.
En el momento en el que el pasaje parece bifurcarse o descubrir a un lado y a otro pequeñas hendiduras, pequeñas cámaras, sus sentidos se agudizan.
Sus pasos, son firmes pero cautelosos. Y casi sin darse cuenta, se encuentra frente a frente, con una verja de hierro forjado, que parece suponer el final del corredor, pues al otro lado, desde dónde la luz se cuela, una vez más los ladrillos se pierden entre las piedras, las raíces y la tierra. Tratando de asegurarse que nadie oirá las bisagras, se da cuenta que a su derecha, no sólo hay una pequeña caverna, si no que, entre las sombras, una escalera de madera que parece conducir al techo donde, de noble y recia madera, una trampilla, con una abrazadera de metal parece aguardar un nuevo secreto.
Al acercarse, y a pesar de la penumbra que una vez más, parece envolverle, en especial en esta pequeña cripta, puede ver un símbolo que no le es del todo desconocido, grabado en el hierro dispuesto para sostener una tea. Allí, en las sombras, un círculo rodea una cruz equidistante cuyas puntas terminan en círculos perfectos que son decorados en su interior por sendos semicírculos. Y sin poder evitarlo, y a pesar del cansancio, y la ausencia del embozo, el cuero o la katana, sus doloridos músculos se ponen en alerta ante la sospecha del enemigo. Ante la imagen de la Logia.
Con el pulso acelerado, y la piel erizada por la tensión y la temperatura ambiente, Gonzalo de Montalvo, agudiza el oído en el oscuro, frío y claustrofóbico pasadizo en el que, momentos, tal vez horas atrás, cayera empujado por el destino y las órdenes del hombre que siempre ha considerado un amigo, un mentor, un segundo padre.
Sin poder evitarlo, una vez más, como tantas otras en los últimos meses, se siente turbado al pensar en Agustín.
El monje, el soldado con hábito, el mentor severo y efectivo… el hombre de las mil y una incógnitas, de las respuestas escuetas y enigmáticas… ha vuelto a utilizarle. Al menos, esa es la sensación que magullado y preocupado por su seguridad y la de los suyos, tiene el joven maestro.
En los oscuros pasadizos sin embargo, más allá de sus propios latidos y el ligero corriente que el aire en movimiento ofrece, no percibe un solo sonido.
Todavía en tensión, reconociendo por tercera vez esa misma mañana, un nuevo error cometido, apoya pesaroso su peso contra la fría roca a sus espaldas, dejando a un lado el camino oscuro, lóbrego, frío, lleno de secretos que acaba de atravesar, y al otro, las iluminadas rocas, piedras, guijarros, raíces y matojos que crecen entre ellas, iluminadas por el sol que hasta él, llega atravesando los barrotes de hierro, perdiéndose, disipándose entre las sombras, la oscuridad de los pasadizos y sus secretos.
Con el dolorido y magullado brazo latiendo bajo la sucia camisa, tiñéndola de sangre y vida, sujeto contra su pecho, calcula sus probabilidades. Lo avanzado de la mañana, la altura de las verjas… sus fuerzas.
Con un suspiro cansado y dejando caer la cabeza hacia atrás, su vista de clava en el soporte para la tea que frente a él, en la pequeña caverna, acompañando la escalerilla de madera, le tienta, parece reírse de él, llamándole, recordándole una vez más, lo cerca que está de las sombras. De las mentiras.
Dirigiendo al símbolo una mirada que hubiera hecho al más aguerrido de los soldados empuñar con más fuerza su arma, y hacer inventario de su propia vida, Gonzalo de Montalvo intenta recuperar el resuello y la calma. Respirando pausadamente en un intento por recuperar el orden de sus pensamientos y evaluar sus opciones, el joven permanece sentado sobre la roca unos minutos. Unas horas. Una eternidad.
Aparentemente ajeno a todo, centrado en su propia respiración, devolviendo a su corazón, su mente y sus músculos la serenidad, el joven maestro permanece, sin embargo, en un estado de meditación y alerta, que aprendió en sus viajes y ha perfeccionado con los años.
Tanto, que incluso en su aparente estado de inconsciencia, en la que apenas uno de los poros de su piel se ve afectados por la respiración o las corrientes de aire que sutilmente se mueven a su alrededor, detecta el más leve de los movimientos en los lóbregos pasillos.
Los guijarros que él mismo ha pisado, en estos momentos, con un sutil y tenue sonido ahogado, se mueven en la lejanía de los oscuros pasadizos.
Abriendo los ojos súbitamente, y poniéndose en pie tan rápido que la chaqueta que descansaba en sus brazos, acaba en el suelo a sus pies, el maestro es consciente de su estado: desarmado, herido y a cara descubierta en un inhóspito lugar, en el que, a buen seguro, el recién llegado le recibirá como poco, con escepticismo de tratarse de una de las monjas, o la punta de su arma de tratarse, como el símbolo de la tea se empeñaba en recordarle, de un soldado. Pero se tratase de quien se tratase, la desafiante pero leve marca en el hierro, no le permite dudar de la relación de esa persona con la Logia.
En pie, bajo el haz de luz que se filtra por la entrada de la gruta, la misma que es cortada y difuminada por la cancela de hierro forjado que en estos instantes, supone su único obstáculo hacia el exterior, Gonzalo observa la pesada puerta. El enrejado de hierro… sujeta por la fría y recia roca. Vieja, raída… oxidada por el paso y las inclemencias del tiempo. Cerrada a cal y canto, con una cerradura compleja y de aspecto adusto que, de no haber percibido el sonido en la distancia, tampoco se habría atrevido a probar o a forzar, por miedo al ronco y chirriante sonido que podría haberse extendido por la gruta, resonando, reverberando… procedente de las bisagras.
No, no era momento de probar suerte.
Manteniendo el brazo herido pegado a su costado, y evaluando rápidamente la situación, Gonzalo calcula la distancia entre los barrotes. Demasiado estrechos incluso si hubiera tenido la estatura y el peso de su hijo. Dejando lejos de su mente, si quiera la posibilidad de evaluar la portezuela de madera en el techo de la pequeña gruta, Gonzalo suspira y da un paso hacia la verja de hierro. La distancia entre los barrotes superiores, y el irregular techo de la galería, es de apenas un metro. Su única posibilidad.
El movimiento de la tierra, al ser movida por pisadas botas, es cada vez más próximo. Y con ellas, las voces ásperas y secas, que el aire trae consigo por el lóbrego corredor.
Tensando los músculos, el maestro sitúa la mano libre contra la verja, y la ase con fuerza, al tiempo que la tela de su camisa se tensa al expandirse los músculos de su espalda por la fuerza ejercida. Aferrando con fuerza el travesaño de hierro, el joven hace fuerza con el brazo sano y eleva los pies del suelo para situarlos con estudiada práctica, sobre sendos barrotes.
A pesar de la punzante y latente herida de su brazo, Gonzalo utiliza el brazo herido para afianzar su posición apenas un instante. Mientras, con un rápido movimiento, de sus otras tres extremidades, repite el movimiento previo un par de veces más, hasta que alcanza la parte superior de la verja y pasa la mano buena sobre la misma, hasta asirla por el lado contrario. Con un rápido movimiento, impelido por la fuerza que realiza con sus piernas al elevarse el último tramo, vence el obstáculo y se deja caer al otro lado de la cancela con las piernas flexionadas, el brazo sano extendido como si tratase de mantener el equilibrio y el herido protegido contra su pecho.
Ya sobre los guijarros y las rocas de la escarpada cuesta que le separa de lo que, desde su posición, parecen los bosques o los matorrales que bordean las tierras de las monjas, Gonzalo agudiza el oído un instante. Además de percibir el sonido del río al otro lado del repecho, oye cada vez más cerca, el sonido de las voces en el interior de la gruta.
Sabiendo que ni sus fuerzas ni el tiempo de que dispone, le permitirían vencer la subida antes de ser descubierto, se aproxima rápidamente hacia la verja, y se encarama a uno de los laterales, no sin antes maldecir su suerte.
Allí, sucia, raída, gris, ensangrentada, e iluminada perfectamente por el rectángulo de luz que se filtra entre los barrotes como si de una broma del destino se tratase, descansa su chaqueta. Esperando ser recuperada. O descubierta.
Las voces cada vez más próximas de los soldados que discuten al parecer los horarios de las guardias, y la utilidad de las mismas, torturan al maestro que intentando mantener la calma, estira el brazo entre los barrotes para dar alcance a la traidora prenda.
Justo cuando la prenda atraviesa la reja con un seseante sonido, los rostros de dos hombres altos, fornidos, completamente cubiertos por oscuras vestiduras, aparecen en la gruta principal.
- ¿Has visto eso?- Desenvainando su espada, el más alto de los dos se pone en guardia ante el súbito movimiento que ha percibido en las proximidades de la cancela.
- ¿Ver el que?- el otro, sosteniendo en sus manos una antorcha, palmea el hombro de su compañero- pasar tanto tiempo aquí abajo te está trastornando.- Con una hosca risotada, el hombre avanza unos pasos más, dejando a su compañero en posición de ataque, la ropera en la mano, presta y sedienta de sangre… - Vamos, Zamora! Este sitio está maldito, pero los fantasmas no se hieren con el hierro, amigo mío.
- Deja de hablar de fantasmas, Cosme- replica el otro malhumorado- Te aseguro que algo se ha movido junto a esa maldita verja.
- El que, ¿una mierda de piedra?- Una exagerada carcajada retumba en los lóbregos túneles, resonando y ofreciendo al lugar un aura aún más tétrica.- En cuanto salgamos de este sitio, pienso llevarte conmigo a la mancebía del Rana. Necesitas relajarte.
- Te he dicho que he visto algo. Allí, junto a la cancela. Algo… algo…
- ¿Qué quieres que se mueva aquí abajo?- Girándose hacia su compañero, Cosme, que por su aspecto y su voz ronca bien podría ser el mayor de los dos, niega con la cabeza con una mueca de disgusto- hijo, aquí no baja nadie más que nosotros. Ni siquiera sé por qué diantres vigilamos este maldito sitio, si ni las monjas se atreven a poner el pie más abajo del claustro. Y créeme, hay alguna a la que no me importaría encontrarme en estos pasillos…
- Estás enfermo- replicó aquel al que su compañero había llamado Zamora- llevamos por estos túneles varias horas y solo te he oído hablar de las mozas del Rana, y las monjas.- Envainando su ropera, se dirigió a su amigo con un claro tizne de chanza en su voz- ¿Qué opina tu mujer?
- Lo mismo que la tuya- Replica con absoluta naturalidad, depositando la antorcha en el mismo lugar al que minutos atrás, Gonzalo de Montalvo dedicara una retadora mirada.
El maestro, sin embargo, permanece apoyado contra la roca exterior, con la chaqueta en la mano extendida contra la roca intentando mantener la calma y el precario equilibrio, y el magullado brazo, que a estas alturas ya pareciera arder, contra su pecho. Atento a las voces, las piedras bajo sus pies… y sus pensamientos.
Pensando en Alonso, su rostro inocente, su sonrisa, su mirada decidida… su inocente aspecto cuando esta mañana lo arropara, con una mano sosteniendo su espada de madera, y la otra bajo la mejilla, completamente destapado, pero aferrando las mantas que cubrían a Paloma. Su nueva amiga, su pequeña e inocente compañera de juegos y sueños a juzgar por la forma en la que las diminutas y sonrosadas manos, estaban unidas a las de su hijo sobre la áspera pieza de madera. Y al pensar en ellos, en su inocencia, en lo que ser descubierto podría suponerles a uno y a otro, no puede evitar pensar en ella.
En la última imagen que su mente conserva de ella, su oscuro cabello extendido sobre las níveas almohadas, su piel bañada por las primeras luces del amanecer, y la tenue y plácida sonrisa que iluminaba su cara completamente dormida y relajada, confiada y segura.
Y sin apenas ser consciente, el maestro se encuentra en su precaria posición, con la imagen de su familia grabada a fuego, rezando por salir de allí a salvo. Por llegar hasta ellos. Con vida.
Y el siguiente ruido que oye procedente de la caverna, le permite mirar al cielo tranquilo, agradecido, respirar hondo, con la imagen del rostro de Margarita todavía en su retina.
Espera unos instantes, por si el ruido seco que ha oído procedente de la pequeña portezuela de madera, volviera a resonar, o si las voces de los soldados se hicieran presentes una vez más. Sin embargo, lo único que oye es el riachuelo, la naturaleza a su alrededor, y en la lejanía, voces femeninas.
Apoyando la cabeza contra la roca a sus espaldas, sonríe.
Sabe perfectamente dónde se encuentra. Los matorrales, el bosque que se asoma a través de las rocas de la cuesta, y a su alrededor, están situados en la ribera opuesta del lavadero.
Respirando más calmado, sale de su escondite y pone rumbo al camino que sabe existe entre la maleza, el mismo camino que tantas veces de zagal recorrió, para asegurarse que ella llegaba sana y salva al lavadero. O al menos, eso era lo que se decía a su propia consciencia.
Sonriendo, completamente calmado, dirige la mirada a la otra rivera y su sonrisa se borra tan rápido como había aparecido.
Su mirada, inevitablemente fija en una silueta que no podría confundir entre el gentío.
Arremangándose las faldas, con un pequeño bulto en sus brazos, Margarita se aleja por el camino del lavadero, acompañada por Alonso que corretea frente a ella, y una figura alta que camina decidida a su lado, llevando el una mano un cesto, mientras la otra se apoya en la cintura de la joven que se voltea ligeramente y sonríe.
Y mientras ella sonríe, él, por su parte, no puede evitar que un aciago pensamiento inunde sus pensamientos y recorra su espalda con un súbito escalofrío al ser consciente de la identidad del acompañante de la joven.