PESCADILLA AGUILERA

En este espacio tendrán cabida todos los relatos que nos inspire nuestra serie favorita. Fan-fics, relatos cortos e incluso poesía.
Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 7:40 pm

En otro tiempo……., en otro lugar……, cuatro aguiluchas escribanas pergeñaron una sorprendente historia de Águila Roja.
La empezó Anja_Scarletbird, que también propuso la idea, consistente en que alguien escribía un trozo de la historia, y otra persona, la primera que llegara o le apeteciera, la siguiera.
El resultado fue insólito, con inesperados giros en la trama que, sin embargo, poco a poco, iban cumpliendo nuestros más queridos sueños: Gonzalo se entera de que Lucrecia es la mala…, y no digo más para no quitar la emoción. Imagen
Las perpetradoras del experimento fuimos Anja, Sherezade, Mica y yo. Esperamos que os guste y lo paséis tan bien leyendo, como nosotras escribiéndola. Y si alguien se anima…., pues que la siga….
La pongo seguida, he intentado separar las diferentes partes, pero después de más de una hora de pelearme con el formato, el word, y el foro, no he podido. Y no me preguntéis quién ha escrito qué, porque no me acuerdo…¡como que a veces me cuesta reconocer lo que escribí yo misma! Imagen Y esto fue lo más pasmoso, que a pesar de que cada una tiene su estilo, sin embargo, quedó bastante uniforme. Quiero aclarar que nunca nos pusimos en contacto para nada, por lo que en ocasiones, tú pensabas seguir con una idea, y llegaba la siguiente y te la cambiaba al revés, pero ese era el reto, seguir donde la compañera lo había dejado, independientemente de tu idea original.



Pues allá voy. ¿Quién se quiere poner en la piel del amo? (Anja dixit)
* * *
Un golpe en el pecho, seguido por una fuerte convulsión y un intento de doloroso trago de aire, consiguieron que moviese la cabeza unos milímetros.
Oí gritos, pero estaba lo suficientemente aturdido como para no prestarles atención. Oí que alguien gritaba mi nombre con desesperación, con desgarro, pero en ese momento no logré ubicar la voz.
Sentía dolor, mucho dolor; estaba completamente derrotado. Algo me ardía por debajo del hombro izquierdo; debía ser una herida muy grave para tenerme postrado así. A mí, que vestido de Águila no me detenía ni la misma muerte.
Otro golpe, otra convulsión y otra bocanada de aire llenó mi cuerpo. Entonces vi un niño. Un niño de pelo castaño revuelto y ojos vivos que me suplicaba que no me fuese. Alonso, quise gritar, no me iré. ¿Cómo voy a irme y dejarte solo, hijo mío? No, no podía irme, no podía dejar a ese chiquillo solo en el mundo; ya había perdido a su madre, no podía perderme a mi también. Su madre, Cristina. Sus ojos oscuros y dulces me miraron, pero por alguna razón que se me escapa aún ahora, no pude ver su rostro con claridad, tan solo una radiante sonrisa que me incitaba a abrir de nuevo los ojos.
Otro golpe. Pero ésta vez sentí el aire llegando a los pulmones; volví a respirar con normalidad. Gritos de alivio que gritaban “Gonzalo, Gonzalo”. Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban tanto que me di por vencido enseguida, algo que, por definición, no estaba en mi naturaleza. Así que volví a intentarlo, una y otra vez, hasta que mis pupilas se dejaron ver apenas un milímetro.
Percibí sombras entre mis pestañas, una nube negra alrededor de una mancha color carne. Intenté con todas mis fuerzas enfocar la mirada; sí, allí estaba… Quise gritar su nombre, decirle que no se preocupase más, que había vuelto. La desesperación coloreaba sus ojos, pero a los míos, toda ella brillaba con luz propia. Al contrario que Cristina, que parecía desvanecerse entre las sombras de mi subconsciente. Tenía una de mis manos entre las suyas, con los labios apoyados entre ellas mientras susurraba débilmente “no te vayas, no te vayas”. Un reguero de lágrimas rociaba su rostro moreno y mojaba nuestras manos entrelazadas.
-¡Amo, amo! ¿Ha visto usted ésa luz que dicen que se ve? –oí la voz de otra persona al otro lado de mi cabeza. Sátur, un ser que se había convertido en mi mano derecha.
Pero no pude prestarle atención, pues toda mi consciencia se volcaba en la expresión de mi cuñada Margarita que tornaba de las lágrimas de la desesperación a las del alivio. Intenté alzar el brazo izquierdo para acariciar su rostro, pero ella misma me lo impidió con una mano. Todavía sigo sin saber cuánto rato buceé en sus ojos, pero aunque en ese momento me parecieron años, ahora siento que sólo fueron segundos.

Cuando desperté, era de día. El techo era el de mi alcoba; estaba en casa. Sin embargo seguía sin poder mover el brazo izquierdo; un vistazo rápido me bastó para ver que lo habían inmovilizado a mi costado y que un par de vendas cruzaban mi pecho para mantenerlo en su posición.
Sentí una presión cálida y suave en mi mano derecha. Moví un poco los dedos para librarme de aquello, pero reaccionó acariciando mi piel.
-Tranquilo, tranquilo. Ya estás fuera de peligro, Gonzalo –dijo una voz desde allí.
Giré el cuello dolorosamente hacia la derecha, y lo que vi me dejó sin aliento. Margarita, mi cuñada, estaba arrodillada sobre unos cojines en el suelo, junto a la cama. Descansaba su cabeza sobre la colcha, a mi lado, y su mano sostenía la mía en un intento de reconfortarme de mi dolor. Su larga cascada de bucles negros se le desparramaba desordenadamente por la espalda.
-¿Margarita? –pronunciar su nombre fue algo mágico. Me sentí mejor-. No me digas que has dormido ahí toda la noche.
-Sí, Gonzalo –dijo con su dulce voz-. Tenía miedo de que te pasara algo mientras dormías. Juan dijo que podrías despertar con dolor y que era mejor que alguien se quedase contigo. Se iba a quedar Sátur, pero al final, me quedé yo.
-Anda –le dije con voz suave-. Ve a dormir un poco. Yo estaré bien. De verdad.
Se incorporó lentamente e hizo una mueca de dolor al volver a estirar las piernas. Me colocó las sábanas bien y comprobó que no tuviese fiebre, todo, intentando no mirarme a los ojos, como si se avergonzase de ello. Claro que, no debía ser fácil para ella cuidarme ahora que estaba prometida con Juan. Sobre todo teniendo en cuenta lo que habíamos sentido el uno por el otro hacía años.
-Margarita –la llamé cuando salía-. ¿Cómo está Alonso?
-Bien, están bien. Cuando despierte, le diré que venga a verte.
Salió del cuarto, y me derrumbé sobre los almohadones. Dolía, dolía mucho. Pero no estaba dispuesto a dejar que un balazo del Comisario terminase conmigo. Maldito Hernán. Llegaría el día en que luchase con él a muerte, y en que le ganase.
De todas formas, me dije, no dejaría que mi familia se preocupase más de lo necesario por mí. Si algo me dolía, me lo callaría como hacía siempre; no quería que ellos también sufriesen, no era necesario.
Y además, estaba Margarita. A pesar de todo, yo seguía sintiendo un amor inmenso por ella, aunque jamás me atreviese a confesárselo, y Juan lo sabía. No quería que él pensase que utilizaba las heridas para acercarme a Margarita, había que ser demasiado canalla.
(si os dais cuenta, empiezo con la escena cuando Gonzalo llega herido de muerte de las mazmorras reales al final de la primera temporada)

Sátur me sorprendió, unas horas más tarde, intentando levantarme de la cama. A pesar del dolor, no podía quedarme quieto; tenía cosas que hacer, tenía que darles clase a los niños, seguir con mis investigaciones …
-Pero, ¿adónde me va usted, amo? ¡Sí lo han dejao peor que a la Armada Invencible y aún quiere pasearse! Ande, ande, métase en la cama no vaya a ser que se le abra la herida y la líe peor que ayer. Descanse, que buena falta le hará.
-Sátur, que llevo toda la mañana aquí metido; no puedo estar más rato así –me quejé. La verdad es que eso de pasarse la mañana en cama, por muy enfermo que estuviese, no iba conmigo-. Anda, ayúdame a lavarme y a vestirme.
-No. No. No, usted se vuelve a esa cama como que yo me llamo Saturno García. Que han estado a punto de matarle, hombre de Dios.
Resignado, me senté en el borde de la cama. No tenía ganas de discutir, las mismas que de quedarme allí inmóvil. Me tumbé de nuevo con un sonoro suspiro y un pequeño quejido que esperé que Sátur no hubiese oído. No fue así, y se apresuró a colocarme bien los cojines para que el hombro derecho descansase cómodamente sobre ellos.
-Entonces, al ver que no volvía –comencé en voz baja-, ¿hiciste lo que te pedí? ¿Quemaste la guarida?
-Pues no, amo, no…Me iba a poner a ello justo cuando entró usted por la puerta… Anda que… menudo susto se llevó el pobre Alonsillo al verle así…
Le sonreí no sin esfuerzo. Ahora que me había intentado levantar, el dolor había regresado en todo su apogeo, y me costaba mantener a raya la expresión neutral que se reflejaba en mi rostro.
-No podía dejarlo solo, Sátur –le simplifiqué mis sentimientos-. Ni a ti, ni a Margarita… Por cierto, ¿no se habrá ido a trabajar? Después de haber pasado toda la noche casi en vela por mi culpa, debería descansar un poco.
-Eso le decía yo antes y no me quería hacer caso, amo… que usted mucho preocuparse por los demás, pero por sí mismo…ná de ná. Eso sí, ¡ya se podía haber quedado despiertito y disfrutaba del momento, hombre! Que todos los días no lo mira a uno dormir una mujer como Margarita…
-Anda, Sátur, no sigas por ahí… -le digo volviendo a sonreír con esfuerzo.
-Eso es porque le ha gustado despertarse y verla ahí, amo, que a mí no me engaña… ¡sí lo sabré yo!
No te lo negaré, pensé, pero no te lo voy a decir en voz alta. Me dolía bastante la cabeza, y estaba un poco aturdido, y como sabía que Sátur podía llegar a ponerse muy pesado con el tema, como el mismo decía, de hacer campaña a mi favor, me hundí de nuevo en los cojines y le dije:
-Creo que dormiré un poco más.
Sátur salió de la alcoba en cuanto me vio cerrar los ojos. La verdad es que incorporarme me había costado un gran esfuerzo que me había dejado exhausto. En cuanto estuve seguro de que Sátur no podía oírme, volví a intentarlo. Me incorporé lentamente en el lecho y eché los pies al suelo. Si había llegado a casa desde las mazmorras, bien podía recorrer metro y medio y sentarme en la silla de mi escritorio.
Había unos documentos que quería revisar, y ahora que ni Margarita ni Sátur iban a dejarme poner un pie en la calle, al menos en unos días, tenía tiempo de sobra. Pese al dolor de cabeza, abrí un cajoncito secreto bajo la parte central del tablero y extraje el dibujo que en su día Murillo había hecho de Cristina. En ese instante recordé lo borroso que se me había aparecido su rostro cuando estaba delirando. Y como había brillado Margarita.
Observé sus rasgos suaves y dulces bajo la luz que me ofrecía la vela. Deslicé un dedo por sus pómulos; recordaba su tacto suave, pero a la vez me parecía tan distante… Y sin embargo, ya no me resultaba doloroso pensar en ella. Triste sí, habíamos compartido mucho juntos, pero mi corazón se estaba recuperando de su pérdida. Irónicamente, a causa de su hermana. Estaba seguro que era Margarita y lo que sentía por ella lo que me animaba a seguir adelante, pero desde el principio; la verdad es que lamentaba haber sido tan duro con ella cuando llegó de Sevilla. A pesar de los años, había seguido sintiendo rencor hacia ella cuando sólo había venido a ayudarme a hacerme cargo de Alonso. Había sido muy injusto con ella, y ahora lo lamentaba.
Al ir a dejar el retrato sobre la mesa, éste, sin querer, rozó la llama de la vela y comenzó a chamuscarse por la parte superior.
-¡No! –exclamé palmoteando sobre el papel con la mano sana. Lo agité en el aire y examiné la zona chamuscada para comprobar que no había sufrido daños.
Fue entonces cuando vi aparecer unas líneas por la parte de atrás; giré la hoja y observé como ante mis ojos, se formaban unas palabras.
-¡Sátur! –exclamé en dirección a la puerta-. ¡Sátur!

¡Dios mío! Era una lista de nombres de la gente más poderosa y rica del reino. “Marqués de la Ensenada”, “Duque de Lerma”, “Conde de Medina-Sidonia”, “Marquesa de Santillana”… ¡no podía ser! Por momentos apenas pude pensar ante semejante revelación: ¡Lucrecia formaba parte de la Logia, que había asesinado a Cristina!
En aquel momento llegó Sátur.
-Amo, ¿qué le pasa? Está usted más blanco que un cirio, ¿qué ha pasado?
-Sátur… -empecé a decir con voz trémula-…Lucrecia está en la lista de la Logia del libro del capitán Rodrigo…
Sátur abrió los ojos impactado por la noticia.
-¿La marquesa forma parte de la conjura para matar al rey? ¿Cómo puede ser eso?
Yo mismo no me lo podía creer, por más que me lo repetía… Y de alguna manera Lucrecia también era responsable de la muerte de Cristina. Di un respingo y sentí un pinchazo atroz en la herida. La rabia empezó a subir burbujeante por mi pecho y me puse en pie en un brusco movimiento.
-¡Pero amo!, ¿qué hace usted? ¿Adónde va? ¡Usted no puede moverse de aquí en las condiciones en las que está!
-Me voy al palacio de la marquesa. Tengo que saber si esto es verdad, necesito saberlo –la ira me embargaba y me cegaba, pero también me daba fuerzas. Donde antes me parecía imposible levantarme de la silla, ahora me veía capaz de montar a caballo para tratar de llegar cuanto antes al palacio de Lucrecia. Me encaminé hacia la cuadra, a la vez que Sátur me seguía gritando y lanzando juramentos. Pero yo no era capaz de razonar. Empecé a sentir que me invadían oleadas de un odio gigantesco, mientras todo mi ser reclamaba venganza. Subí al caballo y salí de casa.
No sabía si me dolía más la herida física del pecho, o la herida del alma. Lucrecia formaba parte de la Logia… Yo siempre había creído y confiado en ella. Cierto que, en ocasiones, me había resultado desconcertante su actitud, pero jamás pude llegar a imaginar que estuviera con esa gentuza. Los principales nobles del reino, que en su afán por deshacerse del rey, se habían llevado por delante a tantos inocentes, como a… Cristina. Más que su muerte en sí, lo que me corroía por dentro era la inutilidad y estupidez de la misma. ¡Si yo no me hubiera entretenido en la taberna…! Pero de nada servía culparse, lo único que quedaba por hacer era encontrar a los responsables y hacerles pagar por ello. Aunque fuera Lucrecia…
Llegué al palacio y en medio de terribles punzadas en la herida y de una debilidad delirante que me consumía por momentos, logré desmontar y acercarme a la puerta. La criada que me abrió se quedó asombrada mirándome.
-¡Señor Montalvo! ¿Qué le ha sucedido?
Mal vestido, con apenas los pantalones y las botas, el vendaje asomando por debajo de la camisa, la cara congestionada por el esfuerzo de montar a caballo, el pelo sudado pegado a las sienes, y el brazo izquierdo en cabestrillo, debía de dar bastante mala impresión.
-Necesito ver a Lucrecia inmediatamen… –mi voz se quebró al final por el esfuerzo, y durante unos momentos, sentí que todo daba vueltas. Pero conseguí rehacerme y me quedé mirando fijamente a la sirvienta, que, angustiada, asintió y dando media vuelta, se internó en palacio para ir a buscar a su dueña. Yo traspasé el umbral, y empecé a avanzar por los magníficamente decorados pasillos de la casa de la marquesa. El dolor me hacía ir encorvado y con la cabeza agachada. Y cual no sería mi sorpresa cuando al llegar a la salita de Lucrecia, vi aparecer ante mis ojos, en las baldosas del suelo, el símbolo de la Logia…. Era cierto pues, ¡Lucrecia pertenecía a esa hermandad maldita!
En ese momento, apareció una melosa y preocupada Lucrecia.
-¡Gonzalo! ¡Qué alegría tenerte por aquí! Pero… ¿qué te ha pasado?
A duras penas pude levantar la vista, y la miré con una mezcla de odio, incredulidad y dolor…
El cuerpo de Gonzalo cayó al suelo.
-¡Gonzalo! ¡Rápido, venid todos a ayudarme! ¡Gonzalo se ha desmayado! Lo llevaremos a mi alcoba, que es la más cercana.
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 8:00 pm

Cuando abrí los ojos, vi un inmenso dosel ricamente bordado en oro con unas iniciales: LS. No sabía donde estaba, miré a la derecha; alguien se sentaba a mi lado y me miraba con expresión preocupada. Era Lucrecia.
Entonces caí en la cuenta. Cegado por la ira, había ido hasta allá para hacerle pagar la muerte de Cristina. Claro que, así de cegado había estado, que no había reparado en lo maltrecho que estaba, pero lo más importante –y peligroso- , no había reparado en mi doble vida. ¿Cómo iba a explicar Gonzalo de Montalvo, maestro de escuela, que sabía de la existencia de una Logia secreta cuyo objetivo era acabar con la dinastía de los Austrias sin importar los medios que se utilizasen sin poner en peligro la identidad del Águila? Tendría que inventarme algo.
Lucrecia me apartó un mechón de pelo de la cara, pero mi voz gélida detuvo su siguiente movimiento.
-No me toques, Lucrecia. Había venido a hablar contigo –dije entrecortadamente. Aunque pensaba sin esfuerzo, me costaba articular las palabras-. Sé porqué lo hiciste. Sólo querías separarnos.
-Pero, ¿qué estás diciendo, Gonzalo? –dijo llevándose una mano al pecho-. Tú y yo nunca… quiero decir, me dejaste bien claro…
-Nos separaste. A Margarita y a mí, hace muchos años.
-Gonzalo, no sabes lo que dices, estás delirando.
Sí, eso quiero que creas, pensé. Exhalé un suspiro y la miré con los ojos entrecerrados.
-De alguna manera, te las arreglaste para que viese a ese noble con Margarita; seguro, ¡fuiste tú!
Lucrecia se levantó y me miró espantada. Retrocedió y abrió la puerta. Vi a Catalina asomar la cabeza y mirarme asombrada. Tendría que hablar con ella después.
-Catalina, prepara mi carruaje. Gonzalo debería volver a casa. Está enfermo; creo que debería descansar.
Sonreí para mis adentros. Pero esto no terminaría así. No podría atacar a Lucrecia bajo la apariencia de Gonzalo de Montalvo, pero sí bajo la de Águila Roja. Sin embargo, necesitaría recuperarme un poco antes de volver a empuñar mis armas.
-Gracias, marquesa –dije con énfasis, para que notase el cambio en el trato-. Pero puedo volver con mi caballo perfectamente.
-Por favor, Gonzalo, no seas tozudo. Ni siquiera puedes tenerte en pie.
Me incorporé despacio para no marearme, como en casa, y cuidadosamente, eché los pies al suelo. Bien, no me tambaleaba. Me levanté con las mayores precauciones y pasé junto a ella.
-Puedo andar. Buen día, marquesa.
Salí del cuarto intentando ocultar el dolor que me producía cada paso. Volver a casa a caballo iba a ser un suplicio, pero no pensaba aceptar nada de aquella mujer. Catalina me dio unas palmaditas en el hombro y me acompañó fuera; oí los pasos de Lucrecia detrás de nosotros.
-Pero Gonzalo, ¿cómo se te ocurre venir en estas condiciones? ¿No te ha impedido Sátur salir de casa?
-Lo ha intentado. Lo siento, Cata. No me encuentro muy bien.
Y era verdad. Esta completa y absolutamente molido. Oí unos pasos apresurados pasillo adelante, y Margarita apareció ante nosotros.
-¡Gonzalo! –exclamó entre aliviada por verme en pie, enfadada por haberme levantado y sorprendida por verme allí-. ¡Juan te dijo que tenías que guardar días de reposo! ¡Días, Gonzalo! ¿En que estabas pensando?
-Margarita –dije con la misma voz que había empleado antes en los aposentos de la marquesa-. No sé cómo he llegado aquí. Tenía que hablar con Lucrecia sobre…
-¿Y no podías esperar a estar mejor? –exclamó.
En ese momento me fallaron un poco las rodillas; gracias a Cata no me caí, pero Margarita se situó a mi otro lado y me rodeó firmemente la cintura con un brazo para sostenerme. Vi a Lucrecia adelantarse, y su mirada de celos al ver como Margarita me rodeaba con sus brazos y me susurraba que iríamos a casa ahora mismo.
-Haré que dejen el caballo del señor Montalvo en la entrada principal, para que no andéis de más. Margarita, puedes acompañarlo, tómate el resto del día libre. Supongo que necesitará a alguien que le diga que no se tire a los caminos en sus condiciones.
-Que generosidad, marquesa –mascullé débilmente.
-No hagas que me arrepienta, Gonzalo –dijo ella-. Cuando te recuperes hablaremos tú y yo.
Claro. Pero no te pienses que va a ser una charla de viejos amigos de risas y recuerdos de juventud. Cata y Margarita me condujeron hasta mi caballo, y uno de los mozos les ayudó a subirme a la silla. Margarita tomó las riendas e hizo que el animal caminase hacia la Villa.

Cuando por fin llegamos a casa y Sátur me hubo metido en la cama, Margarita se plantó, muy seria, en el marco de la puerta.
-Contenta me tienes –dijo con su dulce voz. Sabía que estaba enfadada, como para no estarlo-. Voy a llamar a Juan no vaya a ser que se te haya abierto la herida, o por lo menos para que te de algo que te tranquilice.
-Margarita, no necesito nada, en serio –le dije con una sonrisa cansada-. Vuelve al trabajo, si quieres.
-¿Y arriesgarme a que esta vez se te ocurra irte hasta Salamanca? Ni hablar, yo me quedo contigo.
Suspiré. Yo en su lugar haría lo mismo. Pero tenía que hablar con Sátur.
-Vale, pero… ¿puedes decirle a Alonso que venga?
Margarita salió con un suspiro, y casi inmediatamente, entró Sátur.
-Pero, amo, ¿cómo se le ocurre? A usted, que hay veces que parece de piedra…
-Sátur, en dos días iré al palacio de la marquesa. Necesito que tengas todo preparado para que ni Margarita ni Alonso descubran que no estamos en casa.
-Pero, amo… ¿usted se ha visto? –dijo señalando la maraña de vendas que cubrían mi brazo y parte de mi torso.
-No puedo enfrentarme a Lucrecia como Gonzalo, así que tendré que ajustarle cuentas de otro modo.
-Sí, pero…¿no puede esperar? Si total, ha estado esperando hasta que encontró el papelito ese, ¿Qué más le da un día más o menos?
-No, Sátur –dije negando con la cabeza y sonriendo-. Esto tiene que terminar ya. Hasta que no vengue la muerte de Cristina, no tendré la conciencia tranquila.



Alonso entró como una bala en el cuarto, con el pelo revuelto y los ojos muy abiertos. Al ver que estaba despierto, sonrió alegremente y se sentó a mi lado. Miró con curiosidad las vendas.
-No te preocupes, pronto volveré a estar bien –le dije pasándole una mano por el pelo-. Quiero que vayas a la escuela y que les digas al resto de niños que no habrá clase en un par de días, Alonso.
-Gonzalo –protestó Margarita, que había entrado detrás del niño-, tienes que descansar. ¡No puedes volver a dar clase en dos días!
Giré la cabeza hacia ella; quería que viese la expresión calmada de mi rostro.
-Margarita, estaré bien.
Suspiró y salió pisando fuerte del cuarto, harta de que no le hiciese caso. La verdad es que un poco de razón si que tenía; como enfermo, no servía.
-Así que, ¿tenemos dos días de fiesta? –dijo Alonso alegremente.
-¿Tan poco me queréis como maestro? –repuse haciendo un mohín. Alonso se quedó serio, pero volvió a reír al verme sonreír-. Anda, bribón. Ve a jugar con tus amigos.
El niño salió corriendo, después de darme un abrazo. Sátur se quedó mirando como me recostaba trabajosamente sobre los almohadones.
-Anda que…menuda cabeza la suya –me reprochó-. Todo el mundo preocupándose por usted, y usted duro y dale, que quiere corretear…

Dos días pasaron, en los que el dolor remitió notablemente, y en los que pude empezar a mover el brazo herido. Sátur se había encargado, tal y como le había pedido, de quedarse ésa noche vigilándome, para poder salir de la casa y que ni Margarita ni Alonso notasen nuestra ausencia.
Cuando se hubieron dormido, subimos a la guarida, me vestí con mi uniforme de justiciero y me ajusté las armas. Sátur negaba con la cabeza en silencio. Sabía que no le gustaba que saliese estando débil aún, pero desde el día anterior, había podido levantarme sin marearme, no había sufrido desmayos y el dolor era una tontería comparado con el que había sentido días atrás. De hecho, me sentía bien, renovado.
Salimos en silencio de allí, y ensillamos los caballos. La calle estaba dormida; ni siquiera se oía alboroto en la puerta de la taberna. Cuando por fin dejamos atrás las últimas casas, espoleamos los caballos, y en apenas un cuarto de hora, nos plantamos frente al palacio de la marquesa de Santillana.
Teníamos que entrar por una de las puertas del servicio, en la parte trasera del edificio. Sátur escondió los caballos mientras yo abría la puerta, que se abrió con un suave quejido, que teniendo en cuenta las horas que eran y las dimensiones del lugar, iba a pasar desapercibido. La puerta nos condujo a un pasillo lóbregamente iluminado de la planta calle. Sabía que los aposentos de la marquesa estaban encima de nosotros, a la derecha, así que buscamos unas escaleras que nos condujesen hacia arriba. Avanzábamos en el más completo silencio, pegados a la pared, atentos a cualquier ruido, prestos a detenernos o a defendernos si se terciaba. Llegamos sin más novedad a las puertas de la cámara de Lucrecia. Indiqué a Sátur que no avanzase más, pues podría ser reconocido al no ir embozado como yo. La verdad es que a veces pensaba que le convendría cubrirse la cara en nuestras misiones.
Pegué la cabeza a la madera, esperando oír algún ruido; nada, no se oía nada. Coloqué una mano en la empuñadura de la espada, y lentamente, giré el picaporte. Cuando la puerta terminó de abrirse –sin el más mínimo chirrido-, vi que Lucrecia estaba sentada de espaldas a mí, en uno de las butacas que había junto al fuego. Cerré de un portazo y me aparté de la puerta con ligereza.
Lucrecia se giró justo cuando yo tomaba asiento en la butaca que encaraba la suya. Sin verme, se levantó y avanzó hacia la puerta, la abrió, y se asomó al pasillo. Tal y como esperaba, no vio nada allá; suspiró sonoramente.
Pero el suspiro se quedó congelado en su garganta al verme allí sentado. Hizo ademán de gritar, pero mi voz ronca, para ocultar el verdadero tono de voz de su adorado Gonzalo, la detuvo:
-No grites –le musité-. Aún no. Siéntate.
Sorprendentemente, me obedeció. Tomó asiento enfrente de mí, y me observó con una mezcla de desafío, miedo y orgullo en la mirada.
-¿Qué quieres de mí? –me espetó con voz fría.
Me tomé mi tiempo en contestar. Con deliberada lentitud, acaricié el filo de mi espada, que descansaba en mi regazo como si fuese completamente un gatito inofensivo. Alcé los ojos para mirarla a la cara.
-Sé quién eres de verdad –dije con la voz ronca de Águila-. Sé de tus planes para acabar con el rey cueste lo que cueste.
La expresión horrorizada de la marquesa me indicó que no había fallado.
-Sé de la existencia de la Logia, como algunos de tus secuaces han podido comprobar; sé que no os importa matar inocentes por vuestra causa. Sé –y aquí la dureza de mi mirada se intensificó involuntariamente- que matasteis a la mujer del maestro en Navidad.
-Eso no te importa –musitó con un susurro tembloroso. Había logrado vencer esa máscara de indiferencia que lucía siempre Lucrecia.
-Me importa –rebatí-, porque era inocente. Me importa, porque una familia quedó destrozada; me importa porque un niño quedó huérfano, y porque un hombre quedó viudo. Nadie retorna de la muerte, marquesa, deberías saberlo. ¿Recuerdas lo que sentiste cuando quemaron a tu padre en la hoguera? Seguramente era inocente, igual que esa mujer.
-¡Basta! –exclamó levantándose y secándose unas lágrimas-. Yo no ordené que matasen a la mujer del maestro, estuvo en el lugar equivocado en el momento menos indicado.
-Pero esa Logia actúa como un todo. Para mí, todos sois unos asesinos.
Lucrecia dio un par de vueltas por el cuarto, con la angustia pintada en sus ojos. Se mesó los cabellos en un intento por tranquilizarse. No quería atormentarla más; en su día pagaría su deuda con la justicia.
Me levanté de la butaca, provocándole un sobresalto. Se llevó una mano al pecho mientras que yo ponía una mano en el picaporte.
-Si no te he matado ahora –dije en un susurro-, es porque sé que tienes un hijo pequeño, huérfano de padre. No quiero arrebatarle también a su madre y que sea un desgraciado el resto de su vida.
Lucrecia me miró con terror.
-Recuérdalo. Sólo tu hijo te mantiene con vida.
Me deslicé al pasillo, y en apenas unos minutos, Sátur y yo nos dirigíamos de vuelta a la Villa.


Es de noche y fuera retumban los rayos y centellean los relámpagos. Estoy acostado en la cama. Me siento extremadamente cansado, y no solo físicamente. Había ido a asustar a Lucrecia, sí, ¿y qué? Había experimentado un placer especial durante un rato. Ver su mirada aterrorizada, poder decirle que su vida y la de su hijo estaban en mis manos…Pero no podía matarla, igual que a Hernán. No podía concretar esa venganza que me corroía el alma. Había jurado que acabaría con los asesinos de Cristina, pero era inútil. ¿Cómo iba a matar a Lucrecia? Y, sobre todo, ¿cómo iba a matar a mi hermano?
Mi hermano…mi boca escupe la palabra en voz baja. Desde que Agustín me había contado esa verdad, todo se había hecho más insoportable aún, si cabe. No, definitivamente, no podía levantar la mano contra él. Y Cristina quedaría sin vengar. Quizá algún día tendría que contarle la verdad a Alonso. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo se le dice a un hijo, que tu propio hermano ha matado a tu mujer, a su madre?
Oigo el monótono repiqueteo de las gotas de lluvia contra los cristales. El dolor de la herida se ha hecho más intenso, como predecían Margarita y Sátur. Quizá he salido demasiado pronto. Debí haberles hecho caso. Miro el vendaje y veo una mancha de sangre que lo traspasa. ¡Y esto también se lo debo a Hernán! La rabia se apodera de mí. Esa rabia que tantas veces me ha llevado por los más dolorosos caminos…Cierro los ojos y veo a mi hermano apuntándome con su pistola en las mazmorras del rey… ¿Cómo puede ser él mi hermano? ¿Quiénes eran nuestros padres? ¿Por qué me han hecho creer toda la vida que mis padres eran otros? Le he preguntado mil veces a Agustín, y siempre me dice que no puede contarme nada. ¿Qué secretos hay detrás de todo esto? Me siento suspendido en el aire, porque, ¿quién soy? Mi vida es una gran mentira…
La desesperación, la impotencia y la rabia, se transforman en un dolor de cabeza que martillea mis sienes. ¿Qué sentido tiene todo ya? Hasta Margarita se va a casar con Juan… Hubo unos instantes en los que creí que estaba a punto de vengar a Cristina, cuando supe que había sido el comisario; y también creí que podría rehacer mi vida con Margarita… ¡qué estúpido he sido! Media vida perdí odiándola, para acabar viendo que la amaba con todas mis fuerzas, que jamás la había olvidado, que no importaba lo que a mí me parecía que había hecho o dejado de hacer…seguía amándola.
Pero lo más duro de todo era reconocer que, lo de Cristina había sido una pura ilusión. Mientras duró, la quise, claro que la quise. Era adorable, buena madre, y me quería. Mi amor por Margarita había quedado parapetado, escondido, aletargado detrás de un odio estúpido. Porque de la muerte de mis padres sólo yo era responsable; solo yo fui el que retó al noble, sólo yo fui el que lo maté, sólo yo fui el que huí y los abandoné a su suerte. Había culpabilizado a Margarita para soportar el inmenso dolor de ver que solo yo había sido el responsable.
Pero fue verla aparecer recién llegada de Sevilla, y mi corazón empezó a chillar desesperado. ¡Dios! Cuánto la amaba mi alma… cuánto la deseaba mi cuerpo…Pero ni aún entonces fui capaz de desprenderme de todas las corazas y vendas que yo mismo me había impuesto. Y además sentía que estaba traicionando a Cristina. Así, en mi interior, llegué a creer que cuando vengara a Cristina, sería merecedor de ser feliz con Margarita. Porque hasta hace cuatro días, yo creía que ella me correspondía. Lo supe cuando nos besamos, cuando le dije que hiciera lo que sintiera. Ella me había besado, y yo había sentido tanta pasión, tanto amor en aquel beso, que me asusté, y para espantar mi miedo, solo se me ocurrió decirle que siempre estaría Cristina entre nosotros…
Definitivamente, era incapaz de encaminar mi vida en la dirección adecuada. En un rinconcito de mi alma, encontré lo único que realmente deseaba: ser feliz como un simple maestro, con Margarita y con Alonso. Pero, eso, eso era imposible. Yo mismo me había encargado de matarlo.
Un gigantesco relámpago ilumina la habitación, seguido a los pocos segundos por un pavoroso trueno, que hace temblar toda la casa. Al momento, entra Alonso corriendo, e interrumpe así mis pensamientos de conmiseración conmigo mismo.
-Padre, ¿puedo dormir contigo? –su voz suena algo temblorosa y alarmada.
-Claro que sí, hijo, ven aquí –le digo sonriente a lo único que me queda en esta vida. Alonso se acerca confiado, pero cuando se va a acostar a mi lado exclama:
-¡Tienes todo el vendaje lleno de sangre, padre! –le tiembla la voz y la mirada es de puro susto. –¡Voy a llamar a la tía! –y sale corriendo de la habitación antes de que yo pueda decir nada.



Margarita entró como una exhalación en el cuarto, seguida de cerca por Sátur. Dejó la palmatoria en la mesita de noche y casi rasgó mi camisa para observar la mancha escarlata que teñía el vendaje. Por detrás de ella, vi a Alonso, con gesto preocupado.
-Alonso, hijo, trae agua –dijo Margarita con voz nerviosa. Le temblaban las manos-. Voy a llamar a Juan…
-Margarita, tranquila, no pasa absolutamente nada –intenté calmarla-. No molestes a Juan por una tontería. En serio, no me duele.
Una mentira piadosa. Claro que me dolía, era una constante punzada que me atenazaba los músculos, pero era soportable. Siempre dicen que el dolor puede ser corto e intenso, o largo y moderado; bien, este era el segundo caso. Mientras lo pudiese soportar, no solicitaría la asistencia de Juan.
-Pero Gonzalo, ¡estás sangrando! –exclama-. ¿Cómo ha podido pasar, si no te has movido de aquí?
Alonso entra con una palangana llena de agua y un pequeño lienzo colgado del hombro. Se coloca junto a Margarita, que ha comenzado a desatar las vendas y a retirarlas apresuradamente. Se las da a Sátur y le pide que las lave y que traiga algunas nuevas.
La verdad es que no tenía buena pinta; quiero decir, no se había infectado, pero no me gustaba su aspecto. Incluso parecía más grande, aunque decidí tomarlo como un efecto óptico provocado por la luz de la vela. Margarita mojó el paño en el agua tibia y lo pasó con cuidado por la zona a limpiar. Quizá, simplemente, al subir al caballo y agitar las riendas, hubiese movido demasiado el brazo. Tenía que ser eso.
-Creo que está cerrada ya –dijo Margarita-. Ahora no sangrabas, solo eran restos resecos.
-Está bien –dije.
En ese momento, un relámpago iluminó por completo la habitación, seguido de un trueno tremendo que hizo que Alonso pegase un pequeño salto. Sonreí al verlo.
-Qué no pasa ná, Alonso –dijo Sátur posando su mano en la nuca del niño-. Que son los de por allá arriba, que los angelitos, en algún lugar tienen que…
-Sátur… -le advirtió Margarita sin girarse, atareada en vendar de nuevo la herida.
Alonso sonrió y se sentó al otro lado de la cama. Acercó la cabeza hacia su tía, para ver como terminaba de vendarme.
-¿Te duele mucho? –me preguntó.
-No, hijo –dije mirándolo a los ojos, intentado que en ellos sólo viese claridad-. ¿Ya está? Gracias, Margarita. De verdad.
Le apreté la mano que aún reposaba sobre mi brazo, en el último nudo de la venda. Fijó sus ojos oscuros en los míos y esbozó una tímida sonrisa.
-Bueno, amo, si ya está mejor, yo me voy a dormir…que mañana…que no queda mucha noche pa’ dormir, amo… -se encaminó hacia la puerta, y arrastró consigo a Alonso-. Hale, Alonsillo, arreando, que tu tía aún le tiene que dar una medicina a tu padre.
Sátur me miró, guiñándome un ojo picarón. Sacudí la cabeza con una sonrisa. Sátur y sus campañas…
-Pero, pero… ¡pero que hay tormenta! ¡Qué tengo miedo, Sátur! ¡Yo me quedo con mi padre, que tengo mucho miedo! –exclamó Alonso lanzándose en plancha sobre la cama y envolviéndose con mi brazo sano-. Uy, lo siento, padre. ¿Te he hecho daño?
Negué con la cabeza para tranquilizarlo. Sátur entró de nuevo y lo cogió por la espalda, desembarazándolo de mi brazo. Le revolví el pelo antes de que Sátur lo hubiese arrastrado fuera del jergón.
-Que tiene miedo dice, el muy condenao… -rezongó levantándolo en vilo. Margarita y yo nos reímos observando al dúo-. Hala, dale un besito a la tía y al amo, que Sátur te cuenta un cuento, y ya verás que bien duermes, Alonsillo.
Al final Sátur consiguió convencer a Alonso, que aunque a regañadientes, salió obedientemente del cuarto. Cuando Sátur cierró la puerta detrás de él, Margarita y yo nos echamos a reír a carcajadas. Menudo par de dos… con Alonso en casa, y Sátur rondando, habíamos juntado el hambre con las ganas de comer…
Margarita agitó sus rizos oscuros para apartárselos de los ojos, que le brillan con alegría.
-Temí que fuese algo serio, Gonzalo –dijo con dulzura.
En algún momento de esa frase, sentí mi garganta secarse y mi mente quedarse completamente en blanco. Cuando por fin volví en mí, la sonrisa había vuelto a la cara de Margarita. Sentí que algo iba a pasar, un roce, un avance, algo…
-Gonzalo –dice cambiando el tono de voz y cambiando la alegría de sus ojos por una inusitada seriedad-. Cuando te llevamos a casa de Juan la otra noche…pensé que te iba a perder para siempre…y… bueno, ahora que… bueno, que las cosas están como están, me gustaría que hablásemos…
Asentí. Sabía de qué quería hablar, y se lo debía. Jamás la había dejado explicarme lo que ocurrió en el pasado. Sabía que era doloroso para ambos, pero un día u otro, teníamos que solucionarlo. Sin embargo, había evitado mencionar directamente la situación actual, de que estaba prometida con el doctor.
-Sí. Te lo debo, Margarita –dije intentando incorporarme un poco para estar más cómodo.
Margarita se apresuró a ayudarme, y sus bucles oscuros rozaron la piel de mi pecho, aún desnudo, provocándome cosquillas. Me reí en voz baja.
-¿Qué…? –fue a preguntar Margarita girando el rostro hacia mí, de forma que quedamos a apenas unos centímetros de separación. Vi sus ojos descender, ávidos, hacia mis labios, al igual que supuse que lo estarían haciendo los míos. Nos quedamos así por espacio de varios segundos, oyendo nuestras respiraciones agitadas, intentando ambos sofocar el latido desbocado de nuestros corazones, intentando apartar los ojos de los labios del otro.
Por Dios, Gonzalo, me dije. Margarita ya está prometida, tú, tu cabezonería y tu poco tacto te han alejado de ella, así que déjala ir….
Ese momento de tensión no resuelta se solucionó cuando ella, o yo, no sabría decir quién de los dos dio se decidió, salvó la distancia que separaba nuestros labios, que colisionaron con suavidad al principio; con apasionada voracidad después.
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 9:00 pm

Sentí que me inundaban escalofríos de un placer que creía que ya no iba a volver a sentir jamás, mientras mi lengua danzaba por entre sus dientes, y acariciaba hasta el más escondido recoveco de su boca dulce y jugosa. Sus dedos se deslizaron por mi cuello al tiempo que mis manos la aprisionaban por la cintura para acercarla aún más. Cerré los ojos para disfrutar este momento, mientras notaba el roce de su lengua en mis labios gimientes entreabiertos. Empecé a desearla con todas mis fuerzas, ya no me importaba nada más…, solo existíamos ella y yo…,¿a quién había querido engañar todos estos años? Siempre habíamos sido el uno del otro, ahora lo veía claro…, como también sentía que mi cuerpo se tensionaba y arqueaba respondiendo a su cercanía, esperando, deseando más…ansiando hacerla mía…
De pronto, noté que ella se zafaba de mi abrazo. A duras penas logré volver del lugar adonde me habían llevado sus besos, sus caricias…y abrí los ojos con un gran esfuerzo. Margarita se había puesto en pie y me miraba con unos ojos que reflejaban toda la tristeza del mundo. Una lágrima empezó a resbalar por su mejilla. Empecé a sentir el peso de lo que había sucedido.
-Esto no ha pasado, Gonzalo, no ha pasado… -dijo con voz ronca y dolorida, al tiempo que salía deprisa de la habitación.
No sé si llegó a oírlo, pero no pude evitar murmurar, quizá solo para mí:
-Sí que ha pasado, Margarita, sí que ha pasado…


Margarita llega hasta su alcoba y se tira sobre la cama. No puede dejar de llorar. ¿Por qué me haces esto ahora, Gonzalo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Los por qués se extienden hasta el infinito… Después del rechazo de él, alegando el recuerdo de su hermana, se había jurado a sí misma, que jamás iba a volver a pensar en él… ¡Valiente decisión! A la primera oportunidad había caído como una idiota. Y él…, ¿por qué había cambiado de idea? Y lo peor de todo era que ahora, ¿qué iba a hacer con Juan? Se había comprometido con él, pero ¿cómo iba a pasar toda una vida dándole unos besos falsos, unos besos en los que jamás llegaría a sentir lo que acaba de sentir ahora mismo con Gonzalo? Pero, ¿cómo iba a romper su palabra ahora? ¿Y si lo hacía y Gonzalo volvía a encontrar otra excusa para alejarla de él?
Sigue llorando durante un buen rato más, hasta que ya no le quedan más lágrimas. ¿Cómo puede ser tan doloroso el amor? Finalmente toma una decisión. Seguirá con Juan, es un buen hombre que le ha dicho de mil maneras que la quiere. Se convence a sí misma que lo de Gonzalo nunca podría salir bien. Consigue por fin dormirse un rato antes de amanecer.

Estamos desayunando el caldo aguado que Sátur nos quiere hacer pasar por gachas. Solo se oye el chapoteo de las cucharas. Ni siquiera Alonso dice nada. Margarita solo ha dicho buenos días, y parece que todos nos hemos contagiado de su taciturno estado de ánimo. Yo no tengo fuerzas para nada más. Ni siquiera sé si merece la pena luchar por su amor. En toda la noche no he podido pegar ojo, recordando una y otra vez, de manera alternativa, su beso y la tristeza de sus ojos al marchar. Sí, la amo, pero ¿soy lo mejor para ella? Me duelen sus lágrimas, porque dan a entender mi incapacidad para hacerla feliz. Quizá sea mejor que se case con Juan; seguro que él le da mejor vida de la que yo le podría dar.
-Me voy a trabajar. Que tengáis un buen día –se despide Margarita, dándole un beso a Alonso. Ni siquiera me mira a mí o a Sátur.
-Alonsillo, ves a la escuela y diles a los chicos que tu padre hoy tampoco irá, quizá mañana –le encomienda Sátur al niño.
-No Alonso. Diles que ahora voy para allá. Tal y como quedamos, hoy retomaremos las clases –le contradigo yo.
-¡Pero amo! Ha pasado usted muy mala noche. Ayer le volvió a sangrar la herida. ¿No sería mejor que descansara hoy también? –insiste Sátur.
-No. Hoy habrá clase. Alonso, ve y haz lo que te digo.
Alonso asiente con la cabeza y se marcha corriendo. ¡No hay quien entienda a los mayores!
Una vez que mi hijo cierra la puerta, a Sátur le falta tiempo para preguntar por “lo de anoche”.
-Amo…¿cómo fue anoche? Que me tiene usted intrigao…¿han hablado de sus cosas, la señora y usted?
-¿Hablar? No Sátur, hablar no hablamos –una sonrisa triste se dibuja en mi cara. Ni siquiera hablamos…, nunca le he dado la oportunidad de explicarse, pero…¡qué importa ya!
-Entonces…¿se entendieron ustedes por gestos? Ya me entiende amo…si tuvieron más que palabras…Aunque hoy su cuñada estaba muy rara. ¿Se volvieron a pelear? –siguió Satur intentando sonsacarme.
-Déjalo ya, Sátur, ¿quieres? No hay nada que contar –intento cortarle, por supuesto sin éxito.
-Nada. ¿Está usted seguro, amo?
-Me voy a la escuela –digo al tiempo que me levanto; cuando se pone pesado, no hay nada que hacer más que dejarle con la palabra en la boca.
-O sea, que ya estamos otra vez igual, peleados –oigo que dice todavía, cuando yo ya salgo por la puerta. –Desde luego amo, ¡con usted no voy a hacer yo carrera!

Los días pasan veloces, mi herida del pecho ha cicatrizado bien, y los preparativos de la boda de la mujer de mi vida con otro, marchan viento en popa. He vuelto a salir de misión por las noches y he tenido nuevas escaramuzas con los guardias del comisario, es decir, de mi hermano.
-Agustín, ¿quién era nuestra madre? –le pregunto sin muchas esperanzas, solo por charlar. Hasta ahora siempre se ha negado a contestar a cualquiera de mis preguntas sobre ese tema..
-Se llamaba Laura –contesta Agustín, que se queda con la mirada perdida. La respuesta me pilla por sorpresa. Bajo los brazos y dejo las pesas en el suelo de la guarida, donde estoy realizando mis habituales ejercicios de entrenamiento.


-Laura- repito el nombre, en un susurro casi sin darme cuenta, intentando enlazar ese nombre, con una imagen, un rostro, un recuerdo…- Laura- vuelvo a decir, entre sorprendido por haber conseguido obtener una respuesta del reservado monje con quien tantas cosas he compartido, y tantas otras desconozco y ensimismado por el sonido que esas letras tienen.

Con lentitud, me giro hacia él, esperando encontrar algún otro detalle que aporte luz sobre la identidad de la mujer que me dio la vida, pero que, por circunstancias ajenas a nosotros, no pude conocer… ni siquiera recuerdo.

La mirada perdida de Agustín, con la esclavina sobre los hombros, me sorprende.

Siempre ha sido un hombre ligeramente taciturno. Es algo a lo que me he acostumbrado desde niño, pero esa postura derrotada aunque firme, esa expresión evocadora… consiguen intrigarme aun más. No encajan con el secretismo con el que el monje, mi mentor, trata habitualmente todo lo que tiene que ver con el pasado. ¿Por qué ha contestado a mi pregunta? Y repentinamente, en la oscuridad que el destino parece empeñado en imponerme, no sólo aparece un rayo luz. Antes de darme cuenta, cientos de preguntas, se acumulan en mi mente. Sin embargo, antes de que tenga tiempo a expresar alguna de ellas en voz alta, Agustín parece regresar de los rincones a los que su memoria le ha llevado y, dirigiéndome una mirada en la que, por apenas un instante, creo adivinar una tristeza y un dolor que desaparecen con la rapidez de un parpadeo, para transformarse en la expresión adusta y severa, del firme, prudente y discreto hombre, al que conozco.

- No quieras saber, hijo.- A pesar de que su expresión es áspera y severa; repentinamente su voz adopta toma un tono melancólico al advertirme por segunda vez- Hay cosas, que es mejor saber llegado el momento.

Esperar. Aguardar. Confiar en que llegará el momento adecuado…

Palabras y expresiones que llevan demasiado persiguiéndome, atormentándome. Apretando los puños, casi sin darme cuenta, intento que no me invadan el desasosiego y la agitación que tratan de apoderarse de mí, con pasmosa facilidad. Impaciencia, ímpetu y prisas excesivas solía llamarlo él… pero ni quiero, ni puedo aguantar más.

- ¿Quién era, Agustín? ¿Por qué la asesinaron?

- Anoche te enfrentaste a los guardias cerca de…

- Agustín,- trato de interrumpir sonando tal vez, más impaciente de lo que debiera.- ¿quién - Y la respuesta que obtengo, la mirada arisca y malhumorada de Agustín, hacen morir la pregunta en mis labios.

Desganado, dejo que mis ojos miren sin ver las armas y el uniforme que, iluminados por el rojizo refulgir de las velas, nos rodean, y vuelvo a pensar en ello: He vuelto a ser el héroe de una causa, que cada vez me es más próxima y compleja… el hombre enamorado de quien, una vez más, se le escapa entre los dedos… el hermano de un hombre, que tiene tantas ganas de apresarme, cómo yo de matarle, y sin embargo, no puedo hacerlo.
No puedo terminar con la causa, pues a cada paso que doy, parece crecer ante mis ojos; no puedo retener a Margarita; no puedo vengar la muerte de mi esposa.
La dorada luz, reflejada en las cuidadas hojas de acero que pueblan la guarida, incide sobre las ropas que, sobre una silla aguardan a ser remendadas por Saturno, y una peregrina idea, cruza mi mente ¿Seguro que no puedo?


Margarita vuelve del palacio de la marquesa. Va deprisa porque esa zona está bastante despoblada, al fin y al cabo atraviesa un pequeño monte, y quiere pasar lo más rápido posible. Su cabeza sigue dando vueltas a lo mismo, su boda con Juan. Se lleva la mano izquierda a la derecha y se toca el anillo de compromiso. ¡Es tan bonito! Una esmeralda engarzada en oro, con filigranas en forma de flor. Conforme se acerca el día, sólo faltan 3 semanas, lo ve más y más imposible... Recuerda aquel beso de Gonzalo, su pasión, su fuerza, su deseo... No tiene claro si hizo bien al rechazarlo....
De pronto algo salta frente a ella. Del susto, grita.
-Tranquila, Margarita, tranquila, soy yo, Águila Roja -lo cual es totalmente evidente. Se acerca a ella suave y ágilmente, y se queda parado a un metro de la muchacha.
-¡Desde luego! ¡Es que contigo no gano para sustos!¡Casi se me sale el corazón por la boca! -grita ella tratando de espantar su propio espanto.
-Lo siento, Margarita -Águila Roja agacha la cabeza, pero levanta la vista, mirándola compungido. -No pretendía asustarte.
-Pues lo has hecho -Margarita está nerviosa, abre y cierra los brazos recolocándose el mantón.
Pasan unos segundos y ninguno de los dos dice nada. Águila está azorado por lo que ha pasado. A veces, no calibra bien el impacto que produce su presencia, cuando va de héroe.
-Bueno... ¿Y se puede saber para qué me has pegado este susto? -Margarita ya está casi repuesta del susto, y se queda mirándole. ¿Quién será? Trata de escrutar sus ojos, lo único que se ve de él. Por un momento, sus miradas se encuentran. Pero, rápidamente, él baja la vista.
Margarita está perpleja, por un instante ha creído ver algo familiar en esa mirada, pero... no acaba de saber qué es...
Gonzalo se siente ridículo allí. ¿Pero cómo se le ha ocurrido aquella idea tan estúpida y peligrosa para ella? Ahora lo ve claro. A riesgo de quedar mal, abre la boca para despedirse, pero ella se adelanta.
-¿Qué llevas ahí? -Margarita mira con interés el fardo que Águila lleva a la espalda.
-Nada...es...ropa...-de pronto, Gonzalo siente un apremio inexplicable, porque ve que es ahora o nunca...-Verás, Margarita. Sé que eres costurera, ¡y de las buenas, me han dicho!Quería pedirte un favor, si no te es molestia. La verdad es que además es peligroso..., pero...-Gonzalo calla porque siente que se le enreda la lengua...su voluntad bandea entre pedírselo o no...
Margarita alarga el brazo y toma el hatillo.
-Anda, si es tu traje.. bueno, el de repuesto...
-Había pensado si podrías arreglármelo... es que esto de ser un héroe..., a veces se rasga el traje...-Gonzalo se siente estúpido pidiéndole aquello, pero, ¡cómo se le había ocurrido aquella tontería, por dios!
Margarita se queda mirando al embozado y le da la risa.
-No me lo puedo creer, Águila Roja ha venido a pedirme que le remiende el traje. Perdona, pero no sé si llorar o reír.
-Mejor..., ríete...¿no? -Gonzalo se sonríe también, al tiempo que se queda absorto mirando su hermosa faz, esa cara que él quiere rozar y acariciar...

-¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así? - La inquisitiva y dulce voz de Margarita, atraviesa el escaso metro que la separa del héroe con la misma velocidad y suavidad que la brisa del ocaso.

¿Cómo responderle?

Bajo el embozo y las oscuras ropas, Gonzalo se siente temblar ante la emoción y el deseo que esa voz, infunde en él. El mismo, que sintiera tantas veces multiplicado desde que compartieron ese beso en la intimidad de su alcoba; el beso que ha quedado grabado a fuego en su memoria, las sensaciones que le atormentan, al recordar que no es su anillo el que decora ese delgado dedo, ni son sus brazos, los que tienen permiso para abrazarla y retenerla a su lado.

La tiene frente a él, recortada por la luz del ocaso, en un paraje desolado, lejos de interrupciones y de recuerdos. Atrayente, cautivadora… con los oscuros bucles danzando por la brisa, acariciando las sonrosadas mejillas y el desnudo cuello, a pesar de la delicada mano que, en una sutil caricia, intenta contenerlos lejos del rostro. Un rostro, que le mira inquisitivo y encantador, con una sutil sonrisa bailando en los labios. Y una vez más, su mente sucumbe al evocar esos labios sobre los suyos, el calor de ese cuerpo… y se ve obligado a carraspear y cerrar los ojos con firmeza, para alejar la imagen de su embuclada mente. Y por un breve instante, duda de sus actos; de sus intenciones… del peligro que esta propuesta supone para ella… y para él.

- No sé si esto es una buena idea- murmura de repente, sin poder evitarlo. Sin saber, si se refiere a su impetuoso movimiento sin planificar, o al hecho de ver en los brazos de Margarita, las oscuras prendas. La vestimenta, necesitada de un repaso de hilo y aguja, es sostenida contra el femenino pecho mientras con delicados y experimentados dedos, y casi de forma inconsciente, la muchacha acaricia el frío cuero.

-Déjame hacerlo- Pide decidida, aferrando con fuerza las prendas, irguiendo la espalda- Mi sobrino te idolatra,-comenta con una sonrisa.- Y a mí, me has salvado la vida más de una vez. Déjame que te pague el favor.

- Es peligroso, Margarita- Insiste el héroe serio, en un vano intento por rebatir a la joven cuya decisión sabe, está más que decidida. Conoce demasiado bien esa expresión de orgullo y decisión.

–Nadie tiene porqué saberlo- Apostilla ella, tratando de disipar las dudas del enmascarado. Viendo la firmeza disiparse de la mirada que el embozo y la capucha apenas dejan adivinar, sonríe divertida con un brillo en los ojos que, sin saberlo, animan al hombre que tras el traje se oculta, al recordarle a aquella niña que tantas veces le sonriera del mismo modo, incitadora y tenaz, decidida a cometer alguna travesura… o a invitarle a tomar parte en las mismas.

En el solitario sendero del Palacio de Santillana, atravesando el monte, alejados del ruido y los quehaceres, las interrupciones y sin más recuerdo que el de esa invitadora y embriagadora sonrisa, el héroe cede a las tentaciones del hombre, y asiente. Sellando, así, un pacto de final incierto.

- ¿Cómo quieres que lo hagamos?- Pregunta repentinamente Margarita, sorprendiéndose incluso a sí misma, por la fogosidad y vitalidad que la entonación de su pregunta delata ante la perspectiva de colaborar con el héroe, aunque sea remendando su traje.
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 9:09 pm

-Podemos quedar aquí dentro de dos días, a la misma hora que hoy –aventura él. -¿Te habrá dado tiempo? –le pregunta el héroe con timidez.
-Yo creo que sí –contesta ella con una preciosa sonrisa, mientras se emociona al ver que va a formar parte de la leyenda del héroe del pueblo, aunque sea haciéndole de costurera.
-Hasta pasado mañana –se despide él; sin embargo, se queda allí sin decidirse a marchar. Porque, en realidad, él no quiere marcharse, incluso siente que los pies le pesan como el plomo. Él lo que realmente quiere es quedarse con ella, abrazarla, acariciarla, amarla… Todo su entrenamiento es incapaz de sacarlo de allí, no puede dejarla…Ella lo mira con extrañeza, ¿¡por qué no se va con una de sus habituales desapariciones mágicas?
La mirada de él encuentra el anillo de compromiso en la mano de ella, y se queda fija, pensativa, triste…
Ella se da cuenta, se mira el anillo y luego agacha la cabeza. Él consigue por fin encontrar fuerzas de no se sabe dónde y hace un ligero movimiento para empezar a marchar, pero ella lo llama con la voz quebrada por la emoción.
-Águila, supongo que a ti puedo contártelo…, necesito contárselo a alguien... –Margarita siente que no puede más con ese peso en el alma. Nadie de sus amigos, Catalina menos que nadie, estaría dispuesto a escuchar esta confesión. El héroe vuelve la cabeza hacia ella ante semejantes extrañas palabras.
-Yo no me quiero casar con Juan, yo a quien amo en realidad, es a mi cuñado Gonzalo –las palabras salen dolorosas, en un hilo de voz, del alma de Margarita.
El corazón de Gonzalo empieza a latir fuerte ante esa inesperada confesión de Margarita. Una ligera sonrisa curva sus labios, y, en su alma, siente salir el sol. Ella intenta seguir hablando, pero él la acalla con un ligero siseo. Sabe que no debe seguir engañándola. Sus miradas se encuentran y Margarita siente que se pierde en esos ojos castaños, que ahora, ya no le rehuyen. Unos ojos que la miran con una intensidad tan fuerte, que parece que le están queriendo decir algo. Siente como esos ojos la envuelven en un amor sin límites, un amor dulce, fuerte, eterno…un amor por el que ha suspirado toda su vida desde que la miraron por primera vez cuando era niña…Ahora lo entiende todo…las lágrimas resbalan por sus mejillas, mientras ve que el héroe se baja lentamente el embozo, y echa la capucha para atrás.
-¡Dios mío, eres tú! –Margarita se acerca a él, que la rodea con sus brazos al tiempo que le dice lo que ya creía que nunca le iba a poder decir.
-Yo también te amo, Margarita –su voz, ronca por la emoción, casi se quiebra al final. Margarita no para de llorar acurrucada en su pecho, abrazada con fuerza por Gonzalo. –Esta vez, ni nada ni nadie nos va a separar –lo ha dicho con una resolución inquebrantable, poderosa.
-Me has hecho tanta falta todos estos años, Gonzalo –susurra Margarita cuando consigue que ceda un poco el llanto.
-Perdóname, mi amor –Gonzalo seguía apretándola contra su pecho. –Jamás volveré a fallarte…
Margarita levanta la vista hacia él, mientras que sin pensar, los labios de ambos se acercan entre sí y sellan el reencuentro definitivo.

Embriagados por el beso y la sensación de paz, que te invade cuando por fin llegas al hogar, ambos se dejan llevar, ajenos a cuanto sucede a su alrededor. Incluidas, las prendas que, a pesar de estar en el interior del hatillo en brazos de la muchacha, se deslizan por este asomando al ocaso y al silencio de la noche.

Un silencio, que no es absoluto. A lo lejos, una bandada de pájaros alza el vuelo agitadamente, y una polvareda se levanta en el camino. Volatil, insustancial… pero cada vez más próxima. Cascos de caballos golpean con fiereza el terroso camino, agitando a su paso piedras, polvo y silencio.

El sonido, es cada vez más cercano, y perceptible; Margarita, sin embargo, a pesar de haber cesado el llanto, continúa embargada por la sensación que ese momento de reencuentro con Gonzalo, le proporciona. Afortunadamente, el héroe, aunque aparentemente centrado únicamente en la mujer que continua en sus brazos, percibe un tenue sonido en la lejanía.

Sin soltarla, sin alejarla demasiado de sus brazos, por miedo a que se disipe o se aleje como tantas otras noches en que la ha hecho partícipe de sus verdaderos sentimientos en compañía de Morfeo, se tensa al percibir los cambios que, a su alrededor, tienen lugar.

A pesar de la penumbra reinante, percibe la polvareda que sólo un carruaje o un nutrido grupo de jinetes podrían provocar, y se tensa.

Tantos años de entrenamiento, le han preparado para reaccionar al más mínimo indicio de peligro o amenaza. Y esta, podría serlo.

Sin pensar en cualquier otra opción factible, toma a Margarita por la cintura, y prácticamente la lleva en volandas hacia la espesa vegetación que, a un lado del camino se levanta.

Allí, ocultos tras unos matorrales, con el cuerpo de su cuñada, temblorosa por la excitación y el pánico, apretado contra el suyo, con el rostro todavía encharcado en lágrimas, hundido contra el descartado embozo, el héroe observa intentando… esperando no ser visto.

Seguido por varios jinetes, el elegante carruaje, tirado por cuatro corceles, pasa veloz frente a ellos, ajeno a todo y a todos. Aun si hubieran estado en el medio del camino, no se habría detenido. Y entonces, lo ve. En el suelo, justo en el punto en el que, minutos atrás permanecieran en pie, una oscura prenda de cuero, yace olvidada.

Alarmado, trata de comprobar que ni el carruaje ni los jinetes que lo escoltan, se percaten de ello; tensando los músculos de forma inconsciente, se prepara para actuar, si fuera menester. Y sintiendo en su mejilla, el sedoso y oscuro cabello de Margarita, la tensión que le invade como héroe presto a la batalla, se une a la de amante preocupado. Ya que, al fijar la vista en el carruaje, lo que ve, le deja dividido.

A través de las cortinillas de terciopelo a medio correr que cubren las ventanas del carruaje, vislumbra una silueta que, a pesar de la penumbra, claramente viste una capucha cuyo corte conoce, cuyo color, aunque poco común, no le es del todo ajeno…


-¡Es un cardenal! –musité. A mi lado, Margarita respiraba agitadamente, asustada. Se abrazaba a mí como un náufrago se agarraría a un tablón de madera que flotase a la deriva.
-La marquesa esperaba que viniese un cardenal de Italia a visitarla; en palacio estábamos preparando su recepción –me confesó en un débil susurro.
Me giré para mirarla a los ojos. Por su voz, podría decirse que estaba a punto de desmayarse. Sin prisas, volví a ajustarme el embozo y la capucha de la capa; rocé su mejilla con un dedo, arrastrando restos de lágrimas que bañaban su rostro.
-No te preocupes, no va a pasar nada –la tranquilicé-. Esperemos que no vean eso.
Le señalé el trozo de cuero negro que estaba en el suelo, a unos veinte metros de dónde estábamos ocultos; supuse que sería una de las rodilleras que le había dado a Margarita para que les diese un repaso de aguja e hilo.
El carruaje siguió, lento e inexorablemente, cruzando el prado. Sus cortinas ondeaban con la brisa suavemente, mientras que el estandarte que indicaba que indicaba que el cortejo trasladaba a un emisario del papa se agitaba furiosamente en las alturas. Por suerte, ésta misma brisa, volcó la rodillera e hizo que una volada de tierra se le viniese encima, ocultándola parcialmente a la vista de los caballeros.
-Mira, ahora también la tendrás que lavar –intenté bromear. Margarita esbozó una sonrisa débil.
Por fin, tras varios angustiosos minutos, el carruaje sobrepasó nuestro punto crítico. Sigiloso como un gato, me deslicé tronco abajo, y en apenas unos segundos, recuperé la rodillera y volví al pie de nuestro árbol. Le pedí a Margarita que me lanzase primero el fardo con mis ropas de repuesto, que dejé a mis pies, y luego, que saltase ella. No le pasaría nada, la tranquilicé, aterrizaría en mis brazos, sana y salva.
La noche había comenzado a caer, el manto oscuro tachonado de estrellas que lucía la luna comenzaba a adivinarse; también un suave y refrescante aire inició su danza a nuestro alrededor. Con el fardo de ropa bajo un brazo, y Margarita, arropada bajo mi capa, en el otro, comenzamos la vuelta a la Villa. Me las apañé para ir por la ruta más rápida, es decir, la de los tejados, y llegar antes a casa. Cuando por fin aterrizamos en el tejado de mi casa, le volví a tender el fardo a Margarita.
-Aunque ahora que ya sabes quién soy –dije sentándome y bajándome el embozo-, podrías coserlas en mi guarida, así matamos dos pájaros de un tiro: no te pongo en peligro, y Alonso no encuentra las ropas del Águila por casa. Ya sabes que se pondría como loco.
-Sí –suspira ella dejándose caer a mi lado. Apoya la cabeza suavemente en mi hombro y me rodea con un brazo-. ¿Sabes? Hace tiempo creí que me estaba enamorando un poco de Águila Roja porque me parecía tan distinto de Gonzalo… y ahora resulta que sois uno mismo.
Me reí, paradojas de la vida. Le retiré unos rizos oscuros de la cara y la volví a besar, como anoche, como ésta tarde.
-Mmmmm… ¿qué tal si te dejo en el suelo y vamos a cenar? –le dije deslizando un dedo juguetón por su nariz, que ella intentó morder-. Me muero de hambre. Te prometo que luego volvemos a subir aquí, si quieres.
Margarita me dedicó una radiante sonrisa y me permitió tomarla en brazos para depositarla en el umbral de la puerta. Sin apenas esfuerzo, volví a trepar al tejado y me colé por la ventana de la guarida hasta mi casa. En escasos segundos, volví a ponerme las ropas de Gonzalo de Montalvo, bajé a mi dormitorio y abrí la puerta a tiempo de ver cómo Margarita irrumpía en la cocina.
-Vaya, veo que llegas pronto –la saludé como si no la hubiese visto desde por la mañana-. ¿Te ha traído alguien? Creo que he oído a alguien por ahí fuera…
-No, no –se apresura a decir, enrojeciendo levemente y abrazando a Alonso, que ha salido corriendo de su cuarto para recibirla-. He venido con Cata, la habrás oído a ella… uno de los chismes de palacio, que hasta que no me lo ha contado, no me ha dejado entrar…
-Ya.
Cuando Alonso giró la cabeza hacia otro lado, le guiñé un ojo, feliz de que por fin pudiésemos amarnos, sin tapujos. Bueno, sin tapujos, tapujos…algo habría que decirle a Juan, y a Alonso. Pero ya hablaríamos con ellos. Por ahora, íbamos a vivir el momento.
Sátur entró desde el patio sacudiéndose las manos. Nos miró a los tres de arriba abajo.
-Uuuuuuuuuuuuuuuuuy –comentó con sorna-. Muy contentos se les ve a estos dos –dijo haciendo que Alonso nos mirase-. Cualquiera diría que han heredao una fortuna… o que han ganao algo… no sé yo, no sé yo…
-Anda, Sátur –dije zanjando sus elucubraciones-. Cállate.
Dicho esto, me acerqué a Margarita y a Alonso, y rodeándolos a cada uno con un brazo, los llevé hasta la mesa.


El fuego crepitaba con parsimoniosa pero alegre lentitud, iluminando la hogareña escena que tenía lugar en la sala del hogar de los Montalvo.
Parecía que, incluso las llamas que se alimentaban de los troncos en la chimenea, se había contagiado del sentimiento de apacible contento que sobrecogía a los miembros de la familia. En especial, a los tres adultos que, sabiendo o intuyendo, sonreían y miraban. Dos de ellos, apenas tenían ojos para nada más que quien tenían enfrente, aunque trataran de disimular intentando no fijar la vista en exceso…. Saturno, por su parte, observaba la escena y sonreía.
Alonso, por su parte, apenas entendía o intuía que ocurría a su alrededor, más allá de la tranquilidad que se respiraba. Una tranquilidad, que no deseaba abandonar.
Pidiendo con ojos suplicantes, un permiso que sabía no le sería concedido, el niño finalmente cede a los deseos de los adultos y, casi arrastrando los pies, se dirige a su habitación.

Mientras tanto, Margarita toma asiento frente al fuego, con la cesta de costura, recordando el tono severo que Gonzalo ha utilizado para mandar al niño a su dormitorio.
Decisión que, ella no sólo ha apoyado, si no que ahora, sentada frente al fuego, con la camisola de Alonso sobre el regazo, esperando un repaso de hilo y aguja, la hace temblar mientras su mente se ve envuelta en una espiral de preguntas, sensaciones y emociones

¿Cómo coser en la guarida?… ¿cómo llegar allí?… ¿dónde estará?
El tejado. Gonzalo ha propuesto encontrarnos en el tejado… y ha sido allí, dónde ha desaparecido… pero estaba en su habitación… ¿no pretenderá que entre hasta allí por su alcoba?- azorada y extrañada, dirige la mirada al fuego, mientras se muerde el labio.

Debería irme al tejado y esperarle… o espero a que me espere… ¿me esperará el héroe, o mi cuñado?- con una sonrisa dibujada en los labios, ajena a quien pueda estar observándola en ese instante, se deja caer en el respaldo de la silla, olvidando por completo la prenda de ropa que se desliza por sus piernas. Apenas se percata del peso de la camisola cayendo, hasta que una sombra se acuclilla junto a ella y nota una cálida presencia junto a ella. Una especie de caricia que atraviesa el tejido de su blusa, allí donde la espalda queda descubierta por el despaldo de la silla, y una caricia que se eleva cálida e incitante a lo largo de su pierna.
Desde el tobillo, apenas cubierto por la falda, hasta el regazo.

Al girarse, con las mejillas encendidas, se encuentra con la mirada oscura y sedienta, cálida y placentera de Gonzalo. El rostro con una tenue sonrisa que más que verse, se intuye en sus labios, y un característico brillo en la mirada. Una mirada, que no recuerda haber recibido de él, desde hace más de doce años… una mirada que, como entonces, enciende en su interior unas brasas que nunca llegaron a apagarse, que incitan pequeños y excitantes escalofríos, descargas eléctricas que no parecen si no anunciar lo que esa mirada implica. Deseo.
Y antes de darse cuenta, sus propios ojos se ven velados por la misma emoción, el mismo sentimiento, las mismas intenciones… olvidando todo, excepto el rostro que la observa con devoción, casi anhelante... le devuelve la sonrisa, tímida pero radiante.
Con los músculos temblando de anticipación, asomando las lenguas a unos labios que, repentinamente parecen haberse resecado, ávidos de la boca del otro… lentamente acortan la distancia que les separa… los ojos puestos en quien tienen enfrente… el sentido del olfato, embriagado por el aroma del ser amado… el tacto, deseoso de comprobar, de analizar, de palpar, de sentir… y el oído, obstruido, tapado por el sonido del fuerte latir de unos corazones que bombean con energía y de una niebla sonora, que parece sumirlos en una hermética y privada sala, sin paredes ni suelo...
Hasta que, un brusco sonido en el patio, seguido de una retahíla de improperios, les hace volver a la sala, al hogar en el que pueden ser decubiertos... y les obliga a separarse con presteza y azoramiento.

Volviendo ella, a la costura, y él, a la mesa de madera sobre la que un libro aguarda ser leído, o como mínimo, abierto.
Sin embargo, poco tardan en volver a olvidar sus quehaceres y en centrarse en el otro...



Sátur entra en ese momento en la sala y se ríe por lo bajo al ver al amo y a Margarita. Aunque él aparenta estar leyendo un libro sentado a la mesa, y ella remendar la camisa de Alonso a la vera del fuego, se están mirando con cara arrobada y con una sonrisa de oreja a oreja. Se acerca a Gonzalo, le toca el hombro y le dice en voz baja.
-Amo, me voy a dormir, que tenga usted una buena noche –y desaparece antes de que el maestro pueda contestarle.
Cuando por fin es consciente de que están solos, Gonzalo se levanta y se acerca a Margarita, que lo mira con un embeleso difícil de superar. La toma de la mano y ambos se levantan. Margarita siente como a través de esa mano le llega un calor, una energía y un amor que funden sus últimos reparos, si es que le quedaba alguno. Confiada y enamorada, se deja guiar por él, que la lleva a la guarida.
Una vez allí, ella se sorprende al ver la trastienda del héroe, espadas, katanas y todo tipo de armas por doquier. El suave aroma a hierbas orientales la transporta a otro mundo. Un mundo en el que están solos Gonzalo y ella, y su amor.
¡Es tan hermosa! , se dice él. Tanto tiempo negándose lo que sentía por ella, había hecho que sus rasgos se difuminasen en su mente. Pero ahora la tenía frente a él. Acarició suavemente esos labios, se hundió en esa mirada profunda, amorosa y excitante y luego se besaron, con calma, saboreando cada milímetro del otro, explorándose mutuamente.
Parecía que habían vuelto a la noche anterior a la tragedia, hacía tanto tiempo ya. Volvían a ser aquel par de adolescentes con toda la vida por delante, con todo el fuego del amor intacto para usar.
Sus cuerpos se rozaban y se buscaban el uno al otro. Gonzalo besaba el cuello de Margarita, que se arqueaba para atrás dejando más sitio para las caricias, mientras la respiración de Gonzalo se volvía entrecortada, al tiempo que ella acariciaba el pecho fuerte y poderoso del héroe. Poco a poco, fueron cayendo al suelo, la camisa de Gonzalo, el corpiño de Margarita, que ágilmente consiguió desatar en un momento, y todas las demás prendas. Los amantes pudieron por fin contemplar el añorado y deseado cuerpo desnudo del otro. Aquellos pechos prietos y turgentes, que se adivinaban en sus abluciones diarias, se le mostraron por fin en su plenitud a Gonzalo. Aquellas caderas y aquellas nalgas suaves, redondeadas y turbadoras, llenaban su mirada de voluptuosidad apenas contenida. Temblando de la emoción, posó sus manos en su cintura, a la vez que se acercaba a ella.
Un escalofrío de placer recorrió el cuerpo de Margarita al sentir contra ella, el cuerpo fuerte, duro y perfecto de Gonzalo. Por momentos creyó que no lo iba a poder soportar. Que la dicha iba a ser demasiado grande. Pero cuando él la tendió en el diván y por fin la hizo suya, supo que el placer podía ser ilimitado, que la dicha podía no tener fin. Juntos alcanzaron varias veces un éxtasis, que durante tantos años pareció un imposible. Pero ahora se había hecho realidad. Ahora eran uno solo para siempre. Ahora sus cuerpos habían sellado la unión de sus almas, que gozosas, habían desencadenado oleadas de placer sin fin en sus cuerpos enlazados. Juntos habían tocado el cielo con las manos, juntos habían alcanzado el paraíso.
Las luces del amanecer despertaron a Gonzalo, que por un momento creyó que había soñado que hacía el amor con Margarita. Pero al instante se dio cuenta de que había sido verdad, pues la tenía acurrucada y dormida contra su pecho. Se sonrió al recordar la noche pasada, mientras que sus ojos recorrían el amado rostro de ella, sus rizos morenos, la suave piel del cuello, y empezó a acariciarla suavemente con el dorso de los dedos. En ese momento ella despertó, y al ver la cara de Gonzalo tan cerca, no pudo evitar unir sus labios a los de él, que ya la esperaban anhelantes.


-No es por amargarte la mañana –dije en un quedo susurro-, pero habría que ir pensando en levantarse.
-Cinco minutitos más… -me suplicó ella enterrando el rostro en mi pecho y abrazándome con más fuerza aún, como si me fuese a desvanecer en cualquier momento.
Rodeé su cintura con ambos brazos entrelazados; era tan pequeña, tan frágil… parecía una muñequita a mi lado.
-Venga, vamos –dije a la vez que oía la puerta del patio, abajo, abrirse-. Ya sabes que lo primero que hace Alonso cuando se levanta es venir a despertarnos si no nos ve en la cocina. Y, sinceramente, no tengo ganas ahora de lidiar con la curiosidad de un niño…
Margarita rió y se incorporó unos centímetros. A regañadientes, nos levantamos del diván donde habíamos pasado la noche, recogimos nuestras ropas, y nos deslizamos trampilla abajo. Margarita subió como una exhalación a su cuarto, mientras que yo me dirigí al patio con la jofaina llena de agua en una mano.
Tras lavarme y vestirme, salí a la cocina, a tiempo de ver como ella salía al patio y me dirigía una sonrisa fugaz. A Sátur, que estaba ya en la cocina preparando sus migas para desayunar, no se le escapó el detalle.
-¿Ha dormido usted bien amo? –preguntó con intención-. Es que se le ve descansao, no como otros días que parece… Por lo menos no habrá pasao usted frío, ¿no, amo?
Oí a Margarita reírse en el patio.
-Anda, Sátur… -intenté protestar con una gran sonrisa. Tomé un plato de las migas que me ofrecía Sátur, las dejé en mi sitio en la mesa, y salí al patio. Margarita ya había terminado y se disponía a subir a su cuarto a terminar de vestirse.
-Cuando baje, necesito que me ayudes a plegar unas sábanas –dijo señalando a la ropa blanca que había tendida detrás de ella.
Le sonreí cuando pasó por mi lado; Sátur no tardó en salir.
-Así que… -dijo en voz baja y asintiendo-. ¿Eh?
-Anda, ve a despertar a Alonso –dije para no responderle. Y me escapé de allí con las sábanas en los brazos. Sátur me miró sonriente mientras entraba en el cuarto del niño.
Oí las pisadas rápidas de Margarita escaleras abajo, así que fui con las sábanas. Las plegamos allí mismo, y luego, al decir ella que eran mías, fuimos a dejarlas a mi alcoba. Solía guardar la ropa de cama en un arcón situado contra la pared, entre la ventana y el arcón para mi ropa. En el mismo arcón donde también guardaba el vestido de boda de Cristina, y el traje que había llevado yo ese día. Pero no me fijé en ellos entonces.
Deposité un beso suave sobre los labios de Margarita cuando un par de aldabonazos sonaron en la puerta antes de abrirse.
-¡Gonzalo! –exclamó una voz femenina, que reconocí como la de Lucrecia. Riendo por lo bajo, le indiqué a Margarita la puerta que comunicaba mi cuarto con el patio, mientras que yo salí al vestíbulo por la otra.
-Buenos días, Lucrecia –la saludé como si el otro día no hubiese ido a su casa y hubiese fingido estar moribundo-. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
Lucrecia miró a su alrededor con los ojos muy abiertos. Después, los fijó en los míos y se aproximó hasta quedar a un palmo de distancia de mí.
-Quería hablar contigo –dijo quedamente para que no la oyesen ni Margarita, ni Sátur ni Alonso desde la cocina-. ¿Por qué me dijiste eso el otro día?
A pesar de que centraba la conversación en torno a nuestro encuentro, había una sombra de preocupación en sus ojos. Y sabía por qué era.
-Si te soy sincero, Lucrecia, no recuerdo nada de ése día –mentí descaradamente-; salvo que quería hablar contigo de algo que no consigo recordar, y que desperté en casa horas después con Sátur y Margarita intentando bajarme la fiebre con paños mojados en agua fría. Si no fuese porque ella y Cata me lo han contado, no sabría decirte si estuve de verdad en tu palacio o no.
Lucrecia miró hacia un lado, desilusionada. Supongo que habría querido ahondar en la herida. Sin que se diese cuenta, retrocedí un paso.
-Sin embargo, eso no te preocupa, ¿verdad? –le dije.
-No, sólo ha sido una excusa para venir, es cierto. Tengo que pedirte un favor, Gonzalo.
Su mirada buscó la mía con desesperación; el miedo en sus ojos era real.
-No se lo he dicho a nadie, ni siquiera a mi guardia, o al Comisario, pero Águila Roja vino a mi palacio a amenazarme. No sé porqué –me mintió-, pero me dijo que lo único que me protegía era mi hijo, que no lo iba a dejar huérfano. Si no te importa, habrá en la escuela dos escoltas a su lado, por si algo pasase. Me gustaría que lo vigilases, durante el tiempo que esté a tu cargo.
-Descuida, Lucrecia, lo haré –le dije. Al parecer, mis palabras como Águila, le habían causado un gran impacto-. Si hay algo más que pueda hacer…
Alonso salió corriendo de la cocina y me dio un abrazo.
-Buenos días, padre –exclamó a la altura de mi cintura-. ¡Te espero en la escuela!
Sin reparar si quiera en Lucrecia, la sorteó y salió como una exhalación a la calle, donde lo vi reunirse con Gabi y Murillo.
-Lucrecia, ¿vuelves ahora a palacio? –pregunté-. ¿Te importaría que Margarita volviese contigo? Le prometí que la acompañaría hasta allá, pero ya ves que se me hace tarde.
Margarita salió al vestíbulo, con Sátur pegado a sus talones. Me miró con extrañeza.
-Es que… -comenzó Sátur- el otro día la señorita Margarita se llevó un susto cruzando el bosque a la vuelta, así que ahora el señor Gonzalo y yo nos turnamos para acompañarla…
-Bueno, que venga –dijo Lucrecia-. Si te quedas más tranquilo…
Dejamos a Sátur en la cocina, y salimos a la calle. El carruaje de Lucrecia estaba apostado frente a mi puerta. Uno de los guardias que lo custodiaban charlaba animadamente con el Comisario. Al vernos bajar las escaleras de casa, se acercó a nosotros.
-Vaya, si es el maestro –dijo con sorna plantándose delante de Margarita y de mí-. ¿Todavía no has descubierto quién es tu cuñado, muchacha?
Miré a mi hermano con el desprecio y el desafío pintados en los ojos, como todas las veces que teníamos la oportunidad de vernos. ¿Cómo podríamos ser de la misma familia? Margarita bajó la mirada, temerosa. Mientras le sostenía la mirada, busqué a tientas la mano de Margarita y presioné sus dedos, para darle ánimos.
-Hernán –pronunció Lucrecia con desprecio-. Es muy temprano y quedan horas para el mediodía, así que no has tenido muchas oportunidades de beber vino como para decir semejante estupidez.
-Supongo que Nuño está ahí dentro –cambié de tema-. Si quieres, me lo llevo desde aquí conmigo, Lucrecia. Estará a salvo.
Nuño saltó del carruaje, besó a su madre, y dirigiendo una mirada de superioridad a las gentes del barrio que lo observaban, comenzó a caminar a mi lado.
Observé la mirada que cruzaron Hernán y Lucrecia; había amor entre ellos, lo sabía, pero parecía que disfrutaban haciéndose daño el uno al otro. No eran una pareja de quiero y no puedo, eran de quiero y no me da la gana; tenían ambos un ego, una soberbia, un orgullo tan grandes que no podían estar ni juntos ni separados.
Hice un gesto de despedida a Margarita y a Lucrecia, y con una mano sobre el hombro del niño, nos fuimos a la escuela.
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 9:12 pm

La marquesa y Margarita iban en el carruaje camino de palacio.
-Se te ve muy feliz, Margarita. No es de extrañar, tu boda con Juan te va a cambiar la vida, como cambió la mía cuando me casé con el marqués –empezó Lucrecia, que había percibido algo sospechoso indefinible entre Gonzalo y su cuñada. Pero al momento lo desechó, pues estaba claro que ella se iba a casar con Juan –Vas a ser duquesa, querida –la marquesa sonrió con falsa afectación.
Margarita asintió, sonriendo a su vez para cubrir las apariencias, pero no dijo nada. Se le había hecho un nudo en la garganta. La felicidad de las últimas horas estaba ensombrecida por su compromiso con Juan. Sabía que tenía que anularlo, pero no sabía cómo. Faltaban tres semanas para su boda y por momentos, la desesperación hacía mella en ella. ¿Cómo le iba a decir a Juan que no quería casarse con él?
Por otra parte, tenía claro que no podía unirse a él. Y más después de lo de anoche. ¡Lo de anoche! Giró la cara hacia la ventanilla del carruaje, se puso a hacer ver que miraba el paisaje y empezó a recordar, a saborear esas horas pasadas con Gonzalo. Sin duda, habían sido los momentos más felices de su vida. Recordar sus caricias, su pasión, su fuerza, sus besos, la hizo volver por unos instantes al paraíso. Siempre había intuido que Gonzalo era apasionado, pero lo que había ocurrido entre ambos había superado cualquier expectativa que hubiera podido tener jamás. ¡Y además era Águila Roja! Ahora entendía por qué siempre estaba cerca de ella y de Alonso, salvándoles, ayudándoles…
De súbito, vino a su mente la mirada de Águila cuando la rescató de los tratantes de esclavas. Fueron unos instantes, pero esos ojos la habían impresionado por su fuerza, por su preocupación, por su alegría al tenerla a salvo entre sus brazos…por su amor. ¿Cómo no se había dado cuenta? Había tantos interrogantes.., tenía que hablar con él sobre ello cuanto antes. Ansiaba saberlo todo de su amor. “Su amor”... Se le hacía raro llamarlo así, pero era realmente el amor de su vida, y siempre lo sería, pasara lo que pasara. Aunque no volvieran a verse jamás, él sería de ella, como ella se sentía de él. Una súbita intuición llenó el corazón de Margarita. Vio que el camino estaba plagado de dificultades, pero a la vez, supo, con una certeza casi irracional, que el amor de ellos dos acabaría triunfando por encima de todo.
-Margarita, mi amor –dijo un solícito Juan que le tendía la mano para bajar. Habían llegado a palacio y ella no se había dado cuenta. Sacudió ligeramente la cabeza, para volver a la realidad, sonrió a Juan y salió del carruaje.
-Juan, mira a ver si haces algo que tu prometida está muy ensimismada. No me ha dado ni una pizca de conversación en todo el viaje –dijo Lucrecia. -¿Te pasa algo, querida? Has subido al coche feliz y sonriente, pero mira como has llegado.
A Margarita le entraron ganas de taparle la boca con las manos. ¡Mira que se ponía pesada esta mujer a veces!
-Lucrecia, no exageres, estoy bien, igual que siempre –dijo Margarita.
-Ve un rato con Juan, seguro que tenéis cosas de que hablar –dispuso feliz la marquesa. Y entró dentro del palacio, sin esperar más.
-Margarita, cariño, lo que ha dicho Lucrecia me ha dejado preocupado. ¿Estás nerviosa por nuestro próximo enlace? No debes estarlo, te juro que voy a ser el mejor marido del mundo.
-No lo dudo, Juan. Ven, vamos dentro –le tomó de la mano y entraron en el palacio. El médico se dejó llevar, extrañado, pero maravillado a la vez, pues era la primera vez que Margarita tomaba la iniciativa de esa manera.
Llegaron a la sala, entraron y Margarita cerró la puerta. El corazón le iba a mil por hora, sentía que le faltaba el aire y por momentos creyó que se iba a desmayar allí mismo. Pero supo que tenía que hacerlo.
-Juan, eres un hombre maravilloso, y yo te quiero mucho, pero… no creo que sea buena idea que nos casemos…lo he intentado, de veras, pero no puedo amarte como tú te mereces, no puedo corresponderte…-empezó Margarita, mientras su mirada iba del suelo a él, y luego a las paredes, para volver a bajar la vista al suelo. Después se quitó el anillo de compromiso y se lo puso delante, alargando el brazo, al tiempo que lo miraba con pena y casi con miedo, temiendo su reacción.
-Pero Margarita –replicó Juan anonadado- y me lo dices así, a tres semanas de la boda. ¿Ha pasado algo? ¿He hecho yo algo que te haya molestado?
-No Juan, no. Al contrario, tú has sido muy bueno conmigo. Pero es que yo no siento lo mismo por ti, te engañaría si me casara contigo. No se puede obligar a amar, Juan.
-Ni tampoco a dejar de amar –susurró Juan, dolido y nervioso, mientras cogía el anillo que ella seguía tendiéndole con una súplica muda, y salía con grandes zancadas de la habitación.
Mientras tanto, Lucrecia, que había estado espiando por el agujero de la pared que tantas veces le había servido para sus fechorías maldijo en voz baja.
-Lo sabía, lo sabía, algo ha pasado entre Gonzalo y ella. Se lo he notado a él esta mañana –murmuró entre dientes furiosa. Luego empezó a dar vueltas, nerviosa, por el cuchitril hasta que se paró, y con un escalofriante tono de maldad, sonriendo a medias, dijo: -Pero no te vas a salir con la tuya, Margarita. Como que me llamo Lucrecia, que Gonzalo jamás será para ti.


Lucrecia oteó el pasillo por un hueco en la pared, y se deslizó fuera de su escondite sin ser vista. Temblaba de rabia. No sabía con certeza que había pasado entre su costurera y el maestro, pero no le gustaba.
Es más, Gonzalo era el único hombre que se le había resistido en toda su vida. Desde que él la rechazara en su juventud, Lucrecia no había dejado de pensar en él como un reto. Tenía que conseguir llegar hasta él.
Por eso se había alegrado tanto del compromiso entre Juan y Margarita, aunque si bien era verdad, no lo había previsto en un principio. Simplemente, le había pedido a Juan que se acostase con su costurera y que le llevase el cordón de su corpiño como muestra de ello, para luego él acostarse con ella. Como en los viejos tiempos, en los que se retaban para llegar a la cama del contrario. Sin embargo, él se había rendido pronto, completamente hechizado por aquella muchacha. No le parecía mal; para ella, Juan solo era una distracción, pero esa boda separaría a Margarita de su cuñado definitivamente.
Aunque al parecer, el amor entre los cuñados no había desaparecido, bufó. Subió pisando fuerte los escalones de mármol que llevaban a su alcoba; notó como sus criados hacían una reverencia al pasar ella por delante.
Al llegar a su alcoba, cerró de un tremendo portazo y se sentó, temblando, ante su escritorio. Tomó un pedazo de papel y una pluma cargada de tinta y comenzó a dibujar las palabras con su elegante caligrafía.
Era una nota para un hombre, Rodrigo de Heredia, un truhán famoso por el sur. Supuso que le interesaría lo que debía contarle, y que el trato que habían hecho con anterioridad quedaba roto. A la nota adjuntó una bolsa de cuero tintineante, cargada de monedas de oro.
-¡Catalina! –bramó, a la vez que sellaba la misiva con su sello personal.
Catalina entró corriendo en la estancia, y se detuvo a varios pasos de ella.
-Sí, señora marquesa –dijo bajando la cabeza.
-Quiero que le des esta carta al Comisario, para que localice a este hombre –le ordenó, entregándole la carta y un pedacito de papel cuidadosamente doblado-. Dile que, cuando encuentre al destinatario, le diga que se deshaga de la carta.
-Sí, señora marquesa. Como ordene, señora marquesa.
Catalina salió con los papeles en las manos, deshaciéndose en reverencias hacia ella. Lucrecia se reclinó contra el respaldo de la silla y ronroneó, satisfecha. Se sentía mucho mejor que antes. Levantó la campanilla de plata que empleaba para llamar al servicio y ordenó que le trajesen una copa de vino.
La alzó frente a ella, como si brindase con su reflejo del espejo, y bebió.


Margarita estaba sentada en la cocina de la marquesa, soportando los gritos airados de Catalina.
-¿Qué has hecho qué? ¿Qué has plantao al doctor? ¡Vírgen Santísima! ¿Pero cómo has podido hacer una cosa así? ¡Pero si ese hombre, duque para más señas, besa el suelo que pisas! –Catalina no paraba de dar voces, mientras Margarita se encogía más y más en el asiento.
-Por favor, Catalina, déjalo ya. No me puedo casar con él porque no le amo –intentó defenderse Margarita inútilmente.
-Y, ¿desde cuándo eso es excusa para dejar a un hombre como ese? ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Seguir siendo una muerta de hombre, como todos? ¡Mira que dejar pasar esta oportunidad…! Me voy, me voy a hacer el recado que me ha mandado la marquesa y de paso a ver si me da el aire y se me pasa el disgusto –y acto seguido desapareció por la puerta.
A pesar de los gritos de Catalina, a pesar del recuerdo de la cara de Juan y a pesar de todo, Margarita sabía que, por una vez estaba haciendo lo correcto. Ella a quien amaba era a Gonzalo. Y él la amaba a ella. Eso era en lo único que podía pensar su corazón. Abrió el costurero, sacó la aguja, la enhebró, y se dispuso a empezar la faena del día.

En la escuela, Gabi le dio un codazo a Alonso, mientras le preguntaba en voz baja.
-Alonso, ¿qué le pasa a tu padre? Está raro.
-No sé, Gabi –pero se quedó mirando a su padre, y al poco percibió lo que había querido decir su amigo. Su padre estaba absorto, con la mirada perdida y una ligera sonrisa en los labios. Ni siquiera había corregido a Paquito, que estaba leyendo en voz alta, y había metido la pata varias veces. –Tienes razón, que cosa más rara…


Aquella noche, después de cenar, Gonzalo y Margarita volvieron a subir a la guarida, mientras Sátur llevaba a la cama a Alonso, que se rumoreaba algo, pero no sabía el qué. Dios y ayuda necesitó el criado para acostar al niño, que no cejaba en su empeño de sonsacarle.

Sentados en el diván, Margarita le explicaba a Gonzalo que había roto su compromiso con Juan. Su enamorado la miraba sonriente, extasiado.
-Hace tanto tiempo que perdí la esperanza de poder estar así junto a ti…Casi tengo que pellizcarme para creérmelo –dijo Gonzalo maravillado, al tiempo que seguía jugando con sus rizos, mientras Margarita se acurrucaba y se apretaba más contra él. A ella también le parecía imposible el giro que había dado su vida en esas pocas horas.
-Y lo de Águila Roja, ¡qué callado te lo tenías! –Margarita se separó un poco y se quedó observándolo. -¿Por qué? ¿Para qué? No lo entiendo muy bien.
-Al principio fue para vengar a Cristina…-ambos se quedaron callados al surgir el recuerdo de la hermana y esposa- …luego, creo que le he cogido el gusto a lo de ser el justiciero del pueblo –Gonzalo se echó a reír.
-Tú sabes quién la mató, ¿verdad? –preguntó ella con un hilo de voz.
Gonzalo asintió en silencio.
-¿Quién?
-El comisario, mi hermano. Por eso no puedo vengarla. Estuve a punto de matarlo, pero me enteré de que era mi hermano, y …no pude hacerlo…-las palabras salían a borbotones de la boca de Gonzalo. Su voz era baja y ronca, rabiosa.
Margarita se quedó mirándolo horrorizada. No podía articular palabra. El comisario, al que ella veía todos los días en el palacio de la marquesa había matado a su hermana, y además era hermano de Gonzalo… ¿cómo podía ser eso?
Estuvieron un rato en silencio, él tragando su odio y su sed de venganza insatisfecha, ella, tratando de entender las consecuencias de todo lo que él le había contado. Se dio cuenta de la carga que llevaba Gonzalo.
-Y todo esto lo has soportado tú solo, lo del comisario, lo de ser Águila… -se acercó, lo besó suavemente en los labios y lo abrazó, al tiempo que él la estrechaba entre sus brazos. –Tenías que habérmelo dicho…
-Sátur lo sabe todo también -dijo él.
Y así siguieron durante un buen rato poniéndose al corriente de todas las cosas que les unían y les separaban. De la estancia de él en Oriente, y de la de ella en Sevilla. De los reproches mutuos, que se desdibujaban por momentos ante el avance imparable de su amor. De sus dichas y desdichas, de todo, en suma. Margarita se quedó espantada cuando Gonzalo le contó lo de la Logia, y que Lucrecia formaba parte de ella.
-Cuídate de ella, mi amor. Me da miedo. La he amenazado como Águila, pero no puedo hacer nada más; aunque ella eso no lo sabe –una triste sonrisa apareció en los labios de Gonzalo.
Tras las palabras, vinieron las caricias, los besos y la pasión reencontrada después de tantos años. Margarita todavía no podía creer lo que tenía ante sí. Ese hombre de cuerpo perfecto y de corazón tierno, que cuando era necesario se transformaba en el héroe del pueblo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Sólo Gonzalo tenía las virtudes necesarias para ser ese héroe. Esa noche, la pareja visitó el edén por segunda vez en pocas horas.

Pasaron un par de días, en los que los tres adultos de la casa seguían simulando normalidad, pues la pareja quería que transcurriera un tiempo antes de anunciar su compromiso. Margarita creía que debían pasar unas semanas antes de poder casarse con Gonzalo. ¡Dios mío! ¡Casarse con Gonzalo! A Margarita le saltaban las lágrimas de la emoción cada vez que pensaba en ello. ¡Eran tan felices!
Esa noche estaban cenando, y Margarita se levantó para ir a llenar la jarra del agua. En ese momento llamaron a la puerta de la casa.
Gonzalo fue a abrir, y se encontró con un hombre alto, de buen aspecto y bien vestido, que con alegría le dio las buenas noches y le dijo:
-Tú debes de ser Gonzalo. Encantado de conocerte –dijo mientras hacía una ligera reverencia. –Yo soy Rodrigo, tu cuñado, el marido de Margarita. Acabo de llegar de Ciudad Real y estoy deseando ver a mi querida esposa. Creo que se va a llevar una gran sorpresa –acabó con una sonrisa de oreja a oreja.
Desde dentro de la casa se oyó el estrépito de un cuerpo al caer al suelo, y de una jarra al romperse.

Por un momento, me quedé sin aire en los pulmones, con la mano apoyada en el marco de la puerta. Juraría que Margarita me había mostrado un documento que acreditaba su viudedad. Entonces oí el ruido de la jarra al romperse.
Sin invitarlo a pasar, corrí raudo al patio, donde estaba Margarita, desplomada en el suelo como una muñeca desmadejada. Palmeé sus mejillas en busca de alguna reacción, pero habían perdido todo el color.
-Sátur –llamé-. Trae algo de agua.
Alcé su menudo cuerpo en brazos y entré a la cocina. Rodrigo se había quedado en el vestíbulo, con el sombrero en las manos como si esperase una invitación a pasar. Observó con fingida preocupación el cuerpo de su esposa en mis brazos; fingida preocupación, porque sus ojos eran fríos y desapasionados al fijarse en ella.
-Se ha desmayado –le confirmé lo evidente a la vez que comenzaba a subir las escaleras que llevaban a su alcoba. Sátur me seguía de cerca, con un cuenco lleno de agua fresca y un lienzo colgado del hombro.
Una vez arriba, la tendí sobre su cama, y le apliqué el paño húmedo sobre la frente. Le pedí a Sátur que cuidase de ella un momento, y bajé las escaleras en varios saltos.
-Lo siento, eh… Rodrigo –dije sin saber muy bien cómo debía llamarlo. No me inspiraba mucha confianza-. ¿Has cenado? Estábamos en ello cuando has venido.
Alonso salió a nuestro encuentro con los ojos muy abiertos.
-Padre, ¿qué le pasa a tía Margarita? –preguntó mirándonos alternativamente a Rodrigo y a mí.
-Nada, hijo; está agotada, eso es todo. Mira Alonso –dije poniéndole una mano en el hombro-. Éste es tu tío Rodrigo, el marido de tía Margarita.
Alonso me miró sin comprender, y se acurrucó junto a mí. Le sonreí forzadamente a mi cuñado.
-Perdona que estemos todos un poco tensos. Pero te dábamos por muerto. De hecho, hay papeles que lo acreditan…
-Pues os debieron engañar, cuñado –me dice con una débil sonrisa.
Mi cabeza bulle de actividad. ¿Quién le dio a Margarita aquel documento? ¿Juan? ¿Sería posible que él la hubiese engañado? No lo sabía, pero si así era, iba a pagar por ello. No sabía si era consciente, pero a Margarita se le podían poner las cosas muy feas por ese falso documento. Adulterio, bigamia…
-Alonso… Dile a Sátur que baje y que ponga la cena. Yo voy a hablar con Juan, a ver si tiene algo para reanimar a la tía. Pasa a la cocina, Rodrigo, por favor.
Sabía que Rodrigo no había tratado bien a su mujer en el pasado, pero no creí que en los pocos minutos que iba a estar fuera de casa se la llevase. Además, había un hombre adulto más en casa. Crucé la calle hasta la casa de Cata, y llamé a la puerta.
Por suerte, abrió Juan.
-Perdona por las horas, Juan –me excusé precipitadamente-. Es Margarita.
Tuve que retenerlo en su sitio para que no echase a correr hacia mi casa.
-Tranquilo, sólo se ha desvanecido. Quería preguntarte algo, ¿le diste tú el documento que afirmaba que su marido había muerto?
Juan me miró sin comprender.
-Sí –dijo sin dudar.
Tranquilo, Gonzalo, tranquilo, tiene que haber una explicación lógica para todo esto. Tuve que agarrar el marco de la puerta con ambas manos para contenerme y no pegarle un puñetazo al médico.
-¿Sabías que era falso, Juan? ¿O te lo dio otra persona?
-¿Qué estás diciendo, Gonzalo? ¿Me crees capaz de darle algo falso a Margarita? ¿Poner en peligro su vida? –protestó alzando un poco la voz.
-¡Juan! –exclamé agarrándolo del cuello de la camisa y hablando en un siseo bajo-. Su marido acaba de presentarse en su casa, y no sé si va a querer llevársela de aquí o no; necesito saber quién emitió ese papel, ¿me entiendes? ¿Eres consciente de que podría ser juzgada?
Juan permaneció en silencio, mirándome a los ojos. Sentía que empezaba a perder la paciencia; mi respiración estaba agitada y me costaba un esfuerzo tremendo controlarme para no comenzar a golpearlo.
-Por última vez, Juan, ¿quién te dio ese papel? Si tanto amas a Margarita, dímelo.
-Tú también la amas… y al parecer ella te corresponde –dijo con un deje de dolor en los ojos.
-Si supiese que contigo ella sería más feliz, no dudes que la dejaría ir, no lo dudes nunca… y ahora…
Juan frunció los labios, dividido. Intentaba proteger a alguien, lo sabía. Pero mi paciencia tenía un límite, y Juan se acercaba peligrosamente a él. Harto de que no quisiese soltar prenda, lo solté y le golpeé el pecho sin contemplaciones, haciendo que cayese de espaldas y se diese con la mesa en la cabeza. Volví a cruzar la calle, sin respuestas, cuando una voz me llamó.
-Gonzalo… -oí la voz de Juan-. Fue Lucrecia. Ella me lo dio.
Lo miré fijamente, asentí con la cabeza en señal de agradecimiento, y entré de nuevo en casa. Era hora de contrastar hechos.
Que Lucrecia le hubiese pagado a mi cuñado para que la boda entre Juan y Margarita saliese adelante sin obstáculos, me parecía incluso un regalo, para alguien tan retorcido como ella. Pero que ahora le hiciese volver… ¿a fin de qué? ¿Por qué Margarita había roto su compromiso con Juan?
Me quedé helado. Margarita había roto su compromiso con Juan por mí, porque me seguía amando. Y yo a ella. Y Lucrecia a mí. Rodrigo había vuelto para asegurarse de que yo y su mujer no pudiésemos estar juntos.
-Ya ha despertado, padre –me informó Alonso-. El tío dice que pronto podrá volver a Sevilla.
Sátur me lanzó una mirada interrogante.
-Eh…Sátur, mira a ver si a Cipri le sobra algo de paja. Hay que poner más en el establo si se queda Rodrigo; supongo que habrás venido en caballo –dije girándome hacia él para ver como asentía-. Alonso, acompáñalo, anda.
A regañadientes, mi hijo se levantó de la silla, dejó la cuchara junto a su plato y salió con Sátur, que me dedicó otra mirada interrogante. Me acerqué a mi silla con deliberada lentitud y me arrellané cómodamente en ella.
-Vamos a ver, cuñado –dije subiendo un pie al asiento y apoyando el codo en la rodilla-. ¿Quién pagó por tu silencio y qué intenciones traes?

-¿Intenciones?- con fingida sorpresa, Rodrigo miraba con mal disimulada rabia- ¿No te entiendo, cuñado. He venido a buscar a mi mujer…

- Una mujer a la que poco te costó utilizar cuando te convenía…- murmuró entre dientes el maestro, dirigiendo una mirada que, bajo el amparo de un embozo y unas oscuras ropas, habrían hecho temblar a cualquier maleante. Sin embargo, a este, únicamente le hicieron encogerse de hombros

- No sé a que te refieres, cuñado- replicó él, recostandose en el asiento, con fingida indiferencia, a pesar de que en sus ojos se adivinaba la duda y la frialdad- Creí que eras maestro, no escritor de teatro.

- ¿Gonzalo?- una voz masculina, serena y seria, un tanto desconcertada, llamaba desde la puerta de entrada.

Allí, en la penumbra de la entrada del hogar de los Montalvo, Juan, médico, prometido, hombre engañado y preocupado, miraba inseguro e interrogante hacia el interlocutor del maestro, mientras, de forma casi imperceptible, sus músculos se tensaban bajo la camisa, y sus manos, en sendos puños pálidos por la presión, apretaban el aire como si del cuello del infame esposo recién llegado se tratara.

- He venido a ver a Margarita…

Asintiendo, y dirigiendo una mirada de soslayo al indeseable de su cuñado, sabiendo que por el momento, sus preguntas y deseos de mandar lejos a ese indeseable, quedarían sin respuesta, guió al médico a las escaleras que conducían al dormitorio de la joven.
Sin embargo, él no era el único que se irguió o dirigió sus pasos hacia los escalones.
A su espalda, Rodrigo, con ademanes elegantes y decididos, se encaminaba con zancadas firmes en la misma dirección.

- Ninguno de los dos va a entrar en ese dormitorio- Recibiendo sendas miradas de reproche, incluso rabia por parte de los dos hombres enamorados de su esposa, el sevillano chasqueó la lengua y sonriendo satisfactoriamente, alzó la ceja pronunciando con meridiana claridad, casi saboreando las palabras que pronunciaba: - No estaría bien visto. Al fin y al cabo… es mi mujer.

- De la que no se ha acordado hasta ahora- murmuró Juan, destilando rabia, y tratando de mantener la compostura; pensando, a su vez, que la presencia de aquél hombre después de tanto tiempo, se debía poco a una cuestión del destino, y más a una pecuniaria.

- Estoy preocupado por ella…-replicó entonces el afligido esposo, con un tono y unas formas, que bien podrían engañar a cualquiera, que no estuviera entrenado o habituado a la mentira, y hubiera leído en sus ojos, el asco y la frialdad- Sólo quise verla feliz..

- ¿Entonces qué haces aquí?- inquirió una voz a sus espaldas.

Todos se giraron para ver a la recién llegada.
-¡Catalina! ¿Así me recibes, mujer? –dijo fríamente Rodrigo – Sabes que yo siempre he adorado a mi querida mujercita –continuó con alevosía.
-Sal de aquí ahora mismo –la voz dura y cortante de Catalina no admitía réplica. A la vez, extendió el brazo y le señaló la puerta de la calle.
Rodrigo la miró con odio y se volvió con determinación hacia las escaleras para subir hasta donde estaba Margarita. Se iba a enterar la desgraciada… Pero se encontró con que Gonzalo, y Juan bloqueaban el paso. La mirada de los dos no admitía réplica. Y Rodrigo, como el cobarde que en realidad era, se dio media vuelta y se marchó. Aunque entre dientes juró que volvería.
Nada más desaparecer el indeseable, Catalina se volvió hacia Gonzalo y Juan y le preguntó a éste:
-¿Qué está pasando aquí? Juan, ¿no dijiste que estaba muerto? –la voz de Cata acabó en un hilo. Pasado el primer pronto, empezó a comprender lo que iba a significar para su amiga, la vuelta del desgraciado de su marido.
-Catalina, estoy tan sorprendido como tú. A mí Lucrecia me dio un certificado de defunción, y me dijo que era del marido. ¿Cómo iba a sospechar que era falso? –dijo Juan con rabia.
-Desde luego, los hombres solo veis lo que queréis ver –dijo agriamente Catalina.
-¿Me estás diciendo que solo he sido un peón en el juego de Lucrecia, para separar a Margarita de Gonzalo? –Juan echaba fuego por los ojos. –Voy ahora mismo a pedirle cuentas a esa malnacida…- e hizo ademán de marchar. En ese momento Gonzalo lo detuvo tomándolo del brazo.
-Espera Juan, no vayas todavía. Tenemos que pensar muy cuidadosamente qué es lo que vamos a hacer, con Lucrecia y con Rodrigo.
-Está bien Gonzalo, tienes razón…-dijo Juan mientras hacía verdaderos esfuerzos por serenarse.
Los tres se miraron desesperados, y empezaron a hablar tratando de decidir qué pasos iban a seguir.
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 9:14 pm

-¿Gonzalo? –llamó débilmente la voz de Margarita desde su alcoba.
Subí corriendo, con Juan y Cata pisándome los talones. Me arrodillé a un lado de su lecho, y tomé una de sus manos entre las mías.
-¿Cómo es que está vivo? –me musitó con voz pastosa-. Me aseguraron que estaba muerto; tengo el certificado… ¿Juan?
Juan rodeó la cama y se derrumbó también junto a ella.
-Lo siento, Margarita –dijo en voz baja-. Ese certificado era falso.
Los enormes ojos de Margarita se posaron en los de Juan, como dos pozos negros sin fondo llenos de dolor, que poco a poco, quedaron inundados por unas lágrimas que se desbordaron por sus pómulos.
-¿Cómo has podido hacerme esto? –le espetó en un susurro. Su pregunta cayó sobre Juan como una maza de hierro; lo vi hundirse, y no sólo físicamente.
-Margarita, Juan no sabía nada –lo defendí-. Lucrecia preparó todo esto.
Margarita se giró hacia mí, con la confusión pintada en sus rasgos. Intentó incorporarse sobre los almohadones, pero no pudo de pura debilidad. La incorporé yo mismo, y me senté a su lado para que pudiese apoyarse en mí y no caer hacia atrás. Me rodeó con un brazo y hundió el rostro en mi hombro izquierdo, justo donde aún palpitaba, a veces, ésa herida de bala. Sus hombros se convulsionaron mientras descargaba amargas lágrimas sobre mi pecho. Miré a Juan con resignación por encima de sus rizos, y rodeé sus hombros con un brazo protector. Catalina se sentó junto a nosotros en silencio, sin saber muy bien qué decir.
-¿Y él? ¿Adónde ha ido? –nos imploró sin mover la cabeza.
-Ha huido –dijo Juan.
-Pero tenemos razones para suponer que volverá –dije apesadumbrado.
Entonces Margarita levantó sus ojos enrojecidos de mi camisa y me miró.
-No dejes que se me lleve, por favor, Gonzalo. No quiero marcharme de aquí. Tú y Alonso sois mi única familia; en Sevilla ya no me queda nada.
-Sshh –intenté acunarla-. Mientras esté a tu lado nada ni nadie podrá hacerte daño, porque no lo pienso permitir, ¿me oyes, Margarita? Nadie.
-Gonzalo… -dijo Cata titubeante-. Si podemos hacer algo… lo que sea…
Negué con la cabeza suavemente; no quería involucrar a nadie más en las oscuras maquinaciones de Lucrecia. Aunque quizá sería bueno que Alonso se quedase en su casa esta noche; me estaba temiendo que pudiese ser lo que damos en llamar una noche toledana.
-Bueno… si no te importa quedarte con Alonso –le pedí-. Espero que no sea mucho trabajo bregar con dos chiquillos…
-Desde luego, Gonzalo. Además, está Juan para ayudar –Cata se levantó y tironeó de la manga del médico para que hiciese lo propio-. Pero si pasa algo… ya nos estáis avisando, sea la hora que sea.
-Quedaos tranquilos.
Tanto Cata como Juan salieron de la alcoba en silencio; oí como cerraron la puerta de la calle a la vez que Margarita me echaba los brazos al cuello y sollozaba con más fuerza que antes. Delicadamente, deshice nuestro abrazo y puse una mano su barbilla para obligarla a mirarme a los ojos.
-Margarita, sécate esas lágrimas –la conminé-. Ahora debes ser fuerte. Y por mal que pueda sonarte, esta noche dormirás en mi cama. Si ese malnacido vuelve, ya sabe dónde está tu alcoba y será el primer lugar donde mire.
Deposité un beso en su sien y le limpié la cara de lágrimas con el paño que habíamos utilizado antes para bajarle la fiebre.
-¡Amo! –oí a Sátur abajo-. ¡Ya hemos vuelto!


Lucrecia se quedó mirando a Rodrigo de arriba abajo.
-¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? El trato es que nadie debe saber que yo te estoy pagando por volver –la marquesa lo miraba airada y furiosa.
-Ha habido complicaciones, Lucrecia…
-¿Cómo tienes valor de llamarme por mi nombre de pila? Soy la marquesa de Santillana –saltó de inmediato ella con voz cortante y dura.
Rodrigo se la quedó mirando con una media sonrisa de suficiencia en el rostro al tiempo que le contestaba:
-Hubo un tiempo en que a la señora marquesa no le importaba que la llamara Lucrecia…sobre todo cuando estábamos a solas en su alcoba…-no acabó la frase, pues la marquesa le dio una sonora bofetada en la mejilla.
-No vuelvas a insinuar ni una palabra más sobre ese tema o eres hombre muerto, Rodrigo –el desprecio con el que soltó la frase hizo que el hombre recapacitara y, apretando la mandíbula por el oprobio recibido y carraspeando, empezó a hablar de lo que le había llevado ante ella.
-Señora marquesa, Gonzalo de Montalvo y sus vecinos me han impedido que me llevara a Margarita conmigo. He preferido desistir, antes de que las cosas se pusieran peor, debido a que usted siempre ha dejado claro que la vida de él se ha de respetar por encima de todo.
-¿Quién más había?
-Creo que un médico vecino y Catalina. La muy estúpida me ha echado de allí, pero yo no le he hecho caso y ha sido cuando he intentado subir a por Margarita a su alcoba cuando mi cuñado y el médico me han impedido subir.
-Así que Juan está también al tanto…-susurró ella. Tendría que tener cuidado y negar toda implicación en el certificado pensó. Luego se dirigió a Rodrigo y le dijo.
-Contrata un par de hombres y entra en la casa por la fuerza si es preciso, pero llévate a Margarita de allí. Gonzalo y su hijo no deben de sufrir daño. Y esta vez haz el favor de hacerlo bien. Me estás costando demasiado -le ordenó Lucrecia sin contemplaciones.
-La señora marquesa sabe que yo por dinero hago lo que me ordene. En su día me casé con Margarita y me la llevé lejos, después me he hecho el muerto y ahora he resucitado –haciendo una ligera inclinación con el cuerpo y una reverencia con el sombrero salió del cuarto.
Fuera se tropezó con Hernán, que desesperado no podía dar crédito a la conversación que había oído por casualidad. Así que el hombre que habían traído sus guardias de Ciudad Real era el marido de la costurera…y, además, había sido otro de sus amantes.
El comisario cerró los ojos dolorido. Al abrirlos ya había tomado la decisión. Él se iba a encargar de que el maestro siguiera con la costurera.


La noche caía despacio sobre la villa, sumiendo las calles en sombras que no eran si no, el hogar de las pesadillas y las maldades humanas.

Esa noche, ambas hijas de las sombras, se unían, y forjaban en distintos puntos de la villa…

En el hogar del maestro, tras la reticente partida del pequeño Alonso, Margarita descansaba intranquila sentada en una silla de madera, a la vera del fuego. Insegura, desasosegada… permanecía en silencio, atenta al menor de los sonidos que en la casa y los exteriores se producían… cansada, sus pesados párpados cedían al sueño y la presión de la gravedad, a pesar de sus esfuerzos, y finalmente, Gonzalo tuvo que coaccionarla con ternura, casi llevándola en sus propios brazos, para que se retirara al dormitorio principal.

Sobre el mullido jergón, hundiéndose y quedando prácticamente envuelta en la comodidad y el embriagador olor de las sábanas, Margarita continuaba intentando resistir al sueño. Convencida, de que ceder, sería encontrarse con las pesadillas, las que eran producto de los sueños, y las tangibles que habían tomado cuerpo en la persona de Rodrigo…
Gonzalo, arropó a la joven y apartó los oscuros bucles que, sobre su frente, ocultaban el femenino óvalo, con una tenue caricia, que pretendía ser una promesa silenciosa.
Asegurando la puerta que daba paso a las cuadras, y acomodando una silla en el centro del dormitorio, el maestro tomó asiento, situando entre las sombras, a una distancia apropiada y lejos de la sensitiva mirada de Margarita, una ropera.

-¿Gonzalo?- El acongojado susurro, procedente del jergón, en una voz rota que apenas conseguía atravesar el nudo que en la garganta de la mujer se había atravesado dando forma al temor y la incertidumbre- No me dejes…- murmuró antes de que el llanto se apoderara de ella una vez más.

Olvidando la espada, que por obvias razones, no se trataba de su fiel katana, el maestro se apresuró a acercarse al jergón y, acomodándose junto a su amada, la rodeó entre sus brazos, estrechándola y sosteniéndola, murmurando apenas sutiles sinsentidos, hasta que el llanto cesó.

- No va a pasar nada, Margarita.

- No sabes de lo que Rodrigo es capaz, Gonzalo- murmuró ella, apretando entre sus dedos las ropas del maestro- Alonso…

- Shhhh…- acariciando la temblorosa espalda, que parecía verse sobrecogida por espasmódicos movimientos, producto de los sollozos, trataba de calmarla al mismo tiempo que él, intentaba mantener la compostura- Alonso está en casa de Cata. No le pasará nada…- aseguró besando el oscuro cabello- Y a ti tampoco- prometió estrechando entre sus brazos, con mayor fuerza el menudo cuerpo que, poco a poco, fue rindiéndose al sueño, sin soltarse del cuerpo al que se aferraba como un náufrago en mitad de la tormenta.

En el exterior, en oscuras callejuelas, entre empobrecidas y míseras construcciones que se sostenían a duras penas, amparando entre sus paredes secretos y conjuras de la más baja ralea, un hombre elegante y oscuramente vestido, comenzaba a poner en marcha su plan; sin saber, que en otro punto de la ciudad, una situación similar estaba teniendo lugar…


Rodrigo de Heredia, ataviado con las mismas elegantes ropas que había usado horas antes, vigilaba la casa del maestro oculto bajo la ancha ala de su sombrero, que debaja su rostro sumido en las sombras. Tanto las calzas como el jubón y la corta capa ciruclar que vestía estaban confeccionados con ricas telas de tonos oscuros; tan solo se adivinaba la inmaculada blancura de su camisa por una breve franja de tela en torno al cuello. Al cinto, lucía un estoque italiano de bella guarnición, regalo de la marquesa.
Esa mujer… Cuando se enteró de que Gonzalo de Montalvo había vuelto de su exilio, de no se sabía muy bien donde, le había pagado para que se llevase lejos a la que había sido su amor de junventud, conocedora ella de que un hombre jamás olvida su primer amor. Aunque al parecer, Margarita tampoco lo había olvidado. Sin embargo, el jamás había sabido tratar con ella, nunca le había prestado atención, pero tampoco se había esforzado en comprenderla. Simplemente, era un encargo más, de tantos que le hacían al año. Robar a tal señor, matar al otro… era su vida.
Aún había una luz encendida en casa de los Montalvo, veía el suave resplandor reflejado en el cristal de una ventana. Se reclinó contra el muro, y se dispuso a esperar a que todo quedase tranquilo, y sobre todo, dormido.

Alonso miró a Cata mientras los arropaba a él y a Murillo con una gruesa manta. Su casa era pequeña, por lo que los dos niños tuvieron que dormir juntos. En el marco de la puerta se apoyaba Juan, que miraba la escena con los brazos cruzados sobre el pecho.
-Buenas noches, niños –les desearon, mientras que Murillo apagaba la vela de la mesilla. El niño dejó sus lentes junto a la palmatoria y cerró los ojos. Sin embargo, Alonso se incorporó y comenzó a vestirse.
-¿Alonso? ¿Qué haces? –preguntó Murillo con voz somñolienta.
-Pasa algo raro en mi casa. Cuando tu madre se duerma, pasaré –le explicó en un susurro-. Es que hoy ha venido mi tío, pero es todo muy raro, porque pensábamos que había muerto, pero… ¿Murillo?
El niño había sucumbido al sueño. A Alonso no le importó; mejor, así no le seguiría. Pegó la oreja a la puerta, y escucho unos pasos –que supuso que serían de Cata- subir las escaleras. Sigilosamente, entreabrió la puerta y se deslizó al exterior pegado a la pared.

En las mazmorras, el Comisario estaba reunido con su lugarteniente, un hombre joven y atractivo, de rasgos rectos y pelo rojizo. No tendría más de veinticuatro o veinticinco años. Hernán Mejías dirigió una mirada evaluadora a su subordinado, sabedor de que sería discreto y no hablaría del asunto.
-Guillermo –comenzó con voz suave-, supongo que sabrás que entre la marquesa y yo siempre ha habido algo…
-Lo entiendo, señor –lo interrumpió el joven-. Quiere usted decirme que no podemos dar cuenta de ésta misión a la señora marquesa, ¿verdad?
-Exacto. No tienes porque ayudarme si no quieres, ya que es algo personal, pero confío en ti, muchacho. ¿Recuerdas al hombre que se nos ordenó traer de Ciudad Real ayer y que llegó esta tarde?
Guillermo asintió. En sus ojos oscuros se pintaba la determinación. Supuso que aquel hombre representaría una amenaza para la marquesa, o peor, para el Comisario. Aunque por otra -parte, ella le había hecho venir, y él no se había opuesto.
-Bien. Te ahorraré los detalles escabrosos del asunto. Ése hombre se interpone entre la marquesa y yo por unos motivos y por otros, que atañen a dos ciudadanos de la Villa: el maestro y su cuñada. Si no escuché mal, el cometido de este hombre es llevarse a la cuñada del maestro lejos. Nuestra misión será que no lo consiga. Eso sí –apuntó a su pesar-, el maestro y la mujer no deben sufrir ningún daño.
Hernán miró a los ojos de su lugarteniente para ver si lo había comprendido.
-Se me permitís, señor, muy grave debe ser el asunto para poneos del lado del maestro.
El Comisario se ajustó el sombrero, se levantó y recogió sus armas. Conminó al joven para que hiciese lo propio, y ambos salieron a la calle, donde soplaba una fresca brisa nocturna.
-Para que veas hasta dónde puede llegar una mujer para conseguir lo que desea –comentó en voz baja.

* * *
Deposité en manos de Margarita un pequeño estilete de apenas doce centímetros de longitud. Tenía sección triangular y la hoja era estrecha y muy aguda. Pero me interesaba que lo tuviese, al menos esa noche, o en las venideras, si su marido no aparecía aquella noche.
Podría ser que nos equivocásemos todos y que en realidad Rodrigo fuese un buen hombre al fin y al cabo. Pero la primera impresión no había sido buena, y por norma general, la primera opinión que nos formamos de alguien es la que prevalece, y normalmente, con la que acertamos a la hora de catalogar a alguien. Por otra parte, no había más que ver como mudaba el rostro de Margarita en una expresión carente de color con el horror pintado en sus bellos ojos negros. Alguien que inspira tanto temor a su propia mujer no puede ser bueno.
Al principio se negó a coger el arma, pero la convencí, diciéndole que las heridas que provocaba eran difíciles de curar debido a su sección triangular y que en caso de extremo peligro, así podría salvar su vida. Al fin, más tranquila, y con el estilete oculto en su corpiño, cedió al sueño, apoyada en mi pecho y con un brazo rodeando firmemente mi torso.
Yo permanecí despierto, con la vista clavada en el techo de la alcoba, y preguntándome si no hubiese sido más seguro subir a la guarida, aunque eso, a ojos de Rodrigo, significase que nos habríamos dado a la fuga.
No me molesté en apagar la vela, que emitía un resplandor cada vez más débil y unas sombras cada vez más alargadas sobre la habitación. Miré fijamente como la llama cedía y se apagaba envuelta en volutas de humo, mientras la parte superior, de cera fundida, se ennegrecía al entrar en contacto con los restos del humo que no habían echado a volar hacia el techo.
Poco después, me sobresaltó un chirrido: una puerta abriéndose.

Me deshice del abrazo de Margarita y me levanté en el más completo silencio. Con una mano, alcancé la espada ropera que había dejado junto a la cabecera de la cama en cuanto Margarita se había dormido. Me puse junto a la puerta, y agucé el oído. Unos pasos vacilantes.
Con una mano en el pomo y la otra cerrada fuertemente en torno a la empuñadura de la ropera, entreabrí ligeramente la hoja de madera.
-¿Padre? –oí la voz de un niño.
Solté la espada y salí fuera, tranquilo porque no fuese Rodrigo, e inquieto porque no fuese él.
-¡Alonso! –lo llamé-. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo se te ocurre salir en medio de la noche, tú solo?
Alonso me miró con sus grandes ojos muy abiertos.
-Lo siento, padre, quería haber pasado antes, pero Juan me pilló y me hizo volver a dormir… -se excusó, pero mis brazos en jarras le exigían otra explicación-. Es que… sé que está pasando algo en casa, pero no entiendo muy bien qué… quería saber si todo iba bien.
Lo atraje hacia mí, y lo abracé fuertemente. Alonso, Alonso… Sátur tenía razón al decir que había sacado mi carácter.
-Está todo bien, Alonso –le dije acariciando su pelo. Me agaché hasta que nuestros ojos quedaron a la misma altura-. No tienes que preocuparte por nada, hijo. Es solo que tía Margarita está un poco enferma, pero pronto estará recuperada. Necesita descansar.
-¿Y porqué sonreís tanto, vosotros tres? Porque os pasáis la comida Sátur, la tía y tú muy extraños, padre…
Sonreí y lo volví a abrazar. No iba a responder, estaba claro, porque qué respuesta podía darle a mi hijo. ¿Qué amaba a Margarita y qué alguien se estaba encargando de ponerme todos los obstáculos posibles para que jamás pudiésemos estar juntos? ¿Qué su tío en realidad quería llevarse a Margarita de allí para que no la viésemos nunca más? No, no lo comprendería. Y aunque lo comprendiese, ¿qué podría hacer? Tan sólo era un niño.
-Vamos, hijo, vuelve a casa de Cata.
Se puso de puntillas y me dio un beso en la mejilla. Lo seguí hasta la puerta, y observé como entreabría la gran puerta de madera de la casa de mi vecina. Me apoyé en la barandilla.
-Padre, ¿mañana ya podré estar en casa? –preguntó inocentemente.
-Claro, hijo.
Observé cómo se deslizaba al interior de la vivienda como un gato y cerraba tras él. También vi una luz bajo la puerta y un murmullo que reconocí como la voz de Juan que le preguntaba que porqué estaba levantado a esas horas. Alonso estaría bien allí, tanto Cata como el médico se preocuparían de que no le pasase nada, o en su defecto, de que no hiciese ninguna de sus trastadas.
Entonces, un grito ahogado en el interior, me devolvió a la realidad. Venía del interior de mi casa, y por el sonido, parecía proceder de mi alcoba.
Cuando entré, empuñando de nuevo la ropera que había dejado junto a la puerta, vi que mi cuñado estaba allí, con la punta de su acero posada en la garganta de Margarita. Y debo reconocer, que en ese momento, el mundo se detuvo para mí. Sentí miedo.


En la penumbra de la habitación, el tiempo parecía haberse detenido.

Gonzalo observaba la escena sintiendo que le faltaba el aire, y temblando de rabia. Su ropera descansaba en el suelo, silenciosa, abandonada… testigo mudo de todo cuanto acontecía y había acontecido… tan cercana, y tan alejada. Tan útil, pero tan completamente inservible, muda y despojada de vida sobre el suelo de adobe.

Margarita observaba a Gonzalo con los ojos encharcados de lágrimas y miedo, temblando como una hoja en otoño, pero intentando mantener la compostura por miedo a que, el simple hecho de respirar diera con su garganta contra la afilada y fría hoja de acero que frente a su cuello descansaba amenazante.

- Aparta- clamó entonces la voz de Rodrigo, satisfecho con el pánico que creyó leer en los ojos del maestro- Sal de en medio, y nadie saldrá herido….

Gonzalo se tensó en el arco de la puerta, plantando los pies con firmeza en el suelo y observando desafiante y airado al que era su cuñado, en una silenciosa amenaza prometedora
“si quieres salir, tendrás que llevarme a mí por delante”

-Mi mujercita y yo, vamos a hacer un viaje, así que ya te puedes ir despidiendo cuñado…- masculló con una cínica sonrisa dibujada en los labios apretando contra sí el cuerpo de Margarita-

- NO- fue lo único que espetó el maestro, que intentaba no centrar su mirada en los ojos cargados de pavor de Margarita. Debía permanecer alerta de cualquier movimiento que Rodrigo pretendiese llevar a cabo

- Cuñado, eres demasiado estúpido, o excesivamente valiente- espetó con una risotada que hizo temblar su pulso adrede, deslizando la hoja muy sutilmente por el níveo cuello de la mujer que, ahogando un grito de terror y llevándose las manos al cuello, sintió el frio acero besando su piel, y arrancando de la misma, una perlada gota de roja sangre- Vaya! Deberíamos tener más cuidado, no crees? Gracias por haber cuidado de mi mujer estos meses, pero ya que he regresado, no es necesario… - Borrando la sarcástica sonrisa que se dibujaba en sus labios, y cambiándola por una mirada certera y decidida, el sevillano, apartó las manos de Margarita y volvió a acomodar la hoja contra el pálido, y ahora, ligeramente manchado de sangre, femenino cuello- Ahora, ¡aparta!

- He dicho que no- Reiteró Gonzalo sin perder un ápice de su compostura, ni la mirada fija puesta en los oscuros ojos cargados de rabia de su cuñado

- No he venido solo.- Comentó Rodrigo- Mis hombres están apostados en la calle… yo he arañado el precioso cuello de mi mujercita… y creo que alguno de ellos, comentaba el cuello tan bonito que tiene tu hijo…- Margarita aspiró aire asustada, con los ojos completamente abiertos por el pánico; no ya, por el suyo propio, si no por el de Alonso … incapaz de mirar a los ojos a Gonzalo, sintiéndose completamente culpable, bajó la mirada encharcada hacia el suelo viendo por primera vez, la ropera que descansaba apenas a unos pasos de ella- ¿No era su voz, la que he oído hace un momento?- Preguntó volviendo a sonreír, creyéndose victorioso al percibir a su cuñado vacilar un instante, no en el gesto, pero sí en la mirada, cada vez más cargada de rabia y en los puños apretados con fuerza debido a la impotencia- Es una lástima. Me cae bien mi sobrino…- apostilla como si de una conversación alrededor de una mesa de ajada madera en la taberna, se tratase- pero creo que a uno de mis hombres, le cae mejor…

-¡Deja a Alonso en paz!- Exclamó entonces margarita revolviéndose en los brazos de su esposo que, notando el agitado movimiento, centra su atención en su presa, y pierde de vista la oscura figura que en la puerta del dormitorio, aprovecha la circunstancia para avanzar…
Sin embargo, antes de que pueda dar más de un paso hacia la ropera, una nueva y oscura figura, aparece por la puerta principal, haciendo notar su presencia, no con la voz si no con el sonido del acero al desenvainarse, sorprendiendo a captor, presa y salvador…
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 9:15 pm

Instintivamente todos vuelven su mirada hacia el recién llegado, y en ese momento, Rodrigo se echa a reír aliviado.
-Ya era de que llegaras –le espeta al desconocido, que es uno de sus secuaces. Éste ha colocado la punta de su espada desenvainada apoyada en el pecho de Gonzalo, que, aparentando una serenidad por fuera, que no tiene por dentro, se queda inmóvil, pero sigue evaluando las posibilidades. Si estuviera solo, evidentemente que ya estaría todo solucionado, pero el malnacido de su cuñado amenaza a Margarita. Al ver ese cuello querido y deseado manchado de sangre, por unos instantes siente que le abandonan las fuerzas. Tanto tiempo sufriendo, ¿para esto? Ahora que parecía que podían empezar a ser felices… ¿Por qué ahora? De repente lo sacudió una certeza: No existen las casualidades, cuando Lucrecia está cerca.
-Y dime cuñado, ¿cuánto te ha pagado Lucrecia esta vez? –la voz de Gonzalo era dura y fría.
Rodrigo fingió que no sabía de qué hablaba el maestro, pero por un instante, éste creyó ver un destello de sorpresa muy elocuente, en su mirada.
-¿Qué estupideces estás diciendo? No conozco a ninguna mujer con ese nombre.
Mientras tanto, su acompañante empezó a empujarlo hacia atrás con la espada.
-¡Venga, Rodrigo, déjate de palabrería, y vámonos ya! –y acabó de colocar a Gonzalo contra la pared.
De pronto se oyen unos gritos y unos sollozos, y entra otro de los rufianes, amigo de Rodrigo, con Alonso debajo del brazo, pataleando y tratando de escurrirse.
Gonzalo no lo puede creer. Una nueva oleada de furia y miedo lo invade.
-¿Pero qué haces aquí Alonso? ¿No te había dicho que te quedaras con Cata?
-Mirad lo que me he encontrado –dijo con regocijo el otro maleante.
-¡Padre, perdóname! Es que he oído gritar a la tía y he salido… -el niño se quedó aterrorizado al ver la escena. ¡Su padre y su tía amenazados por dos hombres!
-Bueno, ahora sí que yo y mi mujercita nos vamos. Aquí te dejo a ti y a mi sobrino con mis dos amigos. Ten cuidado, Gonzalo, cualquier cosa que intentes, hará que se pongan muy nerviosos, y tú o tu hijo podríais resultar muertos -él tono sibilante de la advertencia resonó en el silencio de la noche.
Las risotadas de sus acompañantes confirman lo dicho por su jefe, mientras éste, empujando a trompicones a Margarita delante de él, sale por la puerta hacia la noche de la Villa.
Gonzalo siente que el alma se le cae a los pies. ¡Por qué tiene que ser tan testarudo Alonso! Como adivinando los pensamientos de su padre, el niño lo mira con expresión triste y compungida. Y se promete a sí mismo, por enésima vez, que hará caso a partir de ahora a su padre.
Rodrigo y Margarita llegan a la esquina de la calle, al dar la vuelta, les espera una carreta con un caballo.
-¡Rodrigo, por favor, déjame ir! Te lo suplico. Tú nunca me has querido. Por una vez en tu vida, haz algo bueno y déjame ir, déjame ir…- los sollozos de Margarita van en aumento, mientras Rodrigo le ata las manos y los pies, y la echa a la carreta como un fardo. La muchacha no solo piensa en ella, en el penoso destino que le espera con ese desalmado, piensa también en Gonzalo y en Alonso. Reza con todas sus fuerzas para que Gonzalo pueda liberarse a él y a su hijo, y luego venga a por ella, antes de que sea demasiado tarde.
Mientras tanto, Gonzalo consigue por fin su propósito. Ahora que el amenazado por la cortante hoja es sólo él mismo, se atreve a poner en práctica sus artes de Águila Roja. Lanza una terrible patada en el estómago a su captor, que hace que éste se doble en dos, se apodera de su espada, y antes de que el otro atacante pueda reaccionar, lo deja inconsciente en el suelo de un golpe en el lateral del cuello con el canto de su certera mano. Aún llega a tiempo de recoger a su hijo para que no caiga al suelo.
Alonso apenas se ha dado cuenta de lo sucedido. Solo mira el resultado con los ojos abiertos como platos. Los dos hombres están tirados inconscientes en el suelo.
-Alonso, ve corriendo a casa de Cata. Yo voy a buscar a la tía –le conmina su padre.
Por una vez en la vida, el chiquillo hace lo que le pide su padre, y este lo ve entrar, con alivio, en casa de su vecina. Luego echa a correr calle adelante, imaginando la treta de Rodrigo. Lo más probable es que tenga caballos o algún carro a la vuelta de la esquina, en la calle San Felipe, la mejor manera de salir huyendo de la Villa. El otro sentido, lo adentraría más, en lugar de alejarlo.
Llega a la esquina y antes de doblarla, se esconde con precaución. Quiere observar la situación. Y lo que ve lo deja totalmente anonadado. Una figura vestida de negro como los guardias del comisario, se acerca en ese momento a Rodrigo, que ya está en el pescante decido a emprender la marcha, lo llama por su nombre, y cuando él se gira, saca con rapidez una daga y se la clava a su cuñado, que cae hacia delante sin emitir ni un sonido.
Debajo de unas mantas, se oyen murmullos y forcejeos. Es Margarita, se dice Gonzalo, que se decide a ir hasta allí. No sabe quién ni por qué ha matado a Rodrigo, pero sabe que Margarita lo necesita. Mientras tanto, el guardia, al ver que viene Gonzalo, echa a correr y abandona la escena del crimen.
Gonzalo levanta las mantas y desata a Margarita, que presa de los lloros se abraza a su amor.


-Margarita, Margarita –repetía sin cesar mientras acariciaba su pelo. Se había aferrado a mí y sollozaba sobre mi hombro igual que lo haría un niño pequeño.
Me las arreglé para llevarla de vuelta a nuestra calle; aporreé la puerta de Cata, y en cuanto se abrió, la empujé dentro, prometiéndole que iría a buscarla en un rato, que le contase a Cata y a Juan lo que había pasado, pero sobre todo, que se tranquilizase.
Con la cabeza fría que caracterizaba al Águila Roja –ése héroe que la gente del pueblo jamás asociaba conmigo por nuestras diferencias manifiestas- entré de nuevo en mi casa. Los dos maleantes seguían en mi dormitorio, inconscientes, y por lo que vi, amordazados. Sátur se había entretenido liándoles unas cuerdas en torno al cuerpo. Por lo menos, me había ahorrado trabajo.
Levanté a uno de los hombres con facilidad, y salí de casa con él cargado al hombro. Mi plan era llevarlos al carro y simular una pelea entre ellos fuera de la Villa, para que cuando hallasen los cuerpos, nadie los relacionase con mi casa. Contaba además, con el factor noche, y con que sólo Margarita –y el hombre que había acuchillado a su marido- habían visto que ése hombre había muerto en el barrio. Por lo menos, su verdugo había sido inteligente: usar un arma de fuego habría hecho que todo el vecindario se levantase.
Cuando lo tumbé sobre las maderas y me giré para volver a por el otro, vi que Sátur lo iba arrastrando como podía por el barro de la calle. Consiguió sacarme una sonrisilla.
-Amo, es que éste pesa como un tocino lleno de barro…y no se debe al hecho de que lo esté arrastrando, no, que sobre madera pesa lo mismo.
-Anda, Sátur, ya lo hago yo… -dije levantando el otro cuerpo inconsciente.
Echamos a Rodrigo a la parte de atrás, con sus secuaces, y los cubrimos con una manta. Trepé al pescante, y le dije a Sátur que volviese a casa, que ya me encargaba yo de todo.
No había avanzado más de diez metros, cuando Sátur soltó un juramento de sorpresa detrás de mí. Me giré, sin soltar las riendas de los caballos, para ver qué pasaba. Y abrí los ojos, sorprendido. El Comisario en persona, y su joven lugarteniente, habían salido de una de las callejuelas adyacentes. Ahora caía en la cuenta, ¿no me había parecido antes el asesino un joven con las ropas de los guardas del Comisario? Ahí tenía la respuesta.
Hernán Mejías se adelantó hasta mi posición, y me dirigió la mirada de desprecio que solía dirigirme, y a la que yo solía enfrentarme sin pestañear.
-Hace una agradable noche, maestro –comentó como si nada-. Deja que termine el trabajo que he empezado.
Eso confirmó mi hipótesis. Le dediqué un gesto de agradecimiento, que el desdeñó con un gesto de su mano enguantada.
-Es mí deber acabar con los malhechores –dijo.
-Pues aunque acertase más veces... –comentó Sátur por lo bajini; le dirigí una mirada fulminante.
Hernán me indicó que bajase, y ocupó mi lugar en el pescante. Su subordinado subió por el lado contrario, pero fue el que tomó las riendas.
-Comisario –lo llamé- ¿Puedo saber donde los llevan? Quizá podría seros de ayuda
Ayudar al Comisario no era el plan que más gracia me hiciese; en esos momentos, prefería regresar a casa y tranquilizar a mi familia. Pero por otra parte, sabía lo retorcido que podía llegar a ser mi hermano, y prefería asegurarme de que no me cargaba el muerto.
-Claro, maestro. De paso, podría comentarte las motivaciones que me han llevado a ayudarte, ésta vez.
Como ya eran dos en el pescante, me acomodé detrás de ellos, en la carreta. Sátur, que había desaparecido disimuladamente, llegó y me entregó en silencio la espada ropera que había dejado caer antes, al salir corriendo hacia el carro. Le indiqué en silencio que no nos siguiese; el oficial agitó las riendas, y los caballos comenzaron a trotar.
Pronto dejamos atrás la Villa, y cuando me quise dar cuenta, estábamos en el coto de caza perteneciente al Marquesado de Santillana.
-¿Pensáis cargarle el muerto a la marquesa? –pregunté mientras bajábamos los cuerpos a tierra.
-Gonzalo –me espetó mi hermano-, ella fue la que hizo volver a ese desgraciado. Su plan era alejar a Margarita de la Villa con ese rufián pegado a ella. ¿Y sabes por qué? Porque te quiere desde que erais críos. Quiero que sepas, además, que no lo hago por ti, sino porque esa supuesta situación que se hubiese dado sino hubiese intervenido, me alejaría de ella.
-Comprendo, Hernán –dije llamándolo por su nombre de pila, como supuse que habría hecho alguna vez cuando éramos niños, y pensando que esa última frase le había estropeado el gesto-. Pero no seré un obstáculo para ti, ya que yo no la amo, ni tampoco la deseo.
Mi hermano giró la cabeza; supongo que para que no lo viese enrojecer. En silencio, preparamos aquello como si fuese la escena del crimen. El joven oficial, Guillermo, desenfundó una pistola cargada y la ajustó en la mano de uno de los truhanes inconscientes, al que había atado a un árbol. Mientras, yo me encargué de dejar a mi fallecido cuñado apoyado en un árbol, mientras que el Comisario le descerrajaba un par de tiros al tercero.
Así, parecía que mi cuñado y uno de sus amigotes, habían atado al otro con intención de dejarlo allí, pero el otro, escondiendo la pistola había acabado con ellos. Cuando despertase y se encontrase atado, y casualmente, Guillermo o el propio Comisario lo encontrasen allí a la mañana siguiente, lo culparían de todo.
-Queda un pequeño detalle –apunté señalando a Rodrigo-. Él ha muerto por un corte en la garganta, y no por un disparo.
-Eso es fácil de solucionar, hombre –dijo Guillermo, agachándose junto al rehén durmiente y le asestó un tiro al muerto que le acertó en la sien.
Volvimos en silencio a la Villa. Detuvieron el carro a unas pocas calles de mi casa, y tras despedirme de ellos, y agradecerles el esfuerzo, aunque sabía que no lo habían hecho por mí ni por Margarita, me dirigí, por fin a casa.
El cielo ya comenzaba a clarear y pronto sería hora de levantarse, pero aún podíamos robarle un par de horas a la noche y descansar un poco.
Cuando entré en casa de Cata, me encontré a Margarita completamente dormida en el banco junto al hogar, y a Juan y Cata sentados a la mesa con un par de tazas en la mano. Les dije que no les explicaría qué habíamos hecho con los cuerpos hasta el día siguiente, cuando se hiciese oficial la muerte de aquellos hombres, más que nada, como medida de precaución. Tomé a Margarita en brazos y salí fuera. Pero no se me pasó por alto el dolor que había en los ojos del médico.
Cuando la deposité sobre mi cama y la cubrí con unas mantas, suspiró, y advertí que sus mejillas estaban húmedas de lágrimas. Las sequé con el dorso de mi manos y deposité un beso en su frente.
Me quité las botas y la camisa, y me tumbé junto a ella, rodeándola con un brazo, como si pensase que iba a irse en cualquier momento.
Cuando por fin cerré los ojos, oí un gallo cantar en algún corral vecino.


Las luces de la mañana empezaban a extenderse por la villa, devorando sueño, sombras y silencio.
En casa del maestro, sin embargo, el silencio continuaba en el interior de las paredes de adobe y piedra, apenas roto por pausadas respiraciones en algún punto concreto. Ni las llamas del fuego crepitaban, en el hogar, alumbrando, ofreciendo calor, o simplemente, rompiendo el silencio.

Una puerta de madera, se abrió con cautela mientras en el exterior, continuaban los primeros sonidos de quienes, madrugadores, acudía en busca de las mejores gangas en el mercado, agua fresca al pozo o la fuente más próximas, o leche fresca quien podía pagarla o fiarla…

Pasos vacilantes, apenas más sonoros que los de los pequeños ratones que correteaban entre las vigas y los rincones oscuros y silenciosos, se acercaban a la vacía sala. No hallando a nadie, se asomó al patio, con idéntico resultado… finalmente, y sin variar la presión de sus pasos, o la cautela imprimida en los mismos, se dirigió nuevamente a la entrada, oscura y sombría, donde las escaleras, un viejo cofre de madera, una vela apagada, una desvencijada silla y un par de puertas, le dieron los buenos días una vez más.

Con cautela, se aproximó a una de ellas, y apoyando la mano sobre el umbral, intentando no hacer ruido, la abrió muy lentamente, casi mordiéndose el labio, en un intento, por amortiguar el posible quejido de la hoja o las bisagras al ser molestados.


Al otro lado de la puerta, la luz del amanecer, se imponía tímida y lánguida atravesando los sucios cristales emplomados alumbrando, no sólo el silencio o los muebles, si no a las dos personas que, abrazadas, descansaban sobre el jergón.

Con una sonrisa tranquila, y sin dejar de morderse el labio, en esta ocasión, cargando sus ojos con un travieso brillo… el recién llegado, irrumpió en la habitación al tiempo que se deshacía de sus alpargatas. Con suma cautela, se aproximó al jergón y observó un instante la imagen que ante él se presentaba.

Con el rostro relajado, pero las mejillas marcadas por el recuerdo del llanto, el cabello extendido sobre los pálidos almohadones, Margarita respiraba pausada y lánguidamente, sumida en un agradable sopor, sintiéndose segura y cálida, no sólo por las mantas y el mullido jergón, si no por el brazo que la rodeaba y se perdía entre las sábanas, sosteniéndola con suavidad y fiereza. La misma fiereza que, incluso dormido, se reflejaba en el masculino rostro que, enterrado en los oscuros bucles, presentaba el maestro.

Apoyando las manos sobre el jergón, y ya completamente descalzo, el recién llegado, vaciló apenas un instante. Lo suficiente, como para que los oscuros ojos que instantes antes ha observado completamente cerrados, lo observaran entre espesas y largas pestañas.


Una lánguida sonrisa asomó al femenino rostro que, sin dudarlo un instante, respondió a la tierna e inocente mirada que la saludaba con timidez y preocupación.

- Hola- murmuró con la voz tomada por el sueño, extendiendo una de las manos que rodeaban y aferraban el brazo que la retenía entre las sábanas, para acariciar el rubio cabello

- Hola tía- Saludó el pequeño sonriendo ligeramente antes de bostezar.


Sonriendo, la mujer deslizó la mano por el óvalo del chiquillo, y alzó las mantas dispuesta a levantarse, sin embargo, el pequeño tomó el gesto como una invitación, y antes de que ella pudiera moverse, se vio rodeada, no sólo por el brazo del padre, si no por los menudos brazos de Alonso que se aferraban a ella con fuerza, cerrando los ojos y apoyando la cabeza, no en el almohadón, si no sobre el pecho femenino.

El gesto, y la nueva presencia en el jergón, despertó al maestro que, desorientado, alzó la cabeza del almohadón y se encontró con el dormido rostro de su hijo al otro lado de la mujer que amaba. Extrañado, dirigió una mirada a esta, y la descubrió con la mejilla apoyada sobre el rubio cabello, una sonrisa dibujada en los labios y los ojos cerrados con una pequeña y perlada lágrima deslizándose por su pómulo.
Moviendo ligeramente los dedos de la mano derecha que aun rodeaba la femenina cintura a pesar del menudo cuerpo infantil que sobre ella se apoyaba, y la delgada mano femenina que alrededor de su antebrazo parecía enredarse, acarició el vientre sobre la pálida camisola, antes de besar suavemente la sien de Margarita.

Notando el gesto, pero sin mover la cabeza de su nueva posición, ella amplió su sonrisa y le observó a través de las largas y húmedas pestañas…

- Buenos días- saludó él en un susurro. Dos oscuros luceros, le observaron inquisitivos y encharcados, en una muda pregunta a la que, con una nueva caricia y una pequeña sonrisa, replicó en un susurro cargado de emoción y significado: - Todo ha terminado…

- ¿Todo?- preguntó ella con un nudo en la garganta- ¿Y si vuelve?

- Estoy seguro, que no lo hará…- replicó enigmático y convencido, mientras en la lejanía un perro ladraba, y las campanas de la iglesia llamaban a rezo, al mismo tiempo que, en algún lugar de la villa, dos jinetes preparaban sus caballos para iniciar una travesía por los terrenos de Santillana…

Entre tanto, con los ojos cerrados, Alonso permanecía relajado en los brazos de su tía, atento a la pequeña conversación y el extraño intercambio entre quien suponía enferma, y su progenitor, sintiendo no sólo la presencia, si no el movimiento de la mano de su padre entre su vientre y el de la joven, empezando a hacerse preguntas, que dudaba pudiera formular… cuyas respuestas, aun no estaba seguro de querer oír…

Alonso abrió los ojos en ese momento, con un pequeño bostezo.
-Buenos días, hijo –lo saludé revolviéndole el pelo. Le sonreí, aunque me sentía un poco incómodo. Aunque aquella noche no había pasado nada entre Margarita y yo en aquella alcoba, Alonso nos había visto dormir juntos en la misma cama. Y no sabía las conclusiones a las que la mente de un niño de su edad podría llegar. Sin embargo, no aflojé mi abrazo.
Alonso nos miró sonriendo, le dio un beso a Margarita, y le preguntó si ya estaba mejor.
-Sí, cariño –le respondió con voz dulce-. No te preocupes, fue solo un mareo. Pero tu padre quería asegurarse de que estaba bien.
-Sí –apostillé con voz seria-. Dicen que hay una pequeña epidemia por la Villa, que se manifiesta en forma de mareos, Alonso. Y aunque no es mortal, y dura solo un par de días, quería asegurarme de que tu tía estaba bien.
Alonso me creyó a pies juntillas. Sabía que sospechaba que algo pasaba en casa; anoche me lo confirmó. Aunque aquella incursión pudo habernos costado la vida a Margarita y a mí. Mi hijo dio un pequeño salto para sentarse en mi regazo, y quedó cruzado entre mi cuerpo y el de Margarita.
-Oye, padre, ¿cómo hiciste lo de anoche? –preguntó con los ojos muy abiertos-. Parecías el mismísimo Águila Roja, con esos puñetazos, y esas patadas…
-Alonso, cielo –le dijo Margarita-, Águila Roja no entró en casa… Pero cuando alguien teme por la vida de alguien, puede hacer cosas increíbles con tal de salvarlos. Y anoche, tú estabas en peligro.
Le dirigí una mirada socarrona a Margarita por encima de la cabeza de Alonso. ¿Así que el Águila Roja no estaba en casa?
-De eso quería hablar contigo, Alonso –dije reclamando su atención-. Te vi entrar en casa de Cata, ¿quién te habló cuando entraste? Creí oír la voz de Juan.
-Sí, padre –me miró con los ojos muy abiertos, rastro del miedo que había sentido-. Fue uno de esos hombres. Lo que pasa es que poco después oí gritar a la tía y salí corriendo de la casa; entonces, uno de esos hombre me cogió y me llevó con vosotros.
Tras unos minutos de silencio, en el que los tres, Alonso todavía cruzado sobre nosotros, deliberábamos con nosotros mismos lo que había pasado anoche, me dije que era hora de levantarse y desayunar, pues el día iba a ser largo.
Sátur, a quien había mandado a dormir cuando me había ido con el Comisario y su hombre de madrugada, ya tenía la mesa dispuesta para los cuatro. No dijo nada en presencia de Alonso, así que supuse que después me bombardearía a preguntas.
Alonso comía inquieto, demasiado cariñoso con Margarita y conmigo. Insistió en que lo cogiese en brazos para desayunar, como cuando era más pequeño, y le hizo prometer a Margarita que iría a buscarnos a la salida de la escuela a la hora de comer. Ella, evidentemente, aceptó, ¿cómo podría decir que no? Mientras tanto, Sátur nos dedicaba miraditas picaronas tanto a Margarita como a mí.
Oímos a alguien llamar a la puerta, y Alonso saltó de mis rodillas para ir a abrir.
-Será Cata –aventuró Margarita-. Deberíamos estar saliendo hacia palacio.
Dicho esto, se levantó, recogió su mantón y siguió los pasos de Alonso. Pero se quedó petrificada en el arco de entrada que separaba la cocina y el recibidor al oir una voz masculina.
-¿Margarita Hernando? –escuché la voz de Guillermo, el lugarteniente del Comisario-. Debo informarle de que su marido ha muerto esta noche. Al parecer, discutía con dos de sus hombres cuando intentaban robar en el coto de caza del Marquesado de Santillana.
Me levanté y me coloqué detrás de ella. Su expresión no era triste, pero tampoco alegre. Margarita era demasiado buena como para alegrarse por la muerte de alguien, aunque ese alguien la hubiese maltratado durante años, ni para estar triste, por la misma razón que antes. Sin embargo, y por prudencia, adoptó una máscara de falsa tristeza al salir a la calle a recibir el ahora auténtico certificado de defunción y viudedad.
-Gracias, Guillermo –le agradecí que hubiese sido él el que nos informase del accidente, ya que significaba que ni él ni el Comisario se iban a ir de la lengua.
-Sólo cumplo con mi deber, maestro –respondió fríamente, pero agradeciendo mis palabras con un gesto de cabeza.
Margarita volvió al interior en silencio, y cuando cerré la puerta, se abrazó a mí con fuerza, sin terminar de creerse que todo hubiese terminado para ella.
-Entonces –comenzó Alonso ingenuamente-. ¿El tío Rodrigo ha muerto?

La ingenua pregunta de Alonso, con la inocencia en la mirada, y el gesto contrito… sólo consiguió que la trémula figura femenina que el maestro sostenía entre sus brazos, sollozara con más fuerza.
El pequeño Montalvo, observaba la gran figura de su padre, que casi parecía engullir con sus oscuras ropas, la verde camisa y los desgastados pantalones, pardos ambos en la sombría entrada del hogar, la delicada y pálida figura, envuelta en claros ropajes de Margarita.

Cuando no obtuvo respuesta, pues ambos adultos continuaban, uno llorando, hundiéndose y escondiéndose en el otro, y el otro, envolviendo y acariciando espalda y cabello con infinita ternura, mientras murmuraba palabras inteligibles en los oscuros bucles… el pequeño quedó, una vez más, intrigado y extrañado. Intentando entender, o encontrar la pieza del puzle que parecía haberse perdido.

- Anda, Alonsillo…- murmuró Saturno, colocando las manos sobre los pequeños hombros- vamos pa’ fuera, que hay que llegar a la escuela… y yo tengo recaos que hacer…

- Pero no podemos llegar antes que el maestro- espetó el niño tratando de esquivar y oponer resistencia a los insistentes pero suaves empellones del criado hacia la puerta. Sin darse cuenta, a sus espaldas, el hombrecillo, con el rostro compungido, miró inquisitivo a su amo que, todavía sin soltar a su dama, asintió ligeramente.

- Tu padre irá luego. ¡Anda, tira!

Frunciendo el ceño, y enfurruñado, Alonso se escabulló de la pequeña prisión que las manos de Saturno suponía y se abalanzó sobre las faldas de su tía un instante, aferrándose con fuerza a su menuda cintura.

- Lo siento, tía- murmuró el niño, alicaído antes de hundir su rostro en el costado de la mujer, y salir por la puerta corriendo como alma que lleva el diablo.

-¡Alonsillo!- Gritó el criado, saliendo en pos del muchacho- ¡Espérame, jodío!

***** ******** ********* ********** ********

Las calles empezaban a bullir con idas y venidas, voces, susurros, murmullos y gritos que anunciaban, confesaban o desvelaban secretos propios y ajenos, o saludaban, se despedían deseaban u odiaban en una cacofonía de sonidos en donde, la única voz ajena a la conversación mantenida, a la que se prestaba atención era: ¡Agua va!

Huyendo de uno de esos gritos, Saturno se ocultó bajo uno de los soportales, mascullando entre dientes, la puntualidad de la dichosa vieja que parecía querer regarle mañana sí, y mañana también.

- ¡Será puñetera!- comentó a un transeúnte- Esa me tiene echao’ el ojo desde que me llevé la última hogaza de pan pa’ los míos. ¡La muy bruja intenta bañarme todas las mañanas en sus orines!

- La mujer no sabe de horarios, hombre- le contestaba otro a voz en grito, con una gran risotada.

Asintiendo pesadamente, Saturno saludó a quien le dio la réplica, y continuó buscando con la mirada a Alonso, hasta encontrarlo unos metros por delante de él, apoyado en una pared, rodeado de sus amigos. Respirando tranquilo, el hombrecillo se disponía a acercarse hacia él, cuando se percató que sobre su cabeza, empezaba a perderse la seguridad del soportal, y dirigiendo una mirada cargada de duda y mala idea, hacia arriba, frunció el ceño y agitó la cabeza de lado a lado.

- ¡Anda que le voy a dar otra oportunidad a la vieja!- Buscando una vez al niño, y confirmando que se mantenía frente a la puerta de la escuela, sonrió tranquilo, y rehízo sus pasos dirigiéndose hacia el mercado, sin percatarse, del rostro compungido del niño y mucho menos, de la conversación que con los otros mantenía, y que estaba a punto de ser bruscamente interrumpida.

***** **** ****** *******


Con la espalda apoyada contra el mudo de ladrillos de adobe, los brazos a su espalda y la cabeza gacha, Alonso permanecía en compañía de sus amigos, pero sumido en sus pensamientos.

- ¿Alonso?- le llamó Matilde, que llevaba un rato observándole- ¿qué te pasa, estás bien?- inquirió la chiquilla.

El pequeño, apenas alzó los hombros a modo de respuesta.

- ¿Qué ha pasado, Alonso?- se aventuró Murillo acomodándose las gafas y observando el compungido rostro de su buen amigo

- Mi tio ha muerto.- Murmuró el pequeño.
A su lado, resonó una honda y asustada inspiración, mientras los otros dos, se observaban entre ellos, y le miraban intranquilos e intrigados…

- ¿Tu tío?- preguntó finalmente Gabi, después de unos minutos en silencio. Viendo como su amigo asentía ligeramente sin alzar la mirada del suelo, frunció el ceño- ¿No querrás decir tu tía?

- ¡No!- espetó nervioso encarándose con el muchacho- ¡no digas eso, ni en broma!

-Tranquilo, Alonso- una pequeña y menuda mano se apoyó en su hombro. Matilde.

- ¿Desde cuándo tienes un tío?- preguntó Gabi, olvidándose rápidamente del empellón del que había sido víctima

- No lo sé,- murmuró él- la tía se casó en Sevilla, pero yo pensaba…- con los hombros hundidos, el pequeño dejó que su mirada y su voz se perdieran- Ayer llegó, y dijo que se iba a llevar a la tía otra vez a Sevilla…- sus amigos le observaban sin saber que hacer o qué decir- Pero ahora está muerto, y no sé si me alegro o no.- Confesó el chiquillo.

- ¿Y cómo está tu tía?- inquirió la pequeña Matilde cubriendo el silencio que sobre ellos había caído, antes de alzar los hombros y, acomodándose la mantilla, proponer:- A lo mejor te ayuda a saber cómo debes sentirte…

- No lo sé.- Confesó Alonso- Cuando el tío llegó, ella se asustó o se sorprendió... sólo sé que se puso enferma.- Continuó palideciendo y dejando que en su semblante inocente, se leyera la preocupación y el miedo- Padre ha estado cuidando de ella toda la noche en su habitación…

- ¿Así es cómo los pobres lo llamáis?- preguntó una voz infantil pero socarrona a sus espaldas.

-¡NUÑO!- exclamó encendida en una encendida y severa advertencia, la Marquesa de Santillana...
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 9:17 pm

Con los puños apretados hasta que los nudillos se convirtieron en pequeñas aproximaciones de esferas blanquecinas, Alonso se giró para encararse a Nuño y a su madre, la marquesa de Santillana. Sin embargo, no se atrevió a replicarle a Nuño delante de la cohorte de de sirvientes de la marquesa. Era lo que faltaba; que ella le dijese a su padre que era un maleducado. Fíjese usted –pensó imaginando un dedo acusador-, el hijo del maestro es un deslenguado.
A regañadientes, se tragó su rabia y las cuatro palabras que había pensado en decirle a Nuño, y saludó a la marquesa con una inclinación de cabeza.
-Dime, hijo, ¿dónde está tu padre? –preguntó Lucrecia con una voz engañosamente dulce.
-Supongo que vendrá ahora –le respondió el niño mirándola fijamente a los ojos-. Está en casa. Mi tío ha muerto, y ya sabéis como son ésas cosas, señora marquesa…
La marquesa paseó la mirada por encima de la cabeza de los niños, examinándolos. La hija del tabernero, el niño del enterrador, el de su ama de llaves… incluso el hijo de una prostituta, pensó fijándose en la coronilla del pequeño. Muchas veces se había preguntado si era bueno para su hijo, que heredaría el marquesado de Santilla, y que de hecho, tras la muerte de su padre y al ser el primogénito, era el marqués, aunque hasta su mayoría de edad ella administrase la hacienda, llevarlo a esa escuelucha de plebeyos. Sabía que Gonzalo había sudado sangre para levantarla cuando se había derrumbado, y que adoraba su profesión tanto como los niños lo idolatraban a él como maestro. Era raro el día que Nuño no llegaba a casa a cenar y no decía “pues hoy el maestro nos ha enseñado que…”; también era raro el día que Hernán no le reprochaba el que le permitiese estudiar allí.
“Es por Gonzalo”, solía decir el entre dolido, divertido y molesto. A veces, Lucrecia pensaba que no eran muy diferentes el uno del otro… cada uno a su manera, eran más tercos que una mula.
-Nuño –dijo dirigiéndose a su hijo sin siquiera girarse-. La última vez que te oigo hablarle así al hijo del maestro. Luego hablaremos tú y yo de tus modales.
La marquesa hizo ondear su capa, que se cerraba con un elaborado cuello fabricado en cuero rojo, y siguió caminando calle adelante, hacia su siguiente destino: la casa del maestro.
Sí, había sido ella la que había pagado a Rodrigo para que se llevase a Margarita lejos; y había sido ella, la que tantos años después había pagado su silencio con una sustanciosa renta, y una pequeña hacienda en el campo, además de haberle suministrado una falsa identidad. En realidad, no habían perdido el contacto en todos aquellos años, y tras fracasar sus intentos de deshacerse de Margarita con aquellos venenos, estuvo tentada de llamarlo para que volviese. Por suerte, o por desgracia, apareció Juan de Calatrava, uno de sus antiguos amantes. Y lo que había comenzado como un reto para que el noble convertido en médico de la plebe llegase hasta su cama, se había torcido hasta el punto de casi haber llegado a una boda.
Nunca había esperado que Juan se enamorase de su costurera, pero había apoyado esa boda con todas sus fuerzas, ya que, con Margarita en brazos de Juan, Gonzalo volvía a estar libre. Sin embargo, sabía que por mucho que quisiese al doctor, Margarita solo amaba a Gonzalo. En realidad, lo entendía, porque ella pasaba por algo similar: mientras que amaba a Hernán Mejías con toda su alma (aunque a veces, su tremendo ego, su soberbia y orgullo le impedían expresarlo), a Gonzalo solo lo deseaba, por ser el único hombre que se le había resistido en toda su vida.
Suspiró y se recogió las faldas para subir por las empinadas escaleras que conducían a la casa del maestro. Abrió la puerta y llamó:
-¿Gonzalo?
En el recibidor no había nadie, pero captó un movimiento con el rabillo del ojo.
-Estamos aquí, Lucrecia –dijo con voz triste-. Pasa, por favor.
Gonzalo se hallaba junto al fuego, removiendo con una cuchara de madera el contenido de un pequeño puchero que colgaba sobre las llamas. Margarita estaba derrumbada en una silla con el rostro enterrado entre los brazos que descansaban en la mesa.
-¿Quieres un poco? –preguntó Gonzalo-. Le estaba haciendo una tila a Margarita; la pobre está muy nerviosa…
-Oh, sí –dijo fingiendo pena-. Lo siento, Margarita, cielo. No, gracias, Gonzalo. No me quedaré mucho.
Se acercó a ella y puso una mano sobre su hombro, en señal de apoyo. Con cuidado de no mancharse el vestido, se sentó en una de las sillas junto a ella y le pasó un brazo por los hombros. Gonzalo vertió parte del contenido del puchero en un pequeño vaso de barro y lo dejó junto a su cuñada.
Tanto Margarita como él, habían decidido que era mejor actuar delante de ella como si no supiesen que la marquesa había hecho regresar a Rodrigo. Sería lo más prudente; de todas formas, ya había decidido, que en cuanto Margarita se quedase dormida esa noche, haría una visita al palacio bajo la identidad del Águila para leerle la cartilla.
Margarita levantó la cabeza apenas unos centímetros, y enmascaró en sus ojos una mirada de falsa gratitud hacia la marquesa por haber ido hasta allí.
-La verdad es que en pocos días se le ha juntado todo –dijo Gonzalo para romper un poco el hielo-. El otro día nos dio el susto con que se mareaba, esta noche asesinan a mi cuñado…
Lucrecia lo miró inquisitivamente. Había oído a Alonso decir que el maestro había cuidado de su cuñada durante toda la noche; ¿podría ser que de verdad estuviese enferma? La verdad es que las sombras malvas bajos los ojos de ambos daban a entender que no habían descansando mucho.
-Respecto al certificado de defunción que en su día facilitaste a Margarita –siguió inocentemente el maestro-, he de decirte que es falso. Puede que te engañasen, o que se traspapelase algún documento y haya habido algún fallo…
Gonzalo le había dicho a Margarita que más valía que la marquesa los tomase por tontos, que darle a conocer la verdad; ambos sabían que con la nobleza, a veces, era mejor hacer la vista gorda. Lucrecia posó su mirada parda en sus ojos, como evaluando sus palabras, pero terminó por creerle.
-Créeme si te digo que lo siento, Gonzalo –jamás se me ocurriría hacerle daño a tu familia con algo así.
-Me tranquiliza saberlo, Lucrecia. Ahora, si me disculpas, tengo a los niños esperándome…
Margarita levantó la cabeza de golpe, saliendo de sus cavilaciones.
-¿Está Sátur? –preguntó con un hilillo de voz.
-Ahora vuelve, quédate tranquila. Ha ido a por pan.
-Si me disculpáis…yo también debería irme –manifestó Lucrecia levantándose de la silla-. Margarita, querida, tómate el día libre, lo necesitaras.
Cuando salió de casa, Gonzalo y Margarita cruzaron una mirada elocuente.
-Será… ¡será falsa! –masculló Margarita haciendo una mueca de desprecio.
-Sshhh –le dijo el maestro acercándose a ella-. Por lo pronto, no sabe que lo sabemos todo. Le ajustaré las cuentas, pero tendrá que esperar hasta la noche, tesoro…

Margarita ha pasado la mañana en una especie de neblina difícil de describir. En su mente van y vienen los recuerdos de la noche anterior, cuando creía que Rodrigo se la iba a llevar con él, y los de media vida malviviendo con él. Tiembla pensando en todo lo que le hizo sufrir, en todos los golpes físicos y también morales que le llegó a dar. Como cuando la usaba de señuelo para sus estafas y robos. Dolores del cuerpo y también del corazón. Y llora. Las lágrimas resbalan durante buena parte de la mañana por sus mejillas. Necesita limpiar ese dolor, esa herida en su alma.
Al llegar el mediodía, se siente ya mucho mejor. Por primera vez en muchos años, empieza a ver un fututo; un posible futuro feliz. Con Gonzalo… Recuerda estos últimos días en que por fin han vuelto a ser el uno del otro y se siente renovada y con fuerzas por dentro. Esta vez, no se va a dejar arrebatar lo que es suyo, se dice a sí misma, mientras piensa en la desgraciada de Lucrecia.
La comida de mediodía está llena de buenos augurios. Los cuatro comen contentos y felices por primera vez en muchísimo tiempo. Todos sienten como si las nubes, la tormenta, hubieran desaparecido de encima de sus cabezas. El ambiente se ha aclarado y limpiado.
Por la noche, Águila Roja se prepara para ir a ver a Lucrecia. Margarita está con él en la guarida.
-¿Cómo lo vas a hacer Gonzalo? Si insistes mucho en temas tan personales, va a acabar sospechando de ti como maestro.
-Ese es el problema –asiente él. –Además, no puedo pasar de las amenazas –suspira decepcionado. –Me hierve la sangre cuando pienso en todo el mal que ha hecho a tanta gente…a nosotros… ¿Te das cuenta, Margarita, de lo diferente que habrían podido ser nuestras vidas si ella no se hubiera metido por el medio?
Ambos se quedan mirándose a los ojos. Gonzalo le toma la cara con dulzura y la besa suavemente en los labios. Ella se abraza a Águila y se siente mucho mejor. Siente que está protegida, por su brazo, sí, pero también por su amor.
-Ten cuidado, Gonzalo –susurra ella con todo el amor del mundo.
-Lo tendré. Sabiendo que ahora me esperas tú, no voy a dejar que me maten , te lo aseguro –le contesta su enamorado.

Águila Roja está esperando a la marquesa en su alcoba. Sabe que no tardará en llegar, pues hace bastante ya que ha terminado la cena en palacio.
Juguetea entre sus dedos con algo que ha tomado sin permiso hace un rato. Espera que Lucrecia se ponga un poco nerviosa, pero, en realidad, no está seguro. ¿Cómo se puede ser tan mala persona? ¿Y cómo ha podido él mismo estar engañado durante tantos años? Sus pensamientos son interrumpidos por la llegada de la marquesa y Catalina. Al instante, se pone en guardia, y se oculta aún más en esa esquina oscura detrás de los pesados cortinajes que arrastran por el suelo.
Ve cómo la criada la ayuda a desnudarse, mientras Lucrecia le pega gritos malhumorada por algo que ha pasado durante la cena. Ve también, cómo Catalina se humilla pidiendo perdón y agachando la cabeza. Y cómo, por fin, su dueña la despide después de apagar todas las lámparas menos la de la mesilla de noche.
Lucrecia se recuesta contra los almohadones y se queda mirando el cielo nocturno por la ventana.
Águila ve que ha llegado el momento. Con un movimiento vertiginoso y a la vez silencioso, llega hasta la cama y coloca el filo de un puñal debajo del cuello de la marquesa, que gira la cabeza hacia él con gesto aterrado y sorprendido.
-¡Vaya, señora marquesa! Volvemos a vernos… -empezó él con su habitual voz ronca de héroe. -Ha llegado a mis oídos que su comportamiento no ha mejorado lo más mínimo. Quizá llegue el día en que no pueda mantener mi idea de no dejar huérfano a su hijo. O…-y aquí, Águila la miró ferozmente a los ojos- de dejarla a usted sin él.
Y levantando la mano, deja caer poco a poco el cabello del mechón de pelo rubio que le ha cortado a Nuño mientras dormía.
Los ojos de Lucrecia se abren desmesuradamente con horror, al ver el rizo de su hijo desmenuzado por la mano del héroe, sobre la colcha de su cama.
-Como ve, puedo matarla a usted o a él, en cualquier momento –Águila subrayó sus palabras apretando aún más con fiereza el cuchillo sobre el blanco cuello de la noble plebeya, que dejó escapar un pequeño gemido de angustia.
-He estado informándome sobre usted, marquesa, y me produce naúseas su maldad y su perfidia. Dicen por ahí, que usted pagó al cuñado del maestro para desaparecer, y luego para volver. Muy mal, señora marquesa, muy mal. ¿Sabía usted que ese malnacido maltrataba a su esposa? Claro que sí –se respondió a sí mismo con gesto asqueado. –Y aún así le pagó para que volviera. Sólo se lo voy a decir una vez: no vuelva a meterse en la vida de su costurera. ¡Bastante daño ha hecho ya a esa familia!
La marquesa, al oír hablar de Margarita, tornó su mirada angustiada por una de profundo odio e intentó zafarse del cuchillo. En el forcejeo, el filo del puñal hizo mella en su piel, y empezó a manar sangre.
La marquesa observó incrédula cómo, gotas de su propia sangre manchaban su blanca e impoluta colcha. Se llevó la mano al cuello y luego se la miró empapada, sin poder dar crédito a lo que estaba pasando. ¡Águila Roja había osado herirla a ella! Con rabia levantó la mirada hacia el héroe, pero éste, ya no estaba.
¡No podía creerlo! ¡Ese desgraciado había entrado en su palacio, la había herido en el cuello, y le había demostrado su poder cortándole un mechón de pelo a su hijo!
Los gritos de la señora marquesa resonaron por todo el palacio.


-¡Margarita! –me llamó imperiosa la voz de la Marquesa, en el habitual tono de suficiencia con el que solía dirigirse a nosotros, al servicio.
Irrumpió en el cuarto de costura seguida por un paje que transportaba una pesada bobina de tela en tonos verdeazulados. Le indicó con un gesto que lo dejase en una de las largas mesas que flanqueaban los costados de la habitación que no daban a los ventanales, y el mozo salió tras dirigirle una reverencia.
Lucrecia se acercó hasta mí y observó como bordaba unos motivos florales sobre los puños de uno de sus vestidos. Aun hoy, después de que Gonzalo me hubiese contado todo lo que había descubierto sobre Lucrecia, me preguntaba cómo podíamos haber sido amigas.
Parecía que toda una vida separase a esas dos adolescentes de las mujeres que éramos ahora, aunque en esencia, ninguna de las dos había cambiado. Aún me cuesta aceptar que le dijese a Gonzalo lo de ese noble para ponerle celoso, y que las consecuencias pudiesen llegar a ser tan desastrosas para ambos. Por su parte, Gonzalo se había visto obligado a huir de la Villa y a vagar por el mundo como si la vida le hubiese dado de lado. Por lo que me había contado estos días, anduvo por Flandes, combatiendo con los tercios españoles, para verse envuelto en una expedición a Oriente después de que su compañía hubiese sido hecha prisionera. Estuvo por allí un tiempo; perfeccionó su técnica de lucha, y aprendió otras nuevas disciplinas. Pensó que podría volver a España y continuar con su vida de antes, pero al llegar, se encontró con que sus padres, o según lo que sé ahora, sus padres adoptivos, habían sido ajusticiados en su ausencia. A causa de su ausencia. Y eso le partió el alma, aunque después hubiese tenido la oportunidad de rehacer su vida al lado de mi hermana.
Pero por mi parte, no todo habían sido rosas. Asustada al principio, no me atrevía a salir de casa, por miedo a que me culpasen del asesinato de aquel noble que me pretendía. Pero ahora lo pienso, y me pregunto si no debí dar la cara y arriesgarme a una tortura y posible muerte, morir por sus padres. Pero también sé que éramos muy jóvenes, apenas niños que jugaban a ser adultos. Cuando murieron los padres de Gonzalo, tuve que irme de la Villa. La gente me culpaba de ello, así que marché a Sevilla con unos familiares; me casé, no sé muy bien por qué, si por poder así alejar el recuerdo de Gonzalo, cuya imagen aparecía en mi mente cada vez que cerraba los ojos, o por qué necesitaba sentirme protegida por alguien. De todas formas, debo reconocer que no fue la elección de mi vida, ya que a partir de ahí, comenzaron los golpes, las amenazas, el colaborar para el negocio de Rodrigo e Íñigo…
-¿Margarita? –el tono cortante de Lucrecia me sacó de mis pensamientos-. ¿Estás aquí o en otro mundo, mujer? ¿Has escuchado alguna palabra de lo que he dicho?
-Lo siento, señora Marquesa. Estoy todavía un poco… convaleciente –dije pasándome una mano por la frente.
Me dirigió una mirada de fingida preocupación. Movió las manos a su alrededor, como si apartase algo de ella, y me dirigió una sonrisa que pretendía ser benevolente.
-Oh, sí, querida. Además, estuvo todo el revuelo de anteanoche… Pobrecita… debes llevar días sin pegar ojo…
Suspiré y asentí con la cabeza, retomando mi labor. No pensaba responder ninguna pregunta que pudiese delatarnos a mi o a Gonzalo. Evidentemente, gracias a las habilidades de mi cuñado, sabíamos aproximadamente lo que se había traído entre manos Lucrecia.
-Cómo te decía, querida, pasado mañana habrá una fiesta en palacio… Y había encargado esa preciosa seda de Damasco para un vestido… ¿crees que podrías terminarlo entre hoy, mañana, y el día de la fiesta por la mañana? No necesitaré un corpiño nuevo, creo que tengo uno perfecto para ese tono…
Conté el tiempo del que dispondría mentalmente. Teniendo en cuenta que no debía hacer el corpiño, podría tenerlo terminado perfectamente incluso mañana por la tarde, si subían un par de doncellas a ayudarme.
-Supongo que sí, señora marquesa.
-Ah, por cierto. Quiero algo elaborado en el cuello, que lo cubra; me he cortado con un pedazo de cristal ésta mañana y no quiero que se vea la marca de la herida. Y quiero que las mangas queden…vaporosas, eso es, vaporosas… creo que aún queda algo de una seda unos tonos más claros que la nueva…
-Por supuesto. Me pondré a ello inmediatamente.
-Necesito que ese vestido sea perfecto –suspiró-. Los duques de Velasco serán los principales invitados. Además del rey, y varios grandes de España. Por ejemplo, el marqués de la Ensenada, o el duque de Lerma…
Lucrecia pasó una mano por la mesita baja donde tenía mis útiles de costura y se deslizó hasta la puerta. Se quedó unos segundos apoyada contra el marco; la vi por el rabillo del ojo. Los nombres que acababa de mencionar me sonaban mucho, los había oído antes, pero no conseguía ubicarlos.
-Te dejo con tu trabajo, querida –ronroneó con voz suave-. Tengo una reunión pendiente con el comisario y varios conocidos…
Lucrecia cerró la puerta tras ella, y entonces mi cabeza se decidió a funcionar con normalidad. Claro que sabía donde había oído esos nombres: los había visto en la lista que guardaba Gonzalo de los asesinos de mi hermana. ¿Pero que pintaban los duques de Velasco en todo aquello? Hasta donde Juan me había contado, eran bastante monárquicos y no despreciaban a la casa Habsburgo… desgraciadamente, hasta la hora de la comida no podría hablar con Gonzalo de todo esto.
Imagen

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mar May 22, 2012 9:20 pm

Imagen

Avatar de Usuario
Sherezade
Welcome to San Felipe
Mensajes: 311
Registrado: Lun Abr 18, 2011 8:22 am

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Sherezade » Mié May 23, 2012 2:22 pm

Ayly!!! Menuda paliza te has pegado, corazón
La verdad es que resultó una experiencia curiosa y altamente recomendable. Aquí, además, hay muchísimo arte, así que espero que alguien se anime ;)
Ahora ando sin tiempo para leer, pero volveré!

Gracias, comadre Imagen

Avatar de Usuario
Scarlet Bird
Nuevo usuario
Mensajes: 10
Registrado: Mié May 23, 2012 6:43 pm
Sexo: Chica
Contactar:

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Scarlet Bird » Mié May 23, 2012 7:25 pm

Jo, haberlo dicho, que tengo yo un pdf super majo con todas las partes por capítulos :D
Oye, pues no diré que no; en cuanto tenga tiempo de releerlo entero, puede que continúe. No lo descarto =)

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Mié May 23, 2012 8:29 pm

Pues pásamelo el pdf, Anja, me gustaría tenerlo.
Lo que pasa es que para subirlo al foro, no sé si se puede. Creo que no. Hasta hay que pasar primero el word al bloc de notas, dios mío, Imagen Imagen si no es un desastre formatil el que se forma, jajaja
Imagen

Avatar de Usuario
Sherezade
Welcome to San Felipe
Mensajes: 311
Registrado: Lun Abr 18, 2011 8:22 am

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Sherezade » Mié May 23, 2012 10:47 pm

Imagen Imagen Imagen Imagen Yo también quiero PDF pescadillero!!! Que me hace ilusión Imagen

Jo, me habéis puesto morriñosa... que eso de las idas de olla me gusta mucho, ya lo sabéis, y con la pescadilla, se nos fue colectivamente con una soltura y un estilazo tremendos! (a las pruebas me remito Imagen )

PD: pasarlo al bloc de notas, seño!? Imagen yo creía haber descubierto uno de los problemas sobre la compatibilidad con el word (los párrafos no le gustan al foro) pero parece ser que hay más!? Imagen qué pereza

Aledis
Almidonadora de la capa y del embozo
Mensajes: 3513
Registrado: Jue Mar 31, 2011 8:56 pm
Ubicación: Mottrose Place

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aledis » Jue May 24, 2012 5:00 pm

Bravo por las comadres pescadilleras!!! Imagen Imagen Imagen El martes, mientras lo iba colgando Aylynt, fui leyendo (casi me pierdo lo de Calenda Imagen )....Os quedó una estupenda historia, perfectamente hilvanadas las partes de una y de otra (y se os reconoce a cada una en los párrafos!! Imagen ). Se ve que cogíais con ganas vuestro turno porque no hay una escena de transición ¡son todas emocionantes! Imagen

Pues quedó la cosa abierta para una trama interesantísima..... Imagen Imagen

Avatar de Usuario
Scarlet Bird
Nuevo usuario
Mensajes: 10
Registrado: Mié May 23, 2012 6:43 pm
Sexo: Chica
Contactar:

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Scarlet Bird » Jue May 24, 2012 6:05 pm

Última edición por Scarlet Bird el Jue May 24, 2012 6:15 pm, editado 1 vez en total.

Avatar de Usuario
Aylynt
Mesa camilla con Cata y Margarita
Mensajes: 2360
Registrado: Dom Mar 27, 2011 8:28 pm
Ubicación: Marquesado de Mottignac

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aylynt » Jue May 24, 2012 6:11 pm

¡Caramba, Anja, pues no tenía estos dos últimos trozos!
Gracias por ponerlos Imagen
Imagen

Aledis
Almidonadora de la capa y del embozo
Mensajes: 3513
Registrado: Jue Mar 31, 2011 8:56 pm
Ubicación: Mottrose Place

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor Aledis » Vie May 25, 2012 4:06 pm

Gracias Anja! Lo único que recordaba era la "caída" de Margarita al suelo; el resto ha sido como leerlo por primera vez Imagen
Que interesante! a ver si os animáis a continuar Imagen

P.I.L.A.R76
Welcome to San Felipe
Mensajes: 269
Registrado: Mié Abr 06, 2011 11:21 pm

Re: PESCADILLA AGUILERA

Mensajepor P.I.L.A.R76 » Lun Jun 11, 2012 10:16 pm

Ains, muchas gracias por traerlo, ¡me ha encantado volverlo a leer!. Me ha sorprendido que me acordaba bastante bien de todo.
Ahora, a animaros y a seguir con ella.
Imagen


Volver a “Relatos y sueños Fans-aguileros”

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 1 invitado