LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA partes 1 y 2

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Aylynt
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LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA partes 1 y 2

Mensajepor Aylynt » Lun Abr 18, 2011 11:25 pm

¡Hola compañeras!
Si os parece bien, voy a ir copiando poco a poco Las Aventuras de la Ayly, para recordar viejos tiempos en los que ibamos en el AudiTT o en la moto, con Gonzalo 7animo

La primera parte corresponde al viaje de Aylynt al siglo XVII. La segunda al viaje de Gonzalo al siglo XXI. Hay que recordar que se escribió por entregas, por lo que puede haber pequeños detalles que no cuadren del todo al leerlo seguido. Pero he preferido dejarlo tal cual, porque quería respetar su versión original.



LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA


por Aylynt
Octubre de 2009 – Febrero de 2011


PRIMERA PARTE



Allí estaba. Era impresionante. Parecía un probador de ropa de paredes plateadas. Aylynt estaba con la boca abierta, maravillada, mirando sin pestañear a la máquina. Por fin la había encontrado, se sonrió para sus adentros y caminó resuelta hacia ella. En el panel de mandos tecleó las indicaciones y se introdujo dentro. Se sentó en el sillón, se abrochó el cinturón y se puso las gafas y los auriculares. Oyó una especie de zumbido y….shuummmmm.


Capítulo 1

Al mirar a su alrededor, comprendió que estaba donde quería estar. Le inundó una felicidad y una alegría indescriptibles al reconocer esas callejuelas estrechas, polvorientas y llenas de gente que iba y venía con los más variados trajes, hatos y animales. Y tomó rumbo hacia la taberna Pata de Liebre. Una vez allí, siguió hacia la escuela de Gonzalo de Montalvo. Al llegar vio que todos estaban dentro, por lo que se puso a mirar disimuladamente por entre los tablones que hacían de paredes. Era ÉL. Estaba dando clase a sus alumnos. Aylynt sintió que se le doblaban las rodillas y empezó a tener dificultades para respirar. Se apartó y se recostó contra la pared. Tras unos momentos, recuperó la serenidad y volvió a mirar. Ahora estaba sentado en la mesa, leyendo, mientras los alumnos hacían unos ejercicios que les había mandado. Aylynt aprovechó para observarlo con detenimiento. Esas facciones tan suaves y tan varoniles a la vez, con ese mentón marcado y decidido. Esa melena por los hombros, de pelo castaño y liso. Esa barba bien arreglada. Ese cuello fuerte y apetecible asomando por entre la camisa, varios botones desabrochada… Aquí Aylynt tuvo que volver a retirarse y acabó sentándose en el suelo apoyada contra la pared. El corazón le latía fuerte y deprisa. No era para menos, allí estaba ÉL. De la emoción le saltaron las lágrimas. Cuando consiguió tranquilizarse, observó a su alrededor. ¡Era todo tan diferente a su mundo! La verdad es que estaba todo bastante sucio y el olor era muy fuerte. Sin embargo, había una luz especial, el aire era como más transparente. Era difícil de explicar. De repente, alguien le dio una patada en las piernas.
–¡Eh tú! ¡Levanta de ahí, mendiga! ¡Márchate si no quieres que te llevemos a la prisión! –Aylynt miró aterrorizada a la persona que le decía eso. Era un guardia del Comisario. Se levantó lo más aprisa que pudo, agachó la cabeza, asintió y se marchó corriendo. Mientras lo hacía, escuchó las carcajadas de los guardias, que se reían de ella. Siguió corriendo hasta que no pudo más y se tuvo que detener a tomar aliento. Todavía estaba bastante asustada. ¡Dios mío! ¡Los hombres del Comisario habían estado a punto de llevársela! Aquello no le podía volver a pasar. Tenía que construirse una identidad en el siglo XVII.

Aylynt entró en un callejón desierto, mirando con precaución a su alrededor, comprobando que nadie la veía. Se miró la ropa, y, la verdad, es que no era muy elegante, ¡pero tampoco para que la confundieran con una mendiga! Debió ser al verla sentada en el suelo. Está claro que las mujeres “decentes” de esa época no se tiraban al suelo cual pordioseras. Tenía mucho que aprender, pero estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta. Hacía solo un ratito que estaba en ese sitio, en ese lugar, en esa realidad, y, a pesar de lo sucedido con los guardias, le gustaba, ¡ya lo creo que le gustaba! Se sonrió al recordar a Gonzalo. Fue impactante verlo allí tan cerca, respirando el mismo aire que ÉL, tocando las mismas paredes que tocaba ÉL…
Aylynt, disimuladamente, sacó una bolsita con monedas de la época que había tenido la precaución de traer, y que llevaba atada a la cintura por dentro de la falda. Según había aprendido en sus preparativos del viaje, allí había bastante dinero como para sobrevivir mucho tiempo. Decidió que había llegado la hora de empezar a gastarlo, y se encaminó hacia el centro de la villa, en busca de un puesto de telas y vestidos. Encontró varios, y al cabo de un rato, ya se había encargado cuatro conjuntos completos, y había podido comprar uno de segunda mano, muy poco usado y limpio, que se puso inmediatamente. Uno de los sastres también le informó de que había una pequeña casa en alquiler, dos calles más abajo, ¡en pleno barrio de San Felipe! El precio resultó interesante, debido a que al dueño le urgía alquilarla; en un momento llegaron a un acuerdo, y Aylynt tomó posesión de su nuevo hogar. No era muy grande, pero para una viuda de buena posición como era su papel, estaba perfecto. Fue a comprar comida, y después de dar cuenta de ella, pues ya era mediodía pasado, se recostó en la cama para pensar en sus próximos pasos.

Por la tarde, cuando salía de casa, casi se la llevó por delante un carruaje. Iba a protestar cuando se quedó con la boca abierta, al ver a las ocupantes: la Marquesa de Santillana y Margarita Hernando. Iban con unos trajes preciosos y el peinado de Lucrecia era asombroso. Ambas eran muy agraciadas, pero Margarita tenía una belleza interior especial que asomaba a sus grandes ojos oscuros, haciéndola especialmente hermosa. Sin embargo, el semblante de ambas no era precisamente de felicidad, sino todo lo contrario. Lucrecia parecía muy enfadada, y Margarita muy triste. Pasaron en un suspiro y Aylynt siguió su camino pensando en lo que acaba de ver. ¿Qué debía pasarles? Más adelante llegaría a enterarse de que aquella tarde, Margarita le había confesado a su “amiga” la Marquesa que no deseaba casarse con Juan, y que ésta había montado en cólera diciéndole que era imposible anular su compromiso pues se trataba de un Grande de España, y que no se le podía hacer ese desaire. Margarita agachó la cabeza y accedió a seguir con la boda, de todas formas, ¡a Gonzalo le daba igual! Lo suyo con él nunca podría ser. ¿Para qué esperar lo imposible? Y salieron a casa de la modista a hacerle las últimas pruebas al vestido de novia de Margarita.
Aylynt fue caminando hacia la escuela de Gonzalo. Quería abordarle al salir de la clase con sus alumnos, para proponerle algo. Esperaba que aceptara, esa era su gran ilusión. Y si no, ya encontraría otra manera de llegar a él. Daba igual lo que fuera, pero lo haría, pues para eso había hecho ese largo y extraño “viaje”. Se sonrió y se mordió los labios pensando en lo que le inspiraba Gonzalo. Desde la primera vez que lo vio se quedó prendada de ÉL. De su apostura, de su fortaleza, de su determinación, y de esa cara y ese cuerpo perfectos e invitadores, que encendían el fuego en su alma y en su cuerpo, de una manera inimaginable para ella hasta entonces. De repente alguien se dirigió a ella, sacándola de sus pensamientos ocultos.
–Hola. ¿Deseaba algo? –la voz de Gonzalo le hizo levantar la cabeza y sonrojarse. El maestro la estaba mirando a ella, se dirigía a ella, le preguntaba a ella. A Aylynt le empezaron a temblar las piernas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para entablar conversación con ÉL.
–Sí, sí. Deseaba hablar un momento con usted, si no es molestia, para proponerle un asunto –Aylynt trataba de disimular su azoramiento, y apenas le miraba a los ojos.
–Pues usted dirá –le dijo él amablemente.
–Verá señor Montalvo. Soy Aylynt de la Vega. Vengo de Barcelona, donde enviudé hace unos meses –aquí Aylynt se santiguó mirando al cielo, murmurando “que Dios me lo tenga en la gloria”–, y desearía recibir clases de usted. Tengo un gran deseo de aprender a leer y a escribir, y también cualquier otra materia que usted pueda enseñarme.
Ella lo miró sonriente y expectante.
–Vaya, señora de la Vega, me sorprende que haya venido en mi busca, yo soy un vulgar maestro de barrio.
–Señor Montalvo, no se quite méritos… Hasta mis oídos han llegado elogios a su buen hacer como maestro, todo el barrio lo comenta…
–De todas formas, es…digamos… poco frecuente, que una dama quiera aprender a leer y a escribir ya de mayor…
–¿Me está diciendo que por ser mujer y viuda, no tengo derecho a hacer realidad uno de los deseos más grandes de mi vida, como es aprender e ilustrarme?
–No…, no señora de la Vega. No me malinterprete. De ningún modo quise decir eso. Solo que no es corriente hoy en día encontrar damas con esas ansias por saber.
–De pequeña, la pobreza me lo impidió. Es ahora cuando tengo el tiempo y los medios.
–Está bien. No se hable más, me ha convencido. ¿Qué le parece si al terminar las clases con los niños por las tardes, viene usted a mi casa un rato y empezamos su…aprendizaje?
–Perfecto, y no se preocupe por el dinero, le pagaré bien.
–¿Quiere venir ahora ya? –le preguntó ÉL.
–Por supuesto, esperaba que me lo dijera. Se lo agradezco mucho –la sonrisa de Aylynt le llegaba de oreja a oreja.
Y sin pensarlo más, echó a caminar al lado del maestro, hacia la casa de ÉL.


Capítulo 2

Cuando llegaron a la casa de los Montalvo, Aylynt se emocionó. Aquel era el hogar donde se desarrollaba gran parte de la historia del amor de su vida.
Gonzalo le dijo que tomara asiento, y que esperara un momento, mientras él iba a por útiles de escritura y un libro con las primeras letras. Ella se sentó a la mesa y siguió mirando a su alrededor, observando todos y cada uno de los detalles, como los platos y los vasos de loza, el puchero en el fuego, que, por cierto, desprendía un olor riquísimo, las puertas de las habitaciones, las escaleras que llevaban al piso de arriba…
Gonzalo volvió con lo que fue a buscar y se sentó en una silla a su lado. A Aylynt le dio un vahído, de tenerlo allí, taaaan cerca… Consiguió dominarse a tiempo, para disimular y tratar de prestar atención a lo que él decía.
–Señora de la Vega…
–Llámeme Aylynt, por favor. ¿Puedo llamarle Gonzalo? –Aylynt no se explicaba de donde sacaba valor para decir estas cosas, pero las decía.
–Vale…Aylynt, pues. Y puede llamarme Gonzalo, por supuesto. Aylynt, ¿usted no sabe absolutamente nada de leer o escribir?
–Bueno…, muy poquito, casi nada. Llegué a conocer las letras, pero no a leer ni a escribir –ella se sonrojó al decir semejante mentira, pero él lo tomó como vergüenza por no saber.
–Aylynt, no debe avergonzarse de no saber leer, si ya conoce las letras, en pocos días verá como aprende.
–Sí Gonzalo, lo que usted diga –y Aylynt no pudo evitar quedarse embobada mirándole el trozo de pecho que le sobresalía por el escote de aquella camisa blanca de rayitas que tanto le favorecía.
–Aylynt, ¿le sucede algo? ¿Se encuentra bien?
–Sí, muy bien, gracias, solo son recuerdos que acuden a mi mente, y hacen que me distraiga.
– ¿Quiere hablar sobre ello? –preguntó Gonzalo solícitamente.
–No, no se preocupe. Empecemos con lo de la lectura.
Pero Gonzalo se quedó observándola, mientras Aylynt con la miraba baja, empezaba a sudar sin poderlo remediar, ante aquella mirada escrutadora y que ella no sabía qué podía significar.
–Aunque es raro que usted no sepa leer ni escribir; se expresa muy bien, sin embargo.
–Bueno, ya sabe lo que se dice de las mujeres, nos pierde el hablar y todas esas cosas.
–Ya, bueno, empecemos. Esta es una cartilla de las primeras letras…
Gonzalo siguió hablándole y explicándole durante un buen rato, haciendo que ella repitiera el nombre y el sonido de las diferentes letras. Aylynt hizo todo el esfuerzo posible, pero llegó un momento en que no fue bastante, y no pudo evitar levantarse. Si seguía allí tan cerca de él, un segundo más, se desmayaba seguro. Y su voz….su voz era tan masculina y tan hermosa a la vez… le sonaba a música celestial en sus oídos. Iba a darle una excusa para salir a la calle a tomar aire cuando Alonso y Sátur entraron por la puerta, gritando y riendo. Al verla, se pararon sorprendidos y Alonso preguntó quién era “esa señora”. Aylynt no sabía lo que hacer ni donde ponerse. Gonzalo la presentó:
–Alonso, esta señora es Aylynt de la Vega. Ha venido a recibir clases para aprender a leer y escribir. Aylynt, ellos son Alonso, mi hijo, y Saturno, mi criado.
–A sus pies, doña Aylynt –dijo inmediatamente Sátur con toda educación, aunque de la sorpresa estuvo a punto de tirar al suelo la lechera llena de leche que llevaba en la mano. ¿El amo estaba dando clases particulares a una mujer en su propia casa? Aunque bien mirado, es decir, mirada, la tal Aylynt…la tal Aylynt no estaba mal del todo, mejor dicho, estaba muuuuy buena. Sátur se quedó pasmado observando el hermoso escote por el que se entreveían aquellos pechos prietos y solventes… pero, ¿dónde habría encontrado el amo a semejante hembra? Sus sesudos pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Alonso que así a bocajarro le espetó a Aylynt:
–¿No sabes leer con lo grande que eres? –mientras le miraba con esos ojos suyos abiertos de par en par.
–¡Alonso! Discúlpate con la señora por esa grosería que le acabas de decir –Gonzalo inmediatamente. Aylynt dio un respingo de la sorpresa y solo quería que se la tragara la tierra.
–Está bien, padre. Disculpe señora –le dijo un contrito Alonso.
–No te preocupes Alonso. Sé que lo has dicho sin mala intención. Tú tienes la suerte de tener un padre que te puede enseñar muchas cosas. Pero hay muchas personas que no tienen esa enorme oportunidad –le dijo Aylynt intentando serenar el ambiente.
Alonso se quedó perplejo mirándola. Nunca lo había visto de esa manera. Siempre le había parecido un rollo ser “el hijo del maestro”.
–Padre, ¿puedo ir a jugar un rato con mis amigos? –le preguntó Alonso a Gonzalo.
–Sí, anda, hasta que esté la cena.
–Eso es, la cena. Voy a ponerme a prepararla –comentó Sátur, y se fue hacia el hogar y los pucheros.
–¿Seguimos? –le dijo Gonzalo.
–Sí, sí –contestó Aylynt. Respiró hondo y se sentó otra vez a su lado. Y Gonzalo siguió con la clase.
Mientras tanto, Sátur, hacía ver que estaba cocinando, pero en realidad estaba mirando a Aylynt. Estaba pasmado con “la novedad”. Aquellos rizos rubios que le caían por la espalda, aquella piel tan blanca y suave (eso se lo imaginaba, claro), las manos tan cuidadas, su voz tan dulce y decidida a la vez, los enormes ojos verdes, y una cara muy bonita, junto con un vestido de paño bueno y colores azul celeste y blanco que le sentaba a la perfección, lo llevaron a la admiración más absoluta. Aunque el asunto de la enseñanza en casa era raro, raro. Ya investigaría por su cuenta mañana por la mañana…
Antes de terminar la clase, Gonzalo quiso que empezara a aprender a escribir algunas letras. Ahí si que Aylynt no tuvo que fingir en absoluto. ¡Qué cosa más complicada era escribir con una pluma de verdad y tinta en un pote, por dios! Bien mirado, en eso sí que necesitaba un maestro se dijo Aylynt para sus adentros. En vista de que los borrones superaban a las letras bien escritas, Gonzalo dio la clase por terminada, no sin antes, darle un par de hojas, una pluma, el tintero y la cartilla de las primeras letras. Como Aylynt solo llevaba una pequeña bolsita con la llave de la casa y el dinero, Gonzalo acabó poniendo las cosas en un zurrón de los que había por allí, en uno con su nombre. Cuando ella lo vio, tuvo que sentarse. Era un zurrón como el que ya conocía. La emoción la embargó y casi se pone a llorar. ¡Era una cosa de su amado Gonzalo!
–¿Se encuentra bien? –le preguntó él al verla tan confusa con el zurrón en la mano–. Procure practicar mucho hasta mañana, sobre todo la escritura.
–Descuide, Gonzalo, lo haré– se despidió ella con una sonrisa.
Aylynt salió de allí lo más aprisa que pudo y cuando llegó a su casa se tiró a la cama y lanzó un enorme suspiro de alivio. ¡Qué nervios había pasado todo aquel rato! Tenía que reconocerlo, con Gonzalo a su lado, a ella no le funcionaba el cerebro. Apenas recordaba lo que él le había explicado. La voz de él la había sumergido en un sopor hipnótico y extático indescriptible. E insoportable, como cuando tuvo que levantarse, justo cuando aparecieron Alonso y Sátur. ¿Y aquel par de dos? Eran adorables. Alonsillo con su franca naturalidad. Y Sátur, diciéndole “a sus pies, doña Aylynt”. Aquí le entró la risa, sobre todo pensando en que todo el rato que simulaba hacer la cena estuvo mirándola descaradamente por la espalda.

–Amo, ¿de dónde ha salido esa mujer? –tiempo le faltó a Sátur para preguntar a Gonzalo.
–Ha venido esta tarde a la escuela y me ha pedido que le enseñara a leer y a escribir. Y hemos quedado aquí por las tardes, al terminar las clases con los niños. ¿Qué pasa, Satur?
–Nada amo, es que me parece todo muy raro. Aunque hay que reconocer que está bien buena, amo –contestó el criado con una pícara risotada.
–¡Sátur, siempre pensando en lo mismo! –le replicó Gonzalo.
–¡Claaaaro! Se me olvidaba que a usted esas cosas no le “distraen”. Pero, qué se le va a hacer, todos no tenemos la misma capacidad de concentración que usted –y se fue refunfuñando a llamar a Alonso para cenar.
Gonzalo, se sentó y se quedó pensativo. En una cosa tenía razón su criado. El asunto era bien raro. Bueno, ya pensaría mañana. Ahora estaba cansado y hambriento. Además, el dinero que le iba a dar esa mujer les iba a ir muy bien.


Capítulo 3

Al día siguiente Aylynt estuvo parte de la mañana intentando escribir con la dichosa pluma, y aunque consiguió una pequeña mejoría, no estaba contenta en absoluto. ¡Qué le iba a decir Gonzalo cuando viera semejante retahíla de borrones! ¡Ay Gonzalo! Cerraba los ojos y oía su divina voz, que la transportaba al paraíso.
Mientras tanto Sátur estaba contando la jugada a sus amigos en la taberna. Cipri, Inés y Cata manifestaron su asombro por el hecho, pero tampoco le dieron más importancia. En todo caso, era más dinero para Gonzalo y eso era bueno, creían ellos. Cuando Cata se fue a trabajar a casa de la Marquesa, e Inés se fue a comprar, Sátur se acercó a Cipri y le dijo:
–¡Cipri! ¡Tienes que verla, lo buena que está!
–¡Qué dices, Sátur! ¿De verdad? –a Cipri se le hizo la boca agua pensando–. Y, ¿cuándo dices que viene a casa de Gonzalo a las clases esas?
–Por la tarde, cuando vuelven todos de la escuela.
–Estaré alerta para verla pasar.
Y ambos se echaron más vino, y brindaron por la tal Aylynt, en medio de risas y carcajadas.
–Oye, ¿no será que le quiere echar el lazo a Gonzalo, y se ha inventado esa excusa? –aventuró Cipri–. Yo no entiendo de hombres, pero las mujeres, todas dicen que Gonzalo está para comérselo.
A Sátur le volvió a dar la risa y dijo:
–Pues lo lleva crudo, porque mi amo no está para tonterías de esas. Ya sabes, lo de Margarita…
–Sí. Aunque nunca he entendido porque no le dice las cosas claras. Si los dos se quieren, ¿por qué deja que se case con otro?
–Ufff, la de veces que se lo habré dicho yo a mi amo, pero ahí lo tienes. Dice que ella ha elegido eso, y que no hay más que hablar.
Los dos amigos, apuraron sus vasos, meneando la cabeza y se fueron a sus respectivos quehaceres.

Era ya mediodía y Cata iba con Murillo a casa a darle la comida. Cruzaron el río por el mismo puente de siempre. A Murillo le encantaba subirse a la balaustrada que cerraba los laterales, y caminar sobre ella. Como siempre, Cata lo reprendió y le dijo que bajara, pero, como siempre también, Murillo no le hizo caso. Cuando iban por la mitad, el niño resbaló y cayó al agua gritando. Catalina, aterrorizada empezó a chillar, mientras su hijo subía y bajaba en el agua intentando desesperadamente no ahogarse. En aquel momento, Aylynt pasaba por la orilla del río y vio a un niño luchando por salir del agua sin conseguirlo. La gente empezaba a arremolinarse y a cuchichear, pero nadie hacía nada. Y es que todo el mundo sabía que allí en el medio la profundidad rondaba los cinco metros y nadie sabía nadar. Alguien gritó que trajeran una cuerda para echársela pero poco más. Viendo que nadie hacía nada, Aylynt tiró el mantón al suelo, se quitó los zapatos y la falda, y así, con el corpiño y en enaguas se tiró al agua a rescatarlo. En el tiempo que tardó en llegar al centro del río, el niño se había hundido y no había vuelto a salir. La gente gritaba diciendo que estaba loca, y por encima de todo se oían los chillidos de Cata, mientras varias personas intentaban que no se tirara diciendo que si se moría su Murillo ella se quería morir también.
Aylynt se zambulló en el agua, y empezó a buscar al niño. Por fin lo vio, fue hacia él, se puso debajo, le pasó su brazo izquierdo por debajo de la axila y por encima del pecho, y empezó a nadar con el brazo derecho hacia la orilla, tal y como había visto hacer en esos casos. Y rezando para que saliera bien, pues no las tenía todas consigo. El niño había estado un poco debajo del agua sin respirar, y quizá no sobreviviera. Alejó de su mente esos pensamientos y se concentró en nadar, la corriente se los estaba llevando y ella empezó a temer por su vida también. No estaba acostumbrada a esos esfuerzos y se estaba agotando rápidamente. Por fin llegó a donde se hacía pie. Había gente que los esperaba, y los ayudó a salir. Tendieron a Murillo en la arena de la orilla, y se quedaron mirando meneando la cabeza. Catalina llegó llorando, llevada por dos mujeres que la sostenían. Una vez más Aylynt tomó la iniciativa y empezó a hacer las maniobras de resucitación de esos casos. Los golpes en el pecho para tratar de sacar el agua de los pulmones y la respiración boca a boca. Estaba tan desesperada que ni siquiera sabía bien lo que hacía. Encima, la gente trataba de sacarla de allí, considerando que ya no había nada que hacer. Ella los apartó de un manotazo y siguió. De repente, Murillo empezó a toser y sacar el agua. Al cabo de unos momentos, empezó a respirar con una cierta dificultad. La gente no daba crédito a lo que veía. El niño había vuelto en sí, había vuelto a la vida. Solo en aquél momento Aylynt se percató de quién era el salvado: ¡Murillo! Esta vez fue ella la que no podía dar crédito. Y allí al lado estaba Cata, arrodillada, abrazando a su hijo.
Aylynt empezó a tiritar de frío. Una mujer se acercó y cariñosamente le puso una manta por los hombros. En aquel momento, Catalina se giró hacia ella y la abrazó dándole las gracias sin parar de sollozar. Alguien le trajo sus zapatos y su ropa. Los cogió y se marchó temblando a su casa, que no quedaba muy lejos. La gente le dejó paso, asombrada por lo que había hecho.
Cuando llegó a casa, se quitó toda la ropa empapada, se secó con un paño, se puso el camisón y se metió corriendo en la cama. Al momento se quedó dormida, y para cuando se despertó a media tarde, la fiebre ya era evidente y no paraba de toser. Se revolvió inquieta en la cama. Y ahora, ¿qué hacía? Allí no había hospitales ni los avances de la medicina moderna. Ese fue uno de los riesgos que había tomado viniendo, y he aquí que se había presentado al día siguiente de llegar. Sonrió con tristeza. Todo había sido una locura. ¿Cómo se le había ocurrido venir a conocer a Gonzalo? Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Al cabo de un rato, se tranquilizó, recuperó la confianza en sí misma y se dijo que tenía que hacer lo que fuera para salir de allí y pedir ayuda.
Se levantó, bebió un poco de agua, se vistió y salió hacia la casa de Gonzalo. No conocía a nadie más; lo tenía que intentar. Cuando llegó, le abrió la puerta Sátur que se asustó al verla en ese estado, temblando de los pies a la cabeza por la fiebre, sudando y con la cara congestionada de toser.
–¡Madre mía, doña Aylynt! ¿Qué le ha pasado? –le preguntó el criado sinceramente preocupado.
–Sátur, necesito ayuda. Tengo mucha fiebre y… ¿puedes llamar a un médico? –aunque esto último lo dijo sin mucha convicción. No sabía si sería peor el remedio que la enfermedad. Un médico de aquellos tiempos…
–Venga por aquí –y la acompañó hasta el cuarto de Gonzalo, le ayudó a echarse sobre la cama, y luego la tapó con un par de mantas–. Ahora vuelvo, usted tranquila.
Sátur salió nervioso al comedor, y se puso a dar vueltas pensando qué sería lo mejor. Podría ir a llamar a Juan, pero ciertamente cuando se enterara Gonzalo, igual lo echaba a patadas de la casa. Pero la señora Aylynt estaba verdaderamente mal. ¿Qué le habría pasado? Finalmente decidió que lo primero era lo primero, y se fue a buscar a Juan. Esa mujer no tenía que pagar con su vida los problemas de los demás.
Cuando Juan vio a Sátur, puso cara de pocos amigos y le preguntó con frialdad qué hacía allí.
Sátur dejó correr la cara con la que lo recibió el médico y le dijo que había una mujer muy enferma que necesitaba su ayuda. Ahí la cara de Juan cambió, cogió su maletín y salió con Sátur hacia la casa de Gonzalo. Cuando llegó no daba crédito a lo que veía. Había una mujer evidentemente enferma sobre la cama de Montalvo. ¿Quién sería esa mujer?
Aylynt dejó momentáneamente de toser cuando vio a Juan. ¡Noooo, no podía ser! Pero, ¿cómo se le había ocurrido a Sátur traer precisamente a ese médico? Si no se moría de la pulmonía, seguro que la mataba Gonzalo cuando se enterara que ese hombre había estado en su casa por su culpa. Con el disgusto, le volvió a dar un ataque de tos, que la dejó completamente extenuada.
Juan se acercó solícito y aliviado al ver que no la conocía. Al principio llegó a pensar que la enferma podía ser Margarita. Afortunadamente no era así.
–¿Cómo te llamas? –le dijo él para empezar la conversación.
–Aylynt, señor.
–Yo soy Juan. Soy médico. ¿Qué te ha pasado?
–A mediodía había un niño ahogándose en el río, me metí en el agua para sacarlo. Y... ya ve. Me ha entrado fiebre y no paro de toser–. Aylynt se limitó a describir los evidentes síntomas. No sabía cómo llamaban los médicos de entonces a lo que le estaba pasando.
–¡Vaya! Así que, ¿tú eres la mujer que ha rescatado a Murillo? ¿Sabes que en todo el barrio no se habla de otra cosa? Catalina, la madre del niño, te está buscando para darte las gracias. Le diré que estás aquí. Por cierto, Murillo está igual que tú. Menuda pulmonía habéis pillado los dos. El agua está muy fría en esta época.
–¿La señora Aylynt es la que ha salvado a Murillo? –dijo Sátur sin poderse contener.
–Sí. Tenemos aquí a toda una heroína –dijo Juan sonriendo tratando de animarla. Aunque ella no las tenía todas consigo. Temía el momento en que llegara Gonzalo, que debía estar al caer ya.
–Bueno, vamos a ver –y dirigiéndose, a su vez, a Sátur le dijo que saliera de la habitación.
La auscultó, le puso la mano en la frente para comprobar la fiebre, le miró la conjuntiva de los ojos y la cara y le dijo:
–Aylynt, no te preocupes. Le daré a Sátur un preparado de hierbas para que te lo haga en infusión, y en pocos días estarás como nueva.
–Gracias doctor.
Sátur entró a decirle que iba con el doctor a por las hierbas y que volvía en seguida. Ella le sonrió asintiendo y se acurrucó entre las mantas, esperando su vuelta. Al ratito ya estaba otra vez dormida.
Al momento llegó Gonzalo y, cuando se disponía a servirse un vaso de agua, repentinamente oyó unas toses y se puso en guardia. Fue hasta su habitación….y se encontró a Aylynt durmiendo. ¿Qué hacía aquella mujer durmiendo en SU cama? Estuvo a punto de despertarla para pedirle explicaciones cuando la oyó toser y vio que estaba sudando y con síntomas evidentes de fiebre. Se detuvo a un metro más o menos, de ella y, por primera vez, desde que la conoció, la miró de verdad y la vio de verdad. Y se dio cuenta de que Sátur tenía razón, Aylynt era muy hermosa.
Ella se despertó y de pronto se acordó de que tenía en casa el transponedor cuántico para volver. ¿Cómo se le había podido olvidar? Debió ser por la fiebre. Eso es lo que haría, se marcharía ahora mismo de allí y volvería a su casa de verdad, a su tiempo. Contenta por la decisión tomada, abrió los ojos. Y entonces, su mirada se encontró con la de él. Y sintió que su corazón, su alma y su voluntad se hundían en aquellos ojos que la miraban. Dolor, rabia, tristeza, venganza, odio…pero también pasión y dulzura, esperanza y vida, y amor, mucho amor.
Aylynt decidió quedarse.


Capítulo 4

Sátur y Catalina entraron en tromba en la habitación. Ella dando voces y él con las hierbas en la mano. Gonzalo y Aylynt apartaron rápidamente la mirada el uno del otro, tratando de disimular.
–¡Gonzalo, tienes aquí a la salvadora de mi Murillo! –gritó Catalina, y seguidamente se abalanzó sobre Aylynt en la cama y la abrazó con grandes aspavientos. Aylynt no pudo evitar poner cara de susto ante semejante y avasalladora gratitud. Empezó a toser compulsivamente y entonces Cata se separó.
–¡Vaya! Tú también la has pillao como mi niño. Bueno, no te preocupes, que aquí traemos las hierbas. ¡Sátur, ve a hacerle la primera infusión! ¡Pero qué contenta estoy, Dios mío! Cada vez que pienso en que si no fuera por ti, ahora mismito estaríamos velando a mi Murillo…
–Así que ha sido Aylynt…–comentó Gonzalo, por decir algo, pues por dentro se sentía totalmente conmocionado. La mirada de Aylynt había llegado hasta lo más profundo de su cansado, dolorido, y herido corazón, y por primera vez en muchos meses había sentido un poco de calor, ahí donde antes solo había frío.
–Pues sí Gonzalo… –y Cata se embarcó en la explicación de todo lo sucedido, que si se tiró, que si nadó, que si le dio unos golpes en el pecho…Gonzalo se quedó intrigado por todo lo que había hecho aquella mujer a la que como quien dice, acaba de conocer hace unos minutos.
Luego Catalina se llevó un momento a Gonzalo fuera de la alcoba y le dijo en voz baja que sería mejor que se la llevara ella a su casa. Además de la tremenda deuda que sentía hacia Aylynt, creía que no era conveniente que una mujer en su situación, sola y enferma, se quedara a cargo de ellos. Gonzalo se sorprendió bastante, pero luego tuvo que reconocer que Cata tenía razón.
Aylynt estuvo un par de días en casa de Catalina. Junto con Murillo, convalecientes ambos, pero que se estaban recuperando muy bien. Durante ese tiempo todos pasaron a dar vuelta de cómo iban los enfermos siendo Inés la que más los vigilaba, pues Cata tenía que ir a trabajar a casa de la Marquesa, que bastante puso el grito en el cielo, la tarde del rescate cuando faltó.
En su casa, Aylynt siguió recuperándose y al cabo de una semana, estaba casi completamente restablecida. En esos días Sátur había ido por las mañanas a hacerle la compra y la comida de mediodía. Y Gonzalo y Alonso iban por las tardes un ratito.
Aylynt estaba impaciente, porque quería saber si aquella mirada, que ella sintió como un encuentro entre sus almas, se había dado de verdad, o había sido una alucinación producida por la fiebre. Porque lo cierto es que, Gonzalo siguió comportándose como antes, sin dejar traslucir nada. Una tarde, que ya se sentía bastante bien, fue a ver a Gonzalo a la escuela, al terminar las clases con los chiquillos. Lo encontró ordenando las sillas y las mesas.
–¡Hola Gonzalo! –saludó ella al entrar.
–¡Caramba Aylynt, qué sorpresa! Esto quiere decir que ya estás del todo bien –respondió él sonriente. Ella sintió que volvía a salir el sol, con aquella sonrisa.
–Sí, ya estoy bien. Quería saber si podíamos seguir las clases a partir de mañana.
–Claro que sí.
–¡Anda! Esto es un aparato que sirve para mirar cosas pequeñas – dijo Aylynt sorprendida, al tiempo que se acercaba a una especie de microscopio muy simple que estaba sobre la mesa. Colocó el dedo debajo, y se puso a mirarlo por el ocular–. Jeje, ¡qué rayitas se ven! –dijo alegremente.
–¿Habías visto uno antes? –preguntó Gonzalo extrañado.
–Sí, en el taller de un amigo relojero –improvisó ella, al verse pillada.
–Ya –es lo único que se le ocurrió a Gonzalo, que no salía de su asombro al ver las cosas que hacía esa mujer. Y sin saber leer ni escribir, según ella.
–¡Qué abecedario más bonito! –exclamó Aylynt observando el mueble que llevaba las letras con dibujos.
Aquí Gonzalo se entristeció y le dijo:
–Fue el último regalo de mi esposa.
–Lo siento, lo de tu esposa. ¿Fue hace mucho?
–Un poco más de un año. En la nochebuena. Alguien la mató –y aquí Gonzalo apretó las mandíbulas y bajó la vista.
–La echas mucho de menos, ¿verdad?
–Sí, sobre todo por Alonso. Él la necesita. A mí hay muchas cosas que se me escapan. Ella sí sabría qué hacer.
–Bueno, hay que seguir, Gonzalo, ya lo sabes, y ya te lo habrán dicho muchas veces.
–¡Si al menos hubiera podido vengarla! –replicó él con rabia.
–Gonzalo, la venganza nunca es buena. Te convierte en lo mismo que rechazas –le dijo ella suavemente.
–¡Tú qué sabrás! –le espetó él malhumorado. Al momento se dio cuenta de su error y se disculpó–. Perdona Aylynt, es que a veces, siento que no puedo con todo. Hay muchas cosas que tú no sabes. Todo junto me está matando, me está volviendo loco.
–Si algún día quieres hablar…–se ofreció Aylynt, y se giró para marchar. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. ¡Cómo se le había ocurrido nombrar el abecedario! Desde que había entrado no paraba de meter la pata, primero con el microscopio y luego con eso. Sería mejor que se fuera.
–La mató mi hermano –dijo él con voz baja y ronca, cargada de dolor, y con la mirada perdida.
Aylynt se quedó de piedra. ¡Gonzalo le estaba haciendo una confesión! Se giró, y lo que vio le dolió en el alma. Era un Gonzalo vencido, derrotado, con lágrimas de rabia surcando su cara. Y no se le ocurrió otra cosa que acercarse y tomarle una de sus manos con las de ella. Gonzalo levantó la vista sorprendido. Al mirarla a los ojos, sintió un calor que lo envolvía, una luz que parecía querer indicarle el camino, una ternura infinita. ¡Y se sonrió!
–¿De donde has salido tú, eh? –le preguntó él, moviendo la cabeza de un lado a otro.
–Huuuuyy…es muy largo de explicar…–respondió ella tratando de despistar.
–Pareces… un ángel –dijo él mirándola cariñosamente–, con tus rizos rubios, tu piel blanca, tu… sonrisa divina, salvando niños…y maestros…
Aylynt se soltó de él y se sentó en la primera silla que encontró. Sintió que de un momento a otro se iba a desmayar.
Él, al ver su reacción se puso serio, y pensando que ella estaba ofendida se disculpó.
–Perdóname, Aylynt, no ha sido mi intención molestarte, lo he dicho de corazón. Desde que tú has llegado me siento diferente, como con más fuerzas, más ilusión… creo que es cómo me miras.
–Gonzalo, yo no estoy enfadada, sólo sorprendida. Y no te preocupes por mí –y sin darle tiempo a replicar se despidió–. Me tengo que ir. Hasta mañana –dijo lo más rápidamente que pudo y se marchó corriendo sin mirarlo. Sintió que si seguía allí un instante más, se iba a hacer unas ilusiones, que luego, cuando no se cumpliesen, le romperían el corazón.


En casa, Aylynt se tranquilizó un poco, pero seguía pensando en lo mismo, una y otra vez, repasaba mentalmente lo que él le había dicho. Quería creérselo, quería sentirlo, pero le daba un pánico horroroso. Ella nunca pensó que pudiera llegar a suceder que él le hiciera caso. Pero había sucedido, y ahora no sabía qué hacer. Porque por encima de todo, planeaba la sombra de Margarita.

En los días siguientes, Aylynt reemprendió las clases. Pero Gonzalo ya no volvió a mencionar nada de aquella tarde. Y ella tampoco.


Capítulo 5

Aquel día había vuelto de las clases bastante tarde, y se disponía a acostarse después de cenar. Habían sido unos días tranquilos. No había habido nada especial con Gonzalo, pero a ella no le hacía falta. Le bastaba con los ratos que pasaban juntos con las lecciones. Estar a su lado, respirar su aroma, oír su voz embriagadora, los pequeños roces de la vida diaria, colmaban a Aylynt de felicidad. Se encontraba a gusto con todas aquellas personas, que la trataban tan bien y la habían acogido como uno más de ellos.
Todas las tardes, cuando veía a Gonzalo, se le alegraban el alma y el corazón. Desprendía un aura de fortaleza, de vitalidad, y de serenidad que llamaba sinceramente la atención. En aquellos días pudo ver cómo muchas personas acudían a él para los más variados asuntos. Y él siempre trataba de ayudarlos a todos. Aunque bien sabía ella que la procesión iba por dentro. Recordaba una por una las palabras de aquella tarde, entre las cuales estaban estas que a ella le dolían tanto por él: “Hay muchas cosas que tú no sabes. Todo junto me está matando, me está volviendo loco”, le había dicho.
Además estaba lo de Águila Roja. Sabía que muchas noches él había llevado a cabo misiones, porque oía los comentarios de la gente, en el mercado por la mañana. Todos se maravillaban de sus hazañas, y se preguntaban quién debía ser. A veces, le descubría pequeños rastros de sus andanzas nocturnas. Rasguños, moratones, heridas más grandes, como la que llevaba encima de la ceja izquierda desde el día anterior. Ella quería ayudarle, pero no sabía cómo.

Se echó maquinalmente la mano al pecho para comprobar que llevaba la medalla. Era de oro con la imagen de un angelito por un lado, y su nombre por el otro. En su interior llevaba integrado el chip de retorno con el transponedor. Desde lo de la pulmonía, Aylynt siempre la llevaba puesta. Sólo de pensar que se perdiera, se ponía enferma. De pronto se quedó aterrorizada, ¡no la llevaba! Empezó a buscarla frenéticamente por toda la casa... y no la encontró. Le entraron temblores del ataque de pánico que sufrió. Si no la encontraba no sería dueña de decidir cuándo volvía a su tiempo. Tendría que esperar a que se cumplieran los seis meses programados del retorno automático de la máquina. ¡Y ella no tenía ni idea de si iba a estar tanto tiempo!
Hizo un gran esfuerzo y trató de tranquilizarse para poder pensar con lucidez. Rememoró las últimas horas, y recordó que la llevaba puesta al salir de casa de Gonzalo, porque lo había comprobado. Pero a partir de allí, ya no sabía qué más había podido ocurrir. Estaba claro que se le había perdido durante el camino de vuelta a casa.
Cogió su chal, se lo puso, y salió a la calle con un candil. Estaba todo desierto. Sabía que era muy peligroso, pero lo tenía que intentar. En cuanto se hiciese de día, ya sería imposible, porque el que la viera se la quedaría.
Nada más salir le abrumó la tarea. ¿Cómo iba a encontrar una cosa tan pequeña, a oscuras, con sólo la luz de un candil? Se puso a llorar. Pero al poco, se secó las lágrimas y siguió, lo tenía que intentar al menos. Trató de pasar exactamente por donde ella solía caminar al volver de casa de Gonzalo. Cuando estaba a punto de llegar allí, un bulto humano se situó delante de ella, y le mostró la medalla balanceándose de la cadena en su mano.
–¿Buscas esto, guapa?
Aylynt dio un respingo y se quedó horrorizada mirándolo. Era un hombre repugnante, con una voz cavernosa, y un olor que ahogaba. Pero ella no se podía permitir asustarse, tenía que conseguir la medalla. Le pegó una patada, y trató de arrebatársela. Fue inútil, el mendigo se reía de ella cada vez que fallaba y aún le decía:
–¡Ven aquí, guapa, ven aquí! –y se reía con unas carcajadas odiosas, mientras jugaba al gato y al ratón con ella, poniendo la medalla a su alcance y luego retirándola antes de que la cogiese.
–Si te vienes conmigo te la doy, ja ja ja.
Aylynt enfadada con tanta tontería se preparó para asestarle una buena patada en los bajos, pero en aquel momento, apareció otro hombre, compañero del anterior, que la agarró por detrás inmovilizándola. Aylynt empezó a chillar desaforadamente mientras pataleaba sin parar. El primer hombre le dijo al otro:
–Te lo dije, siempre vienen a buscar las joyas perdidas aunque sea de noche –y empezó a reírse otra vez.
De repente, algo oscuro bajó del cielo, y en un momento, dejó a los mendigos inconscientes tirados en el suelo.
Aylynt no se lo podía creer: ¡era Águila Roja! Sintió que se le aflojaban las piernas y tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantenerse en pie.
Era realmente magnífico. Con la capa, la capucha y el embozo negros, el chaleco de cuero rojo, la katana sobresaliendo de su funda en la espalda…
–¿Te encuentras bien? –le dijo él con voz grave.
–Sí… gracias –apenas pudo balbucear ella. Estaba extasiada. A la pequeña luz del candil, apenas se le veía, pero aún así, era impresionante…
–Te acompañaré a tu casa, si quieres.
–Por favor. No quiero que vuelva a pasarme lo mismo –entonces se dio cuenta de que en el forcejeo le habían arrancado la manga del vestido. Cogió el chal del suelo y se lo puso, pues hacía frío. Y antes de que se diera cuenta, él echó su capa por encima de los dos, y subieron al tejado. No tenía ni idea de cómo lo había hecho él, pero Aylynt se vio arriba en un instante. Estaba tan asombrada, que se quedó paralizada, incapaz de hablar y casi, ni de respirar. Estaba sentada en el tejado junto a Águila Roja. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía que se le iba a salir del sitio.
–¿Cómo te llamas? –le dijo él.
–Aylynt –dijo ella temblorosa.
–¿Me tienes miedo? –preguntó él entre preocupado y divertido.
–No…, es solo que estoy sorprendida –atinó a decirle ella.
–¿Por qué has salido a estas horas de la noche sola? –le preguntó él.
–He perdido una medalla, y quería encontrarla.
–¿Ésta? –y le tendió la mano con la medalla en ella.
–Sí –ella la cogió y la apretó con fuerza en su mano.
–Debe de ser muy importante para ti, porque te has jugado la vida.
–Es muy importante para mí –dijo ella asintiendo.
–¿Un recuerdo de familia?
–No. Pero aún así te puedo asegurar que es muy importante para mí. Muchas gracias por ayudarme y por encontrar la medalla–. Aylynt se atrevió por fin a levantar la cabeza y le miró. Percibió esa mirada que asomaba por el embozo y se quedó impactada. Cerró los ojos e hizo una profunda inspiración. Sintió deseos de quedarse así junto a él, eternamente.
–¿Cómo lo haces?
–¿El qué?
–¡Todo! Luchar de esas maneras, subir y bajar de los tejados en un momento…Todavía no sé cómo he llegado aquí arriba –le dijo ella esbozando una sonrisa.
–Buenos maestros y entrenamiento, mucho entrenamiento –dijo él.
–Le estás quitando toda la gracia al superhombre que todos creen que eres –dijo ella recordando los comentarios en las plazas.
Él se rió.
–Soy un hombre normal y corriente.
–Bueno… Si tú lo dices…
Se quedaron en silencio unos momentos. Era extraño, él no decía nada. Pero Aylynt se sintió observada.
–¿Quieres que te ponga la medalla? –le preguntó él.
–Estaría bien, pero no creo que haya suficiente luz…
–Dámela.
Aylynt se la dio y se colocó de espaldas delante de él, sujetándose la melena en alto con los brazos levantados. Él le rozó el cuello con las manos, y ella se sintió morir por dentro. ¡Menos mal que era de noche, y él no la veía!, pensó.
–Ya está –dijo él con una voz más baja y más ronca de lo habitual. Ella creyó percibir un ligero temblor en las manos de él, al rozarle la nuca para echar el cierre a la cadena de la medalla. ¿O habían sido imaginaciones suyas?
–¿Te acompaño a casa?
–Sí. ¿Por el tejado?
–Claro, es mucho más rápido y seguro.
A Aylynt le daba bastante miedo, pero pensó que era la oportunidad de su vida, y no la iba a desaprovechar. Además estaba segura de que él no dejaría que se cayera o se hiciera daño. Decidió dejarse llevar por él sin dudar. Ella le dijo dónde era, él la tomó de la mano y empezaron a caminar. Y otra vez pensó que eran imaginaciones suyas, porque sintió que entre sus manos fluía una especie de fuerza sobrenatural. Pero, ¿qué tonterías estaba pensando?
A mitad de camino, él se detuvo un momento, se la quedó mirando y le dijo sonriendo:
–¡Parece que lo hayas hecho toda la vida!
–Pues te puedo asegurar que no –y ella le devolvió la sonrisa. “El amor que me da alas”, pensó. Aylynt no se podía creer las cursilerías que le estaban pasando por la mente.
Por fin, llegaron a casa de ella. Y siguiendo la costumbre de él, entraron por la ventana del dormitorio. Aylynt estaba impresionada y conmovida por lo que acababa de vivir: un paseo por los tejados de la Villa, o, mejor dicho, por las nubes, porque así era como se sentía ella.
Una vez dentro, ella le dijo:
–Gracias Gonzalo.
El error le costó caro. Él, al darse cuenta de que le había llamado Gonzalo, se puso en guardia instantáneamente, y al momento estaba detrás de ella, pasándole su poderoso brazo izquierdo por delante, y con el brazo derecho, la amenazó poniéndole un puñal en el cuello, mientras le preguntaba con rabia:
–¿Quién eres de verdad? ¿Quién te envía?
Y Aylynt se desmayó.
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Aylynt
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 20, 2011 8:07 pm

Capítulo 6


Águila no se lo podía creer, ella se había desmayado. Y era verdad, porque lo estuvo comprobando. La dejó en la cama y, furioso, empezó a dar vueltas por la habitación. No podía soportar la idea de que ella también le hubiera traicionado. ¿Quién sería en realidad? ¿Para quién trabajaría? ¿Qué iba a hacer con ella cuando recobrara el conocimiento? Siempre había habido algo raro en su forma de actuar. La manera misma en que apareció en la escuela pidiendo que le enseñara a leer y a escribir. Sátur había comprobado que alquiló esa casa, ese mismo día, y que nadie la conocía con anterioridad. Y la técnica que había usado para rescatar a Murillo. Casi nadie sabía nadar en la Villa en aquellos tiempos. Él lo había aprendido en su viaje por Oriente. Y muchas cosas más. Quizá, hasta lo de la medalla había sido una trampa para atraerlo.
Por otra parte, al salvar al niño, se había jugado la vida. Y el día que empezó a contarle sus secretos, se fue nada más empezar. Esto no cuadraba con que fuera una espía de sus enemigos. Y su corazón le decía que no lo era. Pero, ¡le había engañado tantas veces su corazón!
Se quedó mirándola. Allí echada, ¡parecía tan desvalida! Estaba muy pálida. Mucho más de lo habitual en ella. ¡Era tan hermosa e irradiaba tanta luz! Con su pelo rubio, sus grandes ojos, que abría de par en par cuando se sorprendía, cosa que hacía bastante a menudo. A su pesar, se sonrió recordando el día en que le enseñó a hacer tinta invisible. Parecía una niña de lo contenta que se puso. No podía ser una traidora, le decía su corazón a gritos.
Se acercó al generoso fuego que ardía en el hogar, y se calentó las manos. Levantó la cabeza y vio un espejo en la pared, y fue hacia él. Y entonces lo entendió todo. Aún a la luz de las velas y con el embozo, la herida sobre su ceja se veía claramente. ¡Eso había sido! ¡Por eso ella le había reconocido! Y él le había puesto un cuchillo al cuello, y se había desmayado. ¿Cómo había podido ser tan bruto? Se volvió hacia la cama. En ese momento ella se despertó y se quedó mirándole. En sus ojos había una mezcla de tristeza y de miedo.
–Aylynt, perdóname –le dijo él en voz baja–. Me ha sorprendido mucho cuando me has llamado Gonzalo. Ha sido por la herida, ¿verdad? –le dijo, al tiempo que se tocaba la ceja.
Ella asintió con la cabeza pero no dijo nada. Habían sido demasiadas emociones en muy poco rato. De repente, se echó la mano al cuello y se agarró a la medalla. Soltó un suspiro de alivio.
–Sí, aún la llevas –le dijo él dulcemente. Y se sentó en la cama a su lado, se bajó el embozo, le tomó la mano y se la besó. Sintió que ella se estremecía. Sin quitar los labios de su piel, levantó la vista, y se encontró con aquellos ojos verdes, que lo miraban intensamente, y….siguió besando su muñeca, y más arriba…subiendo despacio por su brazo desnudo, centímetro a centímetro… mientras la respiración de ella se agitaba más y más… Al llegar a la doblez del codo, él empezó a notar en su cara el roce del pecho de ella que subía y bajaba, y los suaves besos acabaron siendo pequeños y dulces mordiscos en el cuello. Mientras tanto, con el brazo libre, se fue liberando de la katana, la capa, la capucha y el embozo. Ella empezó a gemir, lo que a él lo excitó todavía más, y de un tirón rompió la costura del hombro del vestido, y un blanco y generoso pecho quedó libre. Él la miró a los ojos con deseo, mientras se mordía los labios sonrientes, y después se lanzó de cabeza hacia aquel pezón turgente y puntiagudo que le atraía como un imán. Los gemidos de Aylynt aumentaron, y él se tumbó sobre ella, que notó su miembro endurecido contra sus muslos, que ya se le empezaban a mojar… Desde el pecho, el subió su boca hasta la de ella, uniéndose ambos en un beso fuerte y profundo, arrebatado y con furia. Ella se subió las faldas, a la vez que él se bajaba los pantalones y la hacía suya sin poder esperar más. Los gemidos de ambos fueron en aumento, hasta que en una de las embestidas, él se dejó ir, mientras ella sentía que en su vientre estallaban increíbles oleadas de placer. Él cayó sobre ella y luego se hizo a un lado. Quedaron los dos tendidos uno al lado del otro y durante un rato, mientras recuperaban el aliento, ni siquiera pudieron hablar.
Aylynt no se lo podía creer, ¡ni en sus mejores sueños pensó nunca que Gonzalo la hiciera suya! ¡Había sido tan tierno y tan apasionado a la vez!
Mientras tanto, Águila se había girado hacia ella, y la miraba sonriente con una mezcla de dulzura y lujuria.
–Sabes –empezó él–, desde que murió mi esposa no había vuelto a estar con una mujer.
–Creo que se ha notado –no pudo menos que replicar ella, con una sonrisa divertida.
–¡Ah!, ¿sí?, ¿en qué? –aquí Gonzalo ya se reía a carcajadas, mientras a Aylynt le daba la risa también.
Él se quedó mirando a aquella mujer, que en unos días había conseguido cambiar su vida. Ahora se sentía distinto, feliz, por un rato había olvidado el abismo de su pasado, a Hernán, a la Logia, a Águila Roja, a Cristina, a Margarita…y había sido solo un hombre, Gonzalo.
–Pues yo, desde el primer momento en que te vi, me enamoré de ti –le confesó ella.
–¿Cuando llegaste aquí al barrio y buscaste al maestro para que te enseñara a leer y a escribir?
–Más o menos –concedió ella, sin explicar más.
–¿Y cómo ha resultado el maestro, te ha enseñado lo que tú querías? –dijo él empezando a reírse de nuevo, mientras se abalanzaba sobre ella haciéndole cosquillas en la cintura.
–Sí, me ha enseñado toooodo lo que yo quería –dijo ella gimiendo y riendo a la vez.
Sus miradas se volvieron a encontrar, y renació la pasión, pero esta vez más suave, con más tiempo, explorando todos y cada uno de los rincones del cuerpo del otro, buscando cómo dar más placer. Se despojaron mutuamente de sus ropas, y Aylynt, pudo admirar por fin, el cuerpo firme y poderoso de Gonzalo. Tan impactada quedó, que permaneció unos instantes quieta, observando, grabando en su mente y en su corazón, cada curva, cada detalle, de aquella perfección hecha carne. Él se regocijó al ver al compañero del pecho que ya había acariciado y besado, y metió la cara entre ambos, aspirando el suave aroma de ella. Sus cuerpos siguieron conociéndose hasta que un buen rato después, volvieron a ser uno, culminando juntos en un gozo indescriptible.

Al salir el primer rayo de sol, él se levantó sigilosamente, se enfundó las ropas de Águila Roja y se marchó, después de darle un beso en la frente, dejándola dormida. Se sentía mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Ni siquiera tenía sueño, después de la ajetreada noche. Sus sentidos estaban más alerta que nunca, y ágilmente, en pocos minutos, saltando de tejado en tejado, llegó a casa.


Capítulo 7


–¡Ya era hora, amo! Me ha tenido en un ay toda la noche. No sabía si le había pasado algo, si tenía que quemar las cosas de Águila y marchar con Alonso…–empezó a despotricar Sátur al verlo llegar.
–Sátur...–le tranquilizó Gonzalo, cogiéndole por los hombros–, tienes razón, pero no he podido venir antes. Siento que te hayas pasado la noche en vela sin necesidad. Mira, a partir de ahora no hace falta que me esperes, ¿vale?
–¿Y esa novedad? ¿Qué ha pasado esta noche?
–Nada Sátur, déjalo estar, por favor.
–Está bien, está bien, cuando su excelencia lo considere necesario, ya me lo explicará –dijo Sátur agriamente, marchándose antes de que Gonzalo pudiera contestar.
Gonzalo se sentó y se quedó pensado en lo que le había sucedido aquella noche. No pudo menos que sonreír. La verdad, es que no había estado nada mal. Y, además, de una forma tan inesperada… Y no había sido solo que se había acostado con ella, eran muchas más cosas. La sensación de paz, de cariño, de bienestar que le aportaba Aylynt. Curiosamente, al lado de ella se sentía seguro, tranquilo y relajado. Y por ello, más fuerte que nunca.
Alonso salió de su dormitorio, todavía medio dormido y le saludó.
–¡Buenos días, padre!
–Hola hijo. ¿Has dormido bien?
–Sí. ¿Y tú?
–Muy bien, muy bien. Hacía tiempo que no dormía tan bien como esta noche.
Desayunaron y marcharon a la escuela. A Gonzalo le parecía que el sol brillaba más, y a lo largo del día no dejó de contar los minutos que quedaban para volver a estar con ella.

Aylynt se despertó bastante tarde. En un primer momento creyó que había soñado con Águila Roja y con Gonzalo. Luego se dio cuenta de que no había sido un sueño, sino que había sido real. Se arrebujó contra las sábanas, y aspiró el olor a él, recordó sus caricias, su cuerpo perfecto, su fuerza y poderío, ¡dios mío!, era tan hermoso estar con él… Y sintió que no sólo se habían unido sus cuerpos, sino también sus almas.

Una noche, Aylynt estaba acurrucada en el regazo de Gonzalo, estando ambos en un sillón frente al fuego. A ella le encantaba sentirse abrazada por él, y a él le gustaba apretarla contra su pecho mientras le acariciaba el pelo.
–Aylynt, creo que tenemos que dejar las clases de las tardes en mi casa. Yo no puedo aguantar tenerte tan cerca y no poder tocarte. Lo he pasado muy mal estos últimos días –le dijo Gonzalo.
–A mí me pasa lo mismo. Además, te tengo que confesar algo –ella sentía la necesidad de decirle la verdad, no soportaba seguir mintiéndole, aunque temía la reacción de él–. Gonzalo, yo sé leer y escribir. Las clases solo eran una excusa para estar cerca de ti.
–Ya lo sabía.
–¡Que ya lo sabías! ¿Y por qué no has dicho nada? –preguntó ella asombrada, volviendo la cabeza hacia él.
–Esperaba que me lo dijeras tú misma.
–¿Y… estás muy enfadado? –preguntó ella con un poco de prevención.
–No. Al fin y al cabo, sin eso, no estaríamos ahora aquí. Y te puedo decir Aylynt, que estar contigo es una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida –se miraron a los ojos y se besaron. Fue un beso suave y dulce, reposado.
–Me di cuenta a los pocos días de empezar. Y no dije nada porque una tal Aylynt, me miró como me está mirando ahora, y me desarmó por completo –dijo él sonriendo, perdido en los ojos de ella.
–¡Y eso que eres Águila Roja! –se rió ella. A él también le dio la risa.
–Aylynt, ¿quién eres tú? –preguntó él, con suavidad, al cabo de un ratito.
–Gonzalo, no te lo puedo explicar ahora. Quizá algún día…Es algo muy difícil de comprender… Lo único que te puedo decir es que quiero lo mejor para ti, y que jamás te haría daño. Estoy contigo porque te quiero. Por ninguna otra razón.
–La mujer misteriosa –dijo él–. Ya te lo dije una vez, y te lo vuelvo a decir. Para mí, eres un ángel. Llegaste en un momento en el que yo estaba completamente hundido, y en unos días me has dado las fuerzas que necesito para seguir luchando. Por eso, esperaré lo que haga falta a que me lo quieras contar.
–Gracias Gonzalo –a Aylynt las palabras de él le sonaron tan hermosas que le saltaron las lágrimas. Jamás nadie antes había confiado tanto en ella–. Y tampoco soy viuda, estoy soltera –aprovechó ella para sincerarse un poquito más, lo poco que podía.
Aquí Gonzalo sí se sorprendió de verdad.
–Pero si…
–Sí, tú no fuiste el primero… Yo vengo de un mundo donde esas cosas no importan, Gonzalo.
Él asintió con la cabeza y siguió acariciándole el cabello, mientras ella se acurrucaba aún más contra su pecho.


La tarde del día siguiente, como Aylynt no llegaba, Sátur manifestó su preocupación.
–Amo, la señora Aylynt aún no ha llegado. ¿Le habrá pasado algo?
–No, Sátur, no te preocupes. Aylynt ya no va a venir más aquí para las clases. Ya ha aprendido lo suficiente, y ahora seguirá por su cuenta.
–¡Qué sorpresa! Yo creía que venía también por otros motivos –murmuró el criado.
–¿Por qué dices eso? –le preguntó Gonzalo extrañado.
–Mire amo, se lo voy a decir claro. Yo pienso que usted y esa mujer hacen buena pareja, no sé, como que se les ve contentos juntos. Además, desde que está ella, usted ha cambiado, ya lo creo, ha cambiado mucho y para bien. Yo pensaba que ustedes dos acabarían juntos, ya sabe…
Gonzalo se quedó boquiabierto con la explicación de Sátur. ¿Tanto se notaba lo suyo con Aylynt?
–Que no pasa nada, amo, que me parece muy bien, y que sería lo mejor para usted, después de todo lo que ha ocurrido. Porque lo de Margarita…
–Sátur, te agradecería que no me nombraras a Margarita –le cortó al momento un airado Gonzalo.
–Está bien, amo, está bien…– asintió Sátur, y se fue a sus tareas.

Águila Roja acababa de tener otro enfrentamiento con el comisario y sus guardias. Últimamente, el cerco se estaba estrechando, y cada vez que Águila llevaba a cabo una misión, aparecían los guardias para intentar apresarlo. Curiosa forma de hacer las cosas, se decía con tristeza y desesperación Gonzalo, en lugar de atrapar malhechores, la prioridad parecía ser la de atrapar al que atrapaba a los malhechores.
Llegó a casa de Aylynt sangrando de un brazo.
–Gonzalo, ¿qué ha pasado? Ven, que te lo curo–. Aylynt se acercó para ver la herida. Después fue a por unos trapos limpios para hacer vendas y un barreño con agua. Le limpió la herida, y se la vendó.
–Tengo miedo, Gonzalo. Algún día acabarán por apresarte o matarte. Tú solo no te puedes enfrentar al Comisario y sus hombres, día sí y día también. Una cosa es ayudar a la gente frente a ladrones y maleantes, y otra, tener detrás de ti a las autoridades–. Aylynt estaba verdaderamente preocupada.
Águila le dio un beso y la miró sonriente.
–Gracias por preocuparte por mí. A veces, se necesita saber que alguien piensa en ti con tanto cariño, que alguien te echará de menos si te vas.
–¿Por qué dices eso Gonzalo? Me estás asustando –Aylynt sintió deseos de llorar. Ser la compañera de un héroe era mucho más doloroso y menos glamuroso de lo que parecía. Todas las noches se la comía la ansiedad, esperando a que él volviera de sus misiones. Y siempre temía que llegara el día en que no volviera.
Se sentaron frente al fuego y él empezó a contarle, por fin, toda la historia. No por sabida, le pareció a Aylynt menos dolorosa. Desde cuando murió Cristina hasta que descubrió a su asesino, a su propio hermano, el comisario Hernán Mejías, pasando por las conjuras para matar al rey. Más la presencia constante de Agustín, que le confesó al final quién era su hermano. Le surgieron recuerdos de su propia madre muerta envuelta en sangre, y la duda atroz sobre quién era él mismo. Esta vez fue Aylynt la que sostuvo la cabeza de Gonzalo en su regazo mientras él lloraba todo ese dolor, que su fachada de maestro respetable o incluso de héroe invencible, le impedía manifestar ante los demás, excepto frente a ella.
Aquella noche hicieron el amor con pasión e ímpetu, como si fuera ese su último día en la tierra. Apurando hasta la última gota de placer y vida. Como dos fuerzas de la naturaleza, que se unen para ser una mucho más grande y poderosa. Porque, al fin y al cabo, nadie sabe, y los héroes menos que ninguno, si éste, va a ser el último día de su existencia.


Capítulo 8


Aylynt estaba preparándose la cena cuando llamaron a la puerta. Fue a abrir un poco sorprendida, porque en general, no recibía muchas visitas, y se quedó asombrada al ver a Alonso en la puerta.
–Hola doña Aylynt –la saludó el niño.
–Hola Alonso. ¡Qué sorpresa verte por aquí! Pasa.
Una vez dentro, Alonso se quedó mirándola, pero no se decidía a hablar. Parecía bastante azorado.
–Pues tú dirás –le animó ella a empezar.
–Doña Aylynt, es que necesito su ayuda para un asunto de mujeres –ella contuvo la sonrisa a duras penas tras oír aquel “asunto de mujeres” con esa voz infantil.
–Dime pues –continuó ella, intentando que cogiera confianza para seguir.
–Es que… le quiero hacer un regalo a una chica… y necesito que usted me aconseje. Mi tía ya no vive con nosotros, y Cata e Inés la conocen y… seguro que se ríen de mí. ¿Usted podría ayudarme?
–Claro Alonso. Cuéntame pues cómo es esa chica.
–Es Matilde –dijo él agachando la cabeza, y sonrojándose.
–Alonso –le dijo ella tomándole de la barbilla y levantándole la cara–, nunca te avergüences de amar. Eso es lo más bonito de la vida.
El niño la miró sonriente y agradecido por su comprensión.
–A ver, a ver… ¿qué te parece algo para el pelo? Lo tiene muy bonito.
–¿Y eso donde se compra? Pero que no valga mucho, no tengo más que dos monedas –le dijo él otra vez avergonzado, pero ahora por no tener dinero para comprarle algo a su enamorada.
–No te preocupes Alonso. Vamos a hacer una cosa. Espera un momento, que vuelvo en seguida –y Aylynt fue a coger la caja donde guardaba sus propios adornos para el pelo y se la llevó.
–¡Andá, qué bonito es todo! –exclamó el niño al ver aquel montón de abalorios de todo tipo para el cabello.
–Elige lo que quieras. Te lo regalo yo a ti, y tú se lo regalas a ella. Y no te preocupes que esto queda como un secreto entre nosotros, ¿vale?
Alonso se puso a buscar entusiasmado, y mucho más tranquilo ahora que sabía que iba a tener un bonito regalo para Matilde. Porque había que reconocer que, la señora Aylynt tenía unos pasadores y unas diademas para el pelo preciosos. En aquel momento se oyó como abrían la puerta con llave y al levantar la vista, Alonso vio a su padre. Gonzalo se quedó petrificado al ver allí a su hijo, mientras Aylynt le miraba con cara de resignación y se encogía de hombros, pues ya nada se podía hacer.
–¡Papá! Mira, la señora Aylynt me va a ayudar para hacerle un regalo a Matilde –le dijo el niño muy contento, que no se había dado cuenta de la situación creada.
–Me alegro mucho hijo –le dijo Gonzalo complaciente–. Hola Aylynt, pasaba para ver si necesitabas algo…–empezó a decir Gonzalo, que fue interrumpido por un alegre Alonso que ya había decidido qué llevarle a su chica.
–¿Le puedo llevar éste, doña Aylynt?
–Claro, Alonso, claro.
–¡Gracias! –gritó Alonso, y se fue corriendo con su trofeo, sin siquiera despedirse.
Gonzalo y Aylynt se quedaron mirándose con cara de circunstancias.
–Bueno…–empezó Gonzalo resignado–, pues ya está. En cuanto llegue a casa se lo contará a Sátur, y mañana ya lo sabrá todo el barrio. Pero no pasa nada, al revés, mejor. Quiero que todo el mundo sepa que estoy con la mujer más maravillosa del mundo –y levantó a Aylynt tomándola por la cintura y empezó a dar vueltas riendo.
–¡Gonzalo! ¡Me alegro que estés tan contento, pero déjame en el suelo, que me mareo! –gritó ella aturdida con los giros. Él le hizo caso, y al tiempo la estrechó contra su pecho y luego la besó con suavidad.
–Tranquila… ¿así está mejor? –le susurró casi al oído, y siguió–tengo una sorpresa para usted, señora de la Vega.
Aylynt se echó a reír, era encantador cuando se ponía juguetón y bromista.
–Usted dirá, señor Montalvo –le siguió ella la chanza.
–¿Desea usted ser mi acompañante en la fiesta de cumpleaños de la señora marquesa, dentro de tres días? –le dijo Gonzalo adornando la petición con una reverencia.
Aylynt tomó asiento para recuperarse de la sorpresa. Pero se había quedado sin palabras. Él siguió explicándoselo:
–He recibido la invitación para ir a la fiesta. Y pone mi nombre “y acompañante”. Sé que Lucrecia piensa que no voy a hacer uso de esa opción, pero me encantaría que vinieras conmigo –Gonzalo estaba feliz con la idea. Se le acababa de ocurrir después de lo que había pasado con Alonso. Pero Aylynt no lo tenía tan claro. Presentarse delante de la marquesa como acompañante de Gonzalo, era poco menos que suicida.
–Gonzalo…sé que te va a parecer muy fuerte lo que te voy a decir pero, yo no me fío de Lucrecia. Ella va a por ti….y si ve que yo me interpongo… puede pasar cualquier cosa.
–Pero, ¿qué estás diciendo Aylynt? ¿No eres un poco exagerada? –era la primera que le hablaba en ese tono–. ¿Qué te hace pensar así de ella?
–Bueno…ya sabes... se oyen comentarios... la gente habla...Me lo contó Catalina cuando estuve en su casa. O, ¿me vas a negar que sabes que Lucrecia va detrás de ti? Todos comentan que su hijo va a tu escuela por ese motivo –dijo Aylynt agachando la cabeza.
Permanecieron un rato callados y después, Gonzalo, tratando de tranquilizarla le dijo:
–Sé todo eso Aylynt. Pero yo le he dejado siempre bien claro que no quiero nada con ella. Además, si estás conmigo, no te puede pasar nada, ¿de acuerdo? –le levantó la barbilla y la besó–. Mira, mañana sales a comprar un hermoso vestido, contratas a un par de peluqueras, y el día de la fiesta, tendré a mi lado a la mujer más guapa de toda la Villa.
Ella asintió e hizo lo que él dijo.


Aylynt estaba realmente entusiasmada con la fiesta. Se le habían pasado todos los reparos al probarse los preciosos trajes que le ofrecieron en la mejor sastrería de la Villa. Eran increíblemente caros, pero por ir al lado de Gonzalo como una reina, se podía pagar cualquier cosa. Quería ver la cara de Lucrecia cuando entrara del brazo de Gonzalo en el salón de la recepción. Eso era algo que no se lo podía perder. No era habitual en ella este tipo de pensamientos tan vanidosos, pero no lo podía evitar.
En ese momento llegaron las peluqueras, que iban a estar toda la tarde componiéndole un peinado al estilo de la marquesa. Y luego llegaron las modistas a ayudarle a ponerse el conjunto, y a hacer los últimos retoques.
Cuando llegó Gonzalo, quedó fascinado con lo que vio:
–Aylynt, tesoro, pareces una reina, mi reina –dijo él tomándola de la mano y dándole la vuelta. Era un vestido de seda en diferentes tonos y aguas de color azul y blanco, con aplicaciones de pedrería y bordados en hilo de oro que refulgía a la luz de las velas. En el generoso escote, lucía un collar de diamantes y zafiros color marino, engarzados en oro de la más alta calidad. Los pendientes eran a juego con el collar. El exquisito recogido, con múltiples perlas entre los bucles de sus rubios rizos completaba una escena principesca.
–Pues tú tampoco estás mal, querido –se sonrió ella al verlo también con su nuevo traje de terciopelo azul noche y la camisa de seda blanca.
En ese momento aparecieron Sátur y Alonso que se quedaron boquiabiertos ante la estampa que presentaba la pareja.
Sátur se acercó al amo y en voz baja le dijo:
–Amo, perdone por el atrevimiento, pero la señora está para chuparse los dedos, jeje. Y usted parece un príncipe. Ya le decía yo que acabarían ustedes juntos.
Llegó el carruaje que habían alquilado para aquella noche y subieron a él. Al llegar al palacio de la marquesa, Aylynt experimentó un pequeño vahído, que podía ser por el apretado corsé, o por la preocupación de lo que estaba por pasar. Más bien esto último.
Entraron en el iluminado salón, donde sonaba música de cámara, y se mezclaban un sinnúmero de conversaciones. Los invitados, todos de alcurnia, iban magníficamente ataviados con sus mejores galas. Hay que tener en cuenta que la fiesta de cumpleaños de la marquesa de Santillana, era el acontecimiento social más importante del año en la Villa, fuera de los protagonizados por los reyes.
Lucrecia estaba vigilante para atender la llegada de Gonzalo. En cuanto le pareció divisarlo, acudió presurosa a su encuentro. Pero cuando le faltaban unos metros, se quedó paralizada, y entonces se oyó el ruido del cristal veneciano de una copa estrellándose contra el suelo. Se le cayó de las manos al ver que, ¡Gonzalo había osado traer a una acompañante! ¡Y qué acompañante! Sintió que la rabia y la ira le subían por dentro hasta la cabeza, y tuvo que hacer uno de los mayores esfuerzos de su vida para no empezar a chillar como una loca. ¿Quién era esa que iba del brazo del amor de su vida? ¿Cómo había podido él, ofenderla de semejante manera, trayéndola a su fiesta?
–Lucrecia –la saludó Gonzalo, mientras hacía una reverencia y tomaba la temblorosa mano de la marquesa para besarla.
–Gonzalo –consiguió articular ella a duras penas, mientras inclinaba la cabeza para corresponder a su reverencia.
–Lucrecia, te presento a la señora Aylynt de la Vega, una buena amiga mía –hizo los honores Gonzalo–. Aylynt, esta es la señora marquesa de Santillana.
Aylynt hizo la reverencia tal y como le había enseñado él. Y al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de Lucrecia, y lo que vio la aterrorizó. Aquella mujer parecía poseída. Aylynt supo que a la marquesa solo la detenía el hecho de estar entre un buen número de sus iguales. Porque a solas…, a solas esa mujer se le hubiera tirado al cuello… Mantuvo la calma lo mejor que pudo, y cuando terminó la conversación entre Lucrecia y Gonzalo y ella se marchó para atender a otros invitados, se giró hacia él y le dijo:
–Gonzalo, tengo mucho miedo, esa mujer me quiere matar, lo he visto en sus ojos…
–Aylynt, tesoro, tranquilízate. Yo estoy contigo, no te va a pasar nada –le dijo él.
Ella, con tristeza, dejó de insistir. Gonzalo nunca le creería hasta que, quizá, sucediera algo irreparable. Estaba en esos pensamientos, cuando alguien la llamó por detrás.
–¡Aylynt! ¿Eres tú?
Ella se giró y se encontró con Juan, que también iba vestido para la ocasión. Le sonrió y le dijo:
–Hola Juan –mientras le ofrecía la mano y él, siguiéndole el juego, se la besaba a la par que le hacía una reverencia.
–Veo que te recuperaste divinamente, estás espléndida Aylynt –la halagó él con su habitual elegancia y saber estar.
–Gracias, tú también –le correspondió ella.
Mientras tenía lugar este pequeño intercambio de frases educadas, sus respectivas parejas, Gonzalo y Margarita, tuvieron, por fin, que verse las caras. Pero, excepto los saludos de rigor, no se dijeron nada más. Gonzalo estaba muy serio, tanto por haberse encontrado con Margarita, como por ver que Juan le daba “tanta” conversación a Aylynt. Y Margarita, que creía que su único problema era cómo deshacerse de su compromiso matrimonial con Juan, vio que su Gonzalo estaba muy, pero que muy bien acompañado por la tal Aylynt. No podía creérselo. A todo esto, el más feliz de los cuatro era el médico, que al comprobar la relación entre Montalvo y Aylynt, se regocijó pensando que ahora Margarita era más suya que nunca.
El natural y correspondido saludo entre Juan y Aylynt fue seguido en la distancia por Lucrecia, que añadió una razón más para odiarla.
Ya estaba por terminar la velada, cuando alguien más fue a saludar a Aylynt. Aprovechando que el maestro la había dejado sola por un momento, el comisario Hernán Mejías, que hacía rato que acechaba, se acercó a ella.
–¿Qué hace sola tan hermosa dama? –le dijo él, mientras le hacía una leve reverencia–. Soy el comisario Hernán Mejías, señora, para servirla.
–Encantada, señor comisario –contestó ella suavemente, disimulando–. Yo soy Aylynt de la Vega. Es un honor para mí, estar ante un caballero tan elegante y distinguido.
Desde lejos, Lucrecia no daba crédito a sus ojos. ¡Hernán estaba flirteando con la dichosa Aylynt! ¡Pero qué tenía aquella mujer que tanto Gonzalo, como Juan y Hernán iban detrás de ella! “¡Te va a costar caro querida, te va a costar muy caro!”, susurró la marquesa sibilinamente.
Alguien vino a buscar al comisario, que se despidió rápidamente y desapareció. A tiempo para que no lo viera Gonzalo. Aylynt suspiró. ¡En qué avispero se había metido!
A la vuelta, apenas hablaron. Aylynt estaba muy asustada con la marquesa. Y Gonzalo, aunque no dijera nada, todavía pensaba en su encuentro con Margarita. Se preguntaba por qué le molestaba verla con el médico.


Capítulo 9


Águila Roja y Aylynt estaban en la sacristía de la Iglesia Parroquial de San Felipe. Habían entrado a medianoche, y tras una hora de búsqueda en los libros de registro de Bautismos, correspondientes a dos años antes y dos años después de la que él creía que era su fecha de nacimiento, no habían encontrado nada. No había inscrito ningún Gonzalo de Montalvo en la parroquia en la que se suponía que debía haber sido bautizado de pequeño. Ni faltaba ninguna hoja.
–¿Quién soy Aylynt? –le preguntó a ella, mirándola con desesperación. Desde que Agustín le había dicho que el comisario era su hermano, se sentía literalmente en la nada. ¿Quiénes eran los que él creía que eran sus padres, los que le habían criado? ¿Por qué habían matado a su verdadera madre, y Agustín le había separado de su hermano? Y a eso se añadía la profunda tristeza y la rabia por saber que había sido ese hermano el que había matado a Cristina.
Aunque la pregunta había sido retórica, resulta que Aylynt sí tenía idea de lo que se escondía detrás del pasado de Gonzalo. Pero no sabía qué hacer. Se devanaba el cerebro preguntándose si debería decirle lo que sabía, o si era mejor no decírselo. Cuando hizo su viaje nunca creyó que conseguiría estar tan cerca de él, y por tanto nunca pensó que se iba a ver en esa disyuntiva. Si decía algo, podía alterar el futuro de una manera grave e irreversible. Por otro lado, a veces, tenía la loca idea de que quizá, ella había viajado hasta él precisamente para ayudarle. Y una de las mejores maneras de ayudarle podría ser contarle lo que sabía. Pero no se decidía. De momento intentaría que él encontrara la verdad por sus propios medios.
–¿Y si probamos buscando la inscripción de Hernán? –le sugirió ella suavemente, ya que sabía que solo de nombrarle a su hermano a él se lo llevarían los demonios.
–Si nuestros verdaderos padres nunca vivieron aquí, él tampoco estará. Pero por probar… quizá encontremos alguna otra pista. Y, ¿por qué año empezamos a buscar?
–Pues yo creo que tiene unos siete u ocho años más que tú. Podíamos empezar por nueve antes de tu nacimiento, para más seguridad –le contestó ella.
–Nueve años antes… Éste es el primer libro –dijo Gonzalo, y se lo pasó. Él tomó el siguiente y se puso a pasar las hojas leyendo rápidamente. En un momento dado se paró a descansar un instante y se puso a mirar a Aylynt.
–Suerte que te tengo a ti –le dijo sonriendo–. Porque yo solo o aun con Sátur no acabo en toda la noche.
Aylynt le devolvió la sonrisa y la mirada. Pero al momento lo apremió para que siguiera.
–Venga, que hay mucho trabajo por delante – y volvió a la tarea de repasar las inscripciones. Aunque estaba encantada de colaborar con él, sentía un desagradable hormigueo en el estómago, pues temía que los encontraran allí. Para él era fácil escapar. Pero, ¿y ella? Aunque no dudaba de que él no la dejaría atrás y la ayudaría, no tenía ningún entrenamiento ni se conocía bien el lugar. A pesar de que durante el día había ido a echar un vistazo aparentando que iba a misa. Y menos mal que iba con ropa de hombre, con pantalones, camisa, chaqueta, botas y sombrero. Porque de pensar en haber tenido que ir con faldas, enaguas y corsé le entraban escalofríos.
Dos horas después dieron por finalizada la búsqueda. No había ningún Hernán Mejías inscrito en el periodo de tiempo entre nueve y cinco años antes de nacer Gonzalo.
Águila y Aylynt volvieron a casa con las manos vacías; aunque a él lo que más le dolía era el vacío de su corazón por no saber quiénes eran sus verdaderos padres.


Doña Filomena estaba encantada con su nueva vecina. Desde el día en que rescató al pequeño Murillo, todo el barrio le había hecho un hueco a la señora de la Vega, en agradecimiento. Pero ella en concreto, estaba entusiasmada. Aylynt todos los días pasaba un ratito después de comer y le daba conversación y la animaba. La mujer esperaba ansiosa la visita, pues vivía sola, y había llegado a apreciarla como a una hija.
–Aylynt, ¿ya te ha pedido Gonzalo que te cases con él? –le preguntó de sopetón aquel día la buena señora.
–¡Doña Filo! ¿Pero qué me está diciendo? –le contestó Aylynt sobresaltada y sonrojada.
–Hija mía, todo el mundo sabe que estáis juntos. Y como los dos sois viudos lo más normal es que os acabéis casando. Hacéis muy buena pareja. Él es un buen hombre, y ese Alonsillo necesita una madre como la que podías ser tú.
Aylynt no lo podía creer. Ya todos estaban pensando en boda, cuando ellos dos ni siquiera habían hablado de ello. A Gonzalo, con todos sus problemas ni siquiera se le había ocurrido. Y a ella, pues… bueno, tenía que reconocer que sí lo había pensado. Pero era un sueño inalcanzable. Porque aunque no quería pensar en ello, algún día tendría que marcharse.
De pronto Aylynt tuvo una idea.
–Doña Filo… ¿Gonzalo siempre ha vivido aquí?
–No del todo. Vino con dos o tres años con sus padres. Y luego estuvo fuera algunos años. Pero el resto del tiempo sí, este es su barrio –respondió la mujer.
–Y... ¿usted conoció a sus padres? –preguntó Aylynt conteniendo la respiración.
–Sí, buena gente –dijo ella, y su rostro se ensombreció.
–¿Qué sucede, doña Filo?
–¿No te lo ha contado él, niña? –le preguntó la mujer.
–Algo…le acusaron de haber matado a un noble en un duelo, y él huyó por miedo….–aventuró Aylynt, tratando de que la mujer siguiera hablando.
–Alonso y Ana pagaron con sus vidas el desliz de su hijo.
Estuvieron un rato calladas. Aylynt no sabía cómo seguir preguntando sin dañar más la imagen de Gonzalo. Y doña Filo se sumergió en sus recuerdos.
Cuando Aylynt se levantaba para marchar, la mujer le tomó el brazo y la volvió a sentar. Y continuó hablando.
–Pero, créeme. Gonzalo es bueno. Fue un error que ya pagó y muy caro. Cuando volvió y se enteró cómo habían muerto sus padres, se quiso suicidar, pero un amigo suyo lo impidió. Suerte que en aquel entonces ya le habían dejado de buscar. Parece que alguien se molestó bastante en hacer desaparecer el asunto, aunque nunca se supo quién. Es todo bastante confuso, más vale dejarlo así–hizo un gesto con la mano, de dejarlo correr–. Luego se casó con Cristina y fue un marido y padre ejemplar, Aylynt –la mujer intentaba convencerla a toda costa.
–Doña Filo, sé que Gonzalo es muy impulsivo, y que en su juventud pasaron cosas graves, pero…yo le quiero –nada más decir esto, Aylynt se quedó de piedra. ¿Qué hacía ella confesándole esas cosas a la vecina? Entonces se dio cuenta de lo sola que estaba. Toda su familia de verdad estaba en otro mundo, en otro tiempo. ¿Qué locura le había llevado hasta allí? ¿Cómo terminaría todo aquello? Pero era cierto, le quería con todo su corazón.
–Y él a ti, niña.
–¿Y usted como lo sabe? –le preguntó Aylynt extrañada.
–¡Una que ya tiene sus años y ha visto mucho! –doña Filo se rió–. Tú, ¿qué crees? Viene a verte todos los días, te llevó a la fiesta de la marquesa y te mira que se le cae la baba –la doña siguió riendo.
Aylynt sintió una terrible desazón cuando oyó la mención a la marquesa. Se concentró en preguntar a doña Filo.
–¿Y cómo era Gonzalo de pequeño?
–¿Qué como era? Igual de trasto que Alonsillo, aunque no tan rubio.
–¿No tuvo hermanos?
–No. Su madre era ya mayor, demasiado mayor, diría yo. A veces me parecía que Ana no podía ser su madre por la edad.
–Y, ¿de donde vinieron?
–De Alcalá. Creo que allí tenían familia. Ana algunas veces hablaba de su hermano Andrés, y de su cuñado Antonio, el hermano de Alonso.
Aylynt se quedó paralizada. ¿Estaba oyendo bien? Aquello no lo conocía Gonzalo, que siempre creyó que había nacido en el barrio, y nunca supo de tíos o primos.
–Y, ¿sabe por qué vinieron?
–Y tú, ¿por qué has venido, Aylynt? –le preguntó a su vez Filomena, mirándola fijamente a los ojos.
–Quería empezar una nueva vida –contestó la joven, agachando la cabeza y tratando de quitarle importancia.
–No te fue bien con tu marido –comentó la mujer.
–Doña Filo, prefiero no hablar de eso.
–Está bien –le sonrió–. No te preocupes. Supongo que ellos también querían empezar una nueva vida. Ana nunca me habló de los motivos por los que vinieron.
–Bueno, doña Filo, tengo que irme ya –Aylynt ardía en deseos de ir a contarle a Gonzalo lo que le había dicho la mujer. Y además, la conversación se estaba poniendo difícil para ella en algunos momentos. Prefería dejarlo ya por ese día.
Tras despedirse de la vecina, en lugar de ir a su casa, se fue lo más aprisa que pudo a la escuela de Gonzalo. Una vez allí, se quedó fuera esperando, pues era cuestión de minutos que dieran las cinco y salieran todos los niños en tropel. Pero aunque intentó no llamar la atención, Gabi, que se despistaba con menos de una mosca, la vio. Le dio un codazo a Alonso y le dijo entre risas, en voz baja:
–¡Alonso, ahí está tu futura mamá!
–¡Pero que tonterías dices Gabi!
–¡No te enteras de nada, Alonso! Doña Aylynt es la novia de tu padre, todo el barrio lo dice.
En ese momento, Gonzalo les mandó callar.
–¡Alonso, Gabi! ¿Queréis dejar de hablar y concentraros en las cuentas?
Los niños callaron, pero Alonso, que no salía de su estupefacción, se volvió para mirar a Aylynt. Y entonces recordó el día que fue a pedirle ayuda a ella, y su padre había abierto la puerta con su propia llave. Estaba tan entusiasmado con el pasador para Matilde que no se había dado cuenta.
En aquel momento sonaron las campanas de la iglesia de San Felipe, y los chicos se precipitaron a la puerta. Solo quedaron Gonzalo y Alonso con Gabi y Murillo.
–Buenas tardes –saludó Aylynt a todos–. Gonzalo, ¿puedo hablar un momento contigo?
–Aylynt, ¿pasa algo? –le preguntó preocupado Gonzalo, pues ella nunca iba a esas horas a buscarle a la escuela.
–No, no te preocupes. Solo que tengo que explicarte una cosa importante.
–Alonso, ve marchando para casa, que ahora te alcanzo –le dijo Gonzalo a su hijo. A regañadientes, Alonso dejó a su padre a solas con Aylynt.
Al momento ella empezó, en voz baja:
–Gonzalo, esta tarde, hablando con doña Filomena, me ha explicado cosas de tu infancia. Me ha dicho que tus padres vinieron contigo cuando tenías dos o tres años. Eran de Alcalá, y allí puede que aún estén dos tíos tuyos, Andrés, el hermano de tu madre y Antonio, el hermano de tu padre.
Gonzalo se quedó callado por el asombro. Después de unos momentos le dijo sonriendo:
–Gracias Aylynt –y tomándola por la cintura, se la acercó y la besó en los labios. Entonces se oyeron unas risitas infantiles. Eran Gabi y Murillo. Porque lo que es Alonso, estaba pasmado con la boca abierta. No sabía lo que ella le había dicho, pero la reacción de su padre había sido clara, ¡la había besado en los labios!
–¡Ya te lo decía yo, Alonso! –saltó Gabi.
–Vámonos ya –dijo Alonso echando a correr. Y sus amigos le siguieron. Todavía les motivaban más los juegos infantiles que las “cosas de mayores”.


La señora marquesa estaba bastante alterada. Había mandado llamar al comisario, y éste, de mala gana, se había presentado. Llevaban hablando un buen rato, aunque en ocasiones se oían gritos, no solo de la señora, sino, aunque parezca increíble, también de él.
Catalina rondaba por los alrededores de la habitación de la marquesa, porque veía que en cualquier momento la mandaría llamar, y con el mal genio que llevaba, mejor sería que acudiera cuanto antes. Por fin, los gritos se acabaron y se abrió la puerta. Cata se hizo a un lado esperando que saliera el comisario, pero no salió nadie. Parece que la conversación seguía. Y sin querer, Catalina lo oyó. No podía creerlo.
–Hija de la gran…–murmuró para sus adentros. Y salió corriendo de palacio hacia casa de Gonzalo.


Capítulo 10


Gonzalo y Aylynt llegaron paseando hasta la casa de él.
–¿Por qué no te quedas a cenar? Luego te acompañaré a tu casa –le dijo él.
–De acuerdo –dijo ella entrando y saludando a Sátur que estaba en la sala.
–Hola Sátur.
–Hola doña Aylynt.
–Sátur, llámame solo por mi nombre, es que lo de “doña” me parece muy serio –le dijo ella sonriendo al criado.
–Como usted quiera, Aylynt –le respondió él.
En ese momento apareció Catalina, sofocada de tanto correr.
–Gonzalo, Aylynt, menos mal que os encuentro aquí –dijo casi sin poder respirar.
–¿Qué ocurre Cata? –le preguntó Gonzalo preocupado.
–¡Ay Gonzalo, que traigo muy malas noticias! La marquesa ha ordenado al Comisario que detenga a Aylynt por brujería –dijo de un tirón y casi sin poder respirar.
–¿Qué? –Gonzalo no podía creerlo–. ¡Esa mujer está loca! ¿Brujería?
Aylynt se quedó blanca del susto y casi se cae si no la llega a sostener Sátur.
–Dice que cuando rescató a mi Murillo, lo resucitó con malas artes, porque todo el mundo explica que el niño estaba muerto –y aquí Cata se echó a llorar –Gonzalo, siento mucho ser la causa de esta desgracia. Nunca me pude imaginar que pasara esto.
–No te preocupes Cata, tú no tienes la culpa. Aylynt, no te va a pasar nada. Ven –y la abrazó, mientras ella empezaba a llorar.
Sátur se quedó mirando la escena, y tampoco lo podía creer. ¡A dónde podía llegar el odio y la maldad de la marquesa!
–Cata, vuelve a palacio, y vigila todo lo que haga y diga Lucrecia. Si surge algo de interés nos lo vienes a contar. Y gracias por avisarnos –le dijo Gonzalo a la criada. Ésta, llorosa todavía, se fue otra vez deprisa a su trabajo, a tratar de averiguar algo más.
–Gonzalo, tengo mucho miedo –le dijo Aylynt totalmente hundida. Aquello era el fin de su viaje. No podía dejar de llorar abrazada a él.
–Aylynt, sabes que yo no voy a dejar que te ocurra nada. Ten confianza en mí –le dijo Gonzalo al tiempo que le tomaba la cara con las dos manos y le sonría para tratar de infundirle ánimos–. Sátur, lleva a Aylynt a la guarida.
–¿A la guarida, amo? –dijo Sátur sorprendido con los ojos abiertos de par en par.
–Sí, Sátur. Ella lo sabe todo –aquí el criado no pudo reprimir un gesto de sorpresa–. Mientras tanto yo voy a ir hasta su casa a ver cuándo aparecen los guardias y si consigo enterarme de algo más.
Gonzalo salió de casa y a la vuelta de la esquina, se paró apoyado contra la pared. Necesitaba serenarse un poco, porque a pesar de que delante de los demás parecía que lo tenía todo controlado, en realidad estaba muy afectado. Recordó la noche en que murió Cristina… aquello no podía volver a pasar, ahora con Aylynt. ¡Cuánta razón había tenido ella cuando dijo que no era buena idea que la llevara a la fiesta! Y él no la quiso creer. Ahora se daba cuenta de la profunda maldad que habitaba dentro de Lucrecia. ¿Cómo había estado tan ciego? Y en aquel momento, una certeza aterradora surgió de las profundidades de su mente, y vio la imagen de un rompecabezas en el que todas las piezas empezaban a encajar. Horrorizado se dio cuenta de que ella había estado detrás de muchas de las desgracias de su vida. Incluso era la amante de su hermano, el asesino de su esposa. Y estaba en la lista de sospechosos de la logia. ¿Cómo había podido estar tan cerca del enemigo sin reconocerlo? Inspiró profundamente, y echó a andar deprisa hacia la casa de Aylynt. De una cosa estaba seguro, esta vez, era Lucrecia la que no sabía dónde se había metido.
Al llegar a la plazuela donde estaba la casa, vio una multitud vociferando delante de ella. Había también un retén de cuatro guardias del Comisario, llamando a la puerta. Gonzalo cerró los ojos. ¡Si no hubiera sido porque ella había ido a contarle lo que le había dicho la vecina, ahora mismo estaría detenida! Se ocultó detrás de una carreta, y siguió el desarrollo de los acontecimientos.
–¡Aylynt de la Vega! ¡Abra a la guardia del Comisario de la Villa! –gritó el cabo que comandaba el retén, mientras aporreaba la puerta. Al mismo tiempo, la gente empezó a gritar cada vez más fuerte abucheando a los guardias, que pronto creyeron ver peligrar sus vidas y clavando la orden de detención en la puerta se fueron rápidamente. A Gonzalo le pareció que algo no cuadraba allí, y al poco cayó en la cuenta. En casos de brujería, siempre era el propio Comisario el que se reservaba el placer de detener a las acusadas. Pero esta vez no había venido. Simplemente había enviado un retén con cuatro guardias cobardes que se dieron a la fuga en cuanto la cosa se les puso un poco difícil. Esperó un poco más a que se disolviera el gentío, y con rapidez pasó por delante de la puerta y arrancó la orden. Se la guardó entre la ropa y se marchó antes de que nadie pudiera decir nada.

Sátur acompañó a Aylynt a la guarida de Águila Roja. Una vez allí, ella se sintió un poco mejor, al menos, más protegida, porque con las vueltas que habían dado para llegar, difícil sería que la encontrara nadie en aquel lugar. El criado encendió algunas velas, y el lugar adquirió un color dorado sobrenatural, pero hermoso. Aylynt se quedó de pie en medio de la sala, y observó atentamente a su alrededor. A pesar del mal momento en el que había ido a conocer este sitio, le maravilló. Cerrando los ojos, aspiró el aire, que estaba impregnado de una fragancia que ella conocía muy bien, la de Águila Roja. Y se sonrió. Porque pasara lo que pasara, en aquel momento, ella tenía lo que Lucrecia nunca tendría.
Se acercó al mueble donde estaban delicadamente colocadas las katanas. Eran preciosas. Brillaban a la luz titilante de las velas, con su resplandor metálico. Observó las trabajadas empuñaduras y el manojo de plumas rojas que había colgado de un lateral. En otra estantería había cuchillos y espadas cortas, junto a los kunai y los shuriken. Aylynt cogió uno de éstos y lo examinó atentamente. Era una estrella con las cuatro puntas alabeadas hacia afuera, y ¡tenía un filo terrible! Había otros de cinco y hasta de seis puntas.
–Señora, así que usted sabía lo de Águila Roja –empezó a decir Sátur.
Aylynt se volvió hacia él y le respondió.
–Sí Sátur, desde hace varias semanas.
–Desde la noche en que el amo no vino a dormir, ¿no? –aventuró el criado.
–¡Sátur! –le dijo ella entre sorprendida y escandalizada.
Ahora le cuadraba todo al ayudante de Águila Roja.
–Águila me ayudó una noche en que me atacaron, y después yo le reconocí por la herida de la ceja que le había visto a Gonzalo durante la clase –explicó ella.
En ese momento llegó Gonzalo. Saludó a Sátur y le dijo que fuera a cuidar de Alonso. Luego se volvió hacia ella y la abrazó, preguntándole cariñosamente:
–¿Cómo estás?
–Bien –respondió ella–. La verdad es que aquí se encuentra una calma muy especial.
–Aylynt, ¿sabes?, la gente ha echado a los guardias que venían a apresarte. Aquí tengo la orden de detención que han colgado en la puerta –le alargó el papel para que ella lo leyera.
Después de leerlo, Aylynt suspiró y lo dejó sobre la mesa. No podía creer lo retorcida que era aquella mujer. Iba a tener que tomar la decisión más dura de su vida, dejar a Gonzalo y regresar a su tiempo, a su mundo. Se sentó, y las lágrimas empezaron a resbalar suavemente por sus mejillas. Había sido un hermoso sueño convertido en realidad. Había tenido más de lo que nunca pudo imaginar. Al poco, se serenó y se secó las lágrimas con las manos. Ya que iban a ser sus últimos momentos con Gonzalo, lo que ella no quería es que él la recordara llorando. Levantó la cara hacia él y le sonrió. Él aprovechó que ella había dejado de llorar para hablarle:
–Aylynt, te juro que no te va a pasar nada. Yo te protegeré. Encontraremos la manera de salir de esto –le dijo con determinación.
–Lo sé, Gonzalo. Sé que harías eso por mí, pero no va a hacer falta. Me voy.
–¿A dónde?
–Al lugar y al tiempo del que vine.
–¿Al tiempo? –preguntó él extrañado.
–Gonzalo…varias veces me has preguntado que de dónde había salido. Te lo voy a responder ahora. Espero que me creas, porque te estoy hablando totalmente en serio, por mucho que a ti te parezca increíble.
–No te entiendo Aylynt –replicó él.
–Yo vengo del futuro, Gonzalo. Del siglo XXI en concreto.
Gonzalo se la quedó mirando escrutadoramente. Claro que le parecía increíble, pero al mismo tiempo, esas palabras en boca de ella le sonaron a verdad.
–Es muy difícil de explicar, pero digamos que en esa época se inventó una máquina que permite viajar en el tiempo. Yo decidí venir a este tiempo y este lugar a conocerte a ti.
Gonzalo cerró los ojos y los volvió a abrir sorprendido.
–¿Que has viajado en el tiempo y has venido a conocerme a mí? –repitió él, tratando de asimilarlo.
–Sí Gonzalo –le explicó ella amorosamente–. Las generaciones futuras ensalzarán y cantarán las hazañas de Águila Roja, que ayudó a los pobres y desvalidos a hacer justicia contra los poderosos –ella le acarició la cara, al tiempo que él le tomaba esa mano y se la besaba–. Y yo he tenido la enorme dicha de poder conocerlo… y amarlo –le sonrió y hundió su mirada en la profundidad de los ojos de él. Durante un rato, quizá una eternidad, la vida, el amor y la gratitud se transmitieron a través de esa mirada. Y él supo que lo que ella decía, era cierto.
–Entonces, yo tenía razón: eres un ángel –le dijo él con una sonrisa soñadora–. Porque solo los ángeles pueden viajar por el tiempo y el espacio.
–No Gonzalo, solo soy una mujer –replicó ella.
–Para mí siempre serás un ángel.
–Debo irme ya. ¿Recuerdas la medalla?
–¿La del ángel llamado Aylynt?
–Sí, esa –ella se rió–. Es el “mecanismo” que sirve para volver.
Aylynt se separó de él un par de metros, y tomó la medalla de su cuello entre sus manos.
–Adiós Gonzalo –le dijo ella suavemente con una sonrisa.
–Aylynt, ¡quédate conmigo! –le susurró él, extendiendo la mano hacia ella.
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Aylynt
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 20, 2011 8:18 pm

Capítulo 11

Aylynt sintió sobre ella la mirada de Gonzalo, y se dio cuenta de que no se podía marchar. Era inútil que se intentara engañar. Si lo hacía, se dejaría allí su corazón. Soltó la medalla y se abalanzó sobre él, que la esperaba con los brazos abiertos.
–Me has hecho el hombre más feliz del mundo, al quedarte, Aylynt –le dijo él al oído, al tiempo que buscaba y besaba su cuello. Ella se estremeció y echó la cabeza hacia atrás, mientras él seguía con sus besos. Al poco, la tomó en brazos y fue con ella hacia un camastro que hacía las veces de sofá.
Aunque habían hecho el amor muchas veces antes, aquella fue muy especial. Era la primera vez que ella se sentía totalmente a gusto y libre, pues había podido sincerarse con él. Y él, al haber estado a punto de perderla, sintió con más claridad que nunca cuánto la quería, la deseaba y ansiaba estar con ella. Ya no había dudas por parte de ninguno de los dos. Al terminar, él se levantó de un salto.
–Me voy, tengo un asunto urgente que arreglar. En esa alacena –le dijo señalando el mueble al que se refería–, hay un poco de comida, pan, queso y agua. Volveré lo antes posible. No salgas. ¿De qué te ríes? –le dijo él divertido.
–Hace un rato, estaba aterrada por lo que había hecho Lucrecia y no pensaba más que en volver. Sin embargo, ahora, estoy aquí tranquilamente, viendo cómo te pones el traje de Águila, después de haberme acostado contigo, y sin pensar en nada más. ¡Las vueltas que da la vida! –Su rostro se puso serio y continuó–. Pero el peligro sigue estando ahí Gonzalo, ¿qué vamos a hacer?
–Tú no te preocupes. Si lo que voy a hacer sale como espero, pronto se solucionará todo.
–¿No irás a matar a Lucrecia? –preguntó ella ansiosa.
–No, pero merecérselo, se lo merece –repuso él con furia. Le dio un último beso y se fue.
Aylynt se sentó en el camastro con los brazos rodeando sus piernas dobladas, y con la espalda apoyada en la pared. A pesar de que su mente la importunaba con pensamientos de temor por las consecuencias que podía traer el haberse quedado, su corazón le decía que por fin había llegado a casa. Tenía la sensación de que todo había empezado a encajar y de que ella estaba dónde y cuándo tenía que estar. Se levantó, bebió un poco de agua y se puso a mordisquear un trozo de queso, pensando a dónde habría ido Águila Roja.


Lucrecia estaba sentada delante del espejo del tocador de su dormitorio. Se sentía realmente satisfecha. La jugada para quitarse de en medio a aquella mujer iba a culminar con éxito, y después, estaba segura de que conseguiría quedarse con Gonzalo. Se acabó de acomodar los rizos. Ya era de noche y había mandado que le prepararan el carruaje para salir, porque no podía contener sus ansias de verla en las mazmorras de Hernán. Estaba a punto de levantarse cuando una mano le tapó la boca y sintió que la amordazaban y le ataban las manos por detrás del sillón. ¿Qué estaba pasando? Se revolvió intentando chillar pero no pudo. Tampoco se pudo levantar. ¿Quién había osado entrar así en su dormitorio? La invadió la ira y se giró para mirar pero no vio nada. Empezó a tener miedo, sin poderlo evitar.
Águila Roja, desde el rincón más oscuro de la habitación, observaba sus movimientos y cómo, poco a poco, el pánico la iba atenazando. Cuando creyó que ya estaba lo suficientemente asustada, se acercó con sigilo y se puso a su lado. Ella, al notar su presencia dio un respingo, y en sus ojos, él pudo ver un profundo odio y desprecio. ¡Qué decepción se llevó! Sabía que ella no era una santa, pero lo que había hecho… y esa mirada… Sin querer, Águila pensó en Simón. Quizá en el fondo no fueran tan distintos los dos hermanos.
–Buenas noches, señora marquesa –susurró él con la voz grave y profunda de Águila–. Siento molestarla con tan malos modos, pero he de tratar con usted asuntos de extrema importancia –en ese momento, dejó caer al suelo un objeto pequeño y brillante. Los ojos de Lucrecia se abrieron de par en par, horrorizados–. ¿Lo ha reconocido? Es un bonito broche de oro de su hijo, el que ha llevado hoy, lo acabo de sacar de su habitación. Aunque tiene un sueño muy profundo, y no se ha enterado de nada. Sin más rodeos. Su vida y la de su hijo, a cambio de la de la señora de la Vega –la marquesa se revolvió como una fiera en su asiento, echando fuego por los ojos.
–No sirve de nada que se exalte así, señora marquesa. Si mañana por la mañana no ha retirado la falsa denuncia contra ella, primero su hijo, y después usted, morirán –Y añadió con voz burlona–. Usted sabe que lo haré, así que no intente ningún engaño, porque si le toca aunque sea un pelo a ella, yo la encontraré a usted y a su hijo, donde quiera que estén, y los mataré.
Águila Roja desapareció tal como llegó, y la marquesa no podía creer lo que había pasado. Cuando consiguió tirar al suelo los objetos del tocador y, al ruido, acudieron los criados, él ya hacía rato que había salido del palacio. Al quitarle la mordaza, Lucrecia empezó a chillar sin ningún reparo, llamando “inútiles y estúpidos” a sus sirvientes, que habían permitido que ella sufriera semejante ignominia. Montó en el carruaje como una furia, y le gritó al cochero que la llevara a la prisión.

El comisario Hernán Mejías estaba sentado en su despacho. Pensaba en los acontecimientos de esa tarde. Cuando Lucrecia le mandó llamar después de comer, con tanta urgencia, no se imaginaba el por qué. Y cuándo ella le explicó lo que quería, se llenó de tristeza y de odio a partes iguales. La marquesa quería deshacerse de la amante del maestro. ¡Otra vez el maldito maestro! ¿Qué veía ella en él, si él no le hacía caso? Y la idea era denunciarla por brujería. ¿Cómo podía ser tan tonta Lucrecia? Era extraño en ella, que no levantaba un pie sin calcular sus ganancias escrupulosamente. El “amor” que sentía por Montalvo le nublaba el juicio. No podía ser otra cosa. Pasara lo que pasara, con esa jugada, Lucrecia se iba a descubrir delante de su “amado”. Y si hasta ahora él no le había hecho caso, a partir de ahora, la odiaría. Al principio, Hernán trató de sacarla de su error, pero pronto se dio cuenta de que le convenía seguirle el juego. A él le interesaba que el maestro quedara descartado para siempre, y eso es lo que Lucrecia iba a lograr.
Así es que preparó la absurda orden de detención por brujería y mandó a sus hombres más torpes en busca de la tal Aylynt. Por suerte, no la encontraron y los vecinos los abuchearon hasta hacerlos marchar. Aquí Hernán se rió. Esa mujer, en el poco tiempo que llevaba en el barrio, se los había camelado a todos y se había metido en la cama del maestro. El comisario se puso a fantasear recordando el día de la fiesta. Aylynt le había impresionado. Y ahora, la iba a salvar, igual que una vez salvó a Margarita. Igual que aquella vez mató a Cristina. ¡Qué extraños caminos tenía la vida!, se dijo. En sus manos habían estado la muerte y la vida, sucesivamente, de las tres mujeres del maestro.
Lucrecia entró en el despacho, sin llamar, hecha una furia y sacando fuego por los ojos.
–Hernán. Ha estado allí. Águila Roja ha estado en mi habitación y me ha amenazado con matarnos a mí y a mi hijo si no soltábamos a esa mujer. ¿Cómo ha podido ese enmascarado entrar en mi cuarto Hernán?
–Pero… ambos estáis bien, ¿no? –preguntó sorprendido el comisario, al tiempo que se levantaba para besarle la mano a la marquesa, que se la extendió maquinalmente. ¡Hasta el maldito Águila Roja estaba interviniendo!
–¡¿Bien?, Hernán! ¿Dices que si estamos bien? –los gritos de Lucrecia se extendían por toda la prisión. Hernán fue a cerrar la puerta del despacho–. Si te refieres de salud, sí estamos bien. Pero yo estoy herida en mi orgullo, en mi dignidad. ¿Cómo osa ese desgraciado entrar en mis aposentos, y nadie, Hernán, nadie hace nada para impedirlo? –la marquesa iba y venía frenéticamente por el despacho.
–Lucrecia, siéntate por favor, y serénate –trató de calmarla él.
–¿Que me serene? ¡Cómo eres capaz de pedirme eso! –ella seguía con su ir y venir, y Hernán estaba empezando a ponerse nervioso–. Quiero verla. Llévame a verla –le ordenó ella.
–Lucrecia,… ella no está en la prisión. Los guardias que fueron a detenerla no la encontraron en casa –le informó él.
–¡¿Quéee?! ¿Y desde cuándo no encontrar al acusado en su casa es óbice para no detenerlo? ¿No la han ido a buscar? –finalmente Lucrecia se paró y se sentó–. Definitivamente estoy rodeada de inútiles –dijo clavando su mirada en la de Hernán.
–Lucrecia, creo que por el bien de todos, lo mejor sería que retiraras la denuncia. Tú bien sabes que no tiene fundamento, y que lo único que conseguirás acusando a una inocente es ponerte en evidencia, y soliviantar al pueblo –le dijo él, lo más suavemente posible.
–Estás irreconocible Hernán. Ahora te interesa lo que piense el pueblo. ¡No me hagas reír! –le dijo ella con desdén.
Él cogió una hoja de papel y una pluma, escribió unas líneas y se la pasó a la marquesa. Ésta, tomando la pluma, firmó. Se levantó y se fue sin decir nada. Hernán se quedó pensativo mirando el papel. Tenía lo que quería, pero, ¡a qué precio! De todas formas, era de esperar algo así. Lucrecia no estaba acostumbrada a soltar su presa. Hernán tomó un vaso de vino y, mientras lo saboreaba, se dijo que a veces había que perder una batalla, para ganar la guerra.


Capítulo 12

Aylynt llevaba todo el día preocupada y a la vez aburrida, dando vueltas por la guarida de Águila Roja. La noche anterior, Gonzalo había venido a darle cuenta de su “conversación” con Lucrecia, y después se quedó hasta el amanecer con ella. Y a media mañana, Sátur le había traído comida. El resto del día transcurrió pensando sobre la elección que había hecho al quedarse y sobre lo que debía de hacer de ahora en adelante. Pero estaba bastante confusa y no había llegado a ninguna conclusión. Al poco de dar las cinco, y mientras terminaba de encender las velas de la sala, percibió en las llamas una ligera vibración, y se giró sonriente para recibir a Gonzalo. Pero… no era Gonzalo el que había entrado, sino… Agustín. La sorpresa fue mutua y considerable para ambos.
–Hola, usted debe ser el padre Agustín –empezó ella tratando de ser amable.
–Y tú debes de ser Aylynt –repuso él en un tono lleno de suspicacia–. ¿Te ha traído aquí Águila Roja?
–Sí, Gonzalo pensó que era el mejor sitio para ocultarme hasta que las cosas se hayan calmado –explicó ella.
–Así que sabes quién es Águila Roja –se dijo como para sí mismo. Y luego añadió fríamente dirigiéndose a ella–. Me parece muy arriesgado que Gonzalo te haya dejado saber sobre su doble identidad.
–La descubrí yo por mí misma hace ya bastante tiempo –le contestó ella cortante. No le gustaba nada el tono que él estaba empleando para hablarle–. Si le buscas a él, vendrá dentro de un momento –no pudo evitar tutearle. Se giró para acabar de encender las últimas velas, y en aquel momento sintió que le pasaban un brazo por delante, y le ponían un cuchillo en el cuello. Pero esta vez no se desmayó, sino que se quedó quieta y sintió que le subía una llamarada de ira hasta la cabeza, que contuvo como pudo. ¡Ya era la segunda vez que le hacían eso! ¡Y no lo podía soportar! Se juró que jamás habría una tercera vez. Ya hablaría con Gonzalo.
–¿Qué buscas aquí? –le dijo Agustín con voz fuerte y amenazante. Pero antes de que Aylynt pudiera contestar, se oyó otra voz:
–Suéltala –le dijo Gonzalo a Agustín, mientras le ponía un cuchillo en los riñones.
Agustín soltó a Aylynt, que se fue corriendo hacia el otro lado de la habitación; y entonces, Gonzalo bajó el cuchillo también.
–No vuelvas a hacer eso jamás –amenazó Gonzalo al fraile.
–Vaya… Gonzalo, no esperaba este recibimiento.
–Y, ¿qué quieres? ¿Qué te reciba con los brazos abiertos después de negarte a explicarme mi verdadero origen, y después de amenazar a Aylynt con un cuchillo en el cuello? No eres bienvenido aquí, Agustín –Gonzalo se acercó a Aylynt, le pasó el brazo por los hombros, le dio un beso en la frente y le preguntó cariñosamente si estaba bien. Aylynt asintió sin levantar la vista del suelo. Se sentía mal por haber causado aquella discusión entre ellos, pero el fraile también se las traía…
–Gonzalo, tengo nuevas pistas sobre los conspiradores…
–No me interesa, Agustín –le cortó Gonzalo–. Búscate a otro para el trabajo sucio. No pienso seguir jugándome la vida a cambio de nada. Porque eso es lo que he obtenido, nada. Ni he podido vengar a Cristina, ni sé nada sobre mis verdaderos padres. Y aún tienes valor de venir pidiendo mi ayuda.
–Si supieras…
–¡Eso es lo que yo quisiera, saber! Pero tú te niegas a contestar mis preguntas. Así que, por favor, márchate.
–¡Gonzalo! –dijo el fraile sorprendido.
–Vete, Agustín, y no vuelvas si no es para contarme lo que yo quiero.
El fraile se giró y se fue.
–Lo siento mucho Gonzalo –le dijo Aylynt compungida.
–Déjalo estar. Tú no tienes la culpa. El asunto viene de mucho más lejos –la confortó él–. Bueno…y con todo esto se me había olvidado lo más importante. ¡Toma! –le dijo Gonzalo sonriendo y extendiéndole un papel.
Aylynt lo leyó y se quedó tan sorprendida que no sabía si reír o llorar de la emoción.
–Pero, ¡esto es…! ¡esto es…! –no le salían las palabras.
–La resolución del comisario confirmando que la marquesa ha retirado los cargos, lo que te deja libre –dijo Gonzalo entusiasmado.
Aylynt se le echó al cuello y se abrazaron emocionados. Pegada al pecho de Gonzalo, sintió una calidez y un bienestar que la reanimaron de las últimas horas, pasadas en soledad y preocupación.
–Y, ¿de dónde lo has sacado? –le preguntó ella.
–Esta mañana los guardias del comisario se lo han dado a doña Filomena, como vecina tuya, para que te lo hiciera llegar. Y ella me lo ha traído a mí. ¡Pobre mujer! Le ha significado un gran esfuerzo llegar a la escuela. Te tiene un gran aprecio. Me ha encomendado que sobre todo te cuide mucho –le explicó Gonzalo.
–Sí…doña Filo es lo más parecido a una madre para mí, en este tiempo…–dijo Aylynt, con una sonrisa triste. Gonzalo se percató de esa tristeza.
–Echas de menos a tu familia…
–Un poco. Pero no pasa nada. Te tengo a ti, que eres lo que más he querido y quiero en la vida –le dijo ella sonriendo.
–Aylynt, creo que ayer fui bastante egoísta al pedirte que te quedaras. No pensé en todo lo que has tenido que dejar allí –le dijo Gonzalo pesaroso.
Ella le puso un dedo en los labios y lo besó. Al terminar le dijo:
–Gonzalo, estoy aquí porque es donde quiero estar, no solo porque tú me lo pidieras. Así que, no volvamos a mencionar el tema, ¿vale? –le aclaró ella.
Él asintió con la cabeza.
–¿Qué va a pasar con Agustín? ¿No os habréis peleado de verdad? –le preguntó ella.
–Le reconozco a Agustín todo lo que ha hecho por mí, pero lo de ocultarme mi origen me ha dolido mucho. Además, tengo la sensación de que me ha utilizado. Hemos luchado por descubrir a los conspiradores de la conjura contra el rey que es lo que él quería. Pero, al final, no he podido vengar a Cristina. Y no me da más explicaciones de mi hermano ni de mis verdaderos padres. Cuando me confesó eso para evitar que matara a Hernán, me quitó lo que yo creía parte de mi vida, mi infancia, a mis padres…o los que yo creía mis padres…
–Gonzalo, he pensado que el sábado a mediodía, después de acabar en la escuela, podíamos ir los dos a Alcalá. Quizá descubramos algo más sobre cómo fuiste a parar a los brazos de la que tú creías que era tu madre.
Gonzalo se quedó asombrado mirando a Aylynt.
–Podemos ir a caballo. No te lo he dicho, pero me defiendo bastante bien como amazona –continuó ella sonriente–. Te daré dinero y me compras uno. Y de aquí a entonces, quiero que me enseñes a defenderme, a luchar si es preciso. Hace un rato, cuando Agustín me ha puesto el cuchillo en el cuello, me he jurado a mí misma, que nunca más me iban a tomar así de desprevenida.
Gonzalo se maravilló con aquella mujer que a pesar de hacer tan poco que había entrado en su vida, la había revolucionado por completo. ¡Quería aprender a luchar! No se podía esperar menos de alguien que ha realizado un viaje tan extraño…
La “instrucción” de Aylynt empezó en aquel mismo momento, con ejercicios de flexibilidad y de reflejos.
–¡Vaya! Ahora sí es verdad –dijo ella riendo–. Tú eres el maestro y yo la alumna.
–Y una alumna muy buena, que aprende muy rápido –le dijo él guiñándole el ojo, mientras volvía a dejar caer una pequeña hoja de árbol desde una cierta altura, al tiempo que ella trataba de tomarla con los dedos índice y pulgar. Casi siempre lo conseguía.
Fueron días felices en la guarida de Águila Roja. Aylynt empezó a conocer el arte de defenderse, y a reencontrarse con su propio cuerpo más ágil y entrenado. Por las tardes, él le enseñaba los nuevos ejercicios, y luego, ella se pasaba todo el día siguiente practicando. Gonzalo le trajo parte de su ropa y ella pudo quedarse allí durante ese tiempo. Prefería no prodigarse mucho todavía por la calle, no se acababa de fiar del todo del comisario. Eso sí, tuvo tiempo para ir a visitar a doña Filo, y tranquilizarla sobre su situación. Sátur le llevaba la comida, y Gonzalo acondicionó el camastro para estar un poco más cómodos. También hubo tiempo para aprender sobre armas, un mundo que a Aylynt le pareció fascinante. Sintió algo muy especial al lanzar por primera vez un shuriken, o al tomar la katana y tratar de repetir los movimientos que él le enseñaba. El jueves conoció a su caballo, una preciosa yegua alazana pura sangre española, llamada Briosa, con la que rápidamente hizo buenas migas. Se compró también un traje de amazona para montar en ese estilo.
–¿Vas a ir durante tantas leguas montando al estilo amazona? –le preguntó él incrédulo.
–Claro que sí. Una vez te acostumbras es igual de cómodo que a horcajadas. Además, es como se hace ahora, ¿no? Porque no creo que estuviera muy bien visto si fuera con pantalones –le dijo ella. Ahí, él le dio la razón.
Por fin, el sábado, temprano después de comer salieron hacia Alcalá. Llevaban idea de hacer noche y aprovechar para enterarse si todavía vivían los tíos que había nombrado doña Filo, o, al menos, algún descendiente. Alonso se enfurruñó porque habría querido ir con ellos, pero se tuvo que quedar con Sátur. Y éste, no salía de su asombro, al ver las cosas que hacía su amo desde que había conocido a aquella mujer. Aunque el viaje le pareció buena idea para enterarse de algo más sobre los orígenes de Gonzalo.
Aylynt estaba tan emocionada como una niña. Por primera vez desde que estaba con Gonzalo, iban a pasar tantas horas juntos seguidas, y sin tener que disimular delante de nadie. Y además, le apetecía la cabalgada junto a él; aunque serían cuatro o cinco horas, pues había más de cinco leguas. Tenían que intentar llegar antes de que anocheciera.
–Estás preciosa –le dijo Gonzalo admirando su porte de amazona, sentada con las piernas al lado izquierdo. Llevaba unas faldas especiales para montar que casi le tapaban las botas. Y una chaqueta entallada, semejante a un corpiño, pero que llegaba hasta el cuello. Todo ello en tonos tostados. Y cubriéndolo todo, una capa de tonos marrones también, pero más oscuros.
–Pues tú tampoco estás mal –replicó ella, al tiempo que disfrutaba viendo a Gonzalo sobre ese maravilloso caballo blanco, llamado Valiente, que también un día entraría en la leyenda junto a su dueño.
El paisaje era totalmente agreste, y apenas se veía nada más que árboles. Tampoco estaba muy transitado el camino, dado el día de la semana.
–Aylynt, ¿cómo es tu tiempo? –le preguntó él curioso.
–Aparentemente es muy distinto. Pero si miras con atención, ves que a la gente, le importa lo mismo que ahora, el amor, el poder, el dinero, las posesiones… Y también hay gente buena y gente muy mala que es capaz de todo con tal de lograr sus propósitos.
–¿Qué hay aquí, por donde estamos pasando ahora?
–Montoooones de edificios –respondió ella alargando la “o” para indicar que de verdad había muchos–. Por aquí, viven millones de personas.
Gonzalo abrió los ojos con expresión incrédula.
–¿Millones?
–Sí. Y hay carreteras, que son los caminos pero asfaltados, con una capa de un material que hace que no se embarre y que se pueda ir muy deprisa, con los vehículos que también existen. Por ejemplo, con ellos podríamos llegar en veinte minutos a Alcalá, cómodamente sentados. Claro, el aire está mucho menos limpio, y apenas hay árboles. También tiene sus desventajas.
–¿Y todavía se lucha con espadas?
–No, Gonzalo. Se usan armas infinitamente más mortíferas y mucho menos honorables. Se puede matar a millones de personas, estando a cientos de leguas, sin correr ningún riesgo. El mundo no ha solucionado sus verdaderos problemas, y sigue habiendo guerras y demasiada pobreza y desigualdad.
Él se quedó pensativo con lo que acababa de oír.
–¿Por eso te has quedado aquí? ¿Porque no te gusta tu mundo? –le preguntó él con tristeza.
–Gonzalo, yo me he quedado para estar contigo –le contestó ella, parando a Briosa y mirándole a los ojos–. Lo demás, es accesorio.
Él le sonrió, al tiempo que se perdía en esos ojos verdes.
–Aunque también hay inventos muy interesantes. Se puede ir a América en cinco o seis horas, con avión, unas naves que vuelan por el aire –le explicó ella, haciendo con la mano el típico movimiento de volar–. ¡Y hay cuartos de baño, con bañeras y grifos con agua caliente! –dijo riendo–. ¡Esto es lo que más echo de menos!
Gonzalo la observaba feliz, como hacía mucho que no lo era. No entendía muy bien lo que explicaba, pero le gustaba verla contenta riendo. ¡Era tan bella! El sol, que ya empezaba a bajar en el horizonte, sacaba destellos a sus rizos rubios.
Pararon un par de veces a descansar, y después de cuatro horas, a la vuelta de un recodo entre montañas en el camino, avistaron por fin su destino.


Capítulo 14

Después de atravesar el puente sobre el Henares, se adentraron por fin en la ciudad. En la calle principal vieron una posada llamada “La Trucha” y decidieron entrar a probar suerte. Desmontaron, y dejaron atados los caballos en las argollas de la fachada dispuestas a tal fin. Aylynt tenía que reconocer que estaba molida. Aunque había montado a caballo muchas veces, nunca había sido tanto rato. Dentro estaba lleno de hombres tomando jarras de vino, celebrando que al día siguiente era fiesta. Y también había una pareja que ya cenaba. Algunos de los clientes se quedaron mirando con avidez a Aylynt, que con su traje de amazona, aunque un poco arrugado del viaje, estaba impresionante. ¡Menos mal que iba con Gonzalo!, pensó ella.
–Buenas noches –les saludó el posadero–. ¿Qué van a desear los señores?
–Querríamos cena y habitación para esta noche –explicó Gonzalo.
–Muy bien. Acompáñenme, que les mostraré la estancia, a ver si les parece adecuada –y haciéndole una reverencia a Aylynt, empezó a caminar delante de ellos. Después de unos cuantos pasillos y recovecos, llegaron finalmente a la habitación que, aunque modesta, estaba limpia y ordenada. Y la cama era enorme. En un descuido del posadero, Gonzalo esbozó una sonrisa pícara mirando a Aylynt a la vez que señalaba la cama. Ella tuvo que esforzarse por contener la risa delante del posadero.
–¿Qué les parece? –inquirió el dueño.
–Bien, muy bien –respondió Gonzalo– nos quedamos.
Acordaron el precio, y Gonzalo fue a buscar la bolsa de equipaje, a llevar los caballos a los establos de la posada, para darles de comer y beber, y a asegurarse de que quedaban a buen recaudo. Aylynt se sentó en una silla al lado de la ventana. Ya casi había anochecido, pero los faroles de algunos negocios iluminaban la calle Mayor, y todavía caminaba gente por ella. Se preguntó si realmente encontrarían algo allí. Y por milésima vez, pensó en si estaba haciendo lo correcto al callar la parte de la historia que ella sabía. ¿Y si le dijera quién era su padre? Mejor no. Primero iba a intentar que lo descubriera él por sí mismo.
Gonzalo apareció con la bolsa, y ella se quitó las botas de montar y se puso unos chapines. Sintió un gran alivio. Echaron agua en una jofaina, se lavaron las manos y fueron a cenar. El posadero, que intuía que eran clientes de posibles, les llevó muy servicialmente a una mesa vacía que acababa de ser limpiada. Y después de acomodarlos se fue a buscar la cena. Al lado de Aylynt había un hombre que se puso a mirar descaradamente su prodigioso escote. Al darse cuenta Gonzalo, le echó una mirada fulminante, y el “admirador” pronto dejó de serlo, y se volvió precipitadamente hacia el lado contrario. El posadero empezó a hacer viajes y les trajo el pan, la bebida y un par de escudillas llenas de un humeante cocido.
Cuando ya estaban por terminar, Gonzalo se decidió a preguntarle al dueño sobre el asunto que los había llevado allí.
–Señor, quisiera saber si usted podría ayudarnos con un poco de información –le dijo, al tiempo que despreocupadamente le dejaba ver un par de monedas que llevaba en la mano.
–Lo que usted mande, su señoría –dijo el posadero, abriendo los ojos ante la perspectiva de una buena propina.
–Estamos buscando a unos tíos lejanos míos. Uno de ellos se llama, o se llamaba, Antonio Montalvo. Y el otro, Andrés Ramírez.
–Montalvo… déjeme que piense… Ya está. Creo que debe referirse a los panaderos de la calle Baja, al lado de la Universidad. Aunque el dueño no se llama Antonio, sino Luís, debe ser su hijo. Y Ramírez, hay varias familias…, pero que alguno se haya llamado Andrés, solo están los molineros del Molino Viejo, a la salida de Alcalá, al final de la calle Mayor.
Gonzalo se lo agradeció dándole las monedas, que el hombre se guardó rápidamente en el bolsillo de la chaqueta. Estaban resultando unos buenos clientes, se dijo.
–¿Desean algo más usted o su esposa, señor? –le preguntó melosamente, probando suerte a ver si sus servicios volvían a ser tan bien pagados.
Gonzalo apenas consiguió disimular su sorpresa al oír cómo el hombre llamaba “su esposa” a Aylynt. La verdad es que nunca había pensado en ello…
–No. Muchas gracias por todo. Ahora nos retiramos ya a descansar, pues el viaje ha sido muy fatigoso –respondió Gonzalo.
–Cualquier cosa que deseen, no duden en decírmelo. Buenas noches –se despidió el posadero.
Gonzalo y Aylynt se levantaron y se fueron a la habitación. Nada más entrar, él la tomó por los hombros y la empujó contra la puerta que se cerró. Se dieron un largo y profundo beso en la boca.
–Eres muy traviesa…–le dijo él con voz ronca al oído, mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja–. Te has pasado toda la cena jugueteando por debajo de la mesa con esos piececitos tuyos desnudos, y has logrado ponerme muy nervioso….–siguió él susurrándole.
–¿Y no te ha gustado? –preguntó ella mirándole con lujuria la boca entreabierta.
–Creo que me voy a vengar….–contestó él al tiempo que ella levantaba la vista hacia sus ojos, y lo envolvía con una sonrisa de oreja a oreja.
Fue una larga noche de amor y pasión, en la que los amantes disfrutaron de poder pasar una noche entera juntos. Gonzalo se despertó, según su costumbre, con los primeros rayos de sol. Y sintió un placer especial al hacerlo a su lado. Era la primera vez que eso ocurría. Siempre tenía que dejarla en esos momentos, pero hoy era diferente. Volvió a pasarle el dedo por los pezones, que volvieron otra vez a ponerse turgentes… y luego siguió más abajo, por el estómago, el ombligo…ahí ella se despertó y observó la cara de él que la miraba con deseo, sintiendo a la vez renacer el suyo.
Y volvieron a quedarse dormidos uno en los brazos del otro.
Para cuando despertaron ya era bastante tarde, ¡acababan de tocar las nueve en una iglesia cercana! Gonzalo no se lo podía creer. ¡Él en la cama hasta esas horas! Despertó a Aylynt que se estiró graciosamente y lo miró con una sonrisa medio dormida y casi sin poder abrir los ojos por el sueño.
–Hola princesa –le susurró él, dándole un beso en los labios. Ella le echó los brazos al cuello y lo atrajo hacia sí para seguir besándolo. Cuando lo soltó, él le dijo cariñosamente–. Creo que es hora de levantarse, si no, el posadero va a tener que traernos la comida a la cama.
–Pues no estaría mal –repuso ella, que se sentó perezosamente sobre las sábanas tratando de abrir los ojos, pero sin conseguirlo. Mientras tanto, él, que sí se había levantado, se había echado agua en la jofaina y se estaba aseando. Cuando Aylynt pudo por fin verlo, se quedó embobada: ¡Qué guapo era! Y dando un suspiro, se levantó ella también.
Se asearon, se vistieron con ropa limpia, desayunaron unas buenas migas con chorizo que les sirvió el posadero y marcharon hacia donde les había indicado la noche anterior. Pronto llegaron a la panadería de los Montalvo, que dado que era domingo estaba cerrada, pero llamaron a la puerta de la vivienda que estaba justo al lado. Salió a abrir una mujer de mediana edad que les preguntó qué querían.
–Buenos días, señora. Disculpe que la molestemos. Quisiéramos saber si usted tendría a bien darnos razón de un tío mío, que, según nos han indicado, podría vivir aquí. Se llama Antonio Montalvo –explicó Gonzalo.
La mujer se lo quedó mirando un buen rato, y por fin preguntó:
–¿Y usted quién es?
–Me llamo Gonzalo de Montalvo.
–Ya –dijo ella escuetamente–. Esperen un momento aquí –y se metió dentro de la casa otra vez.
Al poco salió un hombre con cara de malas pulgas que, de forma muy desagradable le espetó:
–Así que tú eres el hijo de mi tío Alonso…
–Sí –repuso Gonzalo, con el alma encogida al recordar a sus padres.
–¿Y cómo te atreves a aparecer por aquí después de lo que hiciste a tus padres? –le preguntó el hombre.
Gonzalo agachó la cabeza, asintió, y tomando a Aylynt de la mano dijo:
–No se preocupe, no le molestaremos más –y echó a andar. Ella dudó un momento, se hubiera puesto a preguntar al hombre, pero finalmente comprendió que no iban a sacar ninguna respuesta en aquella casa. Gonzalo andaba deprisa, casi arrastrándola. Al doblar la esquina, ella se soltó y se paró.
–¡Gonzalo! –le llamó. Él siguió caminando a pesar de todo. Echó a correr detrás de él y, poniéndose delante, le detuvo.
–¡Para, Gonzalo! ¡No puedes estar toda la vida huyendo de lo que pasó!
Gonzalo la miró con una mezcla de resentimiento y de tristeza, que a ella le partió el alma. Lo tomó de la mano, entraron en una iglesia cercana y se sentaron en la última fila. Había muy pocas personas, pues la misa matinal había terminado hacía ya rato. Aylynt vio como corrían las lágrimas por las mejillas de él, y dejó que fluyeran, pues, a veces, llorar es el mejor remedio para sacar las penas. Finalmente, él la miró, se levantó y acariciándole la cara, le dijo que ya podían irse. Cogidos de la mano empezaron a caminar hacia el molino viejo, a las afueras del pueblo.
Al llegar, vieron a unos niños jugando, y a un par de mujeres sentadas en sendas sillas a la puerta. Esta vez fue Aylynt la que habló.
–Buenos días señoras –les dijo ella amablemente–. Estamos buscando a un familiar nuestro que se llama Andrés Ramírez.
–Él ya murió. Yo soy su viuda. ¿Qué quiere decir con que son familia? –dijo una de las dos mujeres, ya bastante mayor.
Aylynt tomó aire, y trató de explicar la situación lo más suavemente posible.
–Andrés era su tío –dijo mirando por un momento a Gonzalo–. Él es Gonzalo de Montalvo, y… siente una gran necesidad de encontrar a su familia.
La mujer se quedó mirando a la lejanía durante un buen rato, y después lo miró a él.
–Supongo que si no estuvieras arrepentido de lo que hiciste, no hubieras venido –le dijo su tía.
Él asintió, y por fin, cogió ánimo para hablar.
–Quisiera hablar con alguien que me pudiera explicar cosas sobre mis padres y sobre mi infancia.
–Manuela –dijo la mujer mayor a la más joven–, saca un par de sillas, que esto va a ser largo.
Así fue como Gonzalo encontró por fin a alguien que le hablara de su pasado. Su tía Teresa, la mujer del hermano de su madre le estuvo explicando cómo Alonso y Ana, después de muchos años de matrimonio sin conseguir tener hijos, hicieron caso a una monja del convento de la Caridad, que les habló de un niño de dos años y medio que necesitaba unos padres, pues la madre había muerto, y el padre no podía hacerse cargo de él. Cuando lo conocieron, se quedaron prendados de él, sobre todo Ana, que deseaba con todo su corazón ser madre. Y sin dudarlo un instante, dijeron que sí. Fue después cuando la hermana les aclaró algunas de sus primeras afirmaciones, como que la madre había sido asesinada, que el padre era alguien de mucha alcurnia, o que tendrían que mudarse de pueblo, pues al niño lo perseguían para matarlo, igual que a su madre. Pero a esas horas, Ana ya era incapaz de desprenderse del pequeño, por lo que acabaron marchando a vivir a la Villa y trataron de hacer desaparecer el rastro del niño. Por eso nunca supo de su familia de Alcalá. La tía le dijo también que sus padres siempre estuvieron muy orgullosos de él, al que consideraban el mejor de los hijos, hasta que pasó lo que pasó. Aquí Gonzalo no pudo evitar una mueca de dolor.
–Sé que fue una desgracia que tú no tuviste intención de provocar, Gonzalo –le dijo la tía, poniéndole una mano en el brazo.
–Y, ¿dice que a mí también me buscaban para matarme? – preguntó él.
–Sí. Parece ser que por tus venas corre sangre muy importante, por lo que representas una amenaza para los poderosos.
Gonzalo abrió los ojos asombrado por lo que estaba diciendo la buena mujer.
–Mira, hablando claro. Tú eres hijo bastardo de uno de los hombres más importantes de España. Pero si quieres que tú y los tuyos sigáis con vida –y aquí señaló con la cabeza hacia Aylynt–, es mejor que lo olvides. Si te encuentran, no tendrán reparos en matarte, no solo a ti, sino también a toda tu familia.
Gonzalo trataba de digerir lo que le estaba contando doña Teresa. Pero le parecía monstruoso.
–¿De quién soy hijo, tía? –le preguntó él en un susurro.
–Del rey, Gonzalo. Eres hijo de nuestro señor Felipe.


Capítulo 15

Gonzalo cerró los ojos y por su mente empezaron a pasar todo tipo de imágenes atropelladas. Su madre muerta envuelta en sangre, Agustín llevándoselo de allí, Cristina muriendo en sus brazos, Agustín evitando que terminara el sepukku, Hernán a sus pies mientras Agustín le decía que era su hermano, el duelo en el que mató a aquel hombre, su estancia en la prisión en Flandes, su entrenamiento en Oriente, sus clases en la escuela, las últimas semanas con Aylynt, su hijo…
Todo se mezclaba y daba vueltas en su cabeza, de tal manera que parecía que le iba a estallar. Ahora entendía por qué Agustín había sido una presencia siempre constante en su vida, sobre todo en los malos momentos… Él era un servidor muy cercano al rey… él debía estar a las órdenes del rey en este asunto…el asunto de su vida. Era hijo del rey…...era hijo del rey…, pero nadie lo podía saber… porque iba en ello su propia vida y la de los suyos. Se sentía tremendamente confuso, no sabía qué pensar o qué sentir… ¿Debía alegrarse por ser hijo de uno de los hombres más poderosos del mundo que, sin embargo, no era capaz de tener cerca de él a sus hijos sin ponerlos en peligro, aunque fueran bastardos? ¿De qué le sirvió a su padre ser el rey, si no pudo evitar la muerte de su madre? ¿Y qué debía hacer ahora? Él mismo se respondió, nada. ¡Si su “padre” estaba en la mira de los conspiradores, y habían llegado a atentar varias veces contra él! ¡Qué no harían con él y los suyos, si se enteraban de quién era! Y luego pensó en las vueltas que daba la vida, porque como Águila Roja había salvado al rey, su padre, en dos ocasiones ya. Aunque, seguramente, el rey no sabía que él era su hijo, y mucho menos que era el salvador enmascarado. Era la opción más segura, pensó. No en vano, Gonzalo estaba entrenado como un guerrero, y sabía que, a veces, hay que hacer sacrificios impensables para el resto de los mortales.
Mientras todos estos pensamientos inundaban la mente de Gonzalo, la tía Teresa y Aylynt, guardaron un respetuoso silencio. La otra mujer había desaparecido, por indicación de la tía, en cuanto empezaron a hablar.
Gonzalo, volvió a mirar a su tía y le preguntó en un hilo de voz:
–Y… ¿sabe quién fue mi madre?
–No, Gonzalo, eso no lo sé.
Gonzalo hizo un gesto de dolor. Desde que recuperó esa parte de su memoria, la imagen de su madre ensangrentada le asaltaba a menudo.
–Y, ¿sobre un hermano? –preguntó ahora.
–Tampoco, ya no sé nada más –la tía hizo un gesto de negación con la cabeza.
–Gracias por todo, tía. La acabo de conocer y, sin embargo, ha hecho usted tanto por mí…–le dijo él, al tiempo que le tomaba la mano cariñosamente entre las suyas.
La mujer parecía incómoda.
–No sé. Creo que me he dejado llevar por el momento. Quizá hubiera sido mejor no haberte dicho nada –dijo moviendo con pesar la cabeza.


Gonzalo y Aylynt volvieron otra vez caminando a la posada. La verdad sobre su origen retumbaba en su cabeza, pero no sabía qué hacer con ella.
Una vez allí, comieron y fueron a la habitación a guardar sus cosas en la bolsa. Ella iba a ponerse otra vez el traje de amazona pues tendría que volver montando de la misma manera que a la ida, ya que solo se había traído esa silla. Gonzalo estaba esperando sentado, a la vez que la observaba mientras se vestía. Hacía un rato que algo le rondaba por la cabeza, y era el hecho de que Aylynt no había mostrado ningún asomo de sorpresa cuando su tía les dijo quién era el padre de él. Finalmente, cayó en la cuenta. Ella ya lo sabía. Venía del futuro, y sabía la historia de Águila Roja y de su verdadera identidad, Gonzalo de Montalvo. Y por supuesto debía saber que era el hijo del rey; e incluso más cosas. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo era posible que se le hubiera pasado a él, semejante detalle? Hacía una semana que sabía de cuándo venía ella, ¡y no se le había ocurrido preguntarle más que qué había entre Madrid y Alcalá! ¿Cómo había podido ser tan estúpido? ¿Y cómo había podido ella ocultarle lo que tanto deseaba saber?
–Aylynt –la llamó él.
Ella, que se estaba abrochando la chaqueta, levantó la cabeza y lo miró. Y lo que vio no le gustó nada. ¡Dios mío!
–Tú sabías que yo era hijo del rey –afirmó Gonzalo con voz baja y amenazadora.
–Gonzalo, yo….–ella no supo cómo seguir.
–¿Por qué no me lo dijiste? –le preguntó él levantándose, alzando la voz y mirándola con rabia.
–Era mejor que lo descubrieras por ti mismo. Podía ser peligroso que te lo dijera, porque muchos acontecimientos futuros podrían verse alterados –intentó explicarle ella.
–¿Y desde cuándo te importa eso? –bramó él–. ¿Qué más alteración que el que tú estés aquí? Te presentaste un día en mi vida con mentiras, y desde entonces no has dejado de engañarme. ¿Cuánta verdad ha habido en tus caricias? ¿Y cuando me decías que me querías? ¿Cómo voy a creerte ahora?
Ella levantó la cabeza hacia él, con los ojos llorosos y le dijo:
–Eso es verdad, Gonzalo. Te quiero con toda mi alma, si no, no estaría aquí.
–Has traicionado mi confianza, Aylynt. Ya no puedo creer en ti –le dijo él con voz baja y dura.
–No te dejes llevar por las apariencias, Gonzalo, ¡mira en tu corazón! –le pidió ella.
–¡Ya no me queda corazón, tú destrozaste lo poco que quedaba de él! –le contestó enfurecido.
Aylynt se sentó en la cama, hundida, sin fuerzas, sin vida. Las lágrimas bajaban silenciosas por su cara. Nunca esperó que él fuera capaz de decirle esas cosas tan terribles. Quizá había cometido errores, pero lo fundamental, su amor por él, era verdad. ¿Cómo podía dudarlo él, después de lo que ya llevaban juntos?
Sus dolorosos pensamientos fueron interrumpidos por los gritos de él, diciéndole que se tenían que ir. Se levantó y lo siguió, casi con miedo.
–Cuando lleguemos a Madrid, no quiero volver a verte jamás –le dijo él al montar en los caballos. Y empezaron el camino de vuelta en medio de un silencio sepulcral. Él delante, y ella detrás.
Aylynt no podía dejar de llorar en silencio. Tenía las mangas de la chaqueta mojadas de tanto secarse las lágrimas. Por enésima vez se preguntaba por qué había venido. Cómo podía haber pensado alguna vez que las cosas iban a salirle bien con Gonzalo. Deseó realmente estar en su propio mundo. Conducir deprisa. Eso era algo que hacía a veces para quitarse el malhumor y también, las penas. Le encantaba conducir su coche nuevo por la autopista, con la música a todo volumen. Y bajar la ventanilla y sentir el aire en la cara, la sensación de velocidad. Miró a su alrededor, y sarcástica se dijo, “Igual que ahora, en caballo al paso, siguiendo a un troglodita”. Porque eso es lo que él parecía, con esos arranques de ira, que tan caros le habían costado en su vida. Pero no aprendía. Seguía llevándoselo todo por delante sin pensárselo dos veces. Y ahora le había tocado a ella, que se había sentido zarandeada por él como una miserable hojita al viento. Y, sin embargo…le quería. No sabía por qué, pero su dolorido corazón seguía amándolo. Levantó la vista, y se quedó mirándolo… ¡era tan fuerte y tan tierno a la vez, cuando quería! Lo que más le gustaba en el mundo era estar acurrucada en sus brazos, pegada a su pecho. No sabía qué iba a pasar entre ellos cuando llegaran, pero de lo que sí estaba segura es de que ella no se iba a ir. Decidió que se iba a quedar para luchar por su amor. Le vinieron a la mente y al corazón, las estrofas de una canción que cantaba Amaia:

Te esperaré,
te esperaré en las sombras,
siempre allí estaré,
no importa que tus ojos
no me quieran ver,
no importa quien te abrace,
yo a ti te amaré
y te daré mi vida entera.

Porque mi amor
está por encima
de tanta traición,
de tanto desprecio,
de toda razón,
porque el dolor
que llevo dentro
es todo tuyo y mío.

Donde estarán
los besos que aún
nos quedan por contar,
lo sabes tú y nadie más.
Y al despertar
me sentaré en mi lado del sofá
para esperarte una vez más.

Fueron las cuatro horas más largas de toda su vida. Él no dijo ni una palabra. A mitad de camino, pararon diez minutos como mucho, para bajar y estirar las piernas. Al llegar a la Villa, él la acompañó hasta su casa, la ayudó a meter a la yegua en el establo, y después se fue sin decir absolutamente nada.
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 20, 2011 8:27 pm

Capítulo 16

Gonzalo entró en casa como una exhalación y fue hasta su cuarto a dejar la bolsa del equipaje. Cerró la puerta y empezó a dar vueltas por la habitación. No se podía creer todo lo que había pasado aquel día. Primero enterarse de que era hijo bastardo del rey. ¡Menuda gloria, ser el fruto de una de las correrías de nuestro “amado señor Felipe”! Y después,… la traición de Aylynt. ¿Cómo no se había dado cuenta antes de que ella lo tenía que saber? ¿Por qué ella no se lo había dicho, en lugar de montar la farsa para que él lo descubriera solo? Hasta es posible que fuera mentira que lo de su familia de Alcalá se lo hubiera dicho la vecina. A la ira le sucedió la tristeza. Un inmenso dolor se instaló en su corazón. ¡La había llegado a amar tanto! Pero ahora todo se había hecho pedazos. No sabía si podría recomponer su maltrecho corazón después de esto.
En ese momento, entró Alonso en el cuarto:
–Padre, ¡qué bien que estés de vuelta! –le dijo echándose encima de Gonzalo, y preguntándole a la vez–: ¿Me has traído algo? – mientras lo miraba con los ojos abiertos de par en par, como solía hacer el niño, y con una enorme y esperanzada sonrisa en su rostro.
Gonzalo cambió el semblante y sonriendo lo abrazó y lo besó. Después, al oír la pregunta, hizo un pequeño gesto de sorpresa, pero rápidamente consiguió disimular y le contestó.
–Claro, hijo mío. Ven –y yendo hacia la bolsa, sacó una pequeña cajita de madera tallada y se la dio. El niño la abrió y rápidamente se puso a gritar de la alegría.
–¡Caramelos de miel y limón, mis preferidos! ¡Gracias padre! –y se fue corriendo a enseñarle la caja a Gabi, que estaba en la calle esperándole. Lo que no le explicó Gonzalo es que había sido Aylynt la que había pensado en el niño, y la que le había comprado los caramelos en uno de los puestecillos dominicales de la plaza Mayor de Alcalá. Este “acierto” de ella, todavía lo puso de peor humor.
Luego también entró Sátur a saludar al amo. Pero cuando se topó con la mala cara y la fiera mirada de Gonzalo, se escabulló sin preguntar ni siquiera cómo había ido el viaje. El pobre criado no se podía ni imaginar qué habría pasado para que estuviera así. Pero sabía que en ese caso era mejor no importunarlo.

En su casa, Aylynt se sentó en su sillón preferido, con las piernas dobladas y rodeadas con los brazos, frente al fuego del hogar. Hacía rato que había dejado de llorar. Ya no le quedaban más lágrimas. Decidió que tenía que continuar con su vida, y que al día siguiente empezaría a buscar un trabajo. Necesitaba distraerse y hacer algo útil. Y aunque tenía dinero de sobra para bastante tiempo, no estaría mal conseguir un medio de vida más a largo plazo. Lo hablaría con doña Filo. Después de tomada la decisión, se fue a la cama. Ni siquiera cenó, pues había perdido completamente el apetito.

Gonzalo iba a acostarse cuando reparó en la bolsa de viaje. Se acercó, y empezó a sacar su contenido. Después de sus cosas, se dio cuenta de que al fondo estaba la ropa de ella, y también… la camisa de ella. No pudo evitarlo. La cogió con sus manos, se la acercó a la cara, cerró los ojos y aspiró… ¡Dios mío! Ese perfume de rosas y azahar, mezclado con su aroma de mujer…Su cuerpo se agitó con un espasmo de deseo incontenible. Las imágenes y las sensaciones de la noche anterior se agolparon en su mente…y en su piel… Recordó las dulces caricias de ella, sus besos… su cuerpo firme, luminoso y perfecto como el de una diosa…
Pero la debilidad duró tan solo unos segundos. Al momento, Gonzalo, con ira, lanzó la camisa contra el suelo al recordar la traición de ella, y se fue a dormir.

Doña Filo se entristeció mucho cuando Aylynt le explicó la pelea con Gonzalo, aunque obviando, claro está, el origen de la discusión. Simplemente le dijo que no habían sacado ninguna información de importancia de la infancia de él.
–Niña, ¡no sabes cómo siento que estéis así! ¡Es que formáis una pareja tan hermosa! Y, ¿qué vas a hacer? ¿Intentarás volver con él? –le preguntó la buena mujer.
–No sé, doña Filo. De momento, vamos a dejar las cosas como están. No tengo ganas ni fuerzas para volver a enfrentarme a Gonzalo. Su ira de ayer me dejó trastornada. –Sí, se dijo ella para sus adentros. Por las buenas, la pasión de Gonzalo era capaz de llevarte al paraíso. Pero por las malas… te llevaba directamente al infierno. Buena muestra tuvo de los dos extremos en el mismo día. ¿Cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan pocas horas?
–Doña Filo, quiero ponerme a trabajar. ¿Qué me aconseja usted?
–¿Sabes coser, bordar, cocinar…? –le preguntó la mujer.
–No…–Aylynt se dio cuenta entonces de lo poco preparada que estaba para ganarse la vida en el siglo XVII. Bueno, sabía cocinar, pero en el siglo XXI, Dios mío, no con las costumbres de entonces…
–¿Has trabajado antes?
–Sí...
–¿De qué?
–De…maestra, más o menos…
Doña Filo abrió los ojos con sorpresa.
–Pero, ¿no fue Gonzalo el que te enseñó a leer y a escribir?
–Verá, doña Filo… Fue una excusa. Me enamoré de él al verlo, y dije eso para poder tener la oportunidad de conocerlo –Aylynt estaba cada vez más incómoda con la conversación.
–¡Ay, Señor! –exclamó la mujer mirando hacia arriba–. ¿Lo sabe él?
–Sí. Hace días que dejamos las clases por eso.
Doña Filo, meneando la cabeza, siguió:
–Pues por aquí no conozco que haya ninguna maestra. Lo que podías hacer es intentar encontrar trabajo de preceptora en alguna casa de ricos.
–¿Usted cree? –se empezó a animar Aylynt.
–Vamos a hacer una cosa. Hablaré con una amiga mía cuyo hijo es el preceptor de los hijos del marqués de Frías. A ver si él sabe algo respecto a algún puesto vacante de ese tipo.
Aylynt abriendo los ojos con sorpresa y alegría, se echó sobre doña Filo y le dio un abrazo que casi tira al suelo a la desprevenida señora. Pero al ver la alegría de la joven, la buena mujer acabó sonriendo y abrazándola también.

A media mañana, mientras Aylynt se ejercitaba en su entrenamiento físico, apareció Sátur por su casa.
–Hola Sátur –dijo ella cariñosamente al abrir la puerta–. ¡Qué sorpresa verte por aquí! Pasa.
–Buenos días, señora Aylynt. Me alegro de verla bien.
–¿Ha pasado algo, Sátur?
–Eso quería preguntarle yo a usted. Porque al amo no me atrevo a decirle nada. ¡Vaya enfado que lleva! Por decirlo suavemente, señora.
–Siéntate, anda –le dijo ella con pesar, y sentándose también, empezó a explicarle–. Pues resulta que tu amo me dijo ayer que ya no me quería volver a ver jamás. Según él le he traicionado porque no hice algo que a él le parecía que tenía que haber hecho. Fue horroroso, Sátur. –Aylynt estuvo a punto de ponerse a llorar, pero se contuvo–. Primero, en la posada, antes de salir empezó a gritarme y a decirme cosas que… Y luego, en todo el viaje no dijo ni una palabra. Fue como una tortura…–Aylynt se quedó con la mirada perdida.
–Por Dios, lo que me cuenta señora. Pero, ¿qué es eso tan grave que le ha hecho para que reaccione así? –preguntó el criado indignado e intrigado.
–Son cosas nuestras, Sátur…–ella lo miró como disculpándose y con una triste sonrisa.
–Claro, claro. Perdone la indiscreción. ¿Y qué va a hacer ahora?
–De momento, nada. No me apetece hablar con él, y tampoco creo que él quisiera –. A Aylynt le temblaba la voz ligeramente.
–Pues ya lo siento, señora, ya –repuso él pesaroso–. Si puedo hacer algo por usted, solo tiene que pedírmelo.
–Gracias, Sátur –dijo ella, sonriendo con tristeza al criado–. Por venir a verme y por preocuparte por mi.
–No hay de qué, señora –se despidió Sátur y se fue.

Gonzalo iba camino de la escuela a casa, cuando, sin darse cuenta, por la fuerza de la costumbre, pasó por delante de la casa de Aylynt. Y no pudo menos que fijarse en lo que pasaba en aquel momento: Doña Filo entraba en casa de su vecina, con un hombre joven a su lado. Gonzalo no se lo podía creer. Aún a su pesar, los celos se lo comieron. ¿Quién era ese hombre, que estaba entrando en casa de Aylynt? ¡Tres días hacía que habían vuelto de Alcalá! ¡La chica no había perdido el tiempo! Su primer impulso fue ir a ver qué estaba ocurriendo. Luego, se contuvo. Debía de reconocer que, después de lo que había pasado entre ellos, él no tenía derecho a reclamar nada. Pero la duda acerca de quién era aquel hombre, lo corroía por dentro. Se alejó con rabia y con dolor.

–Aylynt, hija mía, te presento a don José Gómez de Haro. Es el preceptor de los hijos de los marqueses de Frías del que te hablé –empezó doña Filo. Y siguió–: José, ella es Aylynt de la Vega.
Después de los saludos de rigor, se sentaron los tres a la mesa, en el salón.
Empezó a hablar él.
–Doña Aylynt, tengo entendido que quiere usted ejercer como preceptora. La verdad, es que es muy inusual que una mujer se dedique a ese trabajo. Sin embargo, creo que le traigo buenas noticias. La semana pasada llegó a mis oídos que la condesa de Valmayor estaba buscando precisamente una preceptora; petición inusual también. Pero, parece ser, que su pequeña hija, no admite preceptores hombres, se siente cohibida, y se niega a ser enseñada por ellos. Por lo que la señora condesa está buscando, digamos desesperadamente, una mujer educada, de buena familia e inmejorables modales que pueda atender a su hija. –Aquí, Aylynt miró a su vecina con disimulada sorpresa, a lo que la vecina se encogió de hombros con una sonrisa de circunstancias. Pero, ¿qué le había dicho sobre ella a aquel hombre, por Dios?–. Y según me ha contado doña Filomena, usted reúne todos los requisitos –acabó él con una sonrisa en su agraciado rostro. La verdad es que se había quedado anonadado al ver a Aylynt. ¿Podría ser verdad, que en aquel envoltorio tan bello, hubiera una inteligencia tan preclara como le había explicado la amiga de su madre?
Aylynt por su parte, estaba también anonadada, pero por lo que acaba de oír.
–Don José, es usted muy amable. Y creo que sí, iré a visitar a la señora condesa, si usted tiene la bondad de indicarme la dirección de su residencia –respondió ella.
–¡Por supuesto Aylynt! Disculpe mi osadía, pero, ¿me deja que la llame solo por su nombre? ¡Es usted tan joven! Y puede llamarme José, claro está.
–De acuerdo, José –contestó Aylynt con una sonrisa que al joven le pareció arrebatadora–. Y ahora otra pregunta. Querría saber si sería usted tan amable de indicarme los libros y las materias que serían adecuados para este caso. Yo vengo de fuera y no sé exactamente lo que complacería más a la señora condesa.
–Básicamente, dado que la niña tiene ocho años, será, insistir en la lectura y la escritura, y, después, una pinceladas del Trivium, es decir, gramática, retórica y dialéctica, y del Quadrivium, o sea, aritmética, geometría, música y astronomía. Y la etiqueta y los buenos modales de una señorita de la nobleza, claro está –le explicó él.
Aylynt tragó saliva. Pero decidió que era su gran oportunidad, y estaba segura de que si conseguía los libros adecuados, llevaría adelante con bien el trabajo.
Tras comentar donde estaba el palacio de la condesa de Valmayor y un poco más de conversación mundana, los visitantes se despidieron y se fueron. Unos minutos después, Aylynt salió a buscar los libros necesarios, al negocio del mejor librero de toda la Villa. Al volver, empezó su lectura, pues pensaba acudir al día siguiente al que probablemente fuera su primer trabajo en el siglo XVII.


Capítulo 17

Águila Roja hacía su ronda nocturna habitual por la noche de la Villa madrileña. Acabó en el tejado, junto a la ventana del dormitorio de Aylynt. No lo pudo evitar. Se sentía traicionado por ella, pero tenía que reconocer que la seguía amando, que la seguía deseando en cuerpo y en alma, que vivir sin ella le estaba resultando mucho más difícil de lo que había supuesto. Miró a través de los cristales emplomados y se llenó de la visión de ella. Su dulce y delicado rostro, enmarcado por sus rizos. La suave respiración que hacía subir y bajar rítmicamente su pecho. Y aunque el fuego del hogar ardía vigorosamente, estaba tapada hasta el cuello. Aquí, él se sonrió a su pesar, recordando lo friolera que era, y cuánto le gustaba a ella acurrucarse contra su pecho para dormir. Y también, cuánto le gustaba a él apretarla entre sus brazos para darle su calor… Cerró los ojos y sintió un ligero estremecimiento que le recorrió el cuerpo de arriba abajo. Luego, las preguntas que le atormentaban volvieron a resonar en su cabeza. ¿Por qué ella no le había dicho quién era su padre? ¿Le ocultaba más cosas? ¿Y por qué no se había ido todavía? Con tristeza, con dolor, echó una última mirada a la dueña de su corazón, y se fue.

La señora condesa recibió a Aylynt en su gabinete particular. Leyó la carta de recomendación de un tal Gómez de Haro, preceptor en casa de los marqueses de Frías, y se quedó mirando escrutadoramente a la recién llegada. La primera impresión general fue buena, pero al poco recordó algo que la intranquilizó muchísimo.
–Señora de la Vega, ¿es usted la que fue acusada de brujería por parte de mi buena amiga Lucrecia? –le preguntó de sopetón.
Aylynt sintió que se le paraba el corazón. Tendría que haberlo supuesto. Las cosas no podían ser tan fáciles. En su ingenuidad e ignorancia había llegado a creer que todo era presentarse allí y le darían el puesto. Por otra parte, sintió que debía decir la verdad, que debía reivindicarse ella misma y que ya estaba harta de mentiras. Decidió que aunque no le dieran el trabajo, saldría de allí con la cabeza bien alta. Y empezó a hablar.
–Señora condesa, esa acusación fue retirada dado que era totalmente infundada. Además, sospecho motivos ocultos en la señora marquesa de Santillana para llevar a cabo esa persecución contra mi persona.
La condesa de Valmayor no pudo menos que abrir la boca asombrada ante lo que acababa de oír.
–¿Está acusando a la señora marquesa de inventar la denuncia contra usted? –aquello era lo más temerario que había escuchado en años.
–Sí –dijo Aylynt con firmeza.
La señora condesa no podía creer semejante osadía.
–¿Y cuáles serían esos motivos ocultos según usted? –los ojos de la noble se quedaron fijos en el rostro de la joven.
Aylynt tomó aire y continuó.
–Los celos, señora. La marquesa está, digamos encaprichada, del hombre que está comprometido conmigo –Aylynt obvió decir que ahora estaban peleados.
En ese momento, la condesa empezó a reír con estruendosas carcajadas. Le dio tal ataque de risa que le saltaban las lágrimas. Aylynt estaba estupefacta. Había permanecido expectante a la espera de que la sacaran a patadas del palacio, y, sin embargo, se había encontrado con semejante extraña reacción.
Cuando consiguió serenarse un poco, la señora siguió hablando.
–Creo que la recuerdo de la fiesta de Lucrecia, señora de la Vega. Acompañaba usted a un joven, el maestro de Nuño, ¿verdad?
–Sí señora –asintió Aylynt, un poco más aliviada.
–Así que es cierto que Lucrecia llevaba a su hijo a esa escuela de plebeyos, porque quiere algo con el maestro. Pero el maestro la prefiere a usted –le dijo, a la vez que, sonriente, le guiñaba el ojo–Aylynt, me has alegrado el día, querida. Quedas contratada.
Aylynt no sabía que estaba pasando.
–Pero señora condesa, yo creía que usted se enfadaría al oírme hablar así de su amiga…
–Lucrecia no es mi amiga. Simplemente la tolero. Si la he llamado así delante de ti es por guardar las formas. Respecto a lo que ha hecho, acusarte en falso para tratar de quedarse con tu novio, me parece deleznable. ¿Es que no tiene bastante con un rey, un duque y un comisario en su cama? ¡Es inmoral y bochornoso su comportamiento con los hombres! Y en relación a ti, Aylynt, me has dejado gratamente sorprendida al ver que has preferido la verdad, a quedar bien. Eso dice mucho en tu favor.
La condesa, una mujer de mediana estatura y joven todavía, empezó a caminar hacia la puerta, e hizo un gesto a Aylynt para que la siguiera.
–Vamos. Te presentaré a mi hija Isabel. Si quieres, puedes empezar hoy –le dijo con su voz suave y educada.
–Como usted desee, señora –Aylynt mostró su acuerdo. Por unos momentos había llegado a pensar que todo estaba perdido. Pero en el último instante las cosas se habían enderezado casi milagrosamente, por lo que había que aprovechar la oportunidad.
Mientras iban hacia el cuarto de juegos de la condesita, su madre iba poniendo al tanto de la situación a su nueva preceptora. Se trataba de una niña inteligente pero muy tímida, que se azoraba delante de las personas mayores, sobre todo de los hombres. Esta situación había comenzado hacía cuatro años, cuando murió el padre de la pequeña, su esposo el señor conde. Por lo que la condesa había llegado a la conclusión de que sería mejor buscar una mujer para instruirla. Después de un buen paseo por todo el palacio, que a Aylynt le pareció de ensueño por sus muebles, su decoración, las ricas telas, las lámparas, los suelos de mármol, llegaron por fin a la salita donde estaba la niña.
La señora condesa las presentó y en un primer momento, Isabel se escondió detrás de la criada que estaba con ella. Después, debido a los ruegos de su madre, acabó sacando la carita, y poco a poco, el resto del cuerpo. Era muy bonita, menuda y rubia, con la piel blanca, los ojos azules, la naricilla un poco chata, y el pelo largo y liso, que llevaba atado con unas cintas de colores. El vestido era blanco con encajes y puntillas. Se quedó mirando a Aylynt, y al poco le sonrió, se acercó a ella y la tomó de la mano.
–¿Te gustan las flores? Yo quiero que me enseñes los nombres de las flores. En el jardín tenemos muchas, pero en mi libro de las flores hay muchas más. ¡Ven, vamos a verlas! –le dijo de carrerilla mientras estiraba de ella hacia la puerta acristalada que daba a un cuidado vergel.
Aylynt le sonrió, asintió y se fue con ella. La condesa asistió complacida al recibimiento que su hija le dio a su nueva maestra. Suspiró y pensó a ver si esta vez había suerte y habían encontrado a la persona adecuada para darle a la niña la educación que se merecía. Porque solo Dios sabía lo que había sufrido ella con los continuos rechazos de su hija hacia todos los nuevos preceptores que habían ido llegando y marchando.
La mañana transcurrió con facilidad para Aylynt y para la niña, que se entretuvieron en ir buscando y leyendo el nombre, en el “libro de las flores”, como lo llamaba la pequeña, de los vistosos ejemplares de árboles y plantas que la señora condesa tenía en su jardín, porque lo que es flores había pocas, pues aún no había llegado la primavera. A la hora de la comida, Aylynt regresó a su casa, no sin antes prometerle a Isabel, ante los ruegos de esta, que volvería al día siguiente.

Aquella noche, Águila Roja entró en la pequeña celda del padre Agustín. Éste estaba sentado a una pequeña mesa, escribiendo. Sin girarse le dijo:
–¡Vaya! ¿No dijiste que no querías verme más? –y después se volvió hacia el recién llegado.
Águila no respondió de inmediato, sino que se quedó mirando al fraile fijamente.
–He venido varias veces pero no estabas. Ya sé que soy hijo del rey –le espetó de súbito. Agustín hizo un pequeño gesto de sorpresa que controló inmediatamente.
–Pues hubiera sido mejor que no lo hubieras averiguado. Ahora corres más peligro que antes.
–Agustín, estoy harto de secretos y amenazas. ¿Qué es lo que pasa con mi origen que le costó la vida a mi madre? Que yo sepa, el rey tiene un montón de hijos bastardos, y todos viven a la luz del día, y se conoce el nombre de sus madres. ¿Por qué yo tengo que guardar el secreto sobre mis verdaderos padres?
Agustín suspiró moviendo la cabeza de un lado a otro. Lo que tanto había temido, había sucedido, Gonzalo había destapado la caja de los truenos. ¡Quién sabe lo que podía pasar ahora!
–¿Hernán también es hijo del rey? – reguntó Gonzalo.
–No. Sólo sois hermanos de madre.
–Pero los que me buscaban fueron a matarnos a los tres.
–La máxima de cualquier asesino: no hay que dejar cabos sueltos.
–Quiero que me lleves a hablar con mi padre. Si tú no puedes explicármelo por algún tipo de juramento, él lo hará –le exigió el joven a Agustín.
–¡No quieres entender lo que te estoy diciendo, Gonzalo! Pondrás en peligro tu vida y la de tu hijo. ¿Por qué no quieres comprenderlo?
–Y, ¿de qué sirve ser hijo de un rey, si no puede hacer nada por ti? –preguntó Gonzalo con despecho.
–El rey te ha salvado la vida en dos ocasiones, igual que tú a él. Si es por eso, estáis en paz –dijo Agustín con enfado–. O, ¿acaso no recuerdas que cuando volviste de Oriente nadie te buscaba ya por haber matado al noble? ¿Quién crees que te dio el indulto? ¿Y cuando te iban a matar por ser Águila Roja? Fue su majestad la que detuvo el ajusticiamiento.
–Sí –dijo Gonzalo rememorando aquel aciago día–, cuando mi “hermano” quería matarme. Al final todo queda en familia –dijo Gonzalo ácidamente–. Bien, si no quieres decirme nada más, me voy –y desapareció.
Agustín se quedó mirando preocupado. Las cosas se estaban empezando a complicar aún más.

Antes de volver a su casa, Águila Roja fue a asegurarse de que Aylynt se encontraba bien. Al mirar por la ventana desde el tejado, solo vio su hermosa melena rizada, pues estaba girada hacia el otro lado. Empezaba a pensar que quizá se había equivocado al enfadarse así. Porque la vida era muy corta, y no merecía la pena estar separado de los que querías por malentendidos y disputas necias. ¿Le perdonaría ella por su exagerada reacción? Visto así, después de unos días, tenía que reconocer que se había excedido con ella. ¿Cuándo aprendería a manejar esa ira que le quitaba la cordura en los momentos más inesperados?
Por lo menos ella no se había ido. ¿Querría eso decir algo?
Aylynt intentaba conciliar el sueño, pero no podía. Su primera determinación de quedarse allí hasta que él volviera, ya no le parecía tan buena idea. Le estaba costando mucho más de lo que pensó en un primer momento. ¿Y si él nunca la perdonaba y no quería saber de ella jamás? Le daban unas ganas locas de coger el transponedor y salir de aquel sinsentido en el que se había convertido su viaje.
Águila se fue.
Aylynt se giró, y al ver una sombra oscura que desaparecía vertiginosamente, a través de los cristales de la ventana, se sonrió. Al momento se quedó dormida.


Capítulo 18

Gonzalo se dirigía a casa a mediodía, distraído y solo, pues Alonso se había marchado corriendo con sus amigos al salir de la escuela. De manera inesperada, tropezó con alguien. Al levantar la vista, se percató que era doña Filo. Tras los habituales intercambios de disculpas, la mujer se quedó mirando al maestro y le dijo:
–Gonzalo, ¿se puede saber cuánto tiempo más te va a durar el enfado con Aylynt? No se lo que os pasó en Alcalá, pero por lo que conozco de ella, no puede haber sido tan grave. Si lo llego a saber, no le hubiera contado nada sobre el pueblo de tus padres…
Él, sorprendido, no supo qué contestar, y ella, moviendo la cabeza de un lado a otro, se alejó diciendo, “hombres…”.
Así pues, era verdad que lo de Alcalá se lo había contado la vecina…, se dijo Gonzalo. Suspiró. Lo cierto es que, no dejaba de pensar en Aylynt. Tenía que reconocer que se le hacía cada vez más difícil, no echar a correr en su busca. Y también se arrepentía de haberle reprochado a ella que su cariño era falso, pues nunca se había sentido tan amado, tan adorado, tan deseado…, tan bien en los brazos de una mujer.

Aquella noche, Águila Roja fue a ver a su amor. Se quedó un largo rato observándola a través del cristal, y, por fin, se decidió. Se reconoció a sí mismo que no tenía ningún sentido resistirse a la realidad. Y la realidad era simple y llanamente que no podía vivir sin ella. Abrió la ventana, como había hecho muchas otras veces antes, y entró despacio, sin hacer ruido. Se quitó la capa y la katana, se liberó el rostro de la capucha y el embozo, y se quedó de pie, al lado de la cama, mirándola. Una suave sonrisa iluminó su rostro mientras lo hacía. ¡Le despertaba una ternura tan grande contemplarla así, dormida! Era el ser más especial que había conocido. Libre, fuerte, hermosa, la compañera perfecta. Su compañera del alma.
Aylynt se despertó, abrió los ojos y lo vio. Sus miradas se encontraron y por un largo instante, que ellos vivieron como casi infinito, el amor, el perdón y la ternura fluyeron entre ambos. En realidad, no había nada más que decir. Ella levantó con la mano la ropa de la cama del lado de él, pues le había guardado la ausencia todos esos días; él se desnudó y después, se metió en el lecho. La rodeó con sus brazos, con su cuerpo, con su alma, mientras ella se apretaba contra esos brazos, ese cuerpo, esa alma… tratando ambos de ser uno. Ella sintió que al calor de él, su corazón empezaba a perder el frío que lo había tenido aterido y encogido los últimos días. La emoción del recuerdo del sufrimiento pasado hizo que las lágrimas afluyeran suavemente a sus ojos. Él, puso la mano en la mejilla de ella, y con el pulgar, le limpió suavemente esas lágrimas, que le dolieron más que ninguna de las heridas que había recibido en su vida, pues sabía que había sido el causante de ellas. Y se juró a sí mismo que nunca volvería a pasar. Que jamás volvería a ser el origen de una sola lágrima más de ella. Empezó a besar ese rostro tan amado, milímetro a milímetro, la frente, los párpados, las mejillas, los labios… Sus lenguas empezaron a buscarse, mientras poco a poco, el amor iba dejando el lugar a la pasión. El deseo acabó haciéndose presente con rapidez, con la urgencia que siempre sigue a los días pasados en soledad. A las caricias y los estremecimientos siguieron los gemidos, y los movimientos acompasados de los dos amantes que seguían el ritmo de su pasión, como antes lo habían hecho incontables generaciones, para llegar a ese momento de éxtasis, cuya persecución siempre había movido a los seres humanos más allá de sus límites.
Fue una noche de reencuentros entre sus cuerpos y sus almas, los cuales sellaron así su destino y su deseo de permanecer siempre juntos. No se pronunció ninguna palabra, no fue necesario. Cuando dos corazones se unían como se unieron los suyos aquella noche, nada más hacía falta.

Los días pasaron con relativa rapidez. Llegaba la primavera, y la naturaleza volvía a la vida. Aylynt salía a pasear todas las tardes con Isabel, que en esas semanas se había convertido en una niña alegre y vivaracha, que en nada se parecía ya al animalillo asustadizo que se encontró la primera vez. Iban a esperar a Gonzalo a la salida de la escuela, y él las acompañaba hasta el palacio de la condesa, donde dejaban a la pequeña. Gonzalo jugaba con ella y la hacía girar levantándola en alto, cosa que entusiasmaba a la condesita, que daba chillidos de alegría, y siempre pedía más. A él se le ablandaba el corazón cuando las veía a las dos juntas, pues podían pasar perfectamente por madre e hija… y siempre había querido tener una niña. Hacía días que le rondaba por la cabeza hablar con Aylynt sobre esas cosas, pero no sabía cómo reaccionaría. Ella vivía feliz en su libertad y era, precisamente, la única mujer que él conocía que jamás había hablado de compromisos ni de cosas semejantes.
Gonzalo, incluso había apartado a un lado por un tiempo, la búsqueda de su verdadera madre, y las peleas con Agustín, o hasta con el comisario. Necesitaba ser feliz, ahora que tenía la felicidad en sus manos. No estaba dispuesto a sacrificar a Aylynt por ninguna otra cosa, como venganzas ya inútiles, o conocimientos peligrosos. Tanto su tía Teresa, como Agustín, se lo habían advertido claramente. Querer saber demasiado, podía significar la muerte suya y la de su hijo. Ni siquiera había vuelto a hablar con Aylynt sobre los posibles datos que ella pudiera haber traído del futuro. Y confiaba en ella de tal manera, que estaba convencido de que si hubiera algo que él necesitaba saber, ella se lo diría.

–Aylynt, niña, me alegro de que las cosas entre vosotros se hayan arreglado. ¡Se os ve tan bien! –le comentó doña Filo a su vecina.
–Sí –repuso ella con una sonrisa soñadora–. Además, Gonzalo ha cambiado mucho, doña Filo. Ha aprendido ha aceptarme como soy, y a confiar en mí, haga o no haga lo que él cree que yo debería hacer. Sabe que nunca le haría daño, que le quiero de verdad. Y que yo creo en él y en su amor.
–Hija mía, ¡me vas a hacer llorar si sigues hablando así, tan romántica! –le bromeó doña Filo, lo que hizo que ambas se echaran a reír.

Las clases de defensa personal de Aylynt, pasaron a ser de ataque propiamente dicho. Gonzalo estaba maravillado con los progresos de su pupila, que ya era capaz de luchar medianamente bien con la katana, y lanzaba los shuriken y los kunai con una precisión impecable.
Aquel día, al terminar el entrenamiento, Aylynt se sentó a descansar en el camastro de la guarida y se quedó mirando a Gonzalo. Estaba enamorada de él más allá de toda medida. Era todos los hombres en uno: tierno, suave, dulce, sereno, pero también, apasionado, fuerte, rápido, salvaje incluso, a veces. Y sobre todas las cosas, le asombraba la fuerte conexión que había entre ambos a todos los niveles, que hacía que en multitud de ocasiones, pensaran lo mismo, o reaccionaran igual. Eran como las dos partes de un mismo ser.
–Jamás ni en mis mejores sueños pude llegar a imaginar que el propio Águila Roja sería mi maestro guerrero –le dijo feliz.
–Pues creo que yo tampoco llegué a soñar nunca que acabaría locamente enamorado de un ángel del futuro a la que tendría oportunidad de adiestrar en el sagrado arte del ninjutsu –le replicó él con dulzura–. ¿Es esto real, Aylynt? ¿O quizá somos los personajes de algún cuento ideado por alguna mente calenturienta y aburrida?
–El verdadero amor siempre es real, Gonzalo, siempre –le dijo ella clavando sus verdes ojos en los de él.
Él se acercó y se sentó junto a ella. Empezó a besarle el escote, el cuello y al llegar a la boca, ya estaban los dos echados en el camastro. Y como auténticas fuerzas de la naturaleza, sus cuerpos y sus almas “hicieron” el amor una vez más. O el amor los hizo a ellos, quién sabe.


La señora marquesa de Santillana estaba sentada en su alcoba. Por su mente pasaba una y otra vez lo que había visto el día anterior. Ella iba en su carruaje, cruzando la plaza de San Dionisio y vio cómo Gonzalo y la estúpida esa paseaban cogidos de la mano con ¡la hija de Encarnación! Le preguntó a su propio criado, y éste le dijo, que la condesa de Valmayor había contratado a la impresentable para hacer de “preceptora” de su hija. De “preceptora” ni más ni menos. ¿De dónde había salido la tipa aquella que se había interpuesto entre ella y su amor verdadero? Lucrecia se rió, porque ya tenía preparado algo que le iba a bajar los humos, y mucho, a la trepa indeseable. Y Gonzalo sería para ella. Aunque todavía estaba muy dolida por lo que el maestro le había hecho a Nuño. Lo había mandado de vuelta a casa, al día siguiente de la denuncia. Solo toleró semejante acción porque había sido él. En otro, ese desaire le hubiera costado el cuello, ¡vive Dios! Y, encima, Nuño, que al principio no había querido ir a la escuelucha aquella, ahora se pasaba el día enfurruñado por los rincones porque quería volver a ir. Y le echaba la culpa a su madre por ocurrírsele denunciar a la novia del maestro. ¡Hijos! Lo haces todo por ellos, y después así te pagan. Y luego estaba el traidor de Hernán, que le puso delante el papel para retirar la denuncia, y casi la obligó a hacerlo. No le extrañaría nada que la “preceptora” le calentara la cama también a Hernán, si no, no se explicaba. Y con la urraca de Encarnación, iba a ajustar cuentas también. Estaba segura de que lo había hecho a propósito, para molestarla a ella. Pues lo iba a pagar caro.
Se miró al espejo y se vio radiante. El peinado exquisito, el color de sus mejillas envidiable, el escote del traje le realzaba su envidiado pecho… Lucrecia, poniéndose las manos en la cintura, se contorneó para admirarse mejor. De repente observó algo que había quedado enganchado entre el marco del espejo y la pared. ¡Era una pluma roja! La del enmascarado aquél que había osado venir a amenazarla en su propio cuarto. Ya lo había olvidado. De todas formas, le daba igual. No le temía lo más mínimo. Estaba segura de que él no podía hacerle nada. Además, un día de estos, Hernán terminaría agarrándolo. Ella disfrutaría mucho viendo como lo colgaban.
En aquel momento entró Catalina.
–¿Señora marquesa, desea que la ayudemos ya a vestirse y a peinarse? –le preguntó.
–¡Pero Catalina, estás tonta o qué! Ya estoy peinada y vestida. ¿O es que no lo ves? Retírate y no vuelvas a molestarme hasta la hora de comer –contestó Lucrecia airada. Definitivamente estaban todos, absolutamente todos, en su contra. Era increíble.
–Como mande la señora –contestó la criada. Y agachando la cabeza en señal de reverencia se fue. En el pasillo, se detuvo un momento, y santiguándose murmuró: “que Dios nos coja confesados”.
Porque la marquesa estaba sin peinar y solo llevaba la bata.


Capítulo 19

Aylynt e Isabel paseaban aquella tarde por la orilla del río, junto con Julián, el criado que las acompañaba siempre por orden de la señora condesa. Aylynt había llegado a apreciarlo porque era un hombre con mucho saber estar a la vez que buen conversador. Le explicaba todos los cotilleos del palacio de los Valmayor, mientras la niña iba y venía trayéndole cosas a su maestra para enseñárselas. Julián le recordaba en cierta manera a Sátur, pero un poco más “fino”. Aylynt se sonrió pensando en el criado de Gonzalo, con sus salidas de tono tan particulares y, sin embargo, tan acertadas casi siempre. Todas las tardes, Julián al llegar a la escuela, las dejaba en compañía del maestro, y discretamente se iba solo a palacio, para que la pareja disfrutase de una relativa intimidad.
Estaban hablando sobre las excelentes relaciones que el condado de Valmayor siempre había mantenido con la Corona, cuando Aylynt oyó un silbido que la puso en guardia inmediatamente. Al momento, Julián se desplomó a su lado. ¡Alguien le había lanzado una flecha de ballesta! Siguiendo al instante la trayectoria que debía de haber llevado la flecha, Aylynt vio al ballestero entre los álamos del bosquecillo que en aquella parte bordeaba el río, y sin pensárselo dos veces, le lanzó el kunai que siempre llevaba escondido debajo de la manga pegado a la cara interna de su antebrazo. El tirador fue alcanzado en el brazo precisamente, y cayó al suelo entre gritos de dolor. En aquellos momentos, Isabel acudió junto a Aylynt, y ésta, agachándose, y en tono que no admitía réplica, le dijo a la niña:
–¡Corre Isabel, ve a la escuela de Gonzalo, corre mi niña! –la criatura, que se había quedado horrorizada al ver a su criado en el suelo, reaccionó y se fue corriendo con toda su alma hacia donde le había indicado su preceptora. Sabía perfectamente por donde ir, pues todos los días hacían la misma ruta. Y era el sitio conocido más cercano a donde podía llegar sola.
Mientras tanto, Aylynt trataba de proteger la marcha de la niña con su propio cuerpo, pues ya venían otros dos hombres hacia ellas. Se situó frente a uno de ellos, concentró toda su energía en el puño de su mano derecha, y le lanzó un certero golpe contra la boca del estómago que lo tiró al suelo. El hombre no podía dar crédito a lo que había hecho aquella mujer. El otro atacante intentó agarrarla por detrás, entonces ella le lanzó con todas sus fuerzas el codo debajo de la barbilla, y cayó al suelo como un fardo, inconsciente. El primero se había recuperado ya, e intentó ir a por ella otra vez, pero Aylynt, zafándose de él, le dio con el canto de la mano en la nuca y se desplomó también. Ahora era el ballestero el que venía hacia ella.
Isabel llegó sin resuello a la escuela, entró como una exhalación, se tiró encima de Gonzalo, que la miró perplejo, y solo pudo decir:
–…unos hombres… en la alameda del río, Aylynt está allí…
–¡Matilde, Alonso, cuidad de Isabel! –dijo Gonzalo rápidamente, y salió disparado hacia la alameda. Pensar en que Aylynt estuviera en peligro, le dio casi literalmente alas. Una vez en camino, se concentró en correr lo más aprisa posible, sin pensar en nada más. Cuando llegó, el cuadro que se presentó a sus ojos fue extraño y tranquilizador a la vez: Aylynt estaba de pie, rodeada de cuatro cuerpos tirados en el suelo. Con la cabeza agachada, triste, miraba a Julián, que yacía muerto con una flecha clavada en el corazón.
Gonzalo se acercó y le pasó un brazo por los hombros. Aylynt apoyó la cabeza en su pecho.
–Isabel, ¿está bien? –le preguntó ella.
–Sí, la he dejado con los chicos en la escue...– empezó a contestar él, pero de súbito dejó de hablar y le pegó una patada con el tacón de la bota a uno de los maleantes a su espalda, al que oyó hacer un movimiento sospechoso, y que retornó a su inconsciencia tras el taconazo–. ¿Les has escuchado decir algo que nos de una pista sobre quién les ha enviado?
–No. ¡Ha sido todo tan rápido! Pobre Julián…
Gonzalo suspiró mirando al desgraciado. Luego recordó el kunai clavado en el brazo derecho del ballestero, y no pudo menos que maravillarse. ¡Esta Aylynt…! La soltó y se agachó para sacarle el arma al herido. Era mejor que nadie lo viera, no era muy corriente y podía levantar sospechas. Lo limpió y se lo guardó.
–Y tú, ¿cómo estás? –le preguntó él cariñosamente, tomándole la barbilla con la mano–. Aparte de los morados y rasguños en la cara, en los brazos… y el traje lleno de rasgaduras… Eres una guerrera de los pies a la cabeza. Deshacerse de tres hombres, uno con ballesta, con tan solo un kunai. ¡Ni Águila Roja lo hubiera hecho mejor! –le susurró al oído, orgulloso.
–Un segundo, Gonzalo, un segundo… Si hubiera tardado un segundo más en lanzarle el kunai, ahora yo también estaría muerta, porque me estaba apuntando a mí….–Aylynt se estremeció al recordar la imagen del ballestero señalando hacia ella con su arma casi preparada para disparar. Tardaría en olvidarla. Gonzalo la apretó contra su pecho, tratando de darle ánimos.
Entonces llegaron los guardias del comisario. El capitán preguntó sobre lo que había pasado, y escuchó a Aylynt darle una primera y rápida versión. Luego, mandó a sus hombres a buscar agua y la echaron sobre los tres asaltantes, que cabeceando y jurando empezaron a salir de la inconsciencia. El ballestero se dolía de la herida en el brazo y miraba con odio a la culpable. Por fin, se los llevaron a la prisión, no sin antes recordarle a Aylynt que tenía que pasar a dar su declaración. Ella torció el gesto, solo de pensar en ir a ese espantoso sitio. El capitán dejó a uno de sus hombres para guardar el cadáver mientras venían a retirarlo. Aylynt estaba ya ansiosa por ir a buscar a Isabel, y comprobar que estaba bien. Y quería llevarla a que la viera la condesa antes de que ésta se enterara de lo sucedido, para evitarle angustias mayores.
Gonzalo y Aylynt salieron camino de la escuela y cuando llegaron, Isabel fue corriendo hacia ella, que se agachó para abrazarla. La niña empezó a llorar inconsolable, agotada por el mal rato que había pasado pensando en si le habría pasado algo a Aylynt.
–Julián, ¿está muerto? –preguntó en voz muy baja a su maestra, al oído. Ésta asintió con la cabeza, y la pequeña redobló su llanto.
Un poco después marcharon los tres hacia el palacio de la condesa. La sorpresa de ésta, al ver llegar a Aylynt en semejante estado, y enterarse de la noticia de la muerte de Julián, solo se vio mitigada por el hecho de ver frente a ella a su adorada hijita. Tras comprobar que estaba bien, dentro de lo que cabe, se puso la capa, mandó llamar a dos de sus guardias personales, y marchó en su carruaje hacia la prisión. No se fiaba un pelo de Hernán Mejías.

En la prisión, el comisario, se quedó mirando a los tres detenidos, y no salía de su asombro. Según contaba su capitán, una mujer, Aylynt de la Vega precisamente, se los había quitado de en medio ella sola. Vivir para ver, se dijo. Se dispuso a cumplir con su oficio. Se puso el mandil de cuero y los guantes y se acercó al primero de los asaltantes, que resistió bastante más de lo esperado, y no dijo nada. Lo mismo con los otros dos. Llegados aquí, el señor comisario inició la segunda ronda.
–¿Quién os ha contratado para asaltar a la hija de la condesa de Valmayor? –gritó al detenido. Costó un poco, pero tras dar alguna vuelta más a la manivela del potro de torturas, empezaron a hablar.
–¡Solo la teníamos que secuestrar! ¡Teníamos órdenes de no hacerle daño! –grito uno de ellos en el paroxismo del dolor.
–¿Y los empleados de la condesa? –preguntó de nuevo el comisario.
–¡A esos teníamos que matarlos! –gritó otro de los detenidos, que llegado al límite de su resistencia, se desmayó.
El comisario, harto ya del interrogatorio, dio orden de aumentar la tortura.
–¿Para quién trabajáis? ¿Quién os iba a pagar? –le preguntó por enésima vez al único que a esas alturas estaba consciente.
–La marquesa de Santillana –confesó por fin en un estertor.
Hernán dio un respingo. ¡Cómo no había caído antes! Otra vez Lucrecia. Se trataba de fingir el secuestro de la niña para matar a Aylynt. Odiaba tener que ir tapando los desmanes de la marquesa, pero no había más remedio. Se estaba acercando al hombre con uno de los cuchillos de tortura, dispuesto a matarlo, cuando se oyó una voz desde las sombras.
–Yo de usted no lo haría, comisario –dijo la voz de la condesa, que se adelantó hasta quedar expuesta a la luz de los hachones de la cámara de torturas. –Y por si se lo pregunta, llevo aquí desde el principio del interrogatorio, lo he oído todo.
–Discúlpeme, señora condesa, pero usted no tenía que estar aquí. Todo lo que se dice aquí es confidencial –dijo él tratando de contener la ira.
La condesa obvió lo que acababa de oír, y simplemente dijo:
–Después de lo confesado por estos maleantes, denuncio a la marquesa de Santillana, por el intento de secuestro de mi hija, por la muerte de uno de mis criados, y por el asalto a una de mis empleadas.
–No se debe creer a estos detenidos sin antes escuchar también la versión de la señora marquesa –dijo el comisario agriamente.
–¿Tengo que recordarle, señor Mejías, que ante la ley, la palabra de una condesa vale más que la de una marquesa? –replicó en voz alta y fuerte la condesa–. Le ordeno que vaya ahora mismo a detenerla. Es más, yo y mis guardias, vamos con usted, por si no se ve capaz –esto último lo añadió con mala voluntad.
El comisario estaba a punto de estallar, pero con un gran esfuerzo, consiguió controlarse. No podía hacer nada más por Lucrecia. Esta vez había ido demasiado lejos al implicar a la hija de una condesa.

Mientras tanto en casa de Aylynt, Gonzalo, amorosamente, le lavaba a su heroína particular los pequeños cortes y los golpes que tenía por todo el cuerpo, sobre todo por los brazos, con una infusión de hierbas especial para esos casos. Luego, con mucho cuidado, la iba secando también. Al terminar, Aylynt se puso un vestido ligero, y se acurrucó en los brazos de él, en su sillón preferido frente al fuego del hogar. Entonces, y solo entonces, fue cuando las lágrimas empezaron a fluir por sus mejillas; le dieron escalofríos al pensar en el enorme riesgo que habían corrido la niña y ella. Y desde el fondo de su alma, le dio las gracias a Julián, porque con su muerte, había evitado la de ellas. Y Gonzalo le acariciaba el pelo con una mano, en tanto que con la otra la estrechaba contra él, tratando de infundirle el valor y la fuerza necesarios para sobrellevar la pena.

La condesa, el comisario, y sus respectivos guardias llegaron al palacio de la marquesa de Santillana. Hernán, sin decir nada, se abrió pasó rudamente entre los criados y fue hacia la habitación de Lucrecia. Abrió la puerta y al momento, la sorpresa hizo que se detuviera en el acto. Ella estaba sentada en el suelo, desaliñada y en bata, mirando al techo y canturreando. Al oír el ruido de la puerta, bajó la mirada, y al ver al comisario, se levantó contenta.
–¡Hola Hernán! ¡Qué bien que hayas venido! –le dijo con voz alegre, mientras empezaba a dar vueltas a su alrededor. Se paró un momento y acercándose más a él, le dijo–: Esta noche voy a acabar con ella, y Gonzalo será para mí –y luego se puso a reír, con una risa escalofriante, demente, a borbotones.
Hernán sintió como su corazón estallaba en mil pedazos, y el mundo se le caía encima. Cerró los ojos un momento para tratar de mitigar el inmenso dolor de verla en esa condición. Pero la voz de la condesa lo devolvió a la cruda realidad a los pocos instantes:
–Comisario, haga el favor de cumplir con su deber.
Y Hernán cumplió con su deber, y detuvo a la señora marquesa de Santillana.


Capítulo 20

Aylynt se levantó muy temprano para ir a declarar a la prisión. No había podido pegar ojo en toda la noche, pensando en lo que había pasado y, también, en la declaración. Por lo que decidió madrugar para pasar cuanto antes el mal trago. No quiso pedirle ayuda a Gonzalo porque consideró que para él todavía sería peor, pues había sido torturado allí, además de ser el lugar donde murió su mujer. Por lo que se puso la capa, con la capucha calada y se presentó en el lúgubre lugar. El capitán, que la reconoció, la hizo entrar y la acompañó hasta la sala donde estaba el escribano. La prisión era fielmente la antesala del infierno. Había muchas personas entre rejas, en las diferentes celdas, llenas de mugre y suciedad. El hedor era prácticamente insoportable, y a Aylynt se le revolvió el estómago. Un poco antes de llegar a su destino, vio a una mujer sola, dormida, en una celda; le pareció tan familiar, que se acercó a mirar casi sin pensar. Era Lucrecia. ¿Qué hacía allí? Tuvo que andar un poco deprisa para alcanzar al capitán, que ya estaba entrando en la escribanía. Al llegar allí, no pudo menos que preguntar sobre la marquesa.
–La marquesa de Santillana está detenida por contratar a los hombres que la atacaron a usted, al criado y a la hija de la condesa –le respondió el capitán.
Aylynt se quedó anonadada, y le vino justo para sentarse en la silla, porque por momentos sintió que le faltaba el aire. ¿Quién la habría acusado? ¿Cómo es que Hernán la había detenido a ella precisamente? El capitán, que se debió de imaginar los pensamientos de Aylynt, se los contestó mecánicamente:
–Uno de los asaltantes lo confesó. El comisario, acompañado de la señora condesa de Valmayor, fue a arrestar a la marquesa.
¡Claro, la condesa estaba detrás de la extrema diligencia con que se había realizado la detención!
El capitán le dijo que el comisario estaría ausente toda la mañana, y que él mismo le tomaría la declaración. Estuvieron más de una hora, en la que el oficial le hacía preguntas y Aylynt contestaba, mientras el escribano tomaba nota de todo. Al terminar, ella leyó el escrito y lo firmó. Se volvió a echar la capucha por la cabeza y volvió a hacer el camino de vuelta. Al pasar frente a Lucrecia se detuvo un momento y se quedó asombrada, pues Lucrecia estaba canturreando, mientras hacía extraños movimientos con la cabeza y miraba hacia arriba. Ni siquiera se fijó en la encapuchada. Una vez en la puerta, no pudo contenerse y le preguntó al capitán sobre Lucrecia. La respuesta de él, la dejó helada:
–La marquesa ha perdido la razón. Que tenga un buen día, señora de la Vega –y se retiró dentro del edificio otra vez.
Los siguientes días fueron tristes, deprimentes y de grandes cambios para algunos. La noticia de que la marquesa había enloquecido y había mandado atentar contra la pequeña hija de la condesa, por despecho de amor, corrió por toda la Villa y hasta el rey tuvo que tomar cartas en el asunto. Se desplazaron varios doctores a la prisión, que determinaron su estado de enajenación mental, y, en atención a su estatus de noble, fue internada en un convento de monjas dedicadas a estos menesteres. Gonzalo pensó en su hermano Simón, el asesino de niños. Al final, Lucrecia había sacado a relucir la misma tara familiar.
El rey nombró tutor legal de Nuño hasta que cumpliera su mayoría de edad, al Duque de Velasco, de todos conocido por ser buen amigo de la marquesa. Juan se tuvo que hacer cargo de un niño totalmente aniquilado por los acontecimientos. No era fácil llevar la cara alta después de lo que había hecho su madre, además de su locura. El duque, que ya hacía varias semanas que vivía en su propio palacio, encargó el día a día del cuidado de Nuño a Catalina, que así pudo acceder a un sueldo que le permitiese vivir a ella y a Murillo con dignidad.
Pero de todos, el más afectado sin duda, fue Hernán. Porque aunque estaban peleados desde que descubrió que Lucrecia era una de las queridas del rey, él seguía amándola y creía que algún día conseguiría que ella lo amase también. Sin embargo, las cosas se le torcieron despiadadamente. El comisario cumplía con sus obligaciones maquinalmente, sin interesarse ya por nada. Sabía que saldría adelante, porque siempre lo había hecho, pero estaba claro que ya nunca sería nada igual.
Aquella noche volvía a su casa desde lo del Rana, cuando le pareció ver unos movimientos sospechosos en el tejado del edificio que estaba a su derecha. Se ocultó rápida y sigilosamente en las sombras y observó con atención. No podía dar crédito a lo que veía, pero era verdad. Se trataba de Águila Roja. Emergió una ira en su interior, que por momentos, lo hizo sentirse vivo otra vez. El enmascarado había entrado por una ventana, ¡dentro de la casa! Hernán estudió la situación y no se lo pensó dos veces. Había un muro no muy alto que daba al establo de la casa vecina. Subió por él, y saltó dentro. Después hizo lo mismo con la tapia que separaba las dos viviendas. En muy poco tiempo estaba ya en el patio de la casa donde en esos momentos estaba Águila Roja. Fue una sensación de euforia indescriptible para el comisario. De esta noche no pasaba que aniquilara al que se había convertido en su mayor pesadilla.
Nada más entrar en la habitación de Aylynt, Águila Roja se quitó la capa, la katana, la capucha y el embozo. Ella se removió en la cama y se despertó. Gonzalo fue a darle un beso, al que ella respondió con alegría. No se cansaban nunca el uno del otro. A él le parecía que ella estaba cada día más hermosa, si es que era posible. Y a Aylynt, su héroe le parecía cada día más fuerte y poderoso, si es que ello era posible también. Aquella noche, como casi todas las demás, Águila fue a la cocina en el piso de abajo, a tomar algo de comer y de beber antes de acostarse. Al llegar a la mesa dejó la lámpara y se giró hacia la alacena, pero no llegó a abrirla, porque algo se abalanzó sobre él, le dio un fuerte golpe en la cabeza, e hizo que se desplomara en el suelo, con gran estrépito. El comisario se acercó disfrutando del momento, porque ahora iba a saber por fin quién era Águila Roja. Estaba excitado por la facilidad con que lo había dejado fuera de combate. Volvió a guardar en su funda la pistola con cuyo mango le había golpeado. Y después tomó la lámpara, que había quedado demasiado lejos y la acercó a la cara de su oponente. Y lo vio. Era Gonzalo de Montalvo. Una sonrisa de enorme satisfacción llenó el rostro de Hernán. Él siempre había tenido razón. El maestro era el enmascarado. Pero, ¿qué hacía en aquella casa, que no era la suya? La duda le duró solo unos instantes. Porque lo importante era tener el placer de matarlo con sus propias manos. Sacó su daga y se dispuso a cortarle el cuello. En ese momento oyó a una mujer:
–¡Hernán, te lo suplico no lo mates! ¡No puedes matarlo! ¡No puedes matarlo! –y seguía repitiendo esto último sin cesar, con voz llorosa y acongojada. El comisario levantó la cabeza y vio a Aylynt, ¡claro, tenía que ser ella! Se sonrió y con sorna le dijo:
–¿Que no puedo? ¡Vas a ver que sí! –mientras mantenía apoyada el arma contra el cuello de Gonzalo que seguía inconsciente.
–¡Es tu hermano pequeño, Hernán, es tu hermano pequeño, es tu hermano pequeño…! –repetía ella sin parar, sollozando y chillando angustiada.
–¡No digas estupideces, mujer! Contarías cualquier mentira con tal de salvarlo…
–¿Por qué crees que él no te mató en San Damián? Agustín llegó en el momento en que iba a hacerlo y le dijo que eras su hermano. Y no pudo acabar contigo, ¿vas a ser tú capaz de hacerlo, igual que mataste a su mujer siendo inocente? ¿Ehhh, Hernán? ¡Agustín os salvó a los dos cuando erais niños y asesinaron a vuestra madre!!!
Aylynt seguía chillando desesperada, mientras que las lágrimas le inundaban la cara y miraba angustiada la mano de Hernán con el cuchillo sobre el cuello de Gonzalo. ¡Si tan solo supiera qué hacer, Dios mío, él lo hubiera sabido! ¡Seguro que Gonzalo lo hubiera sabido! Y, ¿por qué seguía inconsciente? ¿Por qué no despertaba aún?
Al escuchar las últimas palabras de Aylynt, el comisario se quedó paralizado. ¿Qué estaba diciendo aquella mujer? ¿Cómo sabía todas esas cosas? ¿Cómo que el enmascarado era su hermano, pequeño había dicho ella? Entonces, se fijó atentamente en Gonzalo, y se dio cuenta de que ella tenía razón. Desde las brumas del pasado, los rasgos de su madre se hicieron presentes en aquel rostro. ¡Gonzalo era su hermano! Hernán bajó el cuchillo y se quedó mirando con horror, rabia y decepción, todo a la vez. Las imágenes de su madre envuelta en sangre, mientras Agustín le separaba del pequeño, retornaron a su mente y lo asaltaron. Por momentos hubo una lucha en su interior, era duro soltar la presa, pero tenía que hacerlo. Había cometido muchas iniquidades en su vida, pero aquella no podía llevarla a cabo. ¿Cómo iba a matar a su propio hermano, aún siendo enemigos en la lucha? Recordó el reproche de Aylynt sobre la muerte de Cristina, ¡su cuñada! ¡Había sido capaz de matar a la mujer de su hermano! Y éste, no pudo llevar a cabo su venganza contra él. Se dio cuenta entonces de lo que debía sentir Gonzalo, y sin embargo, le había perdonado la vida. Envainó la pequeña daga en el interior de su bota y se levantó para marchar. Pero antes, se fijó en Aylynt, que seguía llorando destrozada, mirándole implorante. Y sintió una terrible punzada de celos, porque vio que aquella mujer verdaderamente amaba a su hermano igual que sabía que él le correspondía. Pensó que a él nunca le habían amado así, ni lo amarían ya jamás. El dolor al recordar el estado de Lucrecia le nubló la mente, apretó la mandíbula y se dio la vuelta.
–¡Hernán! –le llamó Aylynt con la voz ronca por las lágrimas.
Él giró la cabeza y la miró expectante.
–¡No le persigas más! Él está del lado de las autoridades, incluso le ha salvado dos veces la vida al rey. ¡Dime que no vas a ir a por él más adelante! –le suplicó ella.
El comisario, aún a su pesar, asintió levemente con la cabeza y después se fue.
Al momento Aylynt se puso a la tarea de hacer volver en sí a Gonzalo. Cuando por fin lo consiguió, se abalanzó sobre él y empezó a besarle la cara, mojándole con sus lágrimas. Él abrió los ojos y al intentar incorporarse un terrible dolor de cabeza hizo que volviera al suelo.
–¿Qué ha pasado? –recordó el golpe y preguntó–. ¿Quién ha sido? –mientras se llevaba la mano a la parte posterior de la cabeza, y se palpaba la considerable hinchazón y la sangre.
–Ha sido Hernán, Gonzalo –le dijo Aylynt con tristeza y pena.
–¿Hernán? –se quedó mirándole la cara arrasada por las lágrimas y le preguntó nervioso –. ¿Te ha hecho algo?
–No. Pero he tenido que contarle que eras su hermano para que no te matara. ¡Gonzalo, ha estado a punto de cortarte el cuello con una daga! Yo no sabía qué hacer…–Aylynt empezó a sollozar y a llorar otra vez. Gonzalo la estrechó contra él en el suelo, y se dio cuenta de que Aylynt estaba llorando más por él, al verlo en peligro, que lo que había llorado cuando ella misma era la que podía haber muerto. Y sintió, aún en medio del dolor, que la amaba más que a nada en el mundo. Y supo que ya nada los separaría jamás, ni siquiera el que su hermano supiera al fin quién era.
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Aylynt
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 20, 2011 8:36 pm

Capítulo 21

Águila Roja y Aylynt estaban en la guarida del héroe practicando lucha con las katanas. Aunque estaba lejos de la perfección alcanzada por él, la joven era ya capaz de defenderse bastante bien, y mejoraba día a día. Gonzalo se maravillaba del espíritu de superación de su compañera, que pasaba las tardes entrenando su cuerpo sin tregua. Pararon a descansar unos momentos, y él se la quedó mirando con una sonrisa. Le sentaba bien aquella ropa, pensó. Pantalones ajustados negros, camisa blanca, y botas y chaleco de cuero marrón oscuro. Completaba el atuendo un pañuelo blanco de seda en la cabeza, atado a la nuca, para recoger sus rizos.
Aylynt le había acompañado ya en algunas de sus últimas salidas. Al principio él, se sentía más preocupado que asistido, pero poco a poco, ella iba tomándole la medida a ser ayudante de Águila Roja. Desde luego se le daba mejor correr por los tejados que al pobre Sátur, dedicado a cuidar a Alonso, ahora que no estaba su tía. Y también era mejor jinete, sin duda.
Se disponían a reemprender la práctica cuando ambos se percataron del suave titilar de las llamas de las velas, y se giraron al mismo tiempo hacia la puerta. No sin sorpresa, vieron que allí estaba Agustín. Gonzalo no había vuelto a encontrarse con él desde que le dijo al fraile que sabía quién era su padre. La pareja se quedó expectante, mirando hacia el recién llegado. Agustín se asombró al verlos en esa tesitura, especialmente a ella.
–Buenas tardes, Gonzalo, Aylynt –saludó, al tiempo que hacía una leve inclinación con la cabeza.
–Espero que vengas con mejores intenciones que la última vez –le dijo Gonzalo sin florituras.
–Aylynt, quería pedirte disculpas por mi comportamiento de ese día –dijo Agustín–. Aunque tienes que comprender que llevo cuidando de Gonzalo toda la vida, y es lógico que en ocasiones me sobrepase con mi desconfianza.
–Y, ¿a qué debemos el honor de tu visita? –le cortó Gonzalo irónico.
–Vengo a pediros vuestra ayuda, en nombre del rey.
–¿Otra vez con lo mismo, Agustín? No quiero saber nada de logias ni de conspiraciones para matar al rey –respondió el joven enfadado.
–Esta vez no se trata de eso. Es el mismo rey el que me ha encargado que os pida vuestra colaboración, es muy importante.
–Por dos veces has dicho “vuestra”, ¿no me estarás incluyendo a mí? –terció Aylynt.
–Pues sí Aylynt, a ti también apela el rey –le respondió el fraile.
La pareja se miró mutuamente sorprendida.
–Está bien, ¿qué sucede? –concedió Gonzalo de mala gana.
–La reina doña Mariana, ha estado recibiendo amenazas de muerte por escrito. Según parece, provienen de su entorno más próximo. Su majestad ha pensado en pedir la colaboración de Aylynt, debido a su valiente y exitosa actuación en el caso de la hija de la condesa de Valmayor. Se trataría de introducir a Aylynt, con identidad falsa, por supuesto, pues ya es muy conocida, como preceptora de aritmética y geometría de la infanta Margarita Teresa. De esta manera, tendría acceso a las damas de la reina, pero sin ser una de ellas. Absolutamente nadie más que el rey y nosotros tres, sabe de este plan. Águila Roja también estaría al tanto por si se necesitara su intervención.
El asombro de Aylynt no tenía límites. ¿Qué estaba diciendo ese hombre?
Gonzalo se sentó, y, por primera vez, pensó en la infanta: ¡era su hermana! Estaba tan dolido y obcecado por el abandono de su padre, que se había olvidado de que tenía más familiares. Recordaba haber visto a la niña por unos instantes cuando salvó a la familia real en el asunto del gas venenoso. Pero entonces, no sabía que era de su sangre. Aunque, por otro lado, tenía claro que no iba a poner a Aylynt en peligro por nadie, y menos, por una madrastra a la que no conocía.
Mientras tanto, ella le daba vueltas al tema. Estaba claro que era arriesgado. Verse metida en rencillas palaciegas no era precisamente su gran ilusión. Pero un sexto sentido le decía que tenía que aceptar. Y decidió dejarse llevar por él.
–Está bien, Agustín, acepto –dijo Aylynt.
Gonzalo la miró sorprendido.
–¿Cómo que aceptas? ¡Es muy peligroso, Aylynt! –saltó él. Las miradas de ambos se encontraron, y… Gonzalo ya sabía por experiencia, que tenía las de perder. ¡Desde luego las mujeres del siglo XXI no eran como las del XVII! Resopló con fuerza, pero no dijo nada más.
Estuvieron un buen rato los tres planificando la acción. Agustín dijo que le mostraría dos de los pasadizos secretos que salían del cuarto de juegos y estudios de la infanta, y del gabinete particular de la reina, donde ésta solía pasar el día con sus damas. Ya había anochecido cuando se fue el fraile. Aylynt y Águila Roja tenían un día para llevar a cabo el resto de los preparativos. A partir de pasado mañana, ella se llamaría Rosario Fernández.

Lo más difícil de todo fue convencer a Isabel de que su preceptora tenía que ausentarse por unos días. La señora condesa fue advertida por Agustín, y no puso ningún obstáculo. Aylynt también preparó su casa para su partida, y se compró un par de vestidos, más adecuados a su nuevo cargo de preceptora real.
Durante toda la mañana, Gonzalo había estado pensando en hacer algo especial con Aylynt. Estaba apesadumbrado por su marcha repentina, aunque solo fuera al palacio real. ¡Tan cerca y tan lejos a la vez! Habían acordado verse en uno de los pasadizos todas las noches para intercambiar noticias, pero no era lo mismo, claro está.
Después de terminar en la escuela y acompañar a casa a Alonso, Gonzalo fue a casa de Aylynt.
–Venía a invitar a la señora a una velada especial –le dijo sonriendo, cariñoso.
Sorprendida, ella lo miró anhelante y feliz.
–¿Qué has tramado Gonzalo? –le preguntó.
–Súbete a Briosa, que nos vamos –le susurró él a la oreja al tiempo que depositaba un pequeño y suave beso en su cuello. Ella cerró los ojos estremeciéndose–. Venga, princesa –la apremió él con dulzura.
Salieron pues los dos a lomos de Valiente y Briosa. Abandonaron la Villa, y pronto se internaron por un camino bastante alejado del principal. Aylynt miraba con curiosidad a su alrededor, ya que no tenía idea de adónde la llevaba él. Pero se sentía pletórica de dicha. Le encantaba dejarse en manos de Gonzalo, porque él siempre sabía lo que se hacía.
Por fin llegaron a lo que parecía su destino: la orilla del río. Pero no una orilla cualquiera, sino una realmente preciosa, circundada de árboles y vegetación, y con una especie de playa que bajaba hasta el agua, que se percibía limpia a la vez que rumorosa y alegre. El río se ensanchaba formando algo parecido a un lago. Todavía no había acabado de admirar lo que la rodeaba cuando vio que él se quitaba la ropa con rapidez y se metía corriendo en el agua.
–¿Vienes? ¡Te echo una carrera nadando hasta detrás de aquellas rocas! –la incitó él al tiempo que le señalaba el sitio.
Ella sintió que le sonreía el alma. Momentos como aquellos hacían que la vida mereciese la pena ser vivida. Se desnudó y se metió en el agua corriendo también, pues si se lo pensaba mucho se iba a quedar helada; el agua estaba bastante fría. Después de los aspavientos de rigor, llegó hasta donde la esperaba él, que se reía de ella a carcajada limpia.
–Eres una exagerada, ¡no está tan fría! –le dijo, al tiempo que le salpicaba la cara, que ella todavía no se había mojado.
–¡Gonzalo! –chilló ella–. ¡No me tires agua, por favor! –lo miró suplicante.
–Pues a nadar. ¡Quiero ver con mis propios ojos a esa sirena que parece ser que llevas dentro!
Empezaron a nadar, y aunque Aylynt no se arredraba, ni mucho menos, Gonzalo le ganó por bastantes metros. Al llegar a su lado e incorporarse, ella se quedó con la boca abierta, ¡aquello era maravilloso! Estaban rodeados de cascadas y saltos de agua, árboles y paredes de roca impresionantes.
Él la cogió de la mano y suavemente la hizo ir hacia la cascada más grande. Una vez allí, rodearon la caída del agua, y entraron andando sobre la arena en una pequeña cueva, decorada con estalactitas y estalagmitas. Por un pequeño orificio entre la vegetación, el agua que caía y la roca, entraban unos rayos del sol de media tarde primaveral, que realzaban el espectáculo. Si de verdad existía el paraíso, debía de parecerse a aquello… y ellos dos eran Adán y Eva, no puedo evitar pensar Aylynt.
Gonzalo la tomó por la cintura con sus manos y se acercó a ella. Empezó a besarla en la frente, en los ojos, en la boca…mientras ella sentía que su cuerpo era recorrido por intensos cosquilleos de placer. Se abrazó a él, y se estremeció al sentir sus cuerpos pegados el uno al otro, su piel contra la de él. Pequeños gemidos de placer salían de la garganta de Gonzalo, que echó la cabeza hacia atrás, al tiempo que ella le lamía y mordisqueaba el hueco entre el hombro y el cuello.
Una vez sobre la arena, Gonzalo le hizo el amor con dulzura y pasión, recorriendo el cuerpo de ella con sus manos, con sus labios, con su boca, al tiempo que la hacía suya, y juntos llegaban a ser uno, en un éxtasis largo y profundo, que parecía no tener fin.
Al terminar, se quedaron uno al lado del otro, oyendo el murmullo del agua que caía y viendo brillar a la luz del sol las prodigiosas figuras naturales que adornaban las paredes. Aunque sus cuerpos ya no estuvieran unidos, sus almas seguían sintiendo que eran una sola.
Un rato después, entraron otra vez en el agua, y volvieron a la playa del río donde esperaban sus ropas y los caballos.
Gonzalo había preparado minuciosamente la salida. Trajo un paño para secarse y una manta para el suelo, además de comida para la cena. Encendió un fuego, y después de vestirse, se sentaron uno junto al otro. Eran tan felices, que ni siquiera sentían la necesidad de hablar. ¿De qué vas a hablar con alguien que es tú mismo?
Después de cenar, se quedaron contemplando el atardecer, que llenaba el horizonte de naranjas y rosas, en una prodigiosa sinfonía natural.
–Aylynt –la llamó él.
Ella giró la cara, con una sonrisa, hacia Gonzalo.
–¿Si?
–Hace unos días que quería hablar contigo sobre algo….–el maestro parecía nervioso. Aylynt se sorprendió, pues no era típico de él. Lo miró expectante.
–Aylynt, te amo más de lo que pensé en llegar a amar a nadie jamás. Y quiero que estés conmigo para siempre…–se detuvo y tomando aire, acabó–: ¿Quieres ser mi esposa?
Sus miradas se encontraron, y Aylynt se sumergió en esos ojos castaños, que la miraban con una mezcla de todas las cosas: amor, ternura, pasión y dulzura. Y supo que toda su vida había sido un viaje para llegar allí, a ese instante mágico de unión de su alma con la de Gonzalo, y que su sitio era ese, junto a él.
–Sí –respondió ella. Y la cara de su enamorado se iluminó con una enorme sonrisa de felicidad, mientras la estrechaba contra él.


Capítulo 22

–¡Gonzalo, dónde me he metido! ¡Esto es un nido de víboras! –dijo Aylynt preocupada y susurrando a Águila Roja, mientras se abrazaba a él en el interior del pasadizo secreto que salía del cuarto de juegos de la infanta.
–¿Qué ha pasado? –le preguntó el héroe, al tiempo que la estrechaba con todas sus fuerzas. Solo habían sido unas horas y ya la echaba de menos como si hubieran sido años.
Aylynt se separó un poco y, a la luz de la lámpara que él había usado para llegar hasta allí, le empezó a explicar.
–Esta tarde, he sido “invitada” por la reina y sus damas, ¡a bordar! Imagínate, el mal rato, yo no sé bordar…
–¿No se borda en el siglo XXI? –le preguntó él en broma, tratando de, al menos, hacerla sonreír.
–¡No me interrumpas! Y no, no se borda, al menos a mano–. Aylynt empezó la frase enfadada, pero al terminar ya le había entrado la risa. Cuando consiguió serenarse un poco, se quedó atrapada en sus ojos, y luego se besaron dulcemente.
–¿Y cómo has salido del aprieto? –le preguntó Gonzalo intrigado.
–Me he llevado un libro, y les he dicho que tenía que preparar unas clases.
–¿Y se lo han creído?
–No lo sé. Lo único que te puedo decir, es que son unas arpías. Al entrar, me han pegado todas una mirada de arriba abajo, que casi salgo corriendo.
–Cariño, eso es pura envidia. Te han visto tan hermosa que se les han llevado los celos –replicó él risueño.
–Gonzalo, una de ellas, cuchicheando, pero lo suficientemente alto para que yo lo oyera, ha dicho: “Así que ésta es la sustituta de la marquesa en la cama del rey”.
–¿Quéee? –casi gritó él, al tiempo que le cambiaba la cara debido a la ira–. ¿No se te habrá insinuado el viejo ese? –dijo resoplando.
–No, tranquilo. No lo he visto a él ni a nadie de su séquito. Cálmate Gonzalo –le susurró ella suavemente en voz baja.
Transcurrieron unos momentos en silencio, y él, más sereno ya, le preguntó por su hermana.
–¿Y la infanta? ¿Cómo es?
–Bueno…, desde luego no se parece a ti… Ni en hermosura, ni en inteligencia, ni en espíritu de trabajo y sacrificio. Ten en cuenta que es la única hija que les queda a los reyes, y está muy malcriada. Simplemente, hace lo que le da la gana. He estado con ella esta mañana, menos de media hora. Se ha cansado, y me ha despachado. Por cierto, me han asignado una criada. ¡No me lo puedo creer! Se llama Josefina. Veremos si nos sirve de ayuda.
–¿Has averiguado algo más de los anónimos? –inquirió él.
–No. La criada de la condesa de Olivares me ha explicado, a escondidas, más o menos lo mismo que ya nos ha dicho Agustín. Los anónimos han sido tres, escritos con muy mala letra, supuestamente para disimular. Decían cosas como “Mariana, vas a morir” y otras lindezas por el estilo. Los dejaron sobre el lecho de la reina, mientras ella no estaba en su dormitorio. Se ha interrogado a todos los criados y no han sacado nada en claro.
–Debe ser una las damas. El uso del tú, denota cercanía. Además, pocos criados saben escribir –repuso él.
–Pero lo ha tenido que poner una de las criadas. Las mujeres que acompañan a la reina, no han podido entrar en la habitación sin ser reconocidas, en cambio, una criada cualquiera sí. Además, siempre hay dos soldados haciendo guardia en su puerta.
–Intenta sonsacar a las criadas. Y de las damas, ¿no hay ninguna con la que puedas hacer un poco de amistad?
–Lo intentaré. Pero es difícil engañarlas. Ellas no hacen nada. Tienen todo el día para discurrir sobre cualquier palabra que yo diga. Es imposible tomarlas desprevenidas. Ah, otra cosa: la reina está embarazada otra vez. Quizá tenga que ver con eso –explicó Aylynt.
–Existen montones de motivos para amenazar o incluso matar a una reina. Son personajes tan encumbrados que tienen multitud de enemigos. Nuestra misión es saber quién puede haberse decidido a pasar a la acción.
–¿Has tenido algún problema para encontrar la boca exterior del pasadizo? –le preguntó Aylynt. Ya se imaginaba algún día teniendo que huir por uno de ellos, y quería saber más.
–No. Está en pleno bosque, pero los álamos de la entrada, lo señalan muy bien, si lo sabes, claro. El problema es dentro. Hay un montón de galerías que se cruzan. Si no llega a ser por la clave que nos dio Agustín, no hubiera llegado. En los cruces impares hay que tomar el camino de la derecha, y en los pares el de la izquierda. Y para salir al revés. Se tarda casi media hora, en llegar al final.
–Uff, mucho, ¿no? Gonzalo, creo que me tengo que ir. Josefina estará rondando ya por mi habitación, y si no me encuentra, ya sabes lo que puede llegar a pensar…
–Cuídate mucho, mi tesoro –le dijo él con pesar mientras la besaba. Después se fue por el túnel. Aylynt se quedó parada viendo como desaparecía a la vuelta del primer recodo. Después de lo sucedido aquél día, se preguntaba si no hubiera sido mejor haber hecho caso a Gonzalo dos días antes, y no haber aceptado el “encargo”. Pero ahora, ya no podía echarse atrás.

Transcurrieron dos días sin obtener ninguna información, y sin pasar nada reseñable. Aylynt entró con cuidado, tratando de no hacer ruido, en el cuarto de juegos de la infanta. Por tercera noche consecutiva, iba a verse con Gonzalo al inicio del pasadizo, que se ocultaba detrás de uno de los tapices. Se accedía mediante un mecanismo situado en uno de los apliques para las velas, que había en la pared cercana. No excesivamente original, por cierto, pensó ella. Justo había terminado de accionar el aplique para que se desplazara el pequeño paño de pared que daba entrada al túnel, cuando una voz grave la sorprendió por la espalda. Aylynt se maldijo a sí misma. ¡Tenía que haber registrado bien la habitación antes de dirigirse al aplique!
–Así que tú eres Rosario o, mejor dicho, Aylynt.
Ella se giró y se encontró con ¡el rey!
–¡Majestad! ¡Qué sorpresa encontraros aquí! –al tiempo que hacía una leve inclinación de cabeza. Aylynt sintió que le subía por el pecho una oleada de miedo. ¿Qué hacía él aquí? ¿Qué quería?
El rey la observaba con descaro, al parecer, saboreando lo que veía.
–Eres muy hermosa. Es verdad lo que dicen todos. ¿Sabes que has sido la comidilla de palacio desde que llegaste? Las damas no paran de murmurar celosas. Y los caballeros, me felicitan por tan jugosa presa.
Hasta aquí aguantó Aylynt. Porque el miedo se había transformado en rabia.
Levantó la cabeza y con una mirada glacial le dijo al rey de las Españas:
–Creo que os equivocáis, señor. Yo no soy la presa de nadie –y estuvo a punto de añadir, “y menos la de un viejo baboso como usted”, pero logró contenerse. –Soy la prometida de vuestro hijo, por lo que creo que vuestras insinuaciones están totalmente fuera de lugar.
–Por menos de lo que tú acabas de decirme, algunos han perdido la vida –repuso él fríamente también. Luego, un poco más distendido, continuó–: Pero tienes razón, a la prometida de mi hijo no debo decirle estas cosas. Y, ¿cómo está mi hijo?
–Si lo desea, puede preguntárselo a él –contestó Aylynt ácidamente. En ese momento, surgió Águila Roja de detrás del tapiz. Su mirada no dejaba lugar a dudas, había escuchado la conversación. Estuvo a punto de intervenir para ayudarla a ella, aunque finalmente no fue necesario.
–¿Por qué está aquí Águila Roja? ¿Qué habéis tramado? –preguntó el rey sorprendido y furioso.
Águila Roja se plantó delante de él, y lentamente se bajó el embozo, y la capucha.
–Soy tu hijo Gonzalo, padre –la última palabra la dijo con profundo desprecio.
El rey quedó aturdido. Ni conocía a Gonzalo, ni sabía que era Águila Roja. Cuando logró recuperarse mínimamente, se acercó a su hijo, y le miró con cariño. Y hasta se podía decir que con orgullo.
–¡Te pareces tanto a tu madre! –le dijo al tiempo que le ponía su mano en la mejilla al héroe. Éste, de la sorpresa, dio un pequeño respingo.
–¿Quién era mi madre? ¿Por qué la mataron? ¿Por qué quisieron matarme a mí también? –las preguntas salían a borbotones del alma de Gonzalo.
–Tu madre fue la mujer más maravillosa que he conocido jamás. Se llamaba Beatriz. Era hermosa, fuerte, inteligente, del estilo de Aylynt, aquí presente –miró hacia ella con una sonrisa. Aylynt no salía de su asombro–. Me enamoré de ella la primera vez que la vi. Y lo más curioso, hijo mío, ella me correspondía. Y nuestra dicha ya no tuvo límites cuando naciste tú, mi primer hijo varón sano y fuerte. Tu madre te puso de nombre Carlos, como mi bisabuelo el emperador. Fue Agustín el que te cambió el nombre y te alejó de mí para tratar de salvarte la vida.
El monarca hizo una breve pausa, pues los sentimientos se agolpaban en su garganta. Pero siguió desgranando la historia.
–Ella era Beatriz de Médicis, la hija de Fernando I, el Gran Duque de la Toscana, o como solía decirse, el “rey de Florencia”. Fue acogida en esta corte, desde la de Francia, donde Luis XIII ajustició a su marido, el duque de Montmorency, por rebelión. Vino con su pequeño hijo Robert, el que ahora es Hernán. Yo tenía veinte años y ella veintidós. Entonces yo estaba casado con Isabel, la hermana de Luis. Nuestro matrimonio, de conveniencia claro está, ni siquiera servía para traer al mundo un heredero. Mi juventud y mi inexperiencia hicieron que cometiera un gran error, ¡uno de los mayores de mi vida! –la voz del rey sonaba afectada y temblorosa. Tras unos momentos continuó.
– Era tan grande mi amor por ella y por ti, que decidí pedir al Papa la anulación de mi matrimonio con Isabel, para casarme con Beatriz y hacerte mi heredero legítimo. Pero no medí bien las consecuencias. Nadie en Europa deseaba ese matrimonio. La madre de Isabel, la reina madre de Francia, María de Médicis, prima de Beatriz, puso el grito en el cielo, y amenazó con la guerra total con España si el asunto seguía adelante. Hasta en Florencia, la familia de tu madre, se rebeló en mi contra. Temían que si me casaba con ella, quisiera anexionarme el Gran Ducado. El Papa dijo que nos excomulgaría a Beatriz y a mí, si no dejábamos nuestra relación. Las amenazas llegaron desde todas partes. Finalmente, tu madre ya no pudo soportar más la presión y huyó contigo y con tu hermano. Envié a Agustín en su busca, pero cuando la encontró ya era tarde, la logia acababa de asesinarla. Aunque logró salvaros a vosotros. Y decidimos que la única manera de conseguir que sobrevivierais era separándoos y cambiándoos el nombre.
Gonzalo estaba anonadado, los datos aportados por su padre se agolpaban en su mente sin orden ni concierto.
–Pero si consiguieron separaros, ¿por qué la mataron a ella y quisieron matarme a mí? Tienes otros hijos bastardos que van por ahí con la cara bien alta –le preguntó Gonzalo a su padre con desesperación al principio y desprecio después.
–Porque tú, hijo mío, tienes algo que ellos no tienen, el linaje de sangre de tu madre. Por el que podrías ser el heredero al trono de España. En aquel entonces,…e incluso ahora, pues sigo sin tener descendiente varón legítimo. Baltasar Carlos, el hijo que tuve después con Isabel, falleció a los siete años. Y todavía estamos de luto por la muerte de Felipe Próspero, el hijo de Mariana, el cual murió hace unos meses con cuatro.
El rey, visiblemente afectado y emocionado, fue a sentarse en el sillón más próximo.
Gonzalo, seguía de pie paralizado, con la miraba en la lejanía. Ahora que por fin conocía lo que hacía meses andaba buscando, realmente no sabía qué hacer con ello. Era todo monstruoso. Un nido de víboras, había dicho Aylynt. Tenía razón.




Capítulo 23

–Por el bien de todos, sería mejor que esto no saliera de aquí –advirtió el rey mirando fijamente a los dos.
Después se levantó y se fue.
Aylynt se acercó a Gonzalo y le dijo:
–Yo no sabía nada acerca de tu madre. Nunca trascendió en la historia.
Él se la quedó mirando con ternura e hizo un gesto de restarle importancia.
–No te preocupes… Y ahora, me voy, discúlpame pero necesito estar solo.
Ella asintió y lo dejó ir. La verdad es que, Aylynt también se había quedado muy sorprendida al oír el relato del monarca. Pero la decisión de lo que había de hacer, la tenía que tomar él solo, por eso respetó su deseo.
Gonzalo llegó a su casa, y entró en la habitación donde descansaba Alonso. Se sentó en la cama junto a él, procurando no despertarle. El niño dormía tranquilo y sin sobresaltos. Su padre lo miró amorosamente. Ahora resultaba que no solo eran hijo y nieto del rey, sino que incluso tenían posibilidades de llegar a heredar el trono si se lo proponían. Su propia madre, ¡era una Médicis! Pero, ¿merecía la pena luchar por esas herencias?
Cuando su tía Teresa le dijo que era hijo de Felipe, se llenó de odio hacia él. ¿Cómo siendo el monarca más poderoso del mundo, había dejado que mataran a su madre? Pensó que seguramente era porque ella había sido una más de las tantas que habían tenido que pasar por la cama del rey. Pero ahora sabía que no había sido así. Según contaba su padre, él y su madre, sí se habían querido. Había sido un hijo querido y deseado. Esto le confortó un poco, dentro de la amargura.
Por otro lado, él mismo, el ahora poderoso y temido héroe Águila Roja, había sido también incapaz de defender a la madre de su hijo. Y si bien era cierto que los dos casos no se podían comparar, pues lo de Cristina fue una fatal casualidad, el resultado había sido el mismo. Tanto su madre como la de Alonso, habían muerto. Se sentía pues, menos inclinado a juzgar a su propio padre. Le conmovía bastante saber que una vez, el rey llegó a pensar en casarse con su madre, y hacerlo su heredero.
Pero ahora había que pensar en el mañana. Y desde luego, tenía claro que su futuro y el de su hijo, no pasaba por dejarse la vida reclamando unos peligrosos derechos. Bastante caro lo había pagado ya. Su futuro estaba con Alonso y con Aylynt, y no quería saber nada de ponerse en la mira de los avariciosos del poder. Él mismo había matado a uno de ellos, a Valois. ¡Las vueltas que daba la vida!, pensó. Sin saberlo había salvado a su propia estirpe. Y su hermana, o algún otro hermano más pequeño, acabarían algún día, reinando en España.

Aylynt estaba desayunando con doña Mariana, en la habitación de ésta. La reina la había invitado a ello, porque quería conocer más a fondo a la preceptora de matemáticas de su hija. Eso es, al menos, lo que mandó decir con su doncella personal aquella mañana. Josefina estaba entusiasmada.
–¡Doña Rosario! Qué suerte la suya, solo lleva cuatro días en palacio y su majestad ya la ha invitado a su alcoba privada. ¡Es todo un honor!
Sin embargo, a Aylynt le pareció bastante extraño. Fue con un poco de prevención, pues los nobles tienen unas ideas tan alejadas de la lógica corriente…
Una vez dentro, pronto la reina mandó salir absolutamente a todos los criados, y se quedaron ambas a solas.
–Doña Rosario, el motivo de mi invitación va más allá de lo expresado por mi doncella –soltó aire y siguió hablando–. Anoche, mi esposo, me informó de la verdadera causa por la que está usted aquí. Tengo que confesar, que fue tras una pequeña discusión, pues desde que usted llegó, yo tenía la impresión de que él la había traído por sus propias razones.
Aylynt se maravilló de las vueltas que le daba aquella mujer para decir sin decir que había creído que era la nueva querida de su marido. Decidió obviar el malhumor que le entró ante semejante idea.
–Señora, estoy a vuestra disposición para lo que queráis hablar – dijo haciendo una pequeña reverencia con la cabeza.
–Bien. Quería explicaros que tengo mis sospechas acerca de quién puede estar enviando los anónimos contra mi persona. Creo que es mi dama Leonor, la hija del duque de Osuna. Entró a mi servicio hace unos meses y tiene un hijo de dos años cuyo padre es Felipe. Aunque ella cree que no lo sé. Pero yo me entero de todo, Rosario, de todo.
El asombro de Aylynt fue mayúsculo. Pero, ¿es que aquel hombre no se podía dedicar a gobernar mejor su imperio, y dejar de regarlo con sus hijos bastardos?
–El gran escollo, es que no lo puedo demostrar. Y no puedo acusarla sin pruebas. También es muy difícil pedir ayuda dentro de palacio, pues su padre es muy influyente. Y Felipe, no sabe nada de mis suposiciones. Creería que son inventos míos por celos. Pero, usted y yo, que somos mujeres, entendemos perfectamente lo que digo, ¿verdad?
La muchacha asintió y se atrevió a empezar a preguntar a la reina.
–Doña Mariana, ¿puede mostrarme los anónimos?
La señora se levantó y fue a buscarlos a un mueble con cajones. De un compartimento secreto, sacó unos papeles.
–Conozco la letra de mis damas. Y este punto de la “i”, es característico de la escritura de Leonor –dijo la reina, señalándolo en el papel.
–¿Ha notado algún cambio en su manera de tratarla a usted?
–No. Sabe disimular muy bien. Aunque en honor a la verdad, hay que decir que eso es algo que se aprende pronto en cualquier corte. Se llama también instinto de supervivencia –aseveró con amargura la reina.
–Intentaré acercarme a ella y a sus criadas, a ver si consigo enterarme de algo. Mientras tanto, majestad, es mejor que no se fíe absolutamente de nadie. Porque aunque no fuera Leonor, lo que está claro es que es alguien muy cercano –le aconsejó Aylynt.
–Sobre todo temo por mi hija Margarita, y por mi futuro hijo – Mariana sonrió al pensar en él –. Creo que esta vez sí será un varón sano y fuerte.
Aylynt sintió un ligero malestar interior al recordar que, precisamente aquel hijo, sería el que concluiría el linaje de los Austrias en España.

Aquella noche, Aylynt y Águila se volvieron a ver al principio del túnel secreto. Ella le contó la conversación con la reina.
–Gonzalo, ¿recuerdas si la clave para salir por otros pasadizos es siempre la misma? Lo digo por el del gabinete particular de la reina.
–Agustín dijo que sí. Lo que yo quería hacer esta noche es explorar la comunicación entre los pasillos. Y después de lo que has dicho, me estoy planteando quedarme toda la noche, por si acaso. Es bastante factible que Leonor intente atacar mientras la reina duerme.
–Pero están los guardias de la puerta –adujo Aylynt.
–Los guardias de la puerta se pueden sacar del medio fácilmente –dijo él.
–Gonzalo, eso lo puedes hacer tú. Pero, ¿una mujer? –le dijo ella.
–Una mujer todavía lo tiene más fácil, ¿no crees? –le contestó él, al tiempo que la miraba con una sonrisa traviesa.
Ella se quedó prendada de esa sonrisa. ¡Cuánto lo echaba de menos! Fue él quien lo expresó en voz alta por los dos.
–Aylynt, tengo unas ganas de que todo esto acabe y podamos casarnos…–al tiempo que la estrechaba contra él. Ella, con la cabeza apoyada en su pecho, cerró los ojos, aspiró su aroma y se sintió revivir con su fuerza y su calor.
Estuvieron un ratito abrazados, y después él se fue. Aylynt comprobó que la lámpara y el mechero de yesca que había dejado allí, en previsión de una posible necesidad, todavía estuvieran en uso. Luego, retornó a su cuarto.
Los siguientes días, pusieron a prueba los nervios de Aylynt. Las horas pasaban con una lentitud que a ella le parecía sobrenatural. Nadie sabía nada, nadie quería hablar de nada referente a los anónimos. No ocurría nada. Águila Roja ya se sabía de memoria todos los pasadizos secretos, y de dónde venían y a dónde iban, tanto recorrerlos hasta altas horas de la madrugada, haciendo guardia por si ocurría algo. Las clases con la infanta se volvieron casi inexistentes. La niña no estaba precisamente por la labor de estudiar matemáticas. Le pidió a su madre que Rosario se fuera, a lo que doña Mariana, evidentemente, no accedió.
Aquel atardecer, Aylynt se encontraba mirando por una de las ventanas del enorme corredor que llevaba a las habitaciones privadas de la reina, cuando un ruido de faldas y pasitos llamó su atención. Era Mari Bárbola, la enana de la infanta. Iba acompañada de Proteus, el enorme perro mastín de la niña. Aylynt se sorprendió al ver semejante pareja tan extraña, pues venían a ser de la misma altura.
–¡Vaya, Rosario, aquí estás, ganándote la paga, sin hacer nada! No entiendo como la reina todavía no te ha echado a patadas. Porque todo el mundo sabe cuál es tu verdadero trabajo aquí, calentar el lecho real –esto último lo dijo medio escupiendo.
Aylynt sintió que la ira se le subía a la cabeza, y ya iba a contestar para ponerla en su lugar, cuando se dio cuenta de que si le seguía el juego, quizá pudiera sacarle algo.
–Ya. Todo el mundo lo sabe –Aylynt repitió con sorna estas palabras–. Y dime, Mari Bárbola, tú que sabes tanto de todo lo que pasa entre estas paredes, ¿ha tenido el rey otras queridas, tan hermosas y tan lustrosas como yo? –la muchacha se agachó y puso su cara a la altura de la de la enana, que con los brazos en jarra, y gesto chulesco, contestó.
–Pues claro que sí. Eres una soberbia y una engreída. Sin ir más lejos, doña Leonor es mucho más hermosa que tú. Y además, te lleva bastante adelanto, pues ya le ha dado un hijo varón sano a su majestad.
–Esas son invenciones tuyas, cotilla insufrible –la aguijoneó Aylynt.
–No son invenciones mías. Y esta noche todo el mundo se va a enterar –apostilló la mujercita crípticamente.
¡Dios mío! Planeaban atacar a la reina esa misma noche, y la enana formaba parte del complot, pensó instantáneamente Aylynt. Pero logró disimular, y haciendo un gesto de indiferencia, se marchó diciendo:
–¡Eres una mentirosa! Te haces la importante diciendo esas cosas, que son patrañas.
Mari Bárbola, enrabiada, fue detrás de ella, y le dio un puntapié en las piernas mientras murmuraba entre dientes.
–Y la siguiente vas a ser tú.
Aylynt tuvo que hacer un gran esfuerzo para no hacerle una llave de defensa, que en aquel cuerpecillo rechoncho hubiera podido ser letal. Apretó los dientes, y siguió hacia adelante sin hacerle más caso. La mujercilla, ya desde la lejanía, seguía lanzando maldiciones e imprecaciones contra ella. Al doblar la esquina, Aylynt echó a correr hacia la habitación de la reina. Tenía que llegar cuanto antes, para ponerla sobre aviso. Pero llegando ya a la puerta, vio algo extraño. Ante ella había solo uno de los guardias. El otro charlaba animadamente con Leonor, sentados ambos en un banco apoyado contra el muro contiguo. Aylynt se refrenó, y llegó andando pausadamente, como distraída. Se disponía a entrar cuando el guardia le cortó el paso diciendo:
–Su majestad no está dentro en estos momentos.
Aylynt logró contener su sorpresa, pues ella sabía bien que sí estaba. Seguía escrupulosamente los pasos de la soberana, que, además, no se movía de ningún sitio sin dejárselo entender de alguna manera a ella con anterioridad. Habían quedado en esa táctica para la seguridad de doña Mariana.
Sonriendo alegremente al guardia le dijo:
–Ya volveré después –y siguió hacia adelante. Gonzalo tenía razón, Leonor había conseguido camelarse a los guardias con dinero, favores o ambas cosas. Si no, no se explicaba.
Al llegar a la puerta del cuarto de juegos de la infanta, entró dentro. Aquello no levantó sospechas, pues su papel en palacio hacía que lo hiciera muy a menudo; era también el cuarto de estudios de la niña. Cerró la puerta con cuidado, y fue hasta la entrada del pasadizo. Hizo las maniobras necesarias y se introdujo en el angosto pasillo. Tomó la lámpara, la prendió, y corrió hacia la entrada que daba al gabinete de la reina. Atravesó dicha habitación, y se detuvo a escuchar detrás de la puerta que daba a la alcoba de su majestad. Oyó un grito ahogado y abrió la puerta. Lo que vio, la hizo reaccionar al instante. Leonor estaba frente a Mariana, empuñando una daga, que apoyaba bajo la barbilla de la soberana, mientras ésta miraba a su alrededor aterrorizada. Y cerca de la puerta, cerrada, estaba uno de los guardias.
La dama explicaba a su reina, que ya estaba harta y que ahora ella iba a ser la nueva reina, incluso tenía un heredero que ofrecerle al rey. De pronto, dos shuriken salieron disparados de debajo de las mangas de Aylynt. Uno impactó en la espalda de Leonor. El otro en el pecho del guardia. Y aunque no eran armas mortales, sí lograron sorprender a sus víctimas, que por lo inesperado del ataque y el dolor, cayeron momentáneamente al suelo.
Aylynt tomó de la mano a la reina, que la miraba asombrada con la boca abierta, y se la llevó de allí hacia el gabinete. No pudieron cerrar la puerta pues no tenía llave. Aylynt no podía entender como ¡casi ninguna de las puertas de palacio tenían llave! Algo que le sorprendió mucho cuando llegó. Pues encerrarse con llave en alguna habitación podría ser un buen recurso en caso de necesidad. Pero aquella gente se sentía segura con sus guardias, y con su aura de intocabilidad y no optaron por la solución más sencilla.
Haciendo un rápido repaso de las posibilidades con las que contaban, Aylynt vio que lo único que podían hacer era internarse en la red de pasadizos. Porque salir al corredor, estaba descartado; allí debía estar el otro guardia, y quizá más colaboradores del magnicidio.
Entraron pues por la puertecilla camuflada, y la muchacha cerró desde dentro. La reina, la observó con tristeza y le dijo:
–Leonor sabe entrar perfectamente también. Durante un tiempo fue mi doncella de confianza, y era una de sus obligaciones estar preparada para ayudarme a huir.
Aylynt no daba crédito a lo que oía. No solo las perseguía Leonor con los guardias, como acaba de ver justo antes de cerrar, sino también la mala suerte, ¡por Dios!
–¡Pues entonces aún debemos correr más aprisa! –fue lo único que se le ocurrió decir, mientras cogía la lámpara que se había dejado encendida hacía unos momentos, y estiraba otra vez de la mano de la reina. Pensó que lo más seguro era intentar huir fuera de palacio. No sabían cuántos traidores más podían haber dentro.
Acababan de tomar la izquierda del primer cruce cuando oyeron voces detrás de ellos. Aylynt aceleró la marcha. Menos mal que en ese momento la reina no llevaba el guardainfante que solía vestir, si no, hubiera habido que quitárselo, pues no hubiera podido pasar por el estrecho túnel.
Después de dos encrucijadas más, se dieron de bruces con Águila Roja. Pocas veces se había alegrado tanto de volverlo a ver. Pero reprimió su impulso de echarse a sus brazos y le tapó la boca a la reina, que había empezado a chillar al ver al héroe. Con gestos de los dedos de su mano libre indicó a Gonzalo que, probablemente había dos hombres y una mujer detrás de ellos. Él asintió, y rápidamente fue al encuentro de los perseguidores. Aylynt miró a la reina con seriedad y le hizo el gesto de callar, antes de quitarle la otra mano de su boca. La mujer asintió, y siguió a Aylynt cuando ésta reemprendió la marcha. De rato a rato, la muchacha se giraba para comprobar el estado de la reina que, una vez superado el pánico inicial, se estaba comportando con regio aplomo, a pesar de su estado. Ya estaban a punto de alcanzar la salida al aire libre, cuando reapareció Águila Roja.
–Señora, los atacantes están todos detenidos por el resto de la guardia de palacio. En total eran seis personas. Cuatro guardias, Leonor y Mari Bárbola –informó el héroe muy serio, mientras escrutaba con los ojos entrecerrados a la esposa de su padre. Por unos instantes pensó en cómo hubiera sido su vida si el rey hubiese conseguido casarse con su madre, y él ahora fuera el príncipe heredero. Pero al momento desechó semejantes pensamientos tan inútiles como dañinos. ¿Qué sentido tenía ya seguir removiendo el pasado?
–¿Deseáis volver, doña Mariana? –le preguntó Aylynt a la reina.
–No. Prefiero seguir y salir a tomar un poco de aire. Empiezo a encontrarme ligeramente mareada.
Llegaron a los álamos de la salida, y se sentaron en una piedra al fresco de la noche cerrada que ya era.
–Gracias Rosario, y gracias a ti también, Águila Roja. Ya es la segunda vez que me salvas la vida, a mí y a mis hijos. El rey y yo sabremos recompensaros por lo de esta noche. Aunque tengo que confesarte, muchacha, que al principio no creí que pudieras llegar a serme de ayuda. Pero ahora sé, que mi marido hizo lo correcto pidiendo vuestra colaboración. –Doña Mariana se quedó mirando a sus rescatadores, y de repente se dio cuenta. ¡Eran pareja! Aunque aparentemente no habían hecho ningún gesto que los delatara, notó que había algo muy poderoso que los unía. Una complicidad total, que hacía innecesario que pronunciaran palabra alguna para saber al momento lo que pensaba hacer el otro. No pudo menos que sonreír al abrigo de la oscuridad; pero se trataba de una sonrisa triste. Ese amor, que resaltaba en ellos y que los unía en cuerpo, mente y alma, era algo que ella, aun siendo reina, jamás podría alcanzar.
Pronto se oyeron llegar varios carruajes con guardias y sirvientes; venían a buscar a la reina. Para mantener el anonimato, Aylynt volvió a palacio por el pasadizo. Nadie debía saber sobre su actuación. Para todos, sería la propia reina la que había logrado huir sola por el túnel secreto. Y, además, contaría que había sido Águila Roja el que lanzó aquellas extrañas armas contra sus perseguidores. Nadie haría caso de lo que éstos pudieran contar.
Las doncellas encontraron a su reina con una pluma roja en la mano.





Capítulo 24

Agustín le dio un pequeño cofrecillo a Gonzalo.
–Es el regalo de su majestad –dijo el fraile a la pareja, que lo miraba con extrañeza.
Gonzalo levantó la tapa. Dentro había un precioso colgante de oro, diamantes y zafiros. Lo tomó con la mano y lo sacó de la cajita.
–Ábrelo –le instó Agustín impaciente.
En el interior había el retrato de una mujer; y aunque era de tamaño minúsculo, el buen trabajo llevado a cabo por el pintor, hacía que se vieran con claridad las características de la retratada.
–¡Es mi madre! –exclamó un emocionado Gonzalo, a la vez que se lo mostraba a Aylynt.
La muchacha se quedó impresionada, tanto por los hermosos rasgos de la mujer, como por el arte del miniaturista que lo había realizado.
Transcurridos unos instantes, Gonzalo pasó el colgante por la cabeza de Aylynt.
–Eres tú quien lo debes llevar. Porque eres su digna heredera.
La joven se echó al cuello de su enamorado, pues el gesto de él, la había conmovido hasta lo más hondo. Permanecieron abrazados durante un buen rato, mientras las lágrimas caían por las mejillas de ella.
Agustín los miraba enternecido. Desde que el mismo rey le había explicado a su hijo, los misterios y secretos que rodeaban su nacimiento, se había sentido rejuvenecer bastantes años. Ahora era libre de contarle a Gonzalo cómo era su madre. Y a menudo le explicaba anécdotas o historias sobre ella. Aylynt y Gonzalo se habían convertido, por fin, en los hijos que nunca tuvo.
Para ellos, Agustín era el compañero de fatigas en las misiones de Águila Roja, a la vez que una especie de padre, que velaba por los dos. El fraile, por fin, había caído rendido a los pies de esa Aylynt, que le había robado el corazón a su protegido.

En la víspera de la boda, los dos estaban en casa de ella, nerviosos pero felices, repasando si estaba todo preparado. En un instante dado, Aylynt creyó llegado el momento oportuno para darle su regalo a su prometido. Se desabrochó la medalla del ángel, y la puso en manos de él, que cerró su palma y estrechó a Aylynt entre sus brazos. Con aquel gesto, ella le había entregado su vida entera, y se sintió más afectado de lo que nunca hubiera imaginado. Cuando por fin pudo volver a hablar, le susurró con voz ronca al oído: “Juro que no te arrepentirás”. Y de esta manera sellaron definitivamente su amor, ante sus propios corazones.

Era una luminosa y perfecta mañana de domingo de mayo.
Aylynt se miraba al espejo, asombrada por lo que veía. Puede que estuviera mal que lo dijera ella, pero se encontraba divina. Con la recompensa que le dio la reina, había conseguido un atuendo regio también. El tejido del vestido, de terciopelo de seda en color crudo, era muy suave y brillante. Llevaba aplicaciones de encaje de Flandes, y bordados en hilos de oro y plata. El escotado y apretado corpiño, embellecía, si cabe, su pecho. La caída de la falda, desde la cintura y sobre las caderas, era espectacular, pues Aylynt había prescindido de la mayor parte de armazones que se estilaban en la época. Los zapatos eran del mismo tejido, con bordados también. Y las medias, de la más pura seda blanca.
Los pendientes, el brazalete, el collar y la diadema eran de oro y perlas, que lanzaban destellos irisados. El conjunto de joyas se lo había prestado la señora condesa, que sonreía satisfecha dando los últimos retoques al velo de seda de la novia, ayudada por Catalina e Inés, mientras doña Filomena lloraba sin parar, viendo a “su” Aylynt en la antesala de su boda.
Temprano por la mañana, habían venido las peluqueras para hacer el recogido del cabello, sencillo pero elegante, que dejaba caer sus rizos rubios sobre los hombros. También le habían maquillado ligeramente los pómulos, las pestañas y los labios.
Cuando quedaba poco ya para marchar hacia la iglesia, apareció Sátur, vestido muy elegantemente y con una seriedad y saber estar impresionantes. Trajo el ramo de azahar para la novia y, mientras se lo entregaba, no pudo menos que decirle un halago:
–Señora Aylynt, es usted una reina –a lo que ella se sonrió. ¡Este Sátur!
El criado vino con Alonso, que sería el portador de las arras. E Isabel, llevaría los anillos.
Justo antes de salir de casa, Aylynt se paró un momento y miró a su alrededor. Le embargaba la felicidad, no solo porque era el día de su boda con el hombre al que adoraba, sino también por ver a todos sus nuevos amigos tan felices y tan guapos con sus trajes recién estrenados.
La novia, el padrino Sátur, y los dos chiquillos montaron en el primer carruaje, que era descubierto, y estaba primorosamente adornado con flores blancas. La condesa, doña Filo, Cata e Inés, iban en el segundo carruaje.
Cuando llegaron a la puerta de la iglesia de San Felipe, Aylynt se sorprendió al ver el gentío. Nadie en el barrio quería perderse la boda de su querido maestro con la mujer que hacía pocos meses que había venido, pero ya les había robado el corazón a todos, no solo al novio. Los niños de la escuela de Gonzalo lanzaban pétalos de rosa en el suelo, por delante de donde iba a pasar la novia.
Mientras avanzaba por el pasillo central del templo, del brazo de un digno Sátur, Aylynt pensaba en el largo “viaje” que había tenido que hacer. Y como muchas otras veces, tenía la certeza, de que estaba donde y cuando tenía que estar. Porque allí al fondo le esperaba el hombre de su vida. Y le daba igual haber tenido que venir a buscarlo al siglo XVII.
Gonzalo estaba radiante, con su traje nuevo de terciopelo negro, bordado en oro, y la camisa y las calzas blancas. Cuando su mirada se encontró con la de Aylynt, a través del tenue y transparente velo, una sonrisa de felicidad iluminó el rostro de ambos.
La misa y la administración del sacramento fueron llevadas a cabo por el párroco, al que asistió el hermano Agustín.
Aylynt se emocionó y no pudo evitar derramar alguna lágrima cuando Gonzalo le puso el anillo. Al darse cuenta él, le apretó ligeramente la mano, para darle ánimos, al tiempo que le sonreía y la miraba a los ojos con todo el amor del mundo.
Por fin, cuando el sacerdote dijo: “Quod Deus conjunxit, homo non separet”, los parroquianos estallaron en gritos de júbilo, mientras instaban al novio a levantar el velo de la novia y a besarla.
El primer beso de casada le supo a gloria, a la recién estrenada señora de Montalvo. Luego salieron juntos por el pasillo central, mientras sus vecinos gritaban: “Vivan los novios”. Y en el exterior les esperaba la lluvia de arroz, que pretendía conferir prosperidad y fertilidad al nuevo matrimonio.
Fue un día memorable para todos aquellos que tuvieron la fortuna de asistir. La señora condesa prestó su jardín para celebrar el convite; el jardín de las flores de la pequeña Isabel, que ahora sí, estaban en todo su esplendor.

Los novios pasaron la noche de bodas en casa de Aylynt, y a la mañana siguiente partieron en un carruaje, a realizar su luna de miel, empezando por la hermosa Toledo. Fueron días muy dichosos, en los que la pareja disfrutaba por fin de la felicidad de poder estar juntos día y noche, sin pensar en el qué dirán. Cuando tocó volver, Aylynt se resistía. Le decía a su recién estrenado marido:
–¿Por qué no nos quedamos un día más? Sí…, por favor…– mientras recostada en la cama, ponía carita de inocente y le hacía ojitos a Gonzalo. A él le entraba la risa, se tiraba encima de ella, le hacía el amor otra vez, y después, poniendo cara de mucho pesar, se daba por vencido.
–Bueno…, una noche más…–y acababan como siempre, enredados, dando vueltas por la cama.


Cuando volvieron del viaje, Gonzalo y Aylynt, sorprendieron a Sátur con su propuesta. Ella todavía disponía de una cierta cantidad de dinero, y pensó que sería una buena idea ayudar a Estuarda a establecerse como modista. Y cuando por fin, Sátur y Estuarda se casaron, Gabi fue el niño más feliz del mundo. ¡Ahora tenía una familia!
Las relaciones entre Aylynt y Alonso, que al principio preocupaban a Gonzalo, fueron mejorando poco a poco, y llegó un día en que el chico tuvo que reconocer que, aunque Aylynt nunca podría sustituir a su madre en su corazón, sí que era una buena mujer, que adoraba y hacía feliz a su padre, y que a él lo cuidaba con cariño y esmero.

Las misiones de Águila Roja eran ahora mucho más importantes y decisivas. Ya no tenía a las autoridades detrás de él, pues el rey había dado orden de colaborar con el héroe en agradecimiento a haberle salvado dos veces la vida, y como reconocimiento de su valía. Además de, claro está, por ser su hijo. Aunque esto no lo sabía casi nadie, ni siquiera la reina.
Se empezó a conocer también a su ayudante, que aparecía junto a él, vestido de negro de los pies a la cabeza y con ropa más ajustada. Nadie supo nunca quién era, pero también entró en el corazón del pueblo, que lo adoraba casi igual que a Águila Roja. Le llamaban Águila Blanca, pues solía dejar una pluma de ese color cuando actuaba.

Juan de Calatrava consiguió por fin el certificado de defunción verdadero, del marido de Margarita, que había muerto en una reyerta con Íñigo en Sevilla, varios meses antes. Así, el y la muchacha, pudieron casarse. Ella empezó a ayudar a su nuevo marido en su noble labor de médico. Con los años, los problemas que lo separaban de su familia, se arreglaron, y volvió a ser otra vez el duque de Velasco y Fonseca, siete veces grande de España.

La vida de Hernán se convirtió en un infierno después de lo ocurrido a Lucrecia, y tras enterarse de que su ambición y su maldad le habían llevado a asesinar a la mujer de su hermano, de una manera tan alevosa. Así pues, cuando en una de sus visitas semanales a Lucrecia, ésta le arrebató la daga que llevaba siempre en el interior de su bota, y se la clavó en el pecho, harta de ese hombre desconocido que la importunaba con sus palabras de amor, Hernán vivió los instantes previos a su muerte como un alivio. Prefería morir que seguir viendo a la mujer que amaba en ese estado.

Dos años después de la boda, nació el primer hijo de Gonzalo y Aylynt. La alegría de ambos fue indescriptible. Para los dos era la culminación de su amor. Andrés de Montalvo y de la Vega. A su madre le maravillaba su viveza, su fuerza, su hermosura. Y al año siguiente vino al mundo Agustín, su segundo hijo. Su hermano mayor, Alonso, aunque ya le pillaba un poco lejos, estaba entusiasmado con sus hermanitos, a los que, apenas empezaron a andar, les enseñaba a luchar con pequeñas cruces de madera.
Pero si hubo un momento en el que Gonzalo creyó que había tocado el cielo, fue cuando tuvo en sus brazos a su pequeña Beatriz, la niña de sus ojos. Digna heredera de su madre y de su abuela del mismo nombre, llegaría a ser de mayor, una de las mujeres más bellas, inteligentes y audaces de su tiempo.
Y como la vida daba tantas vueltas, Alonso inauguró el linaje de los Montalvo en la casa condal de Valmayor, al casarse con Isabel. Su amistad empezó en la boda de Gonzalo y Aylynt, y con el tiempo se convirtió en amor.
Así como, al casarse con Nuño, Matilde fue la siguiente marquesa de Santillana.

Y de las grandes gestas y hazañas de Águila Roja, nació su leyenda, que desde entonces ha entusiasmado a grandes y pequeños, pues en el corazón del pueblo, los que lo defienden siempre encuentran su sitio.


Epílogo

Aylynt acabó de leer el libro que había encontrado el día anterior, olvidado en un banco del parque. Se titulaba “La leyenda de Águila Roja: un héroe del pueblo del siglo XVII”. Se explicaban las grandes acciones que llevó a cabo este héroe. Lo leyó de un tirón. Era emocionante saber su origen, tras el cruel asesinato de su primera esposa. O que era hijo secreto del rey, aunque no indicaba quién había sido la madre. También hablaba de su segunda esposa, pero curiosamente, no daba ningún nombre.
De todas formas, mientras lo leía había sentido algo extraño, indefinible, imposible de explicar… Aylynt apretó el libro contra su pecho y entonces la oyó en su interior. Era una llamada que llegaba desde el fondo de los siglos, una llamada llena de dolor, rabia, tristeza, venganza, odio…pero también pasión y dulzura, esperanza y vida, y amor, mucho amor; era la llamada de un alma que le decía a la suya: “Ven, ven… te estoy esperando”. Las lágrimas brotaron incontenibles de sus ojos, porque aunque era imposible, ella sabía que era real…, imposible pero real…

Aylynt abrió su portátil y tecleó en el buscador de internet: “Viajes en el tiempo”…

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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor moli » Dom Abr 24, 2011 9:06 pm

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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 7:03 pm

Comenzamos la segunda parte, en la que pululan algunas mozuelas conocidas, jajajaja


SEGUNDA PARTE


Las Nuevas Aventuras de Aylynt de la Vega




Capítulo 1

De pie, apoyado contra el quicio de la puerta, Gonzalo observaba con verdadero deleite la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Aylynt estaba amamantando al pequeño Andrés, de cuatro meses.
Su mente rememoró cómo, tres años atrás, Aylynt llegó a su vida. Se sonrió recordando aquellas primeras clases de lectura y escritura. Sus noches de pasión en casa de ella cuando volvía de las misiones. Sus increíbles orígenes en un tiempo aún por llegar…
En aquel entonces, las trayectorias de ambos se entrelazaron y llegaron a ser definitivamente una cuando se casaron. Luego vinieron dos años en los que las dos Águilas, la Roja, y la Blanca, habían volado juntas. Lucharon en múltiples misiones, resultando siempre victoriosas. Águila Roja y su acompañante entraron en la leyenda. Después, cuando Aylynt quedó embarazada, Gonzalo volvió a salir con Sátur de acompañante.
Ella levantó la cabeza y lo vio.
–Gonzalo, ¿ya has vuelto de la escuela? –lo recibió cariñosa y sonriente.
Él se acercó con su habitual paso silencioso y elástico, y agachándose, los besó a ambos.
–Veo que sigue con el mismo apetito de siempre –constató arrobado, mirando alternativamente a sus dos tesoros.
–Sí. Es un cielo, da gusto verlo comer. –Aylynt se quedó mirando al bebé con una sonrisa beatífica en sus labios. Luego su mirada se encontró con la de Gonzalo. Y como tantas veces le pasaba, se perdió en aquellos ojos castaños que la llenaban con su amor.


Aquella noche, empezó como una noche cualquiera, pero el destino, absurdo a veces, no deseado casi siempre, corría presuroso al encuentro de sus vidas.
–Aylynt, despierte, por favor –la voz baja pero apremiante de Sátur, la sacó de su sueño, en mitad de la noche.
–¿Qué pasa Sátur? –preguntó ella, a la vez que una dolorosa certeza inundó su mente y su corazón–. ¿Le ha pasado algo a Gonzalo? –preguntó en un hilo de voz.
Sátur asintió con la cabeza, mientras con la cara anegada por las lágrimas, solo pudo añadir unas pocas palabras.
–Sí, señora. Lo he dejado con Juan.
Aylynt saltó de la cama y en segundos se puso un chal, se calzó las alpargatas y salió disparada hacia la consulta del médico vecino, mientras Sátur se quedaba mirando con una tristeza infinita al bebé, que ajeno a cuanto sucedía a su alrededor, dormía plácidamente en su cuna.

–Juan, ¿cómo está? –preguntó una llorosa Aylynt al ver al hombre de su vida tendido en la mesa del médico. No se movía, y apenas respiraba. Todavía llevaba las ropas de Águila, aunque rotas y destrozadas. La capa, el embozo y la katana estaban tirados en el suelo, como mudos testigos de la desgracia.
Juan bajó la vista antes de contestar, tratando de tomar ánimos. Siempre había temido que llegara este momento, porque siempre supo que algún día pasaría lo que estaba teniendo lugar en ese instante. Gonzalo moribundo en su consulta, con Aylynt llorando a su vera. Ya había perdido la cuenta de las veces que los había curado a ambos, aunque nunca había estado la situación tan grave como ahora. Quizá el día del disparo, hacía ya más de tres años, cuando ni siquiera sabía que él era Águila Roja, y tuvo que emplearse a fondo para que su corazón volviera a latir.
Pero hoy era diferente. Sabía que esta vez no iba a haber ningún milagro, que nada iba a poder salvar al héroe.
La tomó de las manos, y mirándola a los ojos, se lo dijo.
–Aylynt, esta vez va en serio. Esta vez, Gonzalo no va a sobrevivir.
Ella volvió la cabeza a un lado y su mirada vidriosa quedó perdida. Se soltó las manos, y volviéndose otra vez hacia él, le contestó.
–Eso no es posible, Juan. Gonzalo no puede morir.
–Aylynt, el golpe en la cabeza lo ha dejado inconsciente, y su pulso es extremadamente débil y lento. Además, apenas puede respirar, tiene un pulmón perforado por una herida de espada.
–Recuperará la consciencia, podrás darle tus medicinas, y se pondrá bien –insistió ella impertérrita.
–Ha caído en una inconsciencia profunda, su cuerpo no reacciona de ninguna manera. Y como te digo, su corazón late demasiado débilmente. Apenas entra aire en sus pulmones. Y la fiebre lo empeora todo, porque además no puede beber. Es cuestión de pocas horas…
Aylynt recordó que gran parte de su vida, al menos la que más merecía la pena, se la debía a Gonzalo. Fue suya desde el mismo instante en que oyó aquella llamada a través de los siglos. ¿Y ahora él la iba a dejar así? No podía creerlo. Se negaba a creerlo. Ese amor, no podía terminar así.
Las lágrimas volvieron a surcar sus mejillas, mientras le tomaba la mano, de pie a su lado. Notó esa fiebre que lo estaba consumiendo por dentro. Y, tal y como había dicho Juan, el pulso apenas se notaba. Lo más grave era su inconsciencia, porque impedía cualquier tratamiento, incluso que pudiera beber. Le tomó la cabeza con suavidad, y vio el tremendo golpe en la parte de atrás, aún con la sangre de la herida. Ese era el principal problema.
Volvió a dejarlo dulcemente en su sitio, y por entre las lágrimas observó ese rostro tan amado, compañero de tantas aventuras. Quizá habían vivido demasiado, mucho más que el común de los mortales. Mientras el resto apenas sobrevivía penosamente al día a día, casi esperando que se los llevara la parca para dejar de sufrir, ellos habían vivido mil vidas en una, con una pasión difícil de superar. Tantas veces habían bordeado el abismo de la muerte sin llegar a perder nunca el pie, que parecía imposible que por fin esta vez hubiera sucedido.
El estado de shock impedía a Aylynt pensar con claridad. Las ideas iban y venían por su mente a ráfagas impredecibles, en las que se enlazaban imágenes de su boda, con las de alguna misión ya olvidada, con el nacimiento de su hijo, o con las de su llegada a este tiempo. Recordó aquel día, aquella primera impresión, al sentirse respirando el mismo aire que él, pisando aquellas callejuelas que él pisaba, viendo lo que él veía…
De repente, el corazón le dio un vuelco. Ya sabía lo que tenía que hacer. Una euforia indescriptible, similar a la de antes de entrar en combate, llenó su cuerpo, su mente y su alma. Una sonrisa curvó sus labios, y sus ojos volvieron a brillar con un ardor igual a la fiebre que quemaba por dentro a Gonzalo.
–¡Ahora vuelvo! –le dijo a un sorprendido Juan, que empezó a temer por la cordura de ella, al verla sonreír de ese modo en esas circunstancias.


Capítulo 2

Aylynt entró en casa como una exhalación y fue directamente a la guarida. Se acercó al enorme arcón que dominaba una de las paredes, donde Gonzalo y ella guardaban sus tesoros. Lo abrió y empezó a rebuscar, sacando apresurada y desordenadamente todo lo que encontraba que no era lo que quería.
Por fin vio el cofrecillo y lo tomó en sus manos con veneración. De su corazón surgió una súplica muda pero atormentada y dolorosa. “Que aún esté aquí”. Lo abrió, y un suspiro de alivio salió de su garganta. Sí, allí estaba la medalla del ángel, junto al relicario con la imagen de Beatriz, la madre de Gonzalo. Tomó la medalla y la escrutó atentamente con ansiedad. Parecía que estaba intacta. Hacía más de tres años que no la veía… y temió que le hubiera pasado algo. Luego se la puso al cuello y abrochó el cierre. Montones de recuerdos tropezaron en su memoria, pero se deshizo de ellos disciplinadamente, no tenía tiempo para sentimentalismos.
Una vez en el piso de abajo de la casa, fue a su alcoba, donde encontró a Sátur de pie, observando con cara triste al bebé.
–¡Señora! ¿Qué hace aquí? ¿Ha pasado algo? ¿Cómo está el amo? –las preguntas le salían atropelladas por la ansiedad.
–Igual, Sátur, igual –le dijo ella con voz baja y monótona, sin apenas mirarle a los ojos. Luego prosiguió. –Sátur, necesito que me ayudes. Tenemos que traer aquí a Gonzalo.
–Claro, señora, vamos –Sátur apenas podía contener las lágrimas, pensaba que sabía lo que aquello significaba, y le dolía el alma. Su amo, el hombre que le había hecho partícipe de su vida y sus aventuras, que había confiado en él más que nadie lo había hecho jamás, el héroe que le había dado un sentido a su vida, y que se la había salvado en innumerables ocasiones, se estaba muriendo.
Salieron de la casa y se dirigieron a la consulta de Juan. Allí, éste los esperaba con intranquilidad, sobre todo a Aylynt, en quien había creído ver síntomas de una inquietante e incipiente pérdida de la razón.
–¡Aylynt! ¿Por qué te has ido tan inesperadamente? –preguntó ansioso.
Ella no contestó a su pregunta, sino que se limitó a informarle de lo que pensaba hacer.
–Juan, te agradezco mucho todo lo que estás haciendo por Gonzalo, pero me lo llevo a casa. Creo que lo puedes comprender.
El médico asintió, y fue a buscar las parihuelas que guardaba para el transporte de enfermos. Colocaron a Gonzalo con cuidado en ellas, junto con la ropa que estaba en el suelo, y se marcharon.
Al llegar a casa, lo pusieron en su cama, y Aylynt empezó a quitarle la ropa, sucia y rota. Mientras tanto, Sátur trajo una palangana con agua, y trapos limpios.
Con una dulzura y una ternura infinitas, ella empezó a lavar el cuerpo de su amado. Ese rostro adorado, en el que no pudo evitar depositar sendos besos en la frente y en cada uno de los párpados ahora cerrados. El pecho fuerte y poderoso del héroe, que ahora estaba sajado por varios cortes, uno de ellos profundo y grave, que le impedía respirar con normalidad. Los brazos, que tantas veces habían empuñado la katana, el arco y la ballesta; que habían lanzado con precisión infinidad de kunai y shuriken. Tampoco pudo evitar besar esas manos que la habían acariciado con tanto amor y tanta pasión.
Las lágrimas resbalaban con rapidez por las mejillas de Aylynt, y caían sobre la piel del hombre al que amaba más que a su propia vida. Hizo un pequeño alto para limpiarse la cara, y después prosiguió con más determinación. Todavía había una posibilidad, y no la iba a dejar pasar. Después de lavar las piernas, llenas de moratones y laceraciones, le dio la vuelta al cuerpo, y empezó a lavarle la herida de la cabeza, y siguió con la espalda y la parte de atrás de las piernas.
Después de lo que había visto, no pudo menos que preguntarle a Sátur por lo ocurrido aquella noche.
–Pero, ¿se puede saber dónde os habéis metido esta noche? –preguntó entre angustiada y enfadada.
–Señora, le juro que yo hice todo lo que pude, pero fue la mala suerte. Estábamos en las ruinas del castillo de San Antonio. El amo ya tenía reducidos a casi todos los atacantes. Solo quedaba uno. Empezaron a luchar y el otro consiguió clavarle la espada en el lado derecho del pecho. Por el impacto, su esposo se desequilibró, perdió el pie y cayó al vacío desde lo alto de una de las almenas.
–Desde lo alto de las almenas del castillo de San Antonio, pero ¡si hay más de veinte metros! –murmuró Aylynt para sí misma, al tiempo que cerraba momentáneamente los ojos y suspiraba. ¿Y seguía vivo? Lo tomó como una señal. Si el destino no se lo había llevado aún, después de semejante caída, ella lo iba a intentar todo para conseguir que sobreviviera. Incluso lo imposible, si era necesario, siguió diciéndose a sí misma. Desde que había tenido la idea de usar la medalla del ángel, una parte de su mente seguía trabajando en revisar una y otra vez los pros y los contras de semejante desesperada y descabellada decisión.
En ese momento entró Alonso en la habitación.
–¡Padre! Aylynt, Sátur, ¿qué le ha pasado a mi padre? –se acercó corriendo y se quedó horrorizado al ver el cuerpo casi inerte de Gonzalo. –¿Está muerto? –preguntó en un hilo de voz.
–No –dijo Satur, que contuvo a tiempo su lengua, y evitó decir “aún no”.
El chico se arrodilló en el suelo, al lado de la cama, y tomando una de las manos de su padre, empezó a llorar.
Aylynt lo miró con ternura y compasión. ¡Cuánto había cambiado aquel niño de diez años que encontró cuando llegó! Ahora, con catorce, era casi un hombre. Ya despuntaba en la lucha, y tenía, como su padre, un elevado código de honor y justicia.
Los pensamientos de Alonso, retrocedieron en el tiempo, al momento en que se enteró sin lugar a dudas de que su padre era Águila Roja, hacía ya más de dos años. Sintió un orgullo, casi imposible de describir, que lo atravesó de parte a parte. ¡Su padre era el Águila Roja! Su padre, del que llegó a creer que era un cobarde, era el héroe del que todos hablaban. Aquello había sido la cara. Ahora estaba experimentando la cruz. En su fuero interno tuvo que reconocer que muchas veces se acostó por la noche temiendo que llegaría un día en que su padre no estaría para despertarle a la mañana siguiente, como iba a pasar ahora.
–Sátur, cósele la herida del pecho y la de la cabeza, mientras yo le doy de mamar a Andrés –la petición de Aylynt sorprendió al criado que estaba convencido de que ya no había nada que hacer por su amo.
–Pero señora…
–Haz lo que te digo Sátur –el tono de ella no admitía réplica.
Sátur meneó la cabeza de un lado a otro y empezó a comprender la ansiedad de Juan respecto a Aylynt. ¡La señora estaba perdiendo la cabeza! Fue a buscar los útiles de costura, y cuando volvió se puso a coser las dos heridas con la ayuda de Alonso. Mientras aguardaba a que volviera el criado, Aylynt comprobó el pulso, la respiración y la fiebre de Gonzalo. Los primeros eran cada vez más débiles, y la fiebre seguía siendo muy alta, a pesar del lavado con agua fresca que le habían hecho. No había tiempo que perder.
Se sentó en el silloncito que había en la habitación, con Andrés entre sus brazos y empezó a darle el pecho. El pequeño estaba casi dormido, pero en esta toma de mitad de la noche, era capaz de alimentarse aún sin abrir los ojos. Este pequeño detalle de la vitalidad de su hijo, la hizo sonreír por un momento, al tiempo que las lágrimas seguían fluyendo por su cara. Aunque ya se sabía de memoria esos rasgos tan amados de su pequeño, se concentró en memorizarlos aún mejor. Esos ojos castaños y vivos como los de su padre, bordeados con unas largas y espesas pestañas, las mejillas regordetas, la naricita chata, la boquita que succionaba la leche con glotonería, la barbilla chiquitina…Aylynt no podía dejar de llorar. Tenía que tomar la decisión más importante de su vida. Volvió a sopesar por enésima vez los pros y los contras de lo que pensaba hacer. La primera posibilidad era no hacer nada. Gonzalo moriría, y ella estaría para cuidar de Alonso y Andrés. Era lo más seguro. La otra posibilidad….la otra posibilidad era una apuesta muy alta, o todo o nada. Quizá pudiera salvarse Gonzalo, pero quizá no volvieran ni él ni ella misma. Su propia vida no le importaba, si era por salvarle a él, estaba dispuesta a todo. Pero, ¿y si el sacrificio no se veía recompensado con nada, y los niños se quedaban solos? ¿Y si Gonzalo no aguantaba el viaje?
Levantó la cabeza hacia la cama y miró a Gonzalo. Lo quería tanto que le dolía el corazón de tanto amarlo. Y se dio cuenta de que no podía dejarlo morir. ¿Qué hubiera hecho él si hubiera estado en la encrucijada que se le planteaba a ella? Al momento supo la respuesta. Si se quería todo, había que estar dispuesto a perderlo todo. Siempre habían vivido así, apostando su vida en cada instante, en cada movimiento, en cada lucha. Aylynt se limpió las lágrimas y se dispuso a hacer lo que su corazón le decía que tenía que hacer.
Cuando Andrés terminó de comer, se durmió al instante. Aylynt lo miró con un amor infinito, lo estrechó contra ella, se llenó de su aroma de bebé, aspirando cerca de su cabecita, y se mantuvo así unos momentos. Después lo dejó en la cuna y lo arropó dulcemente.
Mientras tanto, Sátur y Alonso habían terminado de coser las heridas. El chico miraba con desamparo a su padre. Había comprendido por sus propios medios que estaba a las puertas de la muerte. El pequeño paréntesis de ayudar a Sátur, le había relajado por unos instantes, pero ahora volvía a darse de bruces contra la oscura realidad. Giró la cabeza y vio a Aylynt acostando a su hermanito. ¡Pobre hermano suyo!, se dijo. Nunca conocería a padre. Luego su mirada tropezó con la katana, la capa, y el resto de prendas del disfraz del héroe, tiradas en el suelo, en un rincón de la habitación. Y en aquel instante, una certeza surgió de las profundidades de su alma. “Algún día, yo también seré Águila Roja”, se dijo. Ese pensamiento logró quitarle una parte de la desesperación. Sí, es cierto, su padre estaba muriendo, pero había tenido una vida plena, había ayudado a mucha gente, en ocasiones a todo el pueblo. Se sentía orgulloso de él. Y eso le confortaba.
–Sátur, ve a buscar a Agustín, por favor –pidió Aylynt, con voz contenida.
–Sí señora –dijo Sátur. La verdad es que con tanto trajín, se había olvidado del fraile. Creyó que la señora estaba recuperando la razón. Por fin le mandaba hacer algo cuerdo. Necesitaban que alguien le diera la Extremaunción al amo, y, ¿quién mejor que Agustín? El criado salió presuroso a hacer la encomienda.
–Aylynt, padre va a morir, ¿verdad? –le preguntó Alonso, con un hilillo de voz doliente.
–Alonso, eso no lo podemos decir. Tu padre está en las manos de Dios. Hasta que no pase lo que tú dices, debemos mantener la esperanza, ¿entiendes? –Aylynt trató de buscar las palabras adecuadas para que el ánimo del niño no decayera. Porque en realidad, Gonzalo no estaba en manos de Dios, sino en las suyas propias y en las del destino. –¿Por qué no te acercas a la iglesia de San Felipe, pones unas velas y rezas un par de rosarios por tu padre? –le dijo Aylynt dulcemente.
El chico, suspiró aliviado, al ver que todavía podía hacer algo por su padre, y asintiendo con la cabeza, lo miró un momento y después se fue.
Ahora que por fin había conseguido quedarse sola, Aylynt empezó con el plan que su mente había estado haciendo durante el último rato. Se vistió con una camisa y unos pantalones negros, se puso las botas, se ató el pelo, y luego vistió también con cuidado a Gonzalo. Fue en busca de un trozo de yeso y pintó un círculo en el suelo de la habitación, de un par de metros de diámetro. Era el entorno que sería afectado por el transponedor y necesitaba saber con exactitud hasta donde llegaba. Cogió con todo el amor del mundo a Gonzalo y lo puso dentro del círculo. Luego, fue hacia la cuna y besó por última vez a su hijo. ¡Estaba tan hermoso! No pudo evitar que unas lágrimas resbalaran por sus mejillas. Está claro que le dolía el alma al dejárselo allí. Pero no lo podía poner a él también en peligro llevándoselo. Ni siquiera estaba del todo segura que ella y Gonzalo pudieran volver, pero sabía que tenía que intentarlo. Lo de quedarse quieta viendo las cosas venir, nunca había formado parte de su naturaleza.
Se arrodilló en el centro del círculo y colocó a Gonzalo en posición sentada, con la espalda apoyada contra ella. Le dobló las piernas, y las rodeó con sus propios brazos. En una de sus manos llevaba la medalla, que previamente se había quitado del cuello. Comprobó por última vez que todo estaba dentro de los parámetros adecuados, besó a Gonzalo en la cabeza, y al tiempo que decía, “por ti, mi amor”, manipuló adecuadamente el transponedor con sus manos, mientras con sus brazos lo apretaba a él con todas sus fuerzas contra su cuerpo.
Aylynt cerró los ojos, oyó el zumbido propio del aparato, sintió un ligero vértigo, igual que cuando vino, y deseó con todo su ser que las cosas fueran bien.


Capítulo 3

Cuando dejó de oírse el zumbido, Aylynt supo que el viaje había terminado. Aún así, dudó durante unos momentos en abrir los ojos. ¿Y si no estaba dónde y cuándo ella creía? La insidiosa y angustiosa duda la tenía paralizada.
En ese instante se percató del ligerísimo vaivén en el pecho de Gonzalo, que indicaba que todavía respiraba. Esperanzada, abrió los ojos y miró a su alrededor. Y sí, ¡habían llegado a su destino correctamente! Se sonrió y dando un pequeño giro con la cabeza, besó a Gonzalo en la frente y le dijo con todo el cariño del mundo:
–Tesoro, ya hemos llegado. No te preocupes, que aquí te vas a poner bien –y le estampó un par de besos más en las mejillas sin poderse contener, mientras lo miraba embelesada. Su pecho estaba henchido de gozo y esperanza.
Tras estos momentos de alegría se puso rápidamente a hacer lo que había planeado antes de venir. Todo estaba tal y como se lo había dejado tres años y medio atrás, para ella. Era evidente que había conseguido volver al mismo momento en que había marchado. El enorme reloj que coronaba el panel de control principal de la máquina lo confirmaba: x de mayo de 2010. La enorme sala del laboratorio de física cuántica donde se ubicaba el transponedor maestro estaba exactamente igual que la había dejado cuando se fue.
Cogió a Gonzalo por las axilas y arrastrándolo, salió por la puerta principal hacia el pasillo donde estaban los despachos personales, entre los que se encontraba el suyo. Abrió la puerta de éste y cuando los dos estuvieron dentro, se permitió descansar por unos instantes. Luego abrió el armario donde guardaba sus objetos personales, sacó el teléfono móvil, buscó un número de su agenda e inició la llamada.
La verdad es que se sentía muy extraña. Tan convencida estuvo en su día de que no iba a volver, que su mente poco a poco había ido desterrando esos pequeños gestos tan cotidianos. Mientras esperaba que le contestaran, empezó a sentir temor. Aunque el viaje en el tiempo era lo más difícil, no por ello habían terminado los problemas, ni mucho menos. Por fin, le contestaron. Y sintió un nudo en la garganta al oír aquella voz tan querida para ella. Decidió que no se iba a permitir ni un momento más de debilidad, por lo menos hasta que Gonzalo estuviese a salvo.
–¿Si? ¿Aylynt?
–Diego, por favor, por una vez en tu vida, haz rápidamente y sin rechistar lo que te voy a pedir. Es cuestión de vida o muerte –contestó ella agitadamente.
–¿Qué pasa Aylynt? ¿Te ha ocurrido algo grave? ¿Estás enferma o has tenido un accidente? –la voz del otro lado del teléfono sonaba sinceramente preocupada.
–No, pero necesito tu ayuda. Ven inmediatamente con tu coche al laboratorio. Tráete unos tejanos tuyos, una camiseta, unos zapatos y ropa interior. No preguntes nada más y ven lo antes posible; procura que te vea cuanta menos gente mejor. Entra por la puerta de atrás.
Al otro lado de la línea se oyó un suspiro de mala gana. Desde luego esta Aylynt siempre lo ponía en cada aprieto…pensó Diego. Pero, por supuesto que iba a hacer lo que le había pedido.
–Ahora mismo voy, Aylynt –y colgó.
Aylynt se quitó la ropa que se había traído del siglo XVII, y se puso la que se había dejado en el armario hacía más de tres años, para ella, claro. Premeditadamente era informal y poco llamativa, unos pantalones, tejanos también, una camiseta en tonos claros de manga corta y una chaqueta muy ligera, de entretiempo. De calzado, unas zapatillas deportivas.
Después buscó el botiquín y sacó unas tijeras pequeñas con la punta curvada. Tras quitarle la camisa a Gonzalo, le cortó los puntos y sacó los hilos. Deseó con todas sus fuerzas que no notaran en el hospital, las pequeñas marquitas que la aguja de Sátur había hecho en la piel para pasar el hilo. Al fin y al cabo, hacía solo un cuarto de hora para ellos, que eso había ocurrido. Aylynt había pensado en coser las heridas, para que el viaje de Gonzalo fuera un poco más seguro. Hacerlo con las heridas tan profundas, abiertas de par en par, hubiera sido un riesgo añadido.
Luego sacó un pendrive donde tenía los programas adecuados para burlar toda la vigilancia de la máquina, la Tempus 3000, y de todo el laboratorio. Además, había tenido la precaución de hacer su viaje en sábado por la tarde, cuando no había nadie.
Se encaminó a la sala principal y tras encender el ordenador maestro, enchufó la memoria y puso a funcionar los programas. Comprobó que hacían su trabajo correctamente, borrando todo tipo de rastros, tanto en las cámaras de seguridad, como en todos los umbrales donde se entraba con las huellas de la palma de la mano y el perfil del iris. También del funcionamiento de la máquina del tiempo. Solo dejó en marcha la cámara de la puerta de emergencia trasera, por donde en aquel momento, vio que llegaba Diego. Se apresuró a franquearle todas las entradas, y en menos de un minuto, ya estaba allí junto a ella.
–¡Aylynt! ¿Cómo estás, qué ha pasado? –preguntó nervioso el joven.
Ella, presa de la emoción, no pudo menos que tirarse a sus brazos, mientras las lágrimas le saltaban, de forma totalmente impremeditada.
–Gracias por venir, hermanito –dijo ella al fin, cuando pudo volver a hablar, mientras se limpiaba la cara. –Necesito tu ayuda, ven –mientras tomándolo de la mano, lo llevaba hacia su despacho.
Una vez allí, Diego se quedó atónito mirando a Gonzalo tendido en el suelo, con solo unos extraños pantalones puestos. También pudo darse cuenta que estaba herido y lleno de cortes y golpes. Meneando la cabeza de un lado a otro, se giró hacia Aylynt y le dijo con voz baja y temblorosa:
–Pero, ¿qué has hecho? Es él, ¿verdad?
Aylynt asintió con la cabeza agachada. Aunque sentía que le debía una explicación, siguió hablando de lo que era realmente importante en aquellos momentos. Levantando la cabeza y mirándole a los ojos le habló.
–Diego, ayúdame. Gonzalo está herido de gravedad. Si no lo llevamos al hospital, va a morir. Deja los sermones y las explicaciones para luego, por favor. ¿Has traído la ropa?
El joven se la quedó mirando, volvió a menear la cabeza de un lado para otro, y al final se sonrió. “Esta Aylynt, se metía, y le metía a él en cada berenjenal…”. Pero, ¿cómo decirle que no a su adorada hermana? Desde que aprendieron a andar, siempre habían sido compañeros de aventuras, y, ¡qué aventuras!
–Sí, aquí la tienes –le tendió una bolsa.
Aylynt, guiñándole un ojo, la tomó y se agachó rápidamente junto a Gonzalo.
–Mientras yo le pongo esta ropa, tú ves al ordenador principal, en la sala grande, y comprueba que todos los programas han funcionado correctamente y no dejamos ninguna huella –le dijo ella.
Cuando Diego ya salía a hacer lo que ella le había pedido, oyó que lo llamaba otra vez.
–Diego, entra en el Sistema y créale una identidad a Gonzalo. El lunes iremos a buscar todos los documentos físicos. Mientras tanto, para ir al hospital, tendremos que usar tu tarjeta sanitaria –Aylynt se lo quedó mirando, esbozando una sonrisa traviesa de circunstancias.
–Aylynt, sabes que de la última me escapé por los pelos, ¿cómo me pides esto? –protestó Diego, a medio camino del enfado, ya.
–¿Qué problemas va a suponer hacer una cosa tan vulgar y pequeña como esa, a uno de los cinco mejores hackers del mundo, según los servicios de inteligencia americanos? –le contestó ella, en plan lisonjero. –¡Venga, hombre, que no es nada! Además…–aquí volvió a ponerse seria –te aseguro que es cuestión de vida o muerte–. Aylynt, por enésima vez en las últimas horas, no pudo reprimir que le saltaran las lágrimas.
–Ya voy – dijo él escuetamente. Y fue a la sala grande.
Aylynt le quitó su propia ropa a Gonzalo, y empezó a vestirlo con la de Diego. Al ajustarle los Calvin Klein, no pudo menos que sorprenderse. Jamás pensó que vería a Gonzalo en esa tesitura, ¡Dios mío!
Los pantalones le venían bastante largos, no en vano su hermano medía diez centímetros más por lo menos. Le dobló los bajos, y luego le puso los calcetines y los zapatos tipo mocasín. La camiseta, bastante más ajustada, fue difícil de poner. Tenía miedo de pasársela por la cabeza, pero al final lo consiguió.
Al terminar, se levantó, y observó el efecto. Era impactante. Gonzalo vestido con tejanos, camiseta blanca con las mangas ajustadas en los bíceps, y zapatos modernos.
Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por salir del estado de atontamiento en el que entró. ¡Déjate de estupideces, Aylynt, y lleva ya a Gonzalo al hospital!, necesitó decirse a ella misma.
En ese momento apareció Diego, que hizo un escueto gesto con la mano, significando que había terminado. Entre los dos, tomaron a Gonzalo, y se encaminaron al coche, que Diego había aparcado ante la pequeña puerta trasera.
Introdujeron a Gonzalo en la parte de atrás, y Aylynt se acomodó junto a él como pudo, sosteniendo su cabeza sobre su regazo. Diego se subió al asiento del conductor y puso el coche en marcha. Se giró para atrás y le preguntó a ella.
–¿Ya has pensado a dónde lo quieres llevar? –aunque después de haberlo dicho, se dijo que era una pregunta bastante inútil, pues Aylynt era la maestra de la planificación.
–Sí, al Hospital Central. Es público, pero es el mejor de Barcelona, ya lo sabes. Y necesitamos la mejor atención.
Diego puso rumbo hacia allí. Mientras tanto, Aylynt observaba a Gonzalo y le apretaba dulcemente la cabeza contra ella. No podía dejar de mirarlo con todo el amor del mundo. Le acarició la mejilla y luego le volvió a tomar el pulso por milésima vez desde hacía hora y media, que era el tiempo que había transcurrido para ellos desde que Sátur la había llamado en mitad de la noche. Era débil, pero estable.
Mentalmente, repasó la historia que iba a contar en urgencias. Deseaba con todas sus fuerzas que la creyeran y que no preguntaran demasiado. Lo peor era la herida de espada en el pecho. Pero para eso no tenía explicación plausible; se limitaría a hacerse la sorprendida.
–Diego, para en la calle antes de doblar la esquina, y déjame el sitio del conductor. Es preferible que en este primer momento lleguemos solos Gonzalo y yo. Si me acompañas tú, cualquier historia será menos creíble. Te llamaré en cuanto pueda, y entonces, vienes. Será más natural. Ah.., dame tu tarjeta sanitaria –le pidió su hermana.
El joven se la dio, y bajó del coche. Aylynt dejó con mucho cuidado a Gonzalo sobre el asiento de atrás y saliendo, se puso al volante. Diego se quedó en la acera mirando con cara de preocupación, cómo se alejaba el auto. Mientras conducía hacia el hospital, había empezado a comprender la magnitud de lo que su hermana había hecho esta vez. Se encaminó a un bar cercano, y se dispuso a tomar algo de beber mientras esperaba la llamada de Aylynt.
Cuando comenzó a subir con el coche, por la rampa de emergencias, Aylynt tomó aire y soltándolo de golpe, se dijo, “Esta ha de ser la mejor actuación de toda tu vida, por Gonzalo”.
Paró el coche, bajó corriendo, y entró como una exhalación por la puerta automática acristalada.
–Por favor, tienen que ayudarme, traigo un herido muy grave, es mi hermano…–empezó a contar Aylynt, entre gritos y sollozos.
Rápidamente, el personal se puso en funcionamiento y sacando a Gonzalo del auto, lo colocó en una camilla. Uno de los médicos lo auscultó y dijo: –Llevadlo a reanimación. Cuénteme rápidamente qué ha pasado –conminó a Aylynt.
–No lo sé bien, doctor, solo que me lo encontré en el jardín de casa muy malherido, creo que se debió de caer por una de las laderas que hay detrás…–la voz de Aylynt sonaba angustiada, para lo que no tuvo que hacer ningún esfuerzo, estaba realmente al borde del colapso, después de todo lo que llevaba vivido aquella agitada noche para ella. –Lo he vestido, iba en bañador…tenía el móvil descargado en ese momento…no podía llamar al 112…no sabía qué hacer…lo he traído yo como he podido…–explicaba ella entrecortadamente tratando de sonar convincente en su agitada historia inventada.
–Vale, vale…ya nos lo contarás después…, ahora quédate aquí –la enfermera le señaló la sala de espera, a la vez que cogía la tarjeta sanitaria..
Aylynt vio como se llevaban a Gonzalo en la camilla por el largo pasillo, y sintió una enorme congoja y un vacío tan grande en su alma que hizo que por primera vez en mucho tiempo, tuviera miedo auténtico, real. Ahora ya no estaba en sus manos, ahora, la vida de Gonzalo estaba en las de ellos. Sintió que le flaqueaban las piernas y fue a sentarse en la salita que le habían indicado. Cuando lo hizo, notó que el mundo se le caía encima, las lágrimas de su cara eran un río, su cuerpo temblaba y espasmos de dolor la recorrieron toda. ¿Y si Gonzalo no salía de esta? Había estado tan ocupada en su salvamento que hasta ese momento no se lo había querido ni plantear de verdad. ¿Qué iba a hacer ella sin su Gonzalo? Él era su vida, su motor, su ilusión, su amor… ¿Y Andrés y Alonso?
Desde su puesto en recepción, una enfermera se percató de la situación y se acercó a ella.
–Si quieres algo, no tienes más que decírmelo –le dijo amablemente. Había visto llegar a Aylynt con el herido y sabía por experiencia que ella también necesitaba ayuda.
Aylynt levantó la vista hacia ella y le sonrió débilmente.
–Gracias, pero no, no necesito nada –respondió agradecida.
–¿No tiene otros familiares? ¿Por qué no les llama?
Aylynt recordó de golpe a Diego y asintiendo sacó el móvil y le llamó para decirle que ya podía venir.
Cuando lo vio llegar, Aylynt se levantó y se tiró en sus brazos. Diego la abrazó dulcemente, mientras le acariciaba el pelo, tratando de calmarla.


Capítulo 4

Los dos hermanos llevaban un buen rato, sentados uno junto al otro en la sala de espera de las urgencias del hospital. Aylynt se estaba recuperando y ya había dejado de llorar. La serenidad y el valor volvían a llenar su alma, junto con la aceptación. Pasara lo que pasara, tenía que ser fuerte por sus hijos. Ya había hecho hasta más allá de lo imposible, trayéndolo a un hospital del siglo XXI.
–Aylynt –Diego se giró hacia ella–. ¿Me lo vas a contar ya? Comprenderás que no puedo con la intriga. Hemos comido juntos a mediodía, unos magníficos tallarines a la carbonara, y, por cierto, no es porque los haya hecho yo, pero estaban exquisitos; te has ido a las cuatro de la tarde, luego me llamas a las seis para que te ayudara y te llevara ropa, y aquí estamos, en el hospital, esperando a ver qué pasa con un hombre del siglo XVII herido. ¡Esto parece una novela de ciencia–ficción!
Ella se sonrió y se quedó mirando, ese rostro tan hermoso y varonil a la vez, de pelo castaño y ojos marrones, que llevaba de calle a todas las chicas. ¡Cuánto lo había echado de menos!
–No, no es una novela de ciencia-ficción. Es una novela de amor –repuso ella.
–Así que, finalmente lo encontraste y lo enamoraste –dijo él.
–Más o menos, sí –ella soltó una pequeña carcajada.
–¡Esta es mi chica! ¡Capaz de seguir a su indómito corazón hasta el final, aunque ello conlleve el viaje en el espacio-tiempo! Sabes, aún recuerdo cuando llegaste a casa con el libro de Águila Roja, y a los pocos días me hiciste aquella increíble confesión: “Diego, necesito hacer un viaje en el tiempo, porque he oído la llamada de mi alma gemela que es Gonzalo de Montalvo, del siglo XVII”.
–¿Y lo bien que te lo pasaste? Estuviste una semana entera riéndote de mí y recordándomelo a cada oportunidad que tenías, recitando la frase con retintín.
–¿Qué querías? ¡Yo tenía catorce años y tú diecisiete! ¿Qué esperabas de un chico de mi edad, que además, en aquella época era un zascandil de aúpa?
Se quedaron callados por unos momentos, y luego, Diego prosiguió.
–Te veo muy cambiada, estás diferente, no sé,…, pareces más delgada pero a la vez más fuerte. Más madura. Y tienes el pelo mucho más largo. ¿Cuánto tiempo ha pasado para ti?
Aylynt dudaba, porque por un lado quería contárselo todo, pero por otro, quizá fuera mejor que él no conociese ciertas cosas. Por varios motivos, entre ellos la seguridad de todos, incluida la de él mismo.
–Tres años.
–¿Tres años? –La sorpresa de él fue genuina. Luego su rostro se ensombreció. –Y has vuelto sólo porque su vida corría peligro. ¿Verdad?
–Diego… –empezó ella.
–Igual que mamá. Todas las mujeres de la familia sois iguales. Ella nos dejó hace seis años por el tipejo aquel con el que se fue a vivir a Australia. Y tú…no pensabas volver –repuso Diego mirándola furioso.
–Diego, no es como te imaginas. A veces hay que elegir, aunque sea doloroso. Lo que no quiere decir que ya no te quiera… –la voz de Aylynt se quebró. Agachó la cabeza porque, en realidad, no sabía qué decir. Cuando eligió a Gonzalo, perdió a Diego.
El joven se levantó y se disponía a salir cuando apareció la enfermera para decirles que el doctor quería hablar con ellos.
–Ustedes son los familiares de Diego de la Vega, ¿verdad? Acompáñenme, el doctor les está esperando.
Aylynt sintió un vuelco en el corazón. Miró a Diego con una súplica muda en sus ojos, al tiempo que le tomaba la mano. Él pareció pensárselo por unos momentos, pero finalmente, acabó cogiéndosela con decisión y empezaron los dos a caminar detrás de la enfermera.
Cuando entraron en el pequeño despacho, el corazón le iba a mil por hora.
–¿Es usted la hermana de Diego?
Aylynt, tenía la garganta tan seca que solo pudo asentir con la cabeza.
–Hemos intervenido a su hermano de las graves heridas del pecho y de la cabeza, y de momento está reaccionando favorablemente, incluso ha empezado a salir del coma. Las próximas veinticuatro horas son cruciales, para ver si el desenlace es el esperado. Lo tendremos en cuidados intensivos, en previsión de posibles complicaciones.
Una lágrima de felicidad rodó por la mejilla de Aylynt, mientras escuchaba al médico.
–¿Podemos verlo, por favor? –pidió esperanzada.
–¿Sabe usted qué puede querer decir “ayly”? Lo ha repetido varias veces desde que ha entrado en ese estado de semiinconsciencia en el que está.
–Soy yo, doctor. Me llamo Aylynt, pero él me suele llamar Ayly cariñosamente.
–Vaya usted, pues… creo que le hará bien. La debe querer mucho, la llama con un cariño y un desespero muy grandes.
Aylynt no se lo pensó dos veces y echó a correr hacia la zona dedicada a la UCI.
–¡Señorita! –llamó precipitadamente el médico a Aylynt, pero ésta ya había desaparecido.
Al ver que no había nada que hacer, se dirigió a Diego.
–Supongo que usted también será un allegado de ellos. Dígale a la señorita que hemos tenido que avisar a la policía porque la herida del pecho ha resultado ser por arma blanca. Mañana, vendrán a tomarles declaración.
–Dios…, no tenía idea –fue lo único que apenas pudo decir Diego, al tiempo que tragaba saliva. ¡Lo que faltaba! Ahora iban a tener a la policía detrás, y el dichoso Gonzalo había entrado en el hospital bajo su identidad. Ya era bien cierto que con Aylynt, nunca estabas aburrido, siempre había tenido una especie de imán para los problemas.


Alonso está muy contento. Lo llama a gritos diciéndole: “Padre, ¡mira qué trucha más grande!” Él se gira y lo ve con el pez coleteando colgando de su mano. Le sonríe y lo felicita. Aylynt está a su lado mientras él acuna a Andrés entre sus brazos. Se siente feliz. Hace un día espléndido y están pasando la jornada en el río, pescando. Es mediodía y el sol luce fuerte y poderoso. De repente, las imágenes desaparecen y solo queda la luz, una luz blanca cegadora. Siente una punzada en el pecho y tiene la cabeza embotada. Su entrenada percepción empieza a notar algo extraño, pero no sabe el qué. ¿Dónde está? Los párpados le pesan una tonelada, después de captar esa luz se le vuelven a cerrar. Oye unas voces lejanas. Apenas reconoce los sonidos, aunque le parece que dicen: “¡Diego!, ¡Diego!”.


Aylynt entró con cuidado en la sala que daba acceso a las habitaciones de la UCI. Apareció una enfermera que tras saber a quién buscaba, le indicó el habitáculo correspondiente. Se acercó y se quedó pegada al cristal de la ventana, mirando. ¡Allí estaba Gonzalo! Sintió un calor especial envolviéndole el corazón, como si le retornara a la vida. Él yacía en la cama con la parafernalia típica de esos sitios; tubos, medicaciones, aparatos…Llevaba vendada la cabeza y el pecho; solo estaba cubierto con una sábana. Dentro había dos enfermeras haciendo algo de su oficio. Una de ellas lo llamaba “Diego”, tratando de hacerlo reaccionar. En aquel momento, la otra enfermera se dio cuenta de que Aylynt estaba fuera y le hizo señas para que pasara.
–¿Es usted su hermana, verdad? La he visto antes cuando lo ha traído. Háblele, está empezando a reaccionar –la animó sonriente.
Aylynt, emocionada, se acercó, lo abrazó con cuidado y al tiempo que le daba un beso en la frente, acercó su boca a su oído, y en un susurro le dijo lo siguiente.
–Gonzalo, soy Aylynt, estoy contigo, estás a salvo, recuérdalo. Oigas lo que oigas, veas lo que veas, no reacciones, estás a salvo conmigo –le repitió esto último con insistencia.
Estaba preocupada por cómo iba a reaccionar él cuando se viera allí. Le tomó la mano y se la acarició.
–Tesoro, soy Aylynt, despierta –le dijo cariñosamente. Intentaba evitar las palabras “Diego” o “hermano”, para no confundirlo más.


Gonzalo está desconcertado, cree que ha oído la voz de Aylynt diciendo algo como que está a salvo, y que no reaccione vea lo que vea. ¿Qué está pasando? Nota un olor extraño, diferente a cualquier otro que haya captado jamás. ¿Dónde estarán? Quiere abrir los ojos pero no puede, se propone seguir intentándolo, debe saber dónde está…
Por fin, lo consigue y su mirada se cruza con la de una chica desconocida, que lo observa sonriente, con su cara a menos de dos palmos de la suya.

–¿Quién eres tú? –preguntó extrañado.
–Soy Cristina, tu enfermera. Me alegro mucho de que ya te hayas despertado, Diego –le respondió solícita la muchacha.
–¿Diego? –repitió Gonzalo asombrado.
–¡Tesoro! –intervino Aylynt rápidamente –. No te preocupes por nada, yo estoy aquí contigo. ¡Qué alegría verte y oírte otra vez!
–¡Aylynt! –la cara de Gonzalo se distendió por momentos, al reconocerla–. ¿Por qué me llama Diego?
–Cariño, ¿no te acuerdas? Eres mi hermano Diego –Aylynt intentaba ponerlo sobre aviso. Al ver la cara de estupefacción de Gonzalo, hizo como si fuera a besarlo otra vez en la frente, y volvió a hablarle al oído–. Gonzalo has estado a punto de morir, he tenido que traerte al siglo XXI para poder salvarte.
En ese instante, se empezó a oír el pitido de una de las máquinas, la que avisaba de la frecuencia cardíaca. Y al momento, Gonzalo empezó a mostrar también signos evidentes de ahogo.
–¡Taquicardia y ahogos! Ve a avisar al doctor –le dijo Cristina a la otra enfermera–. Tranquilo, Diego, tranquilo, es solo una reacción de pánico, a veces sucede después de casos como el tuyo. Intenta respirar con tranquilidad –le decía al tiempo que se acercaba a él y tomándole la mano intentaba serenarlo.
Mientras tanto, Aylynt desesperada, no sabía qué hacer, pues no podía delatarse con la enfermera allí delante. Se puso al otro lado de la cama, le tomó la otra mano y le sonrió con cariño y tranquilidad.
–No pasa nada, tesoro, no pasa nada…–trataba de convencer a Gonzalo, que la miraba espantado con los ojos desorbitados.
Poco a poco, su corazón y su respiración se fueron relajando, hasta que se instaló en él una aparente normalidad. Aún así, con su mirada enfurecida hacia Aylynt lo decía todo. A ella le entraron ganas de llorar. Aquella mirada le dolía en el alma, pero no podía hacer nada para evitarlo. De todas formas, le daba igual lo que pensara Gonzalo. Estaba a salvo y era lo que importaba. Siguió mirándolo con todo su amor, con todo su cariño, y con toda su dulzura.
Poco a poco, la mirada de él, se fue haciendo menos dura, hasta que al final, dio un gran suspiro y cerró los ojos, abatido por la experiencia. Le molestaba, sobre todo, aquella intensa luz blanca que llenaba la habitación. En su interior, se sentía muy mal, infinitamente cansado, agotado en todos los sentidos. Lo de que estaban en el siglo XXI, era superior a sus fuerzas en aquel momento. Ni se lo creía ni se lo dejaba de creer, porque, ¿y si todo no era más que un sueño? Su mente iba y venía de la lucidez al sopor, y acabó durmiéndose.
Diego aprovechó que fueron a llamar al médico, y entró con él, en donde estaba Gonzalo. Aunque cuando llegaron, ya todo estaba en calma. El paciente había superado el ataque de ansiedad, y dormía, más o menos sosegadamente.
Pero a la que le iba a dar también un ataque de ansiedad, iba a ser a Aylynt, pensó Diego, cuando se enterara de que al día siguiente iba a tener que responder ante la policía.
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Aylynt
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 7:15 pm

Capítulo 5

Gonzalo abrió los ojos y paseó la mirada por su alrededor. Solo estaba encendido un punto de luz en la cabecera de la cama, por lo que gran parte de la habitación estaba en penumbras. Bajó un poco la vista, hacia su izquierda, y la vio. Allí, dormida, sentada en una silla y con la cabeza y los brazos apoyados en la cama, estaba ella.
Una dulce sonrisa curvó sus labios. ¡Cuánto la amaba! A pesar del tiempo que ya llevaban juntos, para él, cada momento con ella seguía siendo único e irrepetible. Le apasionaban su fuerza interior, su vitalidad, su alegría, su belleza… Sintió deseos de besar esos labios, de acariciar esas mejillas suaves y cálidas, pero se contuvo para no despertarla. Prefería seguir observándola así, desprevenida, en sueños, aparentemente desprotegida y desvalida. Vio que bajo sus ojos, habían aparecido unas profundas ojeras, y comprendió instantáneamente lo que aquellas últimas horas habían debido significar para ella. Y se lamentó en su interior por la dura mirada que le había lanzado cuando ella trataba de explicarle donde estaban.
Empezó a recordar retazos de conversaciones, donde ella le había comentado cosas de su mundo. Pero ninguno de los dos pensó jamás que habría que hacer este viaje. Volvió a observar a su alrededor, y sus ojos, ya acostumbrados a la semioscuridad, empezaron a captar más detalles. Vio un tubo que salía de su mano izquierda, y que estaba conectado a unas bolsas de líquidos transparentes, que goteaban hacia sus venas. Se palpó las vendas de la cabeza y del pecho. Recordó los instantes, que le parecieron más largos que una eternidad, en los que sintió la fría espada entrar en su cuerpo, y como éste, desequilibrado por momentos, cayó al vacío desde lo alto del castillo de San Antonio.
Luego, la confusión se adueñaba de su memoria, y apenas recordaba a Sátur colocándolo atravesado sobre su caballo, como un fardo, que era en lo que se había convertido. Y la nada. Una nada oscura, que por momentos amenazaba con tragárselo. Hasta que ella le dijo al oído que estaba a salvo.
Unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Su mirada vidriosa se posó sobre ella, y su cuerpo se estremeció, pensando en que había estado a punto de no volver a verla, a sentirla, a acariciarla…
Quizá por sentir la mirada de él aun en sueños, quizá por la preocupación, ella se despertó y lo miró, al principio con tristeza, pues tenía muy reciente su mirada de ira. Pero luego, al ver cómo asomaba el amor de él en sus ojos, se levantó de un brinco y se echó encima, abrazándolo con todas sus fuerzas. Él, como pudo, también la apretó contra su pecho, como si quisiera fundirla con él, para ser solo uno. Permanecieron así un largo rato, en el que las lágrimas de ambos fluían libres, como prueba de su amor.
–Gracias, tesoro– fue lo primero que le dijo él cuando por fin lograron separarse.
–¿Ya se te ha pasado el enfado? –preguntó ella sonriente.
–Fue sobre todo sorpresa, angustia... Siento mucho haberte mirado así. –Luego preguntó por sus hijos–. ¿Y Alonso y Andrés?
–Estarán bien, no te preocupes –lo tranquilizó ella.
–Dame un poco de agua, tengo la boca reseca –pidió Gonzalo.
Aylynt lo atendió solícita y después empezó a explicarle los detalles del viaje.
–Gonzalo, no tuve más remedio que traerte. Juan me dijo que ibas a morir. Y yo no podía permitir eso, habiendo una solución, por descabellada que fuese.
–¡Pues vas a tener que darme un cursillo rápido sobre el siglo XXI, para no meter la pata! –repuso él, risueño.
A ella se le ensanchó el corazón al verlo así, vivo, feliz, dispuesto una vez más a seguir adelante con ella, como siempre.
–Como ya te habrás dado cuenta, en el hospital he dicho que eres mi hermano, Diego de la Vega. Él también me ha ayudado a traerte desde el laboratorio donde está la máquina hasta aquí. Y nos ha dejado su tarjeta sanitaria para que te atendieran.
–Vaya, habrá que darle las gracias a mi cuñado –replicó él contento–. ¿Cuándo lo voy a poder conocer?
–Pues… –aquí, Aylynt vaciló un poco–, no lo sé Gonzalo. Está muy dolido porque se ha dado cuenta de que cuando decidí quedarme contigo, lo abandoné a él. Por mucho que para él solo hayan transcurrido unas horas, sabe que para mí han sido más de tres años.
El rostro de Gonzalo se ensombreció, pero no dijo nada, ya que su cuñado tenía razón; en la práctica, él le había robado a su hermana. Y si estaban allí era por sus heridas, si no, ella no hubiera vuelto.
–Además, tenemos otro problema –continuó ella–, la policía vendrá dentro de unas horas a interrogarnos por tu herida en el pecho. Es por arma blanca, y los médicos han cumplido con su obligación avisándoles.
–¿Hasta cuándo crees que vamos a tener que estar aquí? Yo me encuentro mejor, si quieres nos podemos ir ahora, y evitamos a la policía.
–No, Gonzalo, todavía tienes que pasar unas horas más, o incluso días, aquí. Esta vez ha sido muy serio, cariño. Ahora te parece que te encuentras mejor, pero no podemos arriesgarnos a volver antes de tiempo. El golpe de la cabeza que te dejó en coma, tiene que estar bien curado –le explicó ella con ternura.
–Entonces, ¿qué le decimos a la policía? –preguntó él, preocupado.
–Nada, de momento diremos que no sabemos cómo ha sido. Tú ibas en bañador, paseando por la montaña que hay detrás de nuestra casa y te caíste por la ladera.
–¿En bañador? ¿Qué es un bañador? –preguntó él extrañado.
–Una especie de pantalones cortos que los hombres emplean para nadar y bañarse en la piscina y en la playa. Gonzalo, cuando te traje, te tuve que cambiar la ropa por una actual, que te prestó mi hermano. ¡No podía traerte al hospital con lo que llevas en el siglo XVII! Y les dije que ibas en bañador y que se me ocurrió vestirte, porque claro, la ropa estaba limpia. Es evidente que no te caíste con ella puesta. Espera, que te la enseño –Aylynt fue hasta el armarito habitual en las habitaciones de los hospitales, y la sacó. La cara de Gonzalo no tuvo precio al ver y palpar aquellos tejidos. Sobre todo el de los CK. Tras quedar de acuerdo en la historia que iban a contar, se relajaron un poco.
–¿Falta mucho para que se haga de día? –se interesó él.
Aylynt miró su reloj sorprendida, ¡hacía tanto que no llevaba uno!
–Cuatro o cinco horas. Son las dos de la madrugada.
–Ven, acuéstate a mi lado –le dijo él, palmeando con la mano sobre la cama y sonriendo–. Debes estar agotada.
–Pero, ¡Gonzalo, esto es una cama de hospital! Es muy estrecha, nos vamos a caer los dos.
–Pues en peores sitios hemos dormido, ¿o es que no te acuerdas? Aquí, por lo menos no pica la paja –Gonzalo lanzó un par de carcajadas suaves, mientras la miraba con picardía.
–Está bien. Pero solo un ratito –aceptó ella.
Se recostó en un lateral, con el cuerpo de lado echándole el brazo a él por encima, mientras Gonzalo le pasaba su brazo por debajo, y la estrechaba contra él con todas sus fuerzas. Necesitaba sentirla pegada a él. Por mucho que pusiera buena cara, se sentía como un náufrago, perdido y agarrado a su tabla de salvación, que para él era Aylynt. La cabeza de ella reposaba dulcemente en el hueco del cuello de él. Gonzalo bajó levemente la cara y le dio un beso en la frente, al tiempo que le expresaba en voz baja cuánto la quería.
–Te amo, Aylynt.
Luego, poco a poco se le fueron cerrando los ojos, y se durmió. Ella estuvo unos minutos más abrazada a él y después, con delicadeza, se levantó sin despertarlo. Aylynt volvió a ocupar su sitio en la silla, con la cabeza apoyada en la cama, y con su mano tomando la de él, que aún en sueños, se la apretaba también.

Aylynt despertó de súbito al oír pasos. Abrió los ojos somnolienta y vio que eran el médico y la enfermera. Miró su reloj fugazmente, ya eran las siete de la mañana. Gonzalo también empezó a pestañear, pues además del ruido, habían encendido la luz de encima de la cabecera que le daba justamente en los ojos.
–Al parecer ha ido todo muy bien. Los monitores han dado valores normales toda la noche. Su presencia ha resultado benefactora para la mejoría del paciente. Aún así, las normas son las normas, señorita. Por lo que tengo que pedirle que se quede fuera hasta la próxima hora de visita. Ya hemos hecho una gran excepción dejándole quedar esta noche.
Aunque se sentía muy confuso, Gonzalo sacó fuerzas de flaqueza e intercedió para que Aylynt se quedara con él.
–Doctor, en primer lugar quiero agradecerles a todos –y aquí miró a la enfermera Cristina–, por todo lo que han hecho por mí, pues sin ustedes probablemente habría muerto. Pero también, quisiera pedirle que dejara que se quedara mi hermana. Como usted bien ha dicho, su presencia me ayuda mucho.
–Me alegro, Diego, que se encuentre tan recuperado. Créame, anoche no las tenía todas conmigo sobre ello. Pero como le he dicho, debe descansar a solas. Si necesita algo, pulse el llamador, que vendrán las enfermeras rápidamente.
Aylynt y Gonzalo, se quedaron callados, porque estaba claro que la decisión del médico era inamovible. Ella se acercó, le dio un beso en la mejilla, le apretó la mano y se despidió con un guiño y una sonrisa.
Después, el médico estuvo mirando los vendajes, las heridas, y explorando las reacciones del cuerpo del paciente. Gonzalo se dejaba hacer sin decir palabra. Cuando el doctor terminó le preguntó sobre anteriores heridas.
–Diego, ¿a qué se dedica usted? Para serle claro, hacía tiempo que no veíamos un escáner tan asombroso como el suyo. Presenta múltiples rastros de heridas y traumatismos ya viejos y curados en su interior, por todas partes. Vamos, es un milagro que usted permanezca vivo después de todo lo que lleva experimentado su cuerpo.
Gonzalo puso cara de circunstancias, con una media sonrisa, y se encogió de hombros.
–Bueno... practico artes marciales… Y a veces te llevas unos buenos golpes.
–Pues lo suyo, más que artes marciales, parece full-contact.
–No doctor, eso no, solo artes marciales –Gonzalo reaccionó como pudo, aun sin saber muy bien qué demonios quería decir aquella palabra tan rara, que si la recordaba, se la preguntaría a Aylynt.
Finalmente se fueron y Gonzalo se quedó solo. Se imaginaba que ya se habría hecho de día, porque aquella habitación no tenía ventanas. Intentó moverse, y aunque al principio no pudo por los dolores, finalmente lo consiguió, y se puso de lado. Estaba cansado de estar panza arriba. Desde luego, aquella gente era muy rara, igual que te salvaban la vida, después te alejaban de tus seres queridos, y te dejaban allí tirado, con el pretexto de descansar. Si era él, el que quería que estuviera Aylynt allí. Al cabo de un rato, volvió a tener sueño. Le resultó extraño, debía ser la medicación, pensó. Y se volvió a dormir.

La subinspectora Virginia Fuentes estaba tomando su segundo café de la mañana, en su bar habitual. No estaba de su mejor humor. Le pasaba siempre que le tocaba guardia los domingos, y más, si había faena y su compañero la llamaba con cualquier excusa para decirle que iba a llegar tarde, como acababa de hacer. No es que lo necesitase, ni mucho menos. Pero no aguantaba el descaro con el que, a veces, se zafaba del trabajo. Por lo demás, estaba a gusto en Barcelona. Hacía dos meses que había accedido a realizar un intercambio entre agentes de la Policía de Madrid y de los Mossos d’Esquadra, y no le había ido mal. Le gustaba el clima, mucho más suave que el de la Villa, y el trato con la gente era bueno. Se terminó el café y abrió el expediente:
“Diego de la Vega, varón, 24 años, ingresado en urgencias por su hermana, en torno a las seis y media de la tarde. Traumatismos y erosiones múltiples. Herida en el pecho, por arma blanca”.
Luego miró la ficha del hombre. Limpia completamente, ni siquiera multas de tráfico. Domicilio en la urbanización Prat de Dalt. La subinspectora torció el gesto. ¡Vaya, otro niñato rico, que se había metido en alguna pelea, y lo habían machacado! Le disgustaban sobremanera los casos con pijos de la alta sociedad. Siempre intentaban taparlo todo, y no dejaban trabajar. Salió, tomó el coche y se dirigió al hospital.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue preguntar por la hermana, la encontró en la sala de espera.
–Señorita, ¿es usted la hermana de Diego de la Vega? Soy la subinspectora Virginia Fuentes. Si tiene la amabilidad de acompañarme… –le hizo un gesto con la mano, invitándola a salir–. Necesito hablar con usted sobre lo sucedido a su hermano.
Aylynt se llevó un buen susto, pero disimuló como pudo, y asintiendo con la cabeza, acompañó a la subinspectora. Se sentaron en un despacho privado que les indicó la enfermera.
–¿Podría contarme que sucedió ayer por la tarde? –empezó preguntando.
–Mi hermano y yo habíamos comido juntos. A eso de las cuatro, él salió diciendo que iba a nadar un rato en la piscina y luego a pasear, por los senderos que hay por detrás de la casa, vivimos en un chalet, sabe usted –empezó Aylynt–. A las seis empecé a preocuparme, pues aún no había vuelto a entrar, y salí a ver dónde estaba. –Aquí Aylynt empezó a sollozar–. ¡Qué horror, señora subinspectora, cuando me lo vi allí tirado, todo magullado e inconsciente! Me puse tan nerviosa que solo se me ocurrió ponerle ropa limpia y traerlo yo con el coche. Intenté llamar al 112 con el móvil, pero me pareció que no tenía batería. Además, en esa urbanización, a veces la gente que no la conoce se pierde. Pensé que era mejor traerlo yo cuanto antes –Aylynt, sacó un pañuelo y se limpió las lágrimas.
–Ya. ¿Sabe usted que su hermano fue acuchillado? –la crudeza de la subinspectora, le puso los pelos de punta a Aylynt.
– Sí. Me lo dijeron anoche los médicos. No me lo puedo creer –empezó a sollozar de nuevo.– ¿Quién habrá podido hacer algo así? Debió ser alguien que intentó entrar a robar en la casa, y al ver a mi hermano, le atacó y lo tiró por la ladera abajo.
–¿Y él qué le ha contado? –la mirada de la policía era escrutadora y dura.
–No se acuerda de nada. Dice que él iba paseando, y lo siguiente que recuerda es cuando se despertó anoche, aquí en el hospital. Debe ser que tiene estrés postraumático –aventuró Aylynt, como quien no quiere la cosa.
La subinspectora se levantó, dando por concluido el interrogatorio. Le dio una tarjeta con su nombre y su teléfono, por si recordaba algo más, y se fue.

La enfermera acompañó a Virginia Fuentes hasta el herido. La dejó con él, mientras ella observaba por la cristalera, por si era necesaria su presencia. Los interrogatorios policiales intimidaban siempre a los enfermos, y estos podían experimentar cualquier reacción.
–¿Señor de la Vega? –susurró la subinspectora, llamándolo–. Espero que se encuentre mejor. Me han dicho que se está recuperando usted muy bien. Soy Virginia Fuentes, de la policía. Vengo a preguntarle sobre lo sucedido ayer.
Gonzalo abrió los ojos y se la quedó mirando con tranquilidad y una ligera sonrisa.
–Pues…, señorita Virginia, la verdad es que no recuerdo absolutamente nada. Sólo sé que estaba paseando por detrás de la casa, y cuando me di cuenta, estaba ya aquí mismo donde estoy ahora.
–¿Le han contado que fue apuñalado? –preguntó ella.
Gonzalo asintió con la cabeza, pero encogiéndose de hombros, no dijo nada más.
–Está bien. Vamos a dejarlo por ahora. De todas formas seguiré con la investigación. Ya tendrá noticias mías.
Ella salió de la habitación y se dirigió a hablar con el médico. Éste le explicó lo que habían encontrado en el escáner de cuerpo entero que se le hizo nada más llegar.
–¿Así que usted cree doctor, que no es la primera cuchillada que se lleva el cuerpo de nuestro hombre?
–No. Tiene vestigios de varias heridas ya curadas, también por arma blanca. Incluso creemos que en el lado izquierdo del pecho, recibió hace varios años un impacto de bala.
–¿Qué dice su historial médico?
–Nada fuera de lo corriente. Desde luego no hay ni otras heridas, ni balazos, nada.
–¡Qué curioso! Su historial policial también está limpio. Me parece que aquí hay mucho más de lo que nos quieren contar.
La subinspectora salió del hospital bastante más impactada de lo que era de prever. Porque aunque había disimulado muy bien delante de todos, ahora que estaba a solas, se lo tenía que reconocer. Diego de la Vega, la había impresionado mucho. Hacía tiempo que no le pasaba algo parecido con un hombre. Se encontró a sí misma, recordando su sonrisa, su cara, su pecho, y todo su cuerpo apenas cubierto por una sábana, y se sobresaltó. ¿Qué le estaba pasando?


Capítulo 6

Gonzalo se bebió el caldo con avidez. Era lo primero que le daban de comer y estaba hambriento. Cristina, la enfermera, se sonrió ante la glotonería del paciente. Estaba claro que Diego era “de vida”, como suele decirse habitualmente, pensó para sus adentros. Todo el equipo médico estaba muy sorprendido por su rápida recuperación. Tanto era así, que por la tarde lo iban a trasladar ya a planta, a una habitación corriente.
–Diego, tu capacidad de recuperación es asombrosa –le dijo la chica, sonriente, a la vez que recogía la bandeja con el tazón.
–Es que he tenido la suerte de ser cuidado por una maravillosa enfermera –le dijo él, risueño, mirándola a los ojos intensamente, al tiempo que Cristina se ruborizaba por el cumplido.
–Eso se lo dirás a todas… a todas las enfermeras, me refiero, porque al parecer te han herido en muchas ocasiones –intentó salir ella del apuro.
–Sí…unas cuantas heridas, pero, afortunadamente todo se va pasando –contestó él tratando de despistar también.
En ese momento llegó Aylynt, pues ya era la hora de la visita. Se había acercado un momento a su casa para darse una ducha y cambiarse de ropa. Venía preocupada porque no había visto a Diego. ¿Dónde estaría? Después de lo de anoche, se sentía mal pensando en él. Pero, ¿qué podía hacer ella? Le dio un beso a Gonzalo en la mejilla y le felicitó por el buen aspecto que presentaba.
–Tesoro, te veo muy bien, has mejorado mucho en estas horas que no he estado.
–Dentro de un rato, lo llevaremos ya a planta –le informó Cristina–. Allí podrá estar siempre que quiera con él.
Gonzalo le guiñó el ojo y le sonrió a Aylynt, que experimentó un tremendo alivio al saber la novedad. Necesitaba estar con él, no solo porque lo amaba con todas sus fuerzas, sino porque estaban en un mundo desconocido para él.

Por la tarde se lo llevaron a hacer pruebas médicas. Volvió intrigado.
–Me han metido en una especie de tubo metálico blanco, con unos extraños ruidos –comentó él.
–Eso es un aparato de hacer resonancias, Gonzalo. Con eso pueden ver cómo van por dentro las heridas de la cabeza y del pecho.
–¡Es todo tan raro, Aylynt! Todo está tan limpio, y las máquinas lo llenan todo. Desde el siglo XVII, resulta impensable lo de ver el interior del cuerpo sin abrir…
Estuvieron unos momentos en silencio y luego él la sorprendió.
–Creo que ya es hora de que me levante, –dijo Gonzalo–, no soporto más estar así parado. Levantó la sábana, sacó las piernas fuera y se sentó en el borde de la cama.
Aylynt iba a protestar pero vio que sería inútil. Le conocía perfectamente y le había visto hacer esto muchas veces. Su capacidad de recuperación y su aguante eran realmente prodigiosos.
–¡Espera Gonzalo, hay que coger la bolsa de suero! –fue lo único que atinó a decir, mientras la descolgaba y se ponía a su lado.
–¿Vamos a la ventana? Quiero ver lo que hay fuera.
Gonzalo puso los pies en el suelo y empezó a caminar, primero un poco inseguro, pero a los dos o tres pasos consiguió ya erguirse totalmente. Descalzo y con un pijama azul de la seguridad social resultaba chocante.
Al llegar a la ventana, se quedó mirando a través de los cristales. No pudo reprimir un pequeño grito de sorpresa. Había tantas cosas, que no podía decidir ni en qué fijar su atención. Pasada la primera impresión, vio los enormes edificios, las calles con el suelo gris oscuro y una especie de artefactos que iban y venían por carriles delimitados por rayas blancas. Debía ser lo que Aylynt le había dicho alguna vez que eran los “coches” de esa época. Iban muy deprisa, y eran de todos los tamaños, formas y colores. Y gente…, montones de personas iban y venían… Aturdido, giró la cabeza hacia ella.
–¿Cómo has podido acostumbrarte al siglo XVII, Aylynt? Es todo tan sucio, pequeño, destartalado y lento, en comparación….–dijo él, mirándola con una triste sonrisa.
–Porque el siglo XVII tiene algo que no tiene el XXI –contestó ella con decisión.
–Ah, ¿sí? ¿El qué? –preguntó él con cara de sorpresa.
Ella puso cara pensativa y le dijo:
–Creo que le llaman Águila Roja, una especie de Ninja-samurai-espadachín-justiciero –y se echó a reír al tiempo que se acercaba y lo abrazaba con fuerza. Él se rió también y la atrajo hacia sí, besándola en los labios con suavidad. Luego se quedaron mirándose a los ojos.
Desde el quicio de la puerta de la habitación, Diego los observaba con un dolor reprimido y triste. Dio un par de golpes suaves y entró.
Aylynt se alegró enormemente al verlo. Fue hacia él, se echó encima y lo abrazó. Pero él no la correspondió, permaneció impasible con los brazos caídos a los lados. Ella no quiso darse por enterada y empezó a hablar.
–¡Diego! Me alegro de que estés aquí. Gonzalo ya está mucho mejor, incluso se ha levantado. –Y en un tono más bajo prosiguió, mirándole a los ojos–. Sin ti no lo hubiéramos conseguido. Gracias por todo.
–Claro hermanita, ¿para qué están los hermanos, más que para ayudarse mutuamente? –el tono sarcástico y duro se le clavó a Aylynt en las entrañas–. Así que tú eres Gonzalo –se dirigió al enfermo, al tiempo que le alargaba la mano para saludarlo.
Gonzalo, se la estrechó con fuerza a la vez que le daba las gracias.
–Diego, siempre estaremos en deuda contigo.
–Me alegro de que ya estés tan bien. Ayer no hubiera apostado mucho por ti –dijo como de pasada el muchacho. Luego se giró hacia su hermana y le habló con voz melosa–. Aylynt, ¿por qué no bajas al restaurante a tomar algo? Seguro que no has comido, y ahora debes cuidarte más que nunca. Ya me quedo yo con el herido.
Aylynt se sorprendió por la propuesta. Iba a protestar, cuando la mirada decidida de su hermano topó con la suya.
–Anda, mujer, no pasará nada –dijo Diego mientras la tomaba suavemente del brazo y la encaminaba hacia la puerta.
–Tiene razón tu hermano, Aylynt, ve –la animó también Gonzalo.
Ella tomó el bolso y salió de la habitación sin decir nada. Pero no la iban a echar tan fácilmente. Estaba decidida a enterarse de lo que iban a hablar entre ellos. Hizo como que cerraba la puerta, pero la dejó un par de dedos abierta, y luego se dispuso a escuchar sin reparos.
–Tú dirás –oyó decir a Gonzalo con voz seria y firme.
–Mira Gonzalo, te voy a ser sincero y no me voy a andar con rodeos. Quiero que vuelvas tú solo al siglo XVII. Si de verdad quieres tanto a mi hermana, harás lo mejor para ella. Y eso significa, quedarse aquí, en su tiempo, en su mundo.
Gonzalo se quedó unos momentos callado. Comprendía perfectamente a su cuñado.
–Diego, no es tan sencillo. Ella debe volver –por una vez sentía que le faltaban las palabras.
–¿Por qué debe volver? ¿Para estar contigo? ¿Y yo? ¿Y su vida aquí? Por si no te lo ha dicho, ella tiene por delante una brillante carrera como investigadora en física cuántica. No puede echarlo todo a perder por tonterías de enamoramientos –la última frase la dijo con profundo desprecio.
–Tu hermana y yo estamos casados, Diego, y tenemos un hijo de cuatro meses –la voz grave de Gonzalo retumbó en los oídos del joven. Cuando comprendió el alcance de lo que había escuchado, se enfureció.
–¿Por qué dejaste que las cosas llegaran tan lejos, eh? Sabías que ella no pertenecía a tu tiempo. Debiste haberla convencido para que regresara –la cara de Diego se llenó de lágrimas de rabia. Dio media vuelta y se disponía a marchar cuando Gonzalo avanzó y lo tomó por el brazo.
–Diego, Diego, espera… –el interpelado sacudió el brazo, se liberó de la mano de Gonzalo y se marchó. Al salir vio a Aylynt apoyada en la pared, con cara de profundo dolor.
–Ya puedes entrar, y quédate con él, “tu marido”, y tu hijo. ¿A qué esperabas para contármelo? –le espetó con rencor, y desapareció como una exhalación por el pasillo del hospital.
Aylynt entró en la habitación y se abrazó a Gonzalo. Estuvieron un rato así, callados y serios. Luego, Gonzalo se volvió a echar en la cama y Aylynt se sentó a su vera.

La tarde pasó rápida. Gonzalo iba de sorpresa en sorpresa, descubriendo el mundo del futuro. El televisor, el baño con grifos por los que salía agua caliente, la luz eléctrica, el teléfono, el ruido de la calle…todo era motivo de asombro. A la hora de la cena estaba ya exhausto, y se durmió justo al terminar de comer. Aylynt se sentó en el pequeño sillón, y se dispuso a descansar también.

Los primeros rayos del amanecer entraron por la ventana y Gonzalo abrió los ojos, según su costumbre. Volvió a quedarse embelesado mirando a Aylynt dormida. Luego se levantó, se puso la bata del hospital y se calzó las zapatillas. La tarde anterior le habían quitado ya el suero y se sentía libre, dolorido pero libre. Salió de la habitación al pasillo, y no vio a nadie. Empezó a caminar y, subiendo y bajando escaleras, consiguió hacerse una idea de cómo era el edificio donde estaban. Cuando ya estaba cansado, se decidió a usar lo que Aylynt le había explicado que eran unos ascensores. Y pasada la primera impresión, tuvo que reconocer que era un gran invento. Llegó hasta la misma puerta del hospital, que estaba cerrada. Tan solo había un guardia mirando la tele, en su habitáculo, detrás de una cristalera.
Las buenas costumbres ninja no se pierden, se dijo Gonzalo, sonriéndose para sus adentros. Y el andar sin hacer ruido y pasar desapercibido, era una de ellas. Cuando se dio por satisfecho, se dirigió otra vez a su habitación, la 715, en la séptima planta. Aylynt lo esperaba nerviosa en la puerta del ascensor.
–¿Dónde te habías metido? Me has dado un susto de muerte, Gonzalo –le recriminó ella, en voz baja.
–No pasa nada, Ayly, solo estaba inspeccionando el lugar, nunca se sabe –le dijo él cariñosamente, al tiempo que la tomaba por la cintura y, atrayéndola hacia sí, la besaba. Por supuesto, a ella se le pasó de golpe el enfado. Era el poder mágico de los besos de Gonzalo.
De vuelta a la habitación, Aylynt le expresó sus dudas respecto al tema de su identidad.
–Gonzalo, creo que hay que hacer algo respecto a lo de que te llames Diego. No es justo para él, además, no creo que tarden mucho en darse cuenta que no es verdad. Cuando investiguen un poco más en profundidad, verán, por supuesto, que tú no eres él.
–Pero nos vamos a ir antes de que pase nada de lo que tú dices. A más tardar, esta noche –repuso Gonzalo.
–¡No podemos irnos esta noche! Hasta que no se cumplan las 72 horas que dicen los médicos, sería peligroso que salieras del hospital. El golpe en la cabeza fue muy fuerte, cariño, no podemos arriesgarnos a que tengas alguna recaída y vuelvas a entrar en coma. Entonces, todo esto, no hubiera servido para nada. Además, tenemos que enterarnos bien de la medicación y aprovisionarnos de ella, para que te la puedas seguir tomando allí –le explicó Aylynt con desesperación.
–Aylynt, hasta ahora hemos pasado siempre con las medicinas que teníamos allí. No necesitamos llevarnos nada –dijo él a la defensiva.
–Gonzalo, ¡no seas terco! El coágulo de la cabeza podría volver a formarse si no sigues tomando lo que te dan aquí. Así que, por una vez en tu vida, me vas a hacer caso a mí, que sé mejor como van las cosas aquí –la voz de ella fue aumentando su dureza hasta que acabó mirándolo con fiera determinación.
–Está bien, está bien, no te sulfures… –Gonzalo intentó aplacarla, al tiempo que se daba por vencido–. Pero es que me pone muy nervioso estar aquí, Aylynt, me siento al descubierto y en peligro. Nunca había dependido tanto de los demás y no estoy acostumbrado.
–Cariño, confía en mí, ¿vale? –le dijo Aylynt con dulzura, al tiempo que le tomaba las manos y lo miraba a los ojos.
Él sonrió y asintió. Luego, tomó una silla y se sentó al lado de la ventana. Por lo menos intentaría aprender todo lo que pudiera de ese extraño mundo donde estaban. El hábito de estar en guardia iba en su naturaleza, y no podía evitarlo.
Fue viendo como poco a poco, la ciudad y sus habitantes despertaban a un nuevo lunes. La quietud de la noche fue reemplazada por el ruido y el movimiento. Todos iban y venían atareados en coches, autobuses, e incluso bicicletas. También a pie. Observó cómo iban vestidos, cómo entraban y salían de los bares, las casas y los vehículos. Era fascinante, pero…parte de su mente no dejaba de pensar en que tenían que volver cuanto antes.

Al poco rato se vieron sorprendidos con la visita de Diego. Éste llamó a su hermana desde la puerta y le pidió que fuera a hablar con él en privado. Una vez en la sala de las visitas, el joven empezó a hablar.
–Aylynt, quería pedirte perdón por lo de ayer –dijo bajando la cabeza compungido.
–Diego, yo no sé qué decirte. Comprendo perfectamente tu reacción de ayer, porque yo en tu caso hubiera hecho lo mismo. Pero, intenta verlo desde mi punto de vista.
–Eso es lo que he hecho, hermanita. Anoche en casa, recordé cómo os estabais mirando cuando llegué por la tarde. Y tuve que acabar reconociendo que lo que hay entre vosotros es mucho más fuerte de lo que pensaba. Y que yo, como tu hermano que te adora, debo dejar que seas feliz. Y si tú crees que esa es tu felicidad, no debo interponerme, aunque eso signifique no volver a verte más.
El rostro de Aylynt se llenó de lágrimas. Se abrazó a su hermano, y apenas pudo decirle un emocionado “gracias”.
–Bueno, bueno, dejémonos de sentimentalismos que tenemos mucho trabajo por delante. Vamos a la habitación –dijo Diego, zanjando la, para él, incómoda conversación. Estaba sorprendido consigo mismo por la generosidad que estaba demostrando.
Gonzalo se quedó mirando extrañado la cara de Aylynt, que aún presentaba los rastros de los lloros que se acababa de pegar. Ella le hizo un gesto con la mano de restarle importancia y dejarlo correr. Diego empezó a hablar.
–Hermanita, no te enfades por lo que te voy a decir, pero, ¿se puede saber para qué usaste mi tarjeta sanitaria para ingresar a Gonzalo, si ya me habías hecho crearle una identidad? Porque ahora estamos en problemas.
–Tienes razón, Diego, llevo desde ayer dándole vueltas. Creo que me equivoqué al hacerlo. Supongo que fue el miedo a llegar aquí y que no nos quisieran atender, o tardaran más rato de lo habitual. Estaba aterrorizada pensando en que después de todo lo que había hecho por traer a Gonzalo, se me muriera por una cuestión de papeles.
Gonzalo se quedó mirándola, maravillado. Aylynt nunca dejaba de sorprenderle por su coraje y su empuje. A cada momento se daba más cuenta de lo que había supuesto para ella traerlo allí. Diego siguió hablando.
–Ayer por la tarde, la policía estuvo preguntando en la urbanización, y, claro está, nadie había visto nada del presunto atacante. Y por supuesto, aseguraron a la policía que el herido no podía ser su estimado vecino Diego de la Vega –dijo él mismo con ironía–, porque lo habían visto por la mañana. Disculpadme, pero no creí que fueran a ir tan pronto a investigar.
Estuvieron callados durante unos instantes, y después habló Aylynt.
–Creo que en lo que respecta al tema de la identidad habrá que sincerarse con la subinspectora. Y el más indicado para hacerlo, eres tú, Gonzalo.
–¿Yo?, ¿por qué? –preguntó él, sorprendido.
–No me digas que no te diste cuenta de que a la señorita Virginia –esto lo dijo con retintín– se le caía la baba mientras te miraba –dijo Aylynt con una cierta acritud.
La cara de estupefacción de los dos cuñados fue tal que a ella le dio la risa.
–¡Hombres…! ¡Nunca os enteráis de nada!
Estuvieron unos momentos poniéndose de acuerdo en lo que iban a decir y luego, Diego prosiguió con lo que le había llevado allí tan pronto en la mañana.
–Gonzalo, para poder tener las tarjetas identificativas físicamente en la mano, necesito tomar tus huellas dactilares y una foto –le dijo al tiempo que abría el pequeño maletín y dejaba al descubierto un ordenador portátil de última generación, que incorporaba cámara, por supuesto, y lector de huellas digitales–. Menos mal que ya te han quitado esa venda de la cabeza. Las magulladuras las arreglaremos con el Photoshop.
Su cuñado se dejó hacer sorprendido, al tiempo que se preguntaba cómo había podido avanzar tanto la tecnología en aquellos cuatro siglos que los separaban.
–Veamos, tu nueva identidad es Gonzalo Ramírez García, nacido en Madrid, en … –y siguió detallando lo que había inventado, para que lo supiese el interesado–. En el historial médico de tu tarjeta sanitaria, he incorporado algunos episodios de golpes debido a la práctica de artes marciales y un par de navajazos en el abdomen en una pelea callejera. Supongo que hay mucho más, pero tampoco tiene que ser exhaustivo, lo justo para que parezca que eres tú.
–Sabes, Diego, te pareces mucho a tu hermana –dijo Gonzalo maravillado ante el asombroso trabajo que estaba haciendo su recién encontrado cuñado, con el tema de su falsa identidad–, siempre estáis en todo, no se os pasa nada.
–Igual que tú. Al menos, eso es lo que dice la leyenda de Águila Roja –replicó Diego.
–¿Qué sabes tú de Águila Roja? –Gonzalo iba de sorpresa en sorpresa.
–Lo que pone en el libro que encontró Aylynt, y por el que toda esta historia empezó. Mi hermanita, me amenizó toda la adolescencia contándome tus logros y hazañas. Incluso se doctoró en física cuántica para colaborar en la creación de la máquina del tiempo, para ir a tu encuentro. ¿No te lo ha dicho?
–Sí. Lo que no sabía es que te lo había contado a ti.
–Desde luego, hermana, viéndolo más fríamente, tengo que quitarme el sombrero ante ti. Has conseguido alcanzar el sueño de tu vida. Aunque lo contaras, dudo que alguien te creyera –el chico la miró con cariño y admiración. Y tristeza, también, por lo que suponía para él, perderla.
Después, guardó el ordenador en el maletín y se fue, guiñando un ojo y diciendo que volvería en un par de horas con las tarjetas de identificación.

Era la hora del desayuno, y una sonriente Cristina apareció por la puerta dando los buenos días.
–¡Caramba, Diego! Es cierto lo que me han contado mis compañeras. ¡Cualquiera diría que anteanoche estuviste más allá que aquí! Me alegro mucho.
Gonzalo le sonrió y le agradeció sus cariñosas palabras.
–Buenos días, Cristina. Debe ser que me cuidáis muy bien.
Después de desayunar, Gonzalo se aseó un poco, y volvió a sentarse al lado de la ventana. Para él era completamente imposible estar echado en la cama mirando el techo. Aylynt, aprovechando que todo estaba tranquilo, bajó un momento a desayunar en el bar del hospital.

–Hola, señor de la Vega, o mejor dicho, señor desconocido. ¿Quién es usted? –dijo con dureza Virginia Fuentes, dirigiéndose al hombre sentado ante la ventana.
Gonzalo giró la cara hacia ella, y en ese momento, la subinspectora sintió que se le doblaban las piernas. Toda su preparación para enfrentarse a este momento no había servido para nada. Notó mariposas en el estómago como una quinceañera cualquiera. Se quedó embobada y boquiabierta, mirando ese porte y esa cara tan varonil y dulce a la vez. El pelo, ondulado y largo por los hombros, y la suave y mullida barba, ambos castaños. La nariz de perfecto perfil. Los ojos de profunda y risueña mirada, a juego con la sonrisa de esos maravillosos labios, que enmarcaban una deseable boca entreabierta.
Al ver la mala cara de ella, Gonzalo no pudo menos que levantarse, y tomándola con urgencia del brazo, preguntarle con voz preocupada:
–¿Le sucede algo, señorita Virginia?


Capítulo 7

Nunca supo la subinspectora de dónde sacó las fuerzas, pero lo consiguió. Pudo rehacerse lo suficiente para sonreír al sospechoso y agradecerle sus desvelos.
–No, no.., gracias, Diego,.. o como se llame. Ha sido un ligero vahído sin importancia. Ya estoy bien –dijo al tiempo que afirmaba los pies en el suelo, y contemplaba entre suspicaz y embelesada la sincera preocupación de Gonzalo por ella. “No puede ser un delincuente”, sintió de repente en su interior.
–Tiene razón, subinspectora, no soy Diego de la Vega. Me llamo Gonzalo Ramírez García.
–¿Y por qué mintió la señorita que lo trajo al hospital?
–Verá, es un asunto un poco delicado, ¿sabe? –empezó a explicar Gonzalo.
–¿Qué quiere decir? –inquirió intrigada la policía.
–Aylynt y yo estamos juntos, pero… su familia no quiere.
–¿Y qué tiene que ver eso con todo este asunto? –preguntó ella.
–Pues que Ayly se asustó mucho después de lo que pasó, se puso muy nerviosa por si lo descubría su familia y no se le ocurrió otra cosa que ingresarme con la tarjeta sanitaria de su hermano.
–Ya –la señorita Virginia se quedó observando escrutadoramente al interrogado–. ¿Y qué fue lo que pasó? ¿Cómo resultó usted herido?
–Pues… ella y yo estábamos paseando por el Parc de Dalt, al lado de la urbanización. Hay trozos que son como un bosque…es un lugar bastante íntimo…–Gonzalo dejó la frase sin acabar, a propósito.
–¿Y…? –la policía empezaba a impacientarse.
–Aparecieron unos tipos que nos atacaron. De esos que les gusta molestar a las parejas. Conseguí deshacerme de ellos –Gonzalo se puso a mirar el suelo.
–¿Qué quiere decir exactamente con “deshacerse”? –la subinspectora lo observaba atentamente.
–Pues peleamos, les hice unas cuantas llaves y al final se marcharon. Pero antes, uno de ellos me clavó un cuchillo en el pecho. Al principio casi ni me di cuenta. Empezamos a correr para salir y montamos en el coche. Ayly me llevó a su casa. Estaba histérica, no sabía lo que hacía, el susto fue muy grande –Gonzalo volvió a interrumpir su historia y se quedó mirando por la ventana.
La subinspectora Fuentes estaba ya al borde del ataque de nervios, por la lentitud de las explicaciones.
–Señor Ramírez, ¿quiere explicar las cosas con un poco más de garbo? Nos van a dar las uvas.
Gonzalo se sonrió en su interior. Estaba logrando su propósito. Es conocido que los mentirosos cuentan las historias de golpe, tratando de salir de ello cuanto antes. Sin embargo, contarlas a borbotones, da impresión de veracidad.
–Una vez en la casa, perdí el conocimiento. Ayly me puso ropa de su hermano, y me trajo aquí. Se inventó lo que dijo porque no quiere que se entere su familia.
–¿Y se puede saber por qué la familia de ella no lo quiere a usted de novio? –preguntó ella con un cierto regocijo en la voz.
Gonzalo levantó la cabeza, se la quedó mirando con cara de ofendido y le espetó tratando de parecer que se contenía:
–Disculpe, pero eso no creo que sea de su incumbencia.
–¿Qué puede decirme de los atacantes?
–Eran tres. Llevaban pasamontañas. Iban totalmente tapados y no tenían ninguna característica especial. Dos eran de mi altura más a menos y el otro era más bajo.
–¿Tres? ¿Puso en fuga a tres hombres usted solo? –la voz de incredulidad de la señorita Fuentes molestó a Gonzalo.
–Pues claro –dijo él con tono enfadado–. ¿No me cree capaz?
–Por su historial médico, parece ser que usted ha estado metido en más de una pelea. Y se ha llevado más de un navajazo.
–Practico artes marciales –dijo él como por casualidad.
–Está bien. Vamos a dejarlo aquí. ¿Me deja su DNI para apuntar el número?
–No lo tengo aquí. Pero si quiere le puedo decir el número de memoria –Gonzalo mentalmente dio gracias a Diego por haberle obligado a aprendérselo de memoria antes de marcharse.
Se lo dijo, la subinspectora lo apuntó, y se despidió diciéndole que volvería a tener noticias suyas.
Cuando se fue, Gonzalo se dejó caer en la silla extenuado y soltando el aire con alivio. El interrogatorio se le había hecho interminable. ¡Por Dios, pensaba que esa mujer no se iba a ir nunca! Le había empezado a martillear la cabeza y sentía unas tremendas punzadas de dolor en la herida del pecho. Hizo unas cuantas respiraciones, se relajó, y poco a poco las molestias fueron mitigándose lo suficiente como para hacerse algo más soportables.

No hacía ni diez minutos que se había ido la policía cuando apareció la enfermera Cristina en la habitación. Poniéndose con los brazos en jarra delante de él, le preguntó con tono enfadado:
–¿Es cierto lo que nos ha contado la subinspectora? ¿Te llamas Gonzalo, no Diego? ¿Por qué nos has engañado?
Gonzalo no lo podía creer. ¡Vaya día que llevaba con las mujeres! Desde que se había levantado, no habían parado de gritarle, atosigarle o pedirle cuentas. Primero Aylynt, luego la policía y ahora, hasta la enfermera. Haciendo el enésimo esfuerzo del día, se calmó y se dispuso a aguantar el chaparrón.
–Cristina, no te enfades. Fue algo totalmente no premeditado. Aylynt se puso nerviosa y se le ocurrió decir que yo era su hermano Diego. Pero no hay nada más detrás.
–¡Por eso te sorprendiste tanto cuando al despertar yo te llamaba Diego!
–¿Me perdonas? –Gonzalo la miró con carita de niño bueno implorando su perdón.
Cristina se derritió, se sonrió y meneando la cabeza de lado a lado, salió de la habitación.

Después de desayunar en el bar del hospital, Aylynt pensó en aprovechar que al lado había unos grandes almacenes, y entró a hacer compras. Gonzalo no tenía nada de nada en este mundo, pensó. Se dirigió hacia la sección de ropa para caballeros.
Por el camino, se topó con la sección de bebés. No pudo evitar derramar unas cuantas lágrimas, pensando en su hijo. Ansiaba con todas sus fuerzas volver a tenerlo entre sus brazos, mimarlo, acariciarlo, arrullarlo….Había notado dolor en los pechos desde que llegó, incluso había tenido que sacarse un poco de leche en el baño para liberar un poco la enorme presión que sentía. Por un lado deseaba seguir teniendo leche para seguir amamantándolo cuando volviera. Por otro, veía lo complicado que iba a ser mantener ese hecho en secreto. En un par de ocasiones, se le había manchado la camiseta. Suerte que se pudo tapar abrochando la chaqueta. Y si tardaba mucho en volver, se le marcharía la leche y tendría que ponerle una nodriza a Andrés. No le había comentado nada a Gonzalo para no preocuparlo aún más.
Trató de alejar todos estos pensamientos inútiles por el momento, de su mente y se concentró en las compras. Cuando volvió a la habitación de Gonzalo, parecía una “mamá Noela”.
–¿Pero qué traes, Aylynt? –preguntó Gonzalo sorprendido y con una sonrisa al verla a ella feliz llegando con las bolsas y paquetes.
–Te traigo ropa y otra cosa –Metió la mano en una de las bolsas y sacó una pequeña caja, la abrió y le dijo a Gonzalo toda ufana–. ¡Te he comprado un móvil!
Gonzalo se quedó mirándola extrañado.
–Un teléfono móvil –le aclaró ella.
–¡Ah! –él lo cogió y después de unos momentos de darle vueltas, le dijo–: ¿Y dónde están las teclas? El que me enseñaste ayer tenía teclas, para marcar los números –y se quedó mirándola con cara de interrogación.
–¡Es verdad, es que éste es táctil! –lo tomó y le explicó cómo funcionaba. Le puso en la agenda el número suyo y el de Diego. –Así nos podrás llamar si en algún momento nos necesitas y no estamos contigo. También te he comprado unos tejanos más a tu medida, una camiseta más amplia que la otra, que no te ibas a poder meter con los vendajes del pecho, zapatos de tu número, creo yo, calcetines y unos CK negros. ¡Ah! Y una cazadora de cuero negra. Vas a estar superinteresante, querido –la última frase se la dijo al oído, ronroneando. A los dos les dio la risa.
Unos momentos después apareció Diego con la documentación. El DNI, la tarjeta sanitaria, el permiso de conducción y el pasaporte. Gonzalo se quedó con la boca abierta mirando esos pequeños trozos de plástico con su foto y sus datos.
–¿De dónde los has sacado, Diego? –preguntó su hermana. Sabía que se dedicaba a esos menesteres cuando se lo pedían, pero no tenía idea de que la cosa fuera tan rápida.
–Unos amigos, con los que tengo negocios en común…–comentó él como quien no quiere la cosa, y sin dar más explicaciones–. Por cierto, Gonzalo, te he traído un bolígrafo y una libreta. Tienes que ensayar esta firma que te he puesto, por si te tocara hacerla.
Gonzalo se puso manos a la obra y pronto se maravilló del humilde invento del bolígrafo.
–¡Ahora entiendo lo torpe que has sido siempre con la pluma, cariño! –le dijo a Aylynt, que lo miró con cara de pocos amigos. –¡Es broma, mujer! –se acercó a ella por detrás, la abrazó y la besó en el hueco del cuello–. Gracias por todo, Ayly –le susurró al oído. Ella cerró los ojos, echó la cabeza para atrás, contra su pecho y sonrió con deleite.


Un rato después, Aylynt fue al mostrador donde atendían las enfermeras, y le dejó la tarjeta sanitaria de Gonzalo a Cristina. Esta manifestó su malestar por la mentira.
–Aylynt, francamente no nos lo esperábamos. Llegaste diciendo que era tu hermano, y ahora resulta que es tu novio. Podrías haberte ahorrado todas las mentiras porque igual lo hubiéramos atendido. No dejamos morir a nadie porque no tenga papeles –el tono de la enfermera era serio.
–Ya lo sé, Cristina. Pero me pudo la angustia y el miedo. Lo siento.
En ese instante llamaron de una habitación y la joven se marchó deprisa hacia allí. No quedaba nadie más en el puesto, y Aylynt vio que era el momento. El historial médico de Gonzalo estaba allí mismo, sobre la mesa, abierto. Lo tomó y empezó a leerlo rápidamente. Los resultados de las pruebas y análisis, la intervención y sobre todo, la medicación. Memorizó el nombre de los medicamentos y cómo debía tomarlos, y marchó deprisa hacia la habitación. Ya estaba llegando cuando oyó un taconeo inconfundible, que avanzaba por el pasillo. Giró sobre sí misma y confirmó sus sospechas. Su compañera de trabajo estaba allí. ¿Cómo había venido tan pronto?
–Aylynt, querida, qué bien que te encuentro. Vengo muy preocupada. ¿No le habrá pasado algo a Diego? Estaba con Jake cuando has llamado esta mañana para decir que no podías ir a trabajar porque estabas en el hospital por problemas domésticos, y claro, lo primero que he pensado ha sido en mi Diego.
Aylynt se la quedó mirando, hacía tres años que no la veía y se sonrió. Aquel día iba caracterizada de Marilyn Monroe, con un vestido blanco como el que llevaba la actriz en la famosa y archiconocida escena en el que se le vuelan las faldas. Era un pozo de sorpresas, pero con ella tampoco te aburrías nunca. Incluso hablaba con la voz afectada y aflautada de la imitada.
–¡Claudia, cada día te superas a ti misma! Y, por cierto, sabes perfectamente que no es tu Diego –la reconvino con cariño–. No ha sido Diego, se trata de un amigo de la familia, que está pasando unos días con nosotros, el sábado tuvo un percance y lo tuvimos que ingresar.
–¡Menos mal! ¡No sabes el peso que me quitas de encima! Ya sé que no es mi Diego, pero eso es porque él quiere. Sabes que yo por él haría cualquier cosa, cualquier cosa, Aylynt.
–¿Como dejar de vestirte cada semana según un personaje diferente?
La conversación fue interrumpida por Diego que salió de la habitación de Gonzalo, al oír a Claudia.
La visitante se abalanzó sobre él, al tiempo que lo abrazaba y besaba con profusión. Diego se dejaba hacer, por cariño y porque la apreciaba, pero no la correspondía en su desmedido amor.
–¿Puedo entrar a conocer a vuestro amigo familiar? –preguntó Claudia, con una sonrisa encantadora.
Aylynt le hizo señas de que pasara adelante.
Gonzalo se quedó mirando a la recién llegada, con los ojos muy abiertos. Aunque no dijo nada para no meter la pata. Aylynt los presentó. Estuvieron un poquito conversando y luego la visitante se despidió y salió al pasillo.
–Aylynt, qué callado te lo tenías –le dijo en voz baja Claudia a su compañera.
–¿El qué? –preguntó con extrañeza la interpelada.
–Ese Gonzalo es tu novio, es muy guapo e interesante…–Claudia se sonrió, hizo el gesto de poner los ojos en blanco y prosiguió hablando–. Sabes que no me puedes engañar. Vigila que no se entere Jake. Hace dos años que lo dejasteis, pero él sigue tan enamorado de ti como el primer día. Aquellos meses que estuvo saliendo con la tonta aquella, no le sirvieron de nada. Además, con lo que ha pasado hoy…
–No me asustes, Claudia. ¿Qué ha pasado hoy?
–Ha venido el jefe de la subestación eléctrica del campus a decir que el sábado a las seis de la tarde detectaron un pico gigantesco en el consumo de energía eléctrica, que solo puede haber sido provocado porque alguien puso en funcionamiento la Tempus 3000. Ya sabes los problemas que tuvimos en su día, porque no querían hacerse cargo del suministro.
Aylynt empezó a sentir mareos y encontrarse mal. No podía ser. Había repasado todas las acciones meticulosamente, y todos los programas de fuga, puestos en marcha, tanto antes como después del doble viaje de ida y vuelta en el tiempo, cientos de veces.
–¿Pero cómo lo han sabido? ¿Qué pruebas tienen? –preguntó con un hilillo de voz.
–Ninguna, Aylynt. No hay registrado nada diferente ni anormal en absolutamente ninguno de los sistemas tanto de funcionamiento, como de seguridad ni en nuestro laboratorio ni en la subestación. Lo hemos comprobado Jake y yo esta mañana, nada más marchar el jefe. Lo que éste dice, es que su empleado de guardia vio momentáneamente en la pantalla cómo la gráfica del consumo se disparaba y se salía de la escala. Pero cuando fue a buscar los datos, no había nada de nada.
–Entonces debe ser un fallo del ordenador de ellos, o incluso el tipo ese, igual tiene problemas de vista, o de bebida…–dijo Aylynt, tratando desesperadamente de minimizar el asunto.
–Eso creo yo también. Pero Jake se ha puesto nervioso. Y ya sabes lo que eso significa –replicó Claudia.
–Que se lo va a contar a los americanos –sentenció Aylynt a su pesar–. Claudia, sabes que estamos a punto de acabar toda la experimentación, hemos de impedir a toda costa que se lleven el transponedor cuántico maestro a California. Allí solo están esperando cualquier pequeña tontería para quitárnoslo. El acuerdo que firmamos es muy estricto en eso. Ante cualquier duda sobre la seguridad del TCM, se lo van a querer llevar de vuelta.
–Por supuesto, Aylynt. Yo ya le he cantado las cuarenta a Jake y le he dicho que como se le ocurra comentarles esta nadería a los de la embajada americana, lo capo. Yo no me quedo sin mi Premio Nobel porque un estúpido haya visto subir una raya en una pantalla de ordenador. Y ahora te dejo, que necesito fumarme un cigarrillo, ya –y se fue igual que vino, cimbreando las caderas y ensordeciendo a su paso con su taconeo.

Aylynt entró en la habitación con la cabeza gacha. Les explicó lo que le había contado Claudia.
–Pero no hay ninguna prueba de nada –dijo Diego, medio preguntando, medio afirmando.
–No. Todos los programas de fuga funcionaron correctamente, tú lo comprobaste, ¿no?
Diego asintió con la cabeza.
Se quedaron un rato callados y al final fue Gonzalo el que empezó a hablar. Todavía estaba asombrado por la aparición de Claudia.
–¿Y ese color de pelo es el suyo? –no pudo menos que preguntar.
Aylynt se sonrió.
–No, se lo tiñe según el personaje que interpreta. Hoy iba caracterizada de Marilyn, una artista muy famosa, y deseada, del siglo pasado, Gonzalo. Ese color se llama rubio platino. Cada semana o quince días, cambia de aspecto, según lo que le parece.
–¿Y esos labios tan rojos? ¿Y las pestañas tan negras y exageradas? ¿También son del personaje?
–Sí –le respondió Diego. Se giró hacia Aylynt, y le comentó–: ¿Recuerdas cuando se vistió de Josephine Baker, con los plátanos de plástico en la cabeza?
Los dos hermanos no se pudieron contener y empezaron a reírse a carcajadas.
–No sé si hacer eso es estar muy cuerdo –dijo Gonzalo refiriéndose a Claudia.
–Es la persona más cuerda que te puedas echar a la cara, cariño. Hace estas tonterías para contrarrestar su genialidad. Ahí donde la ves, es uno de los tres matemáticos que lograron resolver las ecuaciones para hacer la máquina del tiempo. Los otros dos están en Los Angeles y en Tokio.

Se iba acercando la hora de comer, y Diego se fue para casa. Aylynt le dijo a Gonzalo que por qué no se probaba la ropa nueva, a lo que él accedió solo por complacerla a ella. No se lo quería reconocer ni a sí mismo, pero todavía se sentía débil. Esta vez la cosa había sido más grave de lo habitual. A pesar de los calmantes que sabía que le daban allí, la herida del pecho le dolía bastante, sobre todo cada vez que llenaba los pulmones de aire al respirar. Y en la nuca, justo donde acaba la cabeza, donde se dio el golpe que lo dejó en coma, también sentía molestias bastante fuertes. De todas formas, no hacía siquiera las cuarenta y ocho horas del percance.
Cuando terminó de ponerse todo lo que le había traído Aylynt, al ver la sonrisa arrobada de ella, supo que el esfuerzo había merecido la pena.
Se acababa de quitar la chaqueta de cuero, cuando oyeron un gran estruendo en el pasillo, seguido del ruido de dos disparos. Gonzalo y Aylynt se abalanzaron hacia allí por la puerta de la habitación, y al ver lo que pasaba, se quedaron atónitos.
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 7:22 pm

Capítulo 8

Ocho o diez metros más allá estaba sucediendo algo increíble. Tres hombres armados con pistolas, amenazaban a todos los presentes, seis personas entre enfermeras y familiares de enfermos, mientras que de una de las habitaciones salía un paciente, que quitándose de un estirón la vía del suero, se unía a ellos. En el suelo había dos personas, sangrando, al parecer heridas por los disparos. Eran un mosso d’esquadra y la subinspectora Fuentes.
Un solo instante se cruzaron las miradas de Gonzalo y Aylynt, y ambos supieron lo que tenían que hacer. Avanzaron ligeramente hacia la escena, y al verlos, los asaltantes los conminaron a ir hasta donde estaban los demás rehenes. Ellos lo hicieron, aparentando temor. Cuando llegaron a la altura de los hombres armados, de forma totalmente inesperada y repentina para todos, Gonzalo, afirmándose fuertemente en su pierna izquierda, giró el cuerpo hacia la izquierda también, levantó la pierna derecha con una fuerza brutal, y propinó sendos golpes en el pecho a dos de los asaltantes, que cayeron desmadejados al suelo, al tiempo que el héroe los desarmaba quitándoles la pistola. Mientras tanto Aylynt hizo lo mismo con el tercer hombre armado, y al instante se giró hacia el “enfermo”, al que dio un rodillazo en sus partes bajas, que hizo que se doblara en el paroxismo del dolor. La tensión del momento fue tal, que hasta se desmayó una de las mujeres presentes.
Tras comprobar que las tres pistolas estaban a buen recaudo lejos de los asaltantes, que de momento no daban señales de despertar, y al ver que Aylynt estaba atando las manos a la espalda al “enfermo”, Gonzalo fue hasta la subinspectora Fuentes, que lo miró con cara de triste resignación. Arrodillándose en el suelo, la tomó en brazos y echando un vistazo al lugar ensangrentado por donde había entrado la bala, debajo de la clavícula, le dijo con una sonrisa:
–Virginia, creo que de esta no nos libramos de usted.
Por momentos, la subinspectora llegó a pensar que el balazo casi había merecido la pena. Sentirse en sus brazos, recostada contra su pecho, rodeada de su cariño, con su cara a menos de dos palmos, mirándola con esos ojos brillantes y vivos tratando de infundirle ánimos, eso era en este instante para ella, el paraíso.
¿Quién era ese hombre? ¿Y la mujer que lo acompañaba? ¿Quiénes eran? ¿Cómo habían podido resolver tan brillantemente en segundos, una situación tan peligrosa y complicada?
Llegaron unos camilleros para hacerse cargo de la herida y bajarla a urgencias. Gonzalo se levantó con ella en brazos y la depositó suavemente en la camilla. Le guiñó un ojo y le dijo en voz baja:
–¡Suerte!
Dos lágrimas resbalaron por las mejillas de la policía, que finalmente, debido a la conmoción y a la pérdida de sangre, cayó en un estado de semiinconsciencia y cerró los ojos.
En ese momento, Gonzalo detectó un movimiento sospechoso en la puerta del pasillo que daba a las escaleras de emergencia. Había sido muy fugaz. Un simple destello sobre algo negro brillante; quizás una pistola. Pero dada la situación, no quiso correr riesgos. Tomó del suelo una de las armas de los asaltantes y la observó por unos instantes. Empezó a caminar hacia allí con rapidez, y buscando con la mirada a Aylynt, le señaló con la cabeza hacia adonde iba. Ella movió la cabeza de arriba abajo en señal de asentimiento, pues comprendía lo que le estaba queriendo decir.
Cristina estaba anonadada. No era solo el asalto de los compinches del paciente que acababa de traer la policía, ni los disparos. Sobre todo estaba impactada por cómo Gonzalo y Aylynt habían resuelto el ataque, más teniendo en cuenta que él estaba herido; y por su compenetración, que les llevaba a entenderse con un sola mirada.
Se puso a ayudar a Aylynt en su vigilancia sobre los asaltantes, al tiempo que veía a Gonzalo, pistola en mano, colocándose justo al lado de la puerta que daba a las escaleras de emergencia. Después vio como entreabría con cuidado una de las hojas de la puerta con la punta del arma, y poco a poco, con precaución, salió y desapareció.
Una vez en las escaleras, Gonzalo se apoyó en la pared y contuvo la respiración unos momentos. Oyó unos pasos de alguien que bajaba precipitadamente por las escaleras. Empezó a bajar el también, procurando no hacer ruido, pero en una de las ocasiones en que se asomó por la barandilla central, un disparo le pasó a menos de un palmo de la cabeza. Se tiró otra vez contra la pared. ¡Maldita sea!, se dijo, ahora ya había perdido el factor sorpresa. Estaba claro que era otro asaltante, que se había quedado en la retaguardia por si había problemas. Pero al asomarse al pasillo de la séptima planta del hospital y ver que sus compañeros estaban todos fuera de combate por el suelo, decidió huir. ¡Pues no se iba a salir con la suya!, se dijo Gonzalo.
Volvió a oír cómo bajaba su perseguido y aprovechó para bajar el también. Luego hubo un momento en que se oyó el batir de una puerta y los pasos dejaron de oírse. Gonzalo supuso que había entrado en la planta segunda del hospital, que estaba en obras, por lo que había podido ver esa misma mañana. Aunque las enfermeras le habían explicado que solo trabajaban por las mañanas, para no molestar en exceso al resto de enfermos ingresados. Bajó los últimos escalones con cuidado y comprobó que el delincuente no estaba emboscado en el rellano anterior al último tramo. Después llegó a la puerta por la que había desaparecido el hombre y oyó unos pasos lejanos. Entendió su jugada: estaba atravesando el pasillo de lado a lado de hospital, para bajar por los ascensores, que estaban en la otra punta. Allí habría gente, que le servirían de escudo en caso de que él quisiera dispararle.
Gonzalo entró en la segunda planta, vio claramente al hombre a lo lejos, y disparó. Al momento, el delincuente se parapetó detrás de unas máquinas y le respondió con un par de tiros. Gonzalo hizo lo mismo, ocultándose tras un palé de sacos de cemento. Sacó el brazo con el arma, y le volvió a disparar. El otro, desesperado, empezó a disparar descontroladamente. Y finalmente, Gonzalo oyó el click del gatillo, dejando claro que ya no le quedaban balas en el cargador. Se sonrió para sus adentros, ahí quería él verlo llegar. Vació el cargador de la pistola que llevaba él, y tiró las balas por un lado, y la pistola por otro, debajo del palé de los sacos.
El perseguido echó a correr hacia la puerta del final del pasillo con Gonzalo detrás, la atravesó y se metió en uno de los ascensores que estaba a punto de salir con tres personas más a bordo. Gonzalo llegó en el momento en que se cerraban las puertas. Hizo un gesto de rabia, fue corriendo hacia las escaleras que estaban al lado del ascensor, miró un momento por el hueco de en medio y saltó los dos pisos. Cayó con su habitual elasticidad y perfección. Se incorporó y echó a correr hacia la puerta del ascensor donde iba el maleante. Se pegó a la pared de un lateral, y en ese instante se abrieron las puertas. Salieron los otros ocupantes, y por fin, apareció su hombre. Gonzalo se tiró sobre él, que sorprendido, apenas opuso resistencia a los golpes que le dio el héroe, quedando destrozado en el suelo.
En ese momento se oyó la sirena de varios coches de los mossos d’esquadra que venían tras haber recibido el aviso desde el hospital de que había habido un tiroteo con dos policías heridos. Cuando entraron, lo primero que vieron fue a Gonzalo con la rodilla colocada sobre la nuca del hombre, que yacía bocabajo en el suelo.
Inesperadamente, el maleante se puso a gritar a la policía pidiendo ayuda.
–¡Ayúdenme, ayúdenme! ¡Este tío me quiere matar, es uno de ellos!
Gonzalo no daba crédito a lo que oía.
–¡Es él, el que es uno de los asaltantes! No le hagan caso, solo está tratando de despistarles para poder huir –intentaba explicar Gonzalo.
De nada sirvieron los gritos de ninguno de los dos. Los policías, ante la duda, los esposaron a los dos y se los llevaron a sendos coches patrulla. Gonzalo estaba desesperado y perplejo.
–¡Llamen a la séptima planta, por favor! Yo estoy ingresado ahí, ellos se lo confirmarán.
–¿Y desde cuándo los pacientes de un hospital van vestidos de calle? –se le burló uno de los policías–. Pase adentro y calle, será mejor.
Por fin llegaron media docena de policías a la séptima planta, y Aylynt empezó a preocuparse. Dejó a los asaltantes a cargo de ellos y bajó corriendo por las escaleras de emergencia, siguiendo los pasos de Gonzalo. En la pared vio el impacto de un disparo y se intranquilizó todavía más. Al menos no se veían rastros de sangre, se dijo. Llegó hasta la planta baja, y empezó a cruzar deprisa el pasillo central del hospital. ¿Dónde se había metido Gonzalo? Al mirar hacia uno de los lados, por uno de los enormes ventanales que daban a la calle, lo vio. Estaba dentro de un coche patrulla, con los brazos extrañamente colocados hacia atrás. Justo en ese momento, el auto emprendió la marcha. Cuando comprendió lo que estaba ocurriendo, no se lo podía creer. Empezó a correr hacia la puerta de entrada del hospital y una vez allí, le dijo a uno de los policías que soltaran a Gonzalo, que él no era uno de los asaltantes, sino que precisamente estaba persiguiendo a uno de ellos. Pero el mosso, sin atenderle en lo más mínimo, le dijo que hiciera el favor de volver a marcharse, que de momento nadie podía salir de allí.
Aylynt tomó uno de los ascensores y se presentó otra vez en la séptima planta.
–Cristina, los mossos se han llevado detenido a Gonzalo –el estupor llenó el semblante de la enfermera.
–Ven conmigo –le dijo resuelta, unos segundos después, una vez pasado el asombro.
Cristina empezó a caminar hasta llegar a uno de los doctores, el director del hospital precisamente, que se había personado poco después del tiroteo.
–Doctor Fábregas, necesitamos su ayuda– empezó a hablar Cristina–. Como ya le he explicado, ha sido uno de los pacientes ingresados, junto con Aylynt, aquí presente, –hizo un gesto hacia ella–, los que han anulado el ataque. Pues bien, Aylynt acaba de ver abajo en el vestíbulo, que los mossos se han llevado a Gonzalo detenido. Le rogaría que hiciera algo, por favor.
–Está bien, Cristina, está bien –y sacó su móvil y marcó un número de su agenda–. ¿Serra? Soy Fábregas. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible que se os haya ido de las manos de esta manera?– la indignación y el enfado del director era bien patente en su voz–. La próxima vez que necesites un hospital para ingresar a un preso, te vas a tener que buscar otro. Nos habéis puesto en peligro a todos. Y no solo eso, me dicen que uno de los pacientes, que precisamente se ha jugado la vida por salvárnosla a todos, ha sido detenido en la puerta, y se lo han llevado a la comisaría. ¡Es inadmisible!
–Tienes razón Fábregas. Esto no volverá a pasar –aunque su voz lograba contenerse en apariencia, los que estaban a su lado vieron como el tono de su tez iba subiendo de color hasta el rojo más iracundo –ahora mismo me pongo a ello. –Cortó la comunicación e hizo un par de respiraciones tratando de no explotar. En toda su vida como comisario, jamás le había pasado algo similar, ¡rodarían cabezas! Y la guinda ya había sido la detención del paciente de la que le acababa de informar el director del Hospital Central.
En ese momento vio llegar a cuatro de sus agentes, llevando dos hombres esposados. A uno de ellos lo reconoció de inmediato. Era uno de los matones de Yordanov, el preso que habían tenido que trasladar al hospital para recibir atención médica, y que había aprovechado la ocasión para que los de su banda lo intentaran liberar. Todos ellos formaban parte de la nutrida representación, que Barcelona padecía en esos días, de delincuentes de la Europa del Este. Y el otro debía ser el que había dicho Fábregas.
Se dirigió a los policías que lo escoltaban y les dijo escuetamente:
–Quitadle las esposas y traedlo a mi despacho.
Una vez allí, le rogó que tomara asiento.
–Quisiera pedirle disculpas por este malentendido –se quedó unos momentos observándole y prosiguió–. Soy el comisario Serra. ¿Usted es el paciente ingresado en el hospital por herida de arma blanca, cuya investigación lleva la subinspectora Fuentes?
–Sí señor –dijo Gonzalo con voz totalmente neutra, ocultando la rabia que sentía en su interior por el maltrato que había recibido. ¡No era precisamente en coche patrulla donde había pensado estrenarse como pasajero de un auto del siglo XXI!
El comisario, se giró hacia su ordenador, tecleó algo y apareció en la pantalla la ficha de Gonzalo, con su foto y sus datos personales.
–Efectivamente, es usted. Esta mañana precisamente he estado hablando de su caso con Virginia, y me ha dicho que cree en su segunda versión de los hechos. Yo también, por supuesto –añadió complaciente–. ¿Podría explicarme algo más, de primera mano, de lo que ha sucedido en el hospital?
–Tres hombres armados con pistolas han disparado y han herido a un policía y a la subinspectora Fuentes. Hemos tenido ocasión de intervenir y, debido probablemente a la sorpresa, Aylynt y yo hemos conseguido dejar inconscientes a los tres hombres y neutralizar al “paciente”. Después, he visto algo extraño en la puerta que da a las escaleras de emergencia, y he ido hacia allí, y tras una pequeña persecución, he conseguido atrapar al cuarto hombre armado, en el zaguán del hospital. Allí ha sido donde me han detenido sus hombres.
–Es asombroso lo que me cuenta, señor Ramírez. ¿Tiene usted instrucción militar?
–No. Tan solo soy practicante de artes marciales –dijo Gonzalo escuetamente.
–Ya, ya. Me refería a lo de perseguir al cuarto implicado. Eso va más allá de unas llaves de artes marciales.
–Debe ser que he visto muchas películas –Gonzalo sonrió con ironía. Recordaba que Aylynt le había explicado que existían las películas, en las que se escenificaba todo tipo de situaciones. Y de las que más éxito parece ser que tenían, eran las de persecuciones policiales.
–Otra vez, conténgase, señor Ramírez, puede ser peligroso perseguir a un delincuente armado.
Se quedaron unos instantes mirándose a los ojos, y luego apartaron la vista a la vez, cada uno hacia un lado. Perfectamente sabían de lo que se estaba tratando, que resumido, vendría a ser: “Si usted, señor Ramírez, se olvida de la detención, nosotros nos olvidaremos de su herida de arma blanca”.
–Pues ya está todo arreglado. Ahora mismo les digo a mis agentes, que lo vuelvan a llevar al hospital. –Se quedó mirando su indumentaria de calle, y no pudo menos que preguntarle:– ¿Cómo es que va usted vestido así?
–Simple casualidad –replicó Gonzalo–. Estaba probándome ropa que me había comprado mi novia, cuando ocurrió el ataque.
El comisario, se sonrió levemente, y abriendo la puerta de su despacho, lo invitó a salir.
En aquel momento, Gonzalo vio a Aylynt en el vestíbulo de la comisaría. Sintió un alivio imposible de describir. Ella, al verlo, echó a correr hacia él, y acabaron ambos fundidos en un abrazo. Gonzalo le susurró al oído: “Ayly, vámonos a casa esta misma noche, por favor”. Ella asintió, y tomándolo de la mano, lo sacó de la comisaría, conduciéndolo hasta su coche, que tenía aparcado en la zona azul de enfrente. Minutos antes, en cuanto se enteró de la comisaría a la que lo habían llevado, cogió toda la ropa de su hermano, y la cazadora y el móvil nuevos de Gonzalo, se despidió de Cristina, y se fue en busca de su marido.
Una vez dentro del coche, Gonzalo se dejó caer extenuado en el asiento del acompañante y cerró los ojos. Y Aylynt observó con preocupación que una mancha de sangre traspasaba el vendaje y empezaba a traslucirse por la camiseta.
–No quiero volver al hospital, Ayly. Llévame a donde quieras, pero al hospital, no –dijo Gonzalo con un hilo de voz y sin abrir los ojos.
–Claro que sí, cariño. Iremos a mi casa. De camino, pararemos en una farmacia para comprar vendas y poder cambiarte ese vendaje empapado de sangre –arrancó el coche, y salieron de allí.


Capítulo 9

Aylynt cortó el vendaje lleno de sangre y dejó al descubierto la herida. Había un par de sitios por donde había cedido y había empezado a sangrar, aunque ya no lo hacía. Con la destreza que da la práctica, limpió la herida, que era de unos cinco centímetros, en el lado derecho del pecho de Gonzalo.
Él la observaba interesado. Desde que habían parado en la farmacia y ella había vuelto cargada de vendas y apósitos de todo tipo, yodo y cajas de medicamentos, no había dejado de darles vueltas entre las manos, leyendo los envoltorios.
–¿Adhesivo? ¿Qué quiere decir? –preguntó curioso.
–Que se pega, como los que te acabo de quitar y que te pusieron en el hospital.
Él hizo un gesto de asentimiento y miró a su alrededor. Estaban en el cuarto de baño de Aylynt.
–¿Qué es eso? En el baño del hospital no había –inquirió con interés, al tiempo que lo señalaba.
–Un jacuzzi; es una bañera con chorros de agua para hacer hidromasaje –comentó ella, al tiempo que daba por finalizada su actuación como enfermera–. Ya está.
Gonzalo tomó la mano de Aylynt con la suya y la apretó contra su pecho, por encima del vendaje. Ambos se quedaron mirándose, y acercando sus caras, se besaron. Fue un beso dulce y suave, prolongado y saboreado. Estaban solos por primera vez desde que fue herido. Sus cuerpos renacieron con ese beso que los devolvía a la vida. Luego, Aylynt echó la cabeza hacia atrás, mientras Gonzalo cubría de ligeros besos la piel del cuello de su amada, que sentía cómo pequeños destellos de placer relampagueaban por todo su ser.
Súbitamente, Aylynt se paró y se apartó de él.
–Gonzalo, estás herido. Sabes que si seguimos, se te puede volver a abrir la herida.
Él, al principio hizo un gesto de contrariedad, pero luego, se dio cuenta de que ella tenía razón. Si no se cuidaba esa herida, no se le iba a cerrar nunca, y con lo que había pasado aquel mediodía, había más que suficiente.
Fueron a la cocina, y Aylynt empezó a hacer la comida.
–No te he dicho nada, pero tu coche es precioso. No se podía esperar menos de ti –empezó Gonzalo animado.
–¿Verdad? –dijo ella embelesada–. Un Audi TT rojo. Además va como la seda, y prácticamente huele a nuevo, solo tiene cuatro meses… –aquí la voz de ella se quebró, porque instantáneamente, su corazón recordó a su pequeño Andrés. Y un llanto doloroso acudió veloz a sus ojos. Gonzalo la abrazó contra su pecho, al tiempo que apoyaba la cara contra sus rizos rubios y le susurraba al oído, tratando de tranquilizarla:
–Esta misma noche, cuando no haya nadie en el laboratorio, volvemos a casa, cariño.
Así estaban cuando apareció Diego.
–Pero, ¿qué haces aquí, Gonzalo? –preguntó muy extrañado–. ¿Qué pasa, por qué llora Aylynt? –siguió inquiriendo mientras veía a su hermana tratando de limpiarse las lágrimas.
–Por nada, Diego, por nada. Cosas mías –dijo ella intentando minimizar el asunto.
–Hola, Diego –saludó Gonzalo–. Llora porque se acuerda de nuestro hijo –añadió mirando con tristeza a Aylynt.
El muchacho, sin poderlo evitar, sintió una punzada de celos de Gonzalo y de ese bebé, que se habían apoderado de su hermana, que se la habían quitado para siempre. Después, consiguió controlarse, recordando que era la felicidad de ella, la elección de ella. Y que el verdadero amor, aunque fuera el fraterno, dejaba libre. Hizo un gran esfuerzo, y con una media sonrisa, preguntó:
–¿Cómo se llama?
–Andrés, como un tío de Gonzalo –contestó ella, ya casi recuperada del momento de debilidad.
Luego siguieron hablando, mientras acaban de preparar la comida y se sentaban a la mesa. Cuando Diego oyó el relato del tiroteo en el hospital, no daba crédito.
–¿Que la banda de Yordanov ha entrado a tiro limpio en el hospital a rescatar a su jefe, y vosotros lo habéis evitado? –replicó anonadado–. Aylynt, eso ha sido muy peligroso, tú no estás preparada…puede que Gonzalo sea el Águila Roja, pero tú no –acabó en tono medio enfadado.
–Hay algo que tú no sabes, cuñado. Antes de quedar embarazada, Aylynt salía conmigo de misión. Le llaman el Águila Blanca –explicó un orgulloso Gonzalo.
Diego meneó la cabeza. Quería enfadarse, pero no podía. En el fondo estaba maravillado. Se sonrió para sus adentros y simplemente, aceptó las cosas como eran. Su hermana había roto todos los moldes. Eran los genes de su tatarabuelo del mismo nombre, seguro.
–¿Y tú, qué has estado haciendo desde que has salido del hospital? Has dicho que venías para casa, y has tardado dos horas –preguntó Aylynt extrañada.
–Ahora mismo te lo cuento, hermanita. He ido a hacer algunas pesquisas para solucionar lo del monitor de la subestación eléctrica, para cuando vuelvas.
Una sonrisa iluminó la cara de Aylynt, que le guiñó un ojo a su hermano.
–Así me gusta, Dieguito, adelantando la faena. No esperaba menos de ti. ¿Y ya sabes cómo solucionarlo?
–Por supuesto, Águila Blanca. No hay sistema informático que se le resista al Zorro del siglo XXI –replicó él con una sonrisa satisfecha, mientras se comía unas cerezas de postre, saboreándolas con fruición.
Gonzalo asistía perplejo al último intercambio de frases entre los hermanos. Para él, esa Aylynt era nueva, y se sonrió.
–¿El zorro? –preguntó.
Aylynt empezó a explicarle la historia de su tatarabuelo, que era ni más ni menos que El Zorro, con mayúsculas, Don Diego de la Vega.
–Como ves, Gonzalo, lo de meternos en berenjenales justicieros nos viene de lejos a mi hermana y a mí –terció Diego jocoso.
Ahora era Gonzalo el que no daba crédito después de oír la historia del héroe americano del siglo XIX.
Pasaron un rato más charlando, en la sobremesa, explicando a Gonzalo los avances del siglo XXI: el lavavajillas, la lavadora, la secadora, la batidora…
Luego la pareja se sentó en el sofá del salón a ver la tele. A Aylynt casi le saltaron las lágrimas de la emoción. Jamás se imaginó que un gesto tan cotidiano como ese iba a ser posible con Gonzalo. Se acurrucó a su lado, recostó la cabeza en su pecho y cerró los ojos, mientras él con un brazo la apretaba contra sí. Y con la otra mano le acariciaba el cabello. Permanecieron unos minutos saboreando la situación sin decir nada, tan solo con el suave rumor de fondo de la tele con el volumen al mínimo.
Les sobresaltó la voz de Diego:
–Siento molestaros, tortolitos, pero aquí os traigo el pendrive con los nuevos programas de fuga, y una camiseta para Gonzalo. He visto que la que te ha comprado mi hermana esta mañana, está manchada de sangre.
Se acercó a Gonzalo para darle la camiseta y luego tendió la mano a su hermana para entregarle el pen. Sus miradas se encontraron por unos breves instantes.
–Y, ¡córtate el pelo, hermanita! Te ha crecido demasiado en estos dos últimos días –dijo bromeando, al tiempo que le revolvía la lustrosa cabellera con una mano. Luego, esbozó una ligera sonrisa, y se fue.
Gonzalo se levantó y se puso la camiseta. Era blanca, de manga corta y ajustada, aunque le tapaba bien el vendaje y no se le notaba.
La mirada de Aylynt se veló por unos momentos. Luego, se le pasó.
–Voy al baño, a cortarme un poco la melena, aunque me la deje a trasquilones, Dios mío –dijo la muchacha apurada. En el siglo XVII las mujeres no se cortaban el pelo, y Aylynt no había pensado en ello.
–¡Es una lástima, con lo precioso que lo tienes! –repuso Gonzalo, al tiempo que enredaba uno de los rizos alrededor de su dedo y luego lo soltaba–. Pero si nos vamos ya esta noche, ¿para qué te lo vas a cortar? Estos dos días lo has llevado recogido, y apenas se nota que lo tienes más largo.
–Lo sé, Gonzalo. Pero no podemos volver a confiar en la suerte, para que nadie se de cuenta. Prefiero cortármelo.
–Como tú digas. ¿Quieres que te ayude? –preguntó solícito.
–No, cariño, no. Tú quédate en el sofá descansando y viendo la tele –le contestó Aylynt, al tiempo que se encaminaba hacia el cuarto de baño.
Gonzalo tomó el mando de la tele y empezó a tocar los botones. Desde que el día anterior le habían enseñado en el hospital, para qué servía, estaba maravillado con ese artilugio moderno. Bueno, con ese y con todos. Para un alma y una mente abiertas y grandes como las suyas, esta oportunidad de estar en el futuro durante unas horas, le estaba resultando fascinante. Asimilaba todo lo que le explicaban con una facilidad asombrosa.
Se encontraba haciendo zapping, buscando un canal interesante cuando oyó lo que le pareció que debía ser, por lo que le habían explicado, el timbre exterior de la casa. No hizo caso pensando que ya iría Diego y siguió con lo suyo. Pero transcurrieron unos segundos y volvieron a llamar, esta vez con más apremio. Entonces cayó en la cuenta de que probablemente Diego había salido de casa, pero, ¿sin despedirse?, pensó extrañado…
Se levantó del sofá, fue hacia el videoteléfono del portero electrónico y se quedó mirando la pantallita donde se veía el que llamaba. Se trataba de una chica sonriente y con aspecto agradable. La muchacha volvió a insistir con el timbre. Gonzalo estaba indeciso. Sabía qué botón apretar para abrir, pero no tenía claro si debía franquear el paso a la chica al interior de la casa. Como no aparecía ninguno de los dueños de la casa, decidió por fin ir afuera a interesarse por el asunto.
Salió por la puerta cristalera del salón al jardín, y luego caminó unas decenas de metros por el sendero de grava hasta la puerta de madera y forja que daba a la calle. La abrió y se encontró cara a cara con la persistente visitante. Era una chica morena, alta y bien proporcionada, vestida con un elegante traje de chaqueta y pantalón en tono beis… que llevaba un micrófono en la mano. Estratégicamente fuera del alcance de la cámara del portero, había un hombre que llevaba una cámara de televisión al hombro.
–Buenas tardes. ¿Es usted Gonzalo Ramírez? Venimos por lo ocurrido este mediodía en el Hospital Central –dijo la mujer articulando las palabras con una rapidez pasmosa.
Los entrenados reflejos del héroe impidieron que en su cara se moviera ni un músculo. Luego, se sonrió, y mirándola apaciblemente le contestó:
–No. Yo no soy tu héroe, muchacha.
La reportera fue a abrir la boca, pero no pudo. Estaba hipnotizada por aquel rostro, por aquella sonrisa…
Gonzalo empezó a retirarse y la chica reaccionó.
–¡Espere, espere! Discúlpeme, ni siquiera me he presentado. Soy Mónica Campos, del programa de televisión “España Directo”. Estamos interesados en hablar con Gonzalo Ramírez, el hombre que ha frustrado la huída del hospital de un peligroso delincuente, este mediodía. Nos han dicho que había dejado el hospital y que probablemente estaría aquí.
–No, no está aquí. Ha marchado lejos para evitar cosas como esta, señorita Campos. Sí que es cierto que es un allegado nuestro, pero ahora no está –replicó Gonzalo con estudiada y contenida educación.
–Muchas gracias por su explicación. Es verdad que, a veces, parece que nos metemos donde no nos llaman, pero así es nuestra profesión… la gente quiere saber… rendir homenaje a ese héroe que con su encomiable acción ha salvado la vida probablemente a muchas personas. Por cierto…, puede llamarme Mónica –añadió la reportera con un entusiasmo inaudito, al tiempo que se lo quedaba mirando con cara de niña buena y feliz, mientras aleteaba ligeramente las pestañas.
–La entiendo, créame que la entiendo, señorita…Mónica. Pero no puedo hacer nada más por usted, de verdad. Y ahora, tengo que retirarme. Buenas tardes –Gonzalo entró en el jardín, cerró la puerta y se encaminó a la casa.
Fuera, la intrépida reportera Mónica se quedó mirando la puerta cerrada, sin saber qué sentir. Por un lado, quería ponerse furiosa porque no había conseguido su objetivo, y le habían cerrado la puerta, literalmente en sus narices…pero por otro… se sentía terriblemente impactada por ese hombre, por su sonrisa, por su saber estar, por su serena presencia, y también por su cuerpo perfecto y visiblemente entrenado, por esos bíceps que salían por debajo de las mangas de la ajustada camiseta blanca, por esa pequeña melena de cabellos castaños y esa suave y escueta barba, que se le antojaba tan adorable… ¿qué le estaba pasando? Jamás se había sentido tan impactada por un hombre a primera vista.
Le hizo una señal con la mano al cámara y se fueron los dos. Pero la cosa no iba a quedar ahí, por supuesto. Como que se llamaba Mónica Campos que se iba a enterar de adónde había ido a parar el tal Gonzalo, y sobre todo, iba a saber quién era aquél hombre.
Aylynt, con el pelo lavado envuelto en una toalla, salió corriendo hacia la sala. Al mismo tiempo llegó Gonzalo desde afuera.
–Me ha parecido oír voces. ¿Hablabas con alguien? –preguntó ella extrañada.
–Ha venido una reportera de “España Directo”, preguntando por Gonzalo Ramírez. Pero, no te preocupes, que no le he dicho nada –explicó él sucintamente.
–Lo que nos faltaba, ¡salir por la tele! –Aylynt se dejó caer en uno de los sillones.
–Que no mujer, que no pueden sacar nada por la tele…–intentaba tranquilizarla él.
En ese mismo instante, la imagen de Gonzalo llenó de improviso las cuarenta pulgadas del televisor de plasma del salón.
–¡No, no puede ser! –Gonzalo se quedó mirando con la boca abierta, la escena que se veía en la tele. –¡Pero si no le he dicho nada!
–Lo aprovechan todo, cariño. Si no pueden sacar al interesado, pues sacan a los familiares, a los amigos, e incluso a los vecinos –replicó Aylynt con cara de circunstancias–. De todas formas, sales divino, querido. “Señoras y señores, desde el siglo XVII y directamente al estrellato, Gonzalo de Montalvo, alias Águila Roja, alias Gonzalo Ramírez” –prosiguió ella en voz baja pero con el tono de los presentadores de artistas, al tiempo que hacía esfuerzos por aguantar la risa.
–¡Dios mío! –dijo Gonzalo echándose las manos a la cara y moviendo la cabeza de un lado a otro.
–Por cierto, la tal Mónica, ¿no te preguntó por mí? –inquirió Aylynt, poniendo los brazos en jarra, y con tonillo irónico.
–No. Ya has oído la entrevista, no he dicho nada de interés –contestó Gonzalo tratando de minimizar el asunto.
–¡Qué duro es estar a la sombra del héroe! –replicó ella medio en broma medio en serio.
–Venga mujer, no te lo tomes así. Que ya te pareces a Sátur.
–¿Qué opinas? ¿Cómo me ha quedado el corte de pelo? –preguntó ella, cambiando de conversación, al tiempo que se soltaba el pelo estirando de la toalla, e iniciaba unos pasos tipo modelo de pasarela, contoneándose.
–¡Qué voy a opinar! ¡Maravillosa! –se acercó a ella riendo, la tomó por la cintura, y la besó.
Después le preguntó algo que lo había dejado intrigado:
–¿Diego se ha ido? ¿Sin despedirse?
Aylynt puso la cara seria y dijo bruscamente:
–En nuestra familia no tenemos la costumbre de las despedidas. Lo tenemos todo dicho. Sabemos que nos queremos, que lo daríamos todo por el otro, y nos basta con llevar eso en el corazón. ¿Por qué distinguir unas ocasiones de otras, despidiéndose con alharacas y lloros? Nunca se sabe cuando es la hora de alguien. Nadie sabe cuando no va a volver. Tú y yo lo sabemos mejor que nadie. Por eso los de la Vega jamás nos despedimos –paró unos instantes, y prosiguió–: Debe ser una costumbre que instauró nuestro tatarabuelo, cuando salía de misión noche tras noche, y nunca tenía la certeza de si iba a volver. Tú y yo hacemos lo mismo.
Gonzalo se quedó mirando a la lejanía por el enorme ventanal del salón. Y Aylynt fue a terminar de arreglarse el pelo.

Estuvieron un rato más por la casa, y a las siete de la tarde marcharon. Y aunque había hecho muy buen día, a esa hora ya empezaba a refrescar. Gonzalo se puso la chaqueta de cuero negro y unas gafas de sol que había encontrado por la casa, de entre las muchas que tenía Diego. Aylynt metió la bolsa con la ropa del siglo XVII de ambos, y los medicamentos para Gonzalo, en el maletero. Aunque por lo menos hasta las once de la noche, no iban a poder ir al laboratorio donde estaba la Tempus 3000. Así que había decidido llevar a Gonzalo a un sitio muy especial para ella: la playa de sus amores, la playa de Castelldefels.
Subieron al coche y salieron de la casa por la puerta automática del garaje. Justo a la vuelta de la esquina estaban los intrépidos reporteros a la caza de la noticia, esperándoles para seguirles con el coche, pero no les salió bien la jugada. Aylynt aceleró bruscamente y empezó a callejear rápidamente por la urbanización. Como resultado, en un par de minutos se deshicieron de ellos. Ni siquiera pudieron apuntar la matrícula del Audi.
–¡Dios mío! ¿Cómo has hecho eso? –preguntó un pasmado Gonzalo.
–Cariño, a mí siempre me han encantado los coches y conducirlos, aún más. Y eso, como montar a caballo, no se olvida –repuso Aylynt sonriendo.
Tomaron la Ronda de Dalt, y, una vez en el nudo del Llobregat, salieron a la autovía de Castelldefels. Aylynt abrió las ventanillas y disfrutó del aire veloz en la cara. ¡Se sentía tan feliz! Ir conduciendo su Audi TT rojo por la autovía, con Gonzalo al lado… ¡Estaba tan guapo, con los tejanos, la camiseta blanca, la chupa negra y las gafas de sol!
Gonzalo la miraba embobado. Le gustaba verla tan feliz. Ella, que había dado su vida aquí, por estar allí con él. Ella, que, siguiendo al amor había hecho un viaje impensable…
Sintiendo la mirada de él, Aylynt giró la suya durante una milésima de segundo, sin apenas mover la cabeza. El encuentro, de apariencia infinitesimal, duró, sin embargo, una eternidad en sus almas. Y les dejó el sabor de la perfección instalado en el corazón. Todo estaba bien. Todo iba a salir bien.
Llegaron por fin a la salida de la autovía que llevaba a la playa, y tomaron el Paseo Marítimo que discurría sinuosamente siguiendo la banda de arena. Había pocas personas bañándose. La mayoría estaban paseando por la orilla. El azul del mar se entremezclaba con el del cielo, en el horizonte lejano. Unos tenues tonos rojizos empezaban a señalar que pronto iba a ponerse el sol.
Ella aparcó el coche y ambos salieron. Se sentaron en uno de los bancos del paseo, con Aylynt arrebujada contra Gonzalo, para protegerse de la ligera brisa que refrescaba el ambiente. Permanecieron así durante un rato, y después, Aylynt insistió para que se quitaran los zapatos y entraran en la arena.
Fue uno de los atardeceres más maravillosos de sus vidas, quizá solo comparable al del día en que Gonzalo le pidió a Aylynt que fuera su esposa, allá en el río. Caminar por la orilla del mar, cogidos de la mano, mientras las olas, siempre incansables, iban y venían contra sus pies… Aspirando el olor salado… Sintiendo el cosquilleo de la arena que desaparecía bajo sus plantas, cada vez que se retiraba el agua. Sabiendo que se tenían el uno al otro para ayudarse, para sostenerse, para vivir, en definitiva…
Tan solo cuarenta y ocho horas antes, habían estado a punto de perder todo eso, de perderse el uno al otro. Pero una vez más, el amor que se tenían había conseguido lo imposible y, contra todo pronóstico, los había vuelto a reunir.
Cuando ya tan solo quedaban tenues jirones anaranjados surcando caprichosamente los cielos, decidieron ir a cenar al restaurante favorito de ella. No se pronunciaron muchas palabras, tampoco estuvieron mucho rato, pero…hay horas que valen por toda una vida.



Imagen del Audi TT, para situarnos mejor, jajaja

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Capítulo 10

Gonzalo tenía su teléfono móvil en la mano, y miraba arrobado la imagen de Aylynt. Él mismo la había tomado durante la cena en el restaurante, y la había puesto de fondo de pantalla. Ella había posado sonriente, con la rosa roja que él le había comprado a uno de los vendedores ambulantes que solían ofrecer sus flores a los turistas en los comercios de la zona.
Estaba anonadado con todos los inventos modernos, casi no daba abasto para asimilar todas aquellas maravillas. Pero el del teléfono móvil lo tenía absolutamente extasiado. Lo habían estado probando durante la tarde y todavía le parecía mágico.
–Estás como un niño con zapatos nuevos, que se dice vulgarmente –dijo Aylynt con una gran sonrisa al verlo tan feliz.
–Y tú eres cada día más hermosa. Todos las mañanas, al despertar a tu lado, te miro y me digo, ¡ya está, mi Ayly, ha vuelto a hacer el milagro, hoy se ha despertado aún más guapa que anoche cuando nos acostamos!
Levantó la vista de la pantalla del móvil, y se la quedó mirando con una ternura infinita.
Aylynt suspiró.
Faltaba poco para las once de la noche, y estaban haciendo tiempo en el interior del coche, en el aparcamiento de la Facultad de Física de Barcelona, donde estaba el laboratorio con la Tempus.
–¿Y cómo funcionan los coches? –preguntó Gonzalo, insaciable en su sed de conocimientos.
–Ya me extrañaba que no me lo hubieras preguntado todavía –repuso ella, dando un par de carcajadas–. Básicamente, un coche transforma la energía de un combustible, en movimiento. Simplificando mucho, éste por ejemplo, “quema” un líquido llamado gasolina en el motor, que hace que se muevan las ruedas. Cuanta más gasolina entra, va más deprisa. Eso se regula con el acelerador, ves, este pedal de la derecha –le explicó Aylynt, al tiempo que se lo mostraba.
–¿Y esta palanca de en medio? –inquirió Gonzalo, sumamente interesado.
–Sirve para cambiar de marchas. Este coche tiene la posibilidad de cambiarlas automáticamente, o también las puede cambiar uno manualmente, que es lo que suelo hacer yo. La primera es para arrancar, y conforme vas subiendo la velocidad….– así, le siguió explicando brevemente, para qué servían el pedal del freno, el volante…, cómo se encendían las luces…
Gonzalo la miraba sonriente y totalmente entregado.
Por fin se hicieron las once, y Aylynt salió del coche para dirigirse al laboratorio. Todas las luces del edificio estaban apagadas.
–Espera mi llamada, Gonzalo. Y coge la bolsa. Si no te llamo, no salgas del coche, ¿vale? –le recordó ella.
Él asintió, y cerró la puerta del coche. Se concentró en observar atentamente todos los alrededores. “Las buenas costumbres, nunca se pierden”, se dijo para sus adentros. La facultad era un edificio de seis pisos de altura, más la planta calle. Aylynt había entrado por una de las dos puertas laterales, más pequeñas que la principal, la cual estaba situada al otro lado de donde él se encontraba. El laboratorio estaba en la primera planta, en la esquina con la calle de más abajo, paralela a la Diagonal. Después de unos instantes vio cómo aparecía una tenue luz en esa zona. Debía ser ella, encendiendo las luces secundarias para no llamar mucho la atención.
Justo después de entrar por la puerta lateral que llamaban “B”, mediante su tarjeta-pase electrónico nocturno, Aylynt subió por las escaleras con solo las luces de emergencia. Prefirió no usar el ascensor, para dejar el menor rastro y hacer el menor ruido posible.
Al llegar al laboratorio de Física Cuántica, puso la palma de la mano en el escáner de seguridad de la puerta que permitía el acceso, ya que la entrada a esa zona estaba restringida a los que trabajaban allí, y estaba prohibido el paso a los estudiantes. Lo cual era motivo habitual de chanza entre todos ellos, pues se había corrido el rumor de que se estaba fabricando una especie de bomba atómica. En realidad, tan solo los que estaban adscritos a dicho laboratorio y el propio decano de la facultad sabían lo que verdaderamente había allí: el prototipo más moderno y en fase final de experimentación de una máquina para viajar en el tiempo.
Aylynt entró en la sala grande donde estaba todo el dispositivo y fue directa al corazón de la máquina. Se sonrió, pues allí estaba el Transponedor Cuántico Maestro, el TCM, la única pieza totalmente imprescindible, y de la que solo existía aquel ejemplar en todo el mundo. Lo sopesó en su mano con evidente satisfacción. No abultaba más que un teléfono móvil, hasta se podía confundir con uno. Cientos de intentos habían fracasado en producir otro igual. No se sabía el por qué, pero así era. Lo habían construido en la Universidad del Sur de California. Pero con todo lo habilidosos que habían sido al fabricarlo, sin embargo, no habían sido capaces de llevar a cabo ningún experimento posterior con éxito.
Y ahí es donde entraba Jake Donovan, su jefe, que propuso traérselo aquí, con la esperanza de que el equipo de Barcelona lograra el éxito. Y así había sido. De momento habían conseguido trasladar al pasado a chimpancés. Pronto el experimento iba a ser llevado a cabo con seres humanos. En este punto, Aylynt no pudo menos que soltar un par de carcajadas casi silenciosas. Porque ella, había llevado a cabo sus propios experimentos, y finalmente había conseguido lo que hacía tanto que anhelaba su corazón: llegar hasta Gonzalo de Montalvo, en el siglo XVII. ¡Si sus colegas supieran…!
Lo volvió a depositar en su posición con todo el cuidado del mundo y cerró la tapa del compartimento. Se giró hacia la puerta y estaba metiendo la mano en el bolsillo del pantalón para sacar el teléfono móvil, cuando oyó que alguien la llamaba.
–Aylynt, ¡qué sorpresa! ¿Qué haces aquí a estas horas?
–Jake, me acabas de dar un susto de muerte –resopló ella con el corazón embalado.
–No era mi intención, darling, ya sabes que yo siempre he deseado lo mejor para ti –replicó el jefe, con voz melosa y típico acento norteamericano. Era un hombre alto, fornido, pelirrojo y de tez lechosa, que pasaba con seguridad de los cuarenta.
Aylynt tuvo que hacer un gran esfuerzo por no hacerle lo primero que se le había pasado por la cabeza: dejarlo inconsciente con una llave ninja, arrastrar el cuerpo hasta el cuarto de la limpieza, encerrarlo y tirar la llave. Además del inconveniente que representaba para sus planes, no lo podía soportar.
Pero llegó a la conclusión de que irse en esas condiciones no era una buena idea. Si hubiese hecho eso para marchar la primera vez, ahora no hubiera podido volver con Gonzalo para salvarlo. A veces, había que ser discreta.
–Estaba comprobando que el TCM estuviera en su sitio –respondió Aylynt por fin a la primera pregunta–, y veo que sí que lo está. Ahora me puedo ir tranquila. Claudia me ha contado un rollo sobre que te lo querías llevar y dejarnos con la última tanda de experimentos a medias…
–Por favor, Aylynt, ¡no me digas eso! –protestó él con estudiada afectación, que hacía que se notara más su acento. Pero al momento cambió de tono y de tema–. Aylynt, ¿por qué no te vienes conmigo? Cuando todo esto termine, quisiera retirarme, y…, ¡me gustaría tanto que estuvieras conmigo!
Aylynt, de espaldas a él, se quedó clavada en el sitio, aunque no hubiera sabido decir si era por la “invitación”, por escuchar “cuando todo esto termine”, o por notar cómo él se le acercaba por detrás e intentaba abrazarla. Quizá una mezcla de todo. A veces, pensó, la primera idea era la mejor. Tendría que haberlo dejado encerrado entre las escobas y fregonas…
Pasados unos instantes, en los que comprendió que lo que se jugaba era demasiado, tomó aire silenciosamente, relajó su cara, y se giró hacia su jefe, al tiempo que, suavemente, trataba de quitar las manos de él, de su propia cintura.
–Jake, por favor, no me hagas esto…, sabes que terminamos hace más de dos años…–le habló ella con una sonrisa que trataba de ser dulce, pero que a duras penas lo conseguía.
–¡Aylynt, mi vida! Sabes que me vuelves loco, que te amo, que te deseo con todas mis fuerzas… –seguía él con sus súplicas, a la vez que intentaba besarla.
Ella giró la cara hacia un lado.
–Por favor… –susurró Aylynt con la cabeza agachada.
–¡Está bien! –dijo él al fin, con voz ronca y desabrida. Se separó y su mirada rencorosa se posó sobre ella. –Dime al menos, quién es el afortunado. ¿Le conozco yo?
–¿El afortunado? –replicó Aylynt, sorprendida, con los ojos muy abiertos.
–Está claro que sales con otro. Es imposible que alguien como tú, esté sola –el tono malicioso con el que lo dijo, se clavó en Aylynt, que contuvo a duras penas su mano, que ya salía disparada para abofetear al estúpido. “Andrés, Gonzalo”, se dijo para sus adentros. Cuando todo lo demás fallaba, esas dos palabras la devolvían a la realidad. Se concentró en el tema que le había llevado allí aquella noche.
–Y tú, Jake…, ¿qué haces aquí a estas horas? –contraatacó ella, con tono de sospecha.
–Como tú, estoy intranquilo por el TCM. He decidido quedarme aquí, de guardia, toda la noche.
Aylynt sintió que se le caía el corazón a los pies, literalmente.
–¿Que te vas a quedar de guardia aquí toda la noche? –repitió ella anonadada. –¿Para qué?
–Lo del pico en el consumo de energía, me da mala espina –repuso él.
–Yo no me creo eso del pico de energía. ¿Cómo puede ser que no haya quedado reflejado en ningún otro sistema? A mí me parece que es algo que se han inventado en la subestación, ¡vete a saber para qué! –dijo Aylynt, tratando de reconducir el asunto a su conveniencia.
–Puede que tengas razón –concedió él–, pero yo me quedo aquí. Tengo que proteger el TCM, con mi vida, si es preciso.
–¿No te estás pasando, Jake? –repuso ella con gesto irónico de desagrado.
–Soy yo el responsable del TCM, frente a los de California. Yo firmé el contrato de cesión –insistió él.
–¿Y seguro que no hay nada más? –inquirió ella maliciosamente. Le empezaba a sonar rara tanta insistencia por parte de él.
–¿Qué quieres que haya? –preguntó él con aparente calma. Pero en el fondo de su mirada, Aylynt creyó detectar un ligero brillo, ¿de miedo?, ¿de culpabilidad?
–Me voy –dijo ella dando por concluida la conversación. No había nada que hacer por el momento. Tendrían que buscar otra oportunidad para acceder a la Tempus. ¡Maldito e impertinente Jake!– Y vete a casa a dormir, no te hagas el héroe, que tú sin dormir, eres aún más insoportable de lo normal –dejó caer como por casualidad.
Aylynt dio media vuelta y se fue.
Al llegar al coche, abrió la puerta, se sentó bruscamente en su asiento, y luego cerró con rabia. Gonzalo la esperaba ansioso.
–¿Qué ha pasado? –preguntó en un hilo de voz.
–Jake, mi jefe. Ha decidido hacerse el héroe precisamente ahora y dice que va a quedarse toda la noche de guardia, para proteger el TCM. ¡Menuda protección! Con lo cobarde que es…Nos ha fastidiado el plan, Gonzalo. No nos podemos ir ahora.
Gonzalo cerró los ojos y se recostó contra el asiento.
–¿Qué hacemos?
–Yo me quedaría un rato, a ver si Jake se marcha, o simplemente a vigilar. No me han gustado algunas de las cosas que ha dicho. No sé por qué, pero hay algo que no cuadra en todo esto –explicó Aylynt dudosa.
–¿Crees que intenta algo, ese Jake? –preguntó Gonzalo.
–Creo que sí. Vamos a vigilar un rato –decidió ella.
Estuvieron unos minutos en silencio y por fin, Gonzalo se decidió a hablar de lo que hacía un rato le rondaba por la cabeza.
–Aylynt...
–¿Sí? –contestó ella cariñosamente, volviéndose hacia él.
–Ese hombre…, ¿te ha hecho algo? –preguntó Gonzalo.
–¿Qué quieres decir? –preguntó ella extrañada.
–Es que me ha parecido ver desde aquí, por la ventana, que te abrazaba e intentaba besarte.
–Sí, lo ha intentado, pero no lo ha conseguido. Gonzalo, ya te he hablado de él. Te expliqué que estuvimos juntos unos meses, un par de años antes del viaje. ¡Ay, Dios mío! ¿No estarás celoso? –repuso ella asombrada.
–A veces creo que te estoy dando muy mala vida, Aylynt. Tú te merecerías algo mucho mejor de lo que yo te doy, que solo son sustos y disgustos. Además, tu hermano tiene razón. Tu vida aquí…, todo esto de la universidad, la investigación…Lo has tenido que dejar…Ahora que lo veo, me doy cuenta de lo importante que es lo que estabas haciendo en esta vida – explicó él pesaroso.
–Gonzalo, todo “esto” que dices tú, nunca fue un fin en sí mismo. Para mí siempre fue un medio para llegar a ti. Y tú no me das solo disgustos, me das tu amor, tu cariño, tu pasión…, y eso, para mí, es lo más importante en mi vida. No puedo imaginarme la vida sin ti a mi lado, por eso te traje aquí.
Aylynt tomó la cara de Gonzalo entre sus manos y lo besó. Él la correspondió con ternura apasionada, devolviendo el beso, al tiempo que le ponía las manos en la cintura y la acercaba más hacia él.
Cuando finalmente se separaron, Aylynt empezó a hablar, con voz monótona y triste.
–Hubo un momento, tres años antes del viaje, en que perdí todas las esperanzas. Todavía no teníamos el TCM aquí, y en California no conseguían ningún resultado con él. Llegué a creer sinceramente que no había nada que esperar. Hasta me convencí a mí misma de que todo lo que sentía mi corazón sobre aquel Gonzalo de Montalvo, era un espejismo, una alucinación, una mala jugada de mi desbocada imaginación. Me sentía vacía, sin motivo para vivir…
“Entonces, me dejé llevar por las vanas palabras de Jake, y decidí hacerle caso después de mucho tiempo evitándolo. Las primeras semanas no estuvieron mal. Con la novedad, por unos días dejé de pensar en aquel hombre que había surgido de las brumas del pasado, y me concentré en el presente, saliendo en gran medida de la profunda depresión en la que me hallaba sumida. Al principio, Jake hizo realidad el dicho: “Te trataré como a una reina”. ¡Ay..! Pero, ¡qué poco duró el reinado! Pronto empezó con los celos. Ni siquiera toleraba verme hablar con los compañeros de trabajo del laboratorio. Todo lo tergiversaba y retorcía para probar mis supuestas infidelidades.
“Un día, en plena discusión por lo mismo de siempre, me pegó una bofetada con tal fuerza, que empecé a sangrar por la boca y por la nariz. Entonces conseguí reunir el valor suficiente para dejarle. En un destello de lucidez, vi que el camino que me esperaba junto a él no era nada deseable, y que no quería, en absoluto, llegar a formar parte de la estadística de los telediarios sobre mujeres que morían a manos de sus parejas. También vi que en realidad no le amaba, en muchas ocasiones se comportaba de manera ruin y despreciable. Tampoco teníamos aficiones de ningún tipo en común. Jamás entendí cómo me dejé embaucar por ese estúpido.
–Nunca me habías contado nada de todo esto –repuso Gonzalo al fin.
–Tampoco es algo de lo que haya que estar orgullosa.
–Bueno, todos cometemos errores. Si no, fíjate en mí. No pienses más en ello –Gonzalo dio por concluida la confesión, aparentemente. Porque por dentro, tuvo que hacer grandes esfuerzos para contenerse y no subir adonde estaba el animal aquel y matarlo con sus propias manos.
La vigilancia se alargó durante toda la noche, pero Jake no salió, a pesar de que había apagado las luces nada más marchar Aylynt. Ella hizo el primer turno, hasta las dos de la madrugada aproximadamente, permitiendo que Gonzalo descansara un rato. Quizá fuera la medicación, pero se sentía extremadamente agotado y dolorido. Solo su férreo entrenamiento lo mantenía todavía en marcha. A las cuatro, despertó a Aylynt, según lo convenido, y ella comenzó su siguiente guardia.
A las seis de la mañana vio entrar a Claudia. Por lo visto, su compañera tampoco se fiaba, y había ido de buena mañana ya, a ver que tal iban las cosas. Aylynt vio que con ambos en el laboratorio y a punto de hacerse de día, ya no había nada que hacer. Por lo que arrancó el coche lo más suavemente que pudo y puso rumbo a casa. Al llegar, se quedó mirando con ternura a Gonzalo, que a pesar de todo no se había despertado. Lo conocía perfectamente y sabía que no estaba tan bien como aparentaba, aunque él nunca lo reconocería. Las heridas habían sido graves, el viaje, las novedades de este mundo… Lo movió suavemente por los hombros, y él despertó en guardia, como siempre. Aunque al reconocerla, se volvió a dejar estar y se recostó contra el asiento.
–Cariño, sal del coche. Estamos en casa, deberías ir a dormir un rato más –le explicó ella con dulzura.
Gonzalo asintió levemente con la cabeza y sin abrir apenas los ojos, se dejó llevar por ella hasta su dormitorio. Después, Aylynt fue hasta la cocina, donde creyó haber oído a su hermano.
–Buenos días, Diego.
–Hola Aylynt. ¿Ya habéis vuelto otra vez, o es que no os habéis ido? –preguntó bastante intrigado, porque con su hermana, uno ya nunca sabía a qué atenerse.
–Jake estaba en el laboratorio, y no hemos podido usar la máquina. No nos hemos podido ir –le explicó.
Se sirvió una taza de café recién hecho y se sentó a la mesa con su hermano.
–Gracias –dijo Aylynt, al tiempo que levantaba la taza, señalándole, y le sonreía con cariño–. Siempre estás a punto para ayudar. No sé que hubiéramos hecho sin ti, Diego.
–Para eso está la familia, ¿no? –repuso él–. Yo también te debo unas cuantas. Nunca olvidaré cuando te las apañaste para romper el cerco policial y entraste en la comuna de los hackers para rescatarme. Según se ve, ya apuntabas maneras de Águila Blanca –se sonrió a su vez. Luego su cara se ensombreció–. Unas horas después, entraron los geos a sangre y fuego y mataron a dos de mis compañeros…
–Sólo tenías quince años. A esa edad uno suele creer que es inmortal y que las amenazas policiales no van con él. Os tuvieron sitiados veinte días y habíais tocado lo más sagrado del Sistema, la Banca, poniendo al descubierto sus más escabrosos secretos y pecados. Estaba claro que no lo iban a seguir consintiendo.
–Cambiando de tema, ¿cómo está Gonzalo? –preguntó Diego.
–Lo he dejado en la cama durmiendo. Sólo le faltaba esta noche casi sin dormir. Está completamente agotado, pero nunca te lo reconocerá –Aylynt se sonrió con tristeza.
–Le quieres mucho, ¿verdad?
–Más que a mi vida, Diego. Cualquier sueño que pude tener antes de ir en su busca, palidece al lado de lo que ha sido mi vida a su lado estos años.
–Me alegro mucho por ti, hermana. Además, se ve que él también está loco por ti.
Siguieron charlando durante un rato, y Aylynt le contó sus sospechas sobre Jake.
–Así que, ¿crees que hay algo raro con el tipo ese?
–Sí. Cuanto más lo pienso, más claro lo veo. Ese “cuando todo esto termine”, me tiene escamada –explicó Aylynt.
–Espera un momento. Vamos a mirar sus e-mails de los últimos días –repuso Diego, y fue en busca de su portátil.
Tras unos minutos, soltó una palabrota.
–No podemos acceder de momento, Aylynt. El muy… tiene un encriptado de los más potentes que existen en la actualidad. Ese que venden como totalmente seguro, a prueba de hackers –se sonrió con malicia–. Voy a dejar la máquina trabajando, y en unas horas, sabremos qué es lo que oculta mister Marshall.


Yuri Yordanov se paseaba arriba y abajo por la habitación como un león enjaulado. No solo su padre seguía en manos de la policía, sino que habían detenido a cuatro de sus hombres. ¡Inútiles, estúpidos!, escupió entre dientes. Y además, había tenido que posponer su último negocio, el que los iba a hacer más ricos de lo imaginable.
Los otros cuatro hombres que todavía permanecían con él, no se atrevían a asomar la nariz, para evitar uno de sus legendarios arranques de furia, en los que podía ser capaz de matarlos con una mano, mientras con la otra les palmeaba sonriente la espalda. Y nadie era más rápido lanzando la daga que siempre llevaba oculta en la manga. Cuando los demás aún estaban desenfundando su pistola, él ya les había hecho diana en el corazón con el cuchillo.
–¡Tom! –llamó a gritos a uno de sus hombres que, en realidad no se llamaba así. Como eran de distintas nacionalidades, Yuri los rebautizaba con nombres ingleses monosílabos para abreviar–. ¿No hay más noticias de nuestro contacto en el hospital?
–No, jefe –respondió Tom, recién llegado al trote.
–Llámalo y apriétale las tuercas. Dile que como no consiga algo para encontrar a Gonzalo Ramírez, iré personalmente a presentarle mis respetos. No me vale la dirección de la tarjeta sanitaria. Nuestros colaboradores de Madrid han estado allí y se trata de un edificio que están echando abajo para construir unos grandes almacenes.
–Sí, jefe –asintió Tom, que salió deprisa a cumplir el encargo.
Yuri entró en el salón de la enorme casa en la que vivían él y su banda, y se encontró a su última chica tumbada en el sofá, con un ligero y transparente camisón por toda vestimenta, viendo la tele. La bofetada resonó por toda la habitación.
–¿Cuántas veces te tengo que decir que no quiero que vayas desnuda por la casa, delante de mis hombres, estúpida? –resopló Yuri.
La chica, se llevó la mano a la mejilla y lo miró con la cara surcada por las lágrimas.
–Aquí no suelen entrar. Pero ya no volverá a pasar más, Yuri –y bajando la cabeza, cogió la bata de seda que tenía a un lado y se la puso, antes de volver a sentarse.
Al poco, Tom entró corriendo en el salón, con un papel en la mano.
–¡Jefe, nuestro contacto en el hospital acaba de enviar este fax con la foto de esos dos, tomada de las cámaras de seguridad!
–¡Déjame ver! –observó la imagen por unos instantes y después, dando un berrido, preguntó–: ¿Y se puede saber qué vamos a hacer ahora con la foto? ¡Quiero una dirección donde ir a buscarlos y aplastarlos como a chinches! ¡Sobre todo a ella, que se atrevió a tocar a mi padre!
–Yuri –llamó la chica en voz baja.
–¿Qué quieres, imbécil? ¿No ves que estamos tratando asuntos de importancia?
–Creo que a él lo he visto en la tele. Ayer por la tarde, en el programa “España Directo”, Mónica Campos lo intentó entrevistar, pero él dijo que no era Gonzalo Ramírez, que se había ido.
–¿Y has esperado hasta ahora para decirlo? –los gritos del jefe resonaron por toda la casa, así como el chasquido de la segunda bofetada del día.
–Él dijo que no era el Ramírez ese… –dijo ella en voz baja, sollozando y tratando de justificarse.
–Tom, tú y Joe, me vais a buscar ahora mismo a la Mónica Campos esa y me la traéis aquí, charlaremos un rato con ella... –se sonrió con una horripilante mueca y prosiguió con las indicaciones para sus hombres–: Probad a encontrarla en la sede de los de la tele. La bruja esa debe tener contactos en la policía y por eso los ha encontrado.

Mónica Campos era una mujer muy ocupada, tanto, que muchas veces no miraba a su alrededor todo lo necesario. Estaba bajando apresurada por las escaleras exteriores del edificio de RTVE en Barcelona, cuando sintió un golpe de algo duro contra sus riñones. Iba a gritar y a girarse, pero una voz de hombre a su espalda, la hizo desistir.
–Yo de usted no lo haría, señorita. Soy de gatillo fácil.
Con estupor, paralizada por el miedo, con los ojos desorbitados, Mónica comprobó que la estaban secuestrando un par de matones, grandes como armarios, armados con pistolas. La llevaron hasta una furgoneta negra, la empujaron dentro, la amordazaron, la ataron de pies y manos, y la tiraron al suelo. Uno de ellos se quedó junto a ella, y el otro se puso al volante. La furgoneta, dando un brusco tirón y chirriando las ruedas, salió disparada. El hijo del jefe esperaba.
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Aylynt
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 7:31 pm

Capítulo 11

“¿Dónde estaba?” Ah, sí…aunque la pregunta adecuada era “¿cuándo estaba?” Gonzalo pestañeó y miró a su alrededor. Se acababa de despertar y vio que estaba en el dormitorio de Aylynt. Al girar la cabeza hacia un lado, divisó sobre la mesilla, un reloj que marcaba la hora con números: 8:07, martes, 25 de mayo de 2010. Todavía le resultaba difícil de creer. ¡Estaba en el futuro! Se incorporó y se sentó en el borde de la cama, poniendo los pies sobre la mullida alfombra. Se sintió mucho mejor y más fuerte que el día anterior. No estaba al cien por cien, pero la mejoría era evidente.
Se levantó y fue al cuarto de baño. A la vuelta se miró en un enorme espejo que había en la pared, frente a la cama. Tan solo llevaba aquellos extraños calzones modernos negros que le había comprado Aylynt. Y el vendaje, por supuesto, que le cubría gran parte del pecho. El resto de heridas y laceraciones, estaban ya en franca recuperación. Se puso los pantalones y se fue a la cocina, a buscar algo de comer, pues se había despertado muy hambriento.
Al llegar allí, se dirigió a la cafetera, la encendió, insertó sucesivamente las dos cápsulas, pulsó al botón y consiguió un magnífico Latte macchiato. El día anterior había visto cómo Aylynt hacía uno por la tarde, lo había probado y le había gustado mucho. Aunque había bebido café en Oriente durante su viaje, mezclado con leche lo encontraba más apetitoso. Se sintió reconfortado después de tomarlo, pero seguía con un hambre canina.
Rebuscó por los armarios y encontró una bolsa de magdalenas. Se comió cuatro. Luego abrió esa maravilla que era el frigorífico y comió queso y jamón. Aunque había visto el cartón de huevos, y le hubiera encantado hacerlos fritos, prefirió no trastear con lo que Aylynt llamaba “la vitro”, pues todavía no se había enterado muy bien cómo funcionaba. Para terminar fue a buscar la medicación y se la tomó también.
“Bueno, esto ya es otra cosa”, se dijo satisfecho, y con las energías bastante recuperadas.
En el salón se detuvo frente a la enorme cristalera. Aylynt estaba nadando en la piscina. Cuando la vio salir, con tan solo un bikini puesto, una complacida y pícara sonrisa curvó sus labios. Nunca antes la había visto con esa prenda tan insinuante. Mejor dicho, cuatro días antes ni siquiera sabía que existían y que su Ayly estaba tan atractiva con ella. ¡Esto del futuro cada día le gustaba más! Aspiró aire, cerró los ojos y echó la cabeza ligeramente hacia atrás.
–¡Gonzalo! ¡Ya estás levantado! ¿Cómo te encuentras? –le preguntó Diego.
–Hola, Diego –Gonzalo abrió los ojos y se giró hacia su cuñado–. Mejor, me encuentro mucho mejor, gracias.
–Ahora que estamos solos, quería aprovechar para disculparme por haberte pedido que te fueras tú solo el primer día –dijo Diego, muy serio.
–No te preocupes, Diego. Te entiendo perfectamente. Dudo de que yo me lo tomara mejor, si estuviera en tu lugar. Además, tu ayuda nos ha sido indispensable. Siempre estaremos en deuda contigo –contestó Gonzalo, al tiempo que le ponía la mano en el hombro.
Diego se giró hacia la cristalera y se quedó observando a su hermana, que se había acomodado en una tumbona, para disfrutar de los primeros rayos solares del día.
–Ahora que te he conocido, sé que tú eres lo mejor que le ha podido pasar. Nunca la había visto tan feliz, a pesar de todos los problemas.
Gonzalo le sonrió con gratitud.
Estuvieron unos instantes en silencio, y de repente, a Gonzalo se le ocurrió una idea.
–Diego, tú tienes moto, ¿verdad? –inquirió con una mueca traviesa.
–Sí, una Yamaha Vmax, “la mejor moto del mundo de serie”, que dice el eslogan –replicó Diego con orgullo.
–¿Podrías enseñarme a ir en ella? –prosiguió Gonzalo.
–¡Claro, hombre! ¡No creo que Águila Roja tenga ningún problema en aprender a manejar “el monstruo”, como muchos la llaman, por sus 300 kg! –Diego le palmeó la espalda–. Ven, vamos al garaje. Saldremos por la puerta de atrás, sin que se entere Aylynt, y daremos una vueltitas por la urbanización.
–¿No tendrás otra camiseta para prestarme? –interrumpió Gonzalo con tono de disculpa–. La que me dejaste está un poco sudada.
–Se me había olvidado, ahora te traigo la que te compró ayer mi hermana. Ya está lavada y seca. Y de paso te pones los zapatos. Te dejo también otros calcetines.
Y después de acabar de vestir a Gonzalo, los dos cuñados, como un par de colegiales, se fueron a hacer su travesura del día.
Al llegar ante la máquina, Gonzalo se quedó extasiado con la boca abierta.
–¡Dios mío, es alucinante, como decís ahora! –y terminó con un silbido de admiración.
–Sube, que te explico los mandos y cómo funciona –le invitó Diego.
Gonzalo montó en la moto, y se sintió como en casa, por decirlo de alguna manera. Al ponerla en marcha, y pisar el acelerador, notó bajo sus piernas la potencia de los 200 CV. ¡Era mucho mejor que Valiente!, se dijo totalmente colgado del subidón de adrenalina que experimentó su cuerpo.
Tras la primera lección, Gonzalo se puso el casco y la chaqueta de cuero, y salió a la calle con la Yamaha. En pocos segundos, se perdió de vista al doblar la siguiente esquina. Dos minutos después, volvía, y efectuaba una frenada impecable, a los pies de Diego, que lo esperaba riendo.
–¡Ni Valentino lo hubiera hecho mejor, tío!
Tras media hora más de explicaciones, en las que incluso la moto fue pilotada por Diego, para darse mejor a entender, y unas breves nociones de las principales señales de tráfico, el joven dio por concluida la lección.
–¡Pues nada, Gonzalo! Yo creo que ya te puedo dar la alternativa. Y como el permiso de conducción ya lo tienes...
–Me voy a dar una vuelta por ahí. ¡A más ver! –Gonzalo se despidió de Diego, aceleró y haciendo un ligero caballito en el aire, desapareció por la siguiente bocacalle.
Meneando la cabeza de admiración, Diego volvió a entrar en casa.


Tom y Joe, le desataron los pies a Mónica, la sacaron de la furgoneta y la metieron en la casa a empujones. El jefe, trajeado y de punta en blanco, estaba sentado en un sillón leyendo el periódico. Se levantó al entrar los recién llegados y fue a saludarles.
–¡Caramba, señorita Campos, ya tenía yo ganas de conocerla! –dijo con una falsa cordialidad que espantaba.
Mónica le dedicó una mirada enfurecida.
–¡Vaya, disculpe, a veces mis hombres no saben tratar a una dama como se merece! Tome asiento. Joe, quítale la mordaza, así podremos hablar mejor –el jefe ensayó una sonrisa, pero solo consiguió una desagradable mueca.
–¿Quién es usted? ¿Por qué me ha secuestrado? –preguntó Mónica con voz ronca y baja.
–Usted es una periodista, y yo necesito información. Es tan sencillo como eso. Si me dice lo que quiero saber, me pensaré si la suelto. Si no me lo dice…, creo que va a ser que no –lanzó una risotada estúpida.
Mónica bajó la cabeza y se mordió los labios.
–Quiero saber cuál es la dirección de Gonzalo Ramírez. Ayer lo entrevistaste en tu programa –preguntó con su voz pastosa, arrastrando las erres.
La periodista levantó la cabeza y se lo quedó mirando con prevención.
–Aquél no era Ramírez –dijo ligeramente aliviada.
–¡Error! ¡Sí que era Ramírez! ¡Te engañó, estúpida! –replicó Yuri inmediatamente.
Mónica sintió un ramalazo de rabia. ¿Cómo que el tipo ese la había engañado? Tenía que haberlo supuesto. De todas formas no tenía ni idea de qué iba todo aquello. Intentó ser prudente.
–¿Para qué lo quiere saber? –dijo en voz baja.
La bofetada, con el dorso de la mano y el grueso anillo en el dedo anular, llegó de forma totalmente inesperada. Mónica dio un grito, a la vez que Yuri seguía hablando.
–¿Que para qué lo quiero saber? ¿Te permites preguntarme que para qué lo quiero saber? ¡Aquí el que pregunta soy yo! –Yuri gritaba como un auténtico energúmeno.
En la cara de Mónica se mezclaban las lágrimas con la sangre de la herida producida por el anillo en la mejilla. Comprendió que no serviría de nada resistirse. Tan solo alargar el sufrimiento. Y solo si le decía lo que quería saber, quizá tuviera una oportunidad. ¿Quién sería el tal Ramírez, que tenía estos conocidos tan poco recomendables? O incluso puede que fuera uno de ellos. ¿Y quiénes eran esta gente? ¿Por qué el matón este quería encontrar a Gonzalo Ramírez? La cabeza le daba vueltas, y el miedo la atenazaba. Apenas podía pensar. Tan solo atinó a decir la dirección.
–Urbanización Prat de Dalt. Calle de Ponent, 27 –y las lágrimas empezaron a surcar copiosas su cara, desdibujando la sangre de la mejilla. Jamás se hubiera imaginado de delatora.
Yuri hizo un gesto a Tom y Joe, que salieron inmediatamente.


Aylynt se despertó y comprobó con incredulidad que se había dormido en la hamaca de la terraza de la piscina. Había decidido hacer unos largos en la piscina porque se encontraba entumecida e inquieta. Miró su móvil y vio que, ¡eran las nueve y media de la mañana! Había estado durmiendo más de una hora. Por otra parte, no era de extrañar, pues apenas había dormido un par de horas esa noche, con la dichosa guardia. Ese pensamiento le llevó a recordar a Claudia. Tenía que llamarla, y comentarle que hoy no iría a trabajar. ¡Qué lejos le sonaba ya todo aquello! Para ella habían pasado más de tres años….
–Hola, Claudia. ¿Cómo va todo, reina? –preguntó cariñosamente al oír la voz de su compañera.
–Bien, de momento. Esta mañana he venido a las seis de la mañana y me he encontrado con que Jake ya estaba aquí. Dice que ha estado toda la noche “haciendo guardia”, ¡por Dios! Creo que cada día se le va más la cabeza.
–¡Pues sí que has madrugado! Yo, en cambio, fui anoche a las once, y también me lo encontré. Estaba nerviosísima con lo que me comentaste, y quise pasar un momento a comprobar que el TCM estaba en su sitio. Claudia, no me fío de Jake. Vigílalo bien. Yo hoy no voy a ir tampoco…, tengo que seguir cuidando de mi… familiar.
–Claro, querida, no te preocupes. Y cuida mucho a ese “amigo”. Te lo mereces, guapa. Chao.
–Adiós Claudia.
Se levantó y fue en busca de Gonzalo al dormitorio. Pero increíblemente, no estaba allí. ¡Ni en ningún otro lugar de la casa! Empezó a ponerse nerviosa. Entró de estampida en el despacho de trabajo de su hermano.
–¡Diego! ¿Has visto a Gonzalo? ¡Ha desaparecido! –preguntó angustiada.
–No te preocupes, Aylynt. Ha salido a dar una vuelta –repuso él, sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.
–¿Una vuelta? ¿Por la urbanización? ¡Vaya, sí que se ha despertado con fuerzas! De todas formas volverá agotado. Todavía es pronto para eso.
–No te preocupes Aylynt, que no se cansará, no va a pie. Ha salido con mi moto –explicó Diego sin darle la mayor importancia.
–¡¡¿¿Quéeee??!! –el berrido de Aylynt debió oírse en las casas de los alrededores.
–¿Por qué te pones así, mujer? –preguntó Diego con cara de inocente.
–¿Has dejado que Gonzalo se subiera a una moto, la tuya, encima, y lo has dejado marchar de casa? ¡Dios mío, voy a llamarlo con el móvil, a ver si me lo coge! –dijo Aylynt en el colmo de la exaltación.
–Vamos a ver, Aylynt, no te pongas histérica, que no hay para tanto. Para que lo sepas, le he estado enseñando yo a llevar la moto, porque me la ha pedido él. Además, conduce perfectamente. Parece mentira que sabiendo las proezas que es capaz de realizar como Águila Roja, te pongas así por esta tontería –explicó Diego por fin a su hermana.
–Diego, Gonzalo no ha visto una máquina en su vida ni sabe hacerlas funcionar. Tampoco sabe de normas de tráfico, ni se conoce las calles de Barcelona. Está convaleciente, y, por si faltaba algo, es tu moto, ¡ese diablo con ruedas! –le espetó una airada Aylynt.
–Pues le ha encantado y lo he visto la mar de preparado, por eso lo he dejado marchar –trató de defenderse Diego.
Aylynt abrió el móvil y llamó a Gonzalo. El corazón le iba a mil por hora. A los pocos segundos, oyó la cancioncilla del móvil de Gonzalo. ¡Se lo había dejado en el dormitorio! ¡No se lo podía creer!
–¡Me rindo! Esperemos que no te equivoques con lo de “la mar de preparado” –terminó la frase con retintín–. Voy a ducharme y vestirme.
–¡Aylynt, espera! –la llamó él otra vez–. He estado trabajando en lo de los e-mails de Jake, y tardaré más de lo que creía. No sabría decirte, pero quizá hasta mañana no podamos acceder…
–Bueno, qué le vamos a hacer…De todas formas, esta noche lo tenemos que volver a intentar. Tendremos que hacer algo para sacar del medio a Jake. Luego pensaré en algo –repuso Aylynt, y se marchó a la ducha.
Cuando terminó de vestirse, se sentó cavilosa en la cama. Trataba de alejar de su mente el miedo que sentía al pensar que Gonzalo se había ido en la moto. ¿Y si le ocurría algo? ¿Y si provocaba un accidente? Navegar con una moto entre el tráfico, era más difícil de lo que parecía. ¿Y no estaba tardando ya demasiado? Ya eran casi las diez de la mañana. ¿Qué iban a hacer con Jake?
De repente oyó el ruido de una moto que se acercaba. Salió disparada hacia la puerta de la calle. Al llegar, se quedó con la boca abierta. Allí estaba Gonzalo, subido a la moto ya parada, sacándose el casco negro con llamaradas rojo anaranjadas de Diego. Llevaba la chaqueta de cuero negra, y… tenía que reconocérselo a ella misma…, estaba tan impactante, y ella tan impresionada… que hasta sintió cómo le palpitaba el corazón.
–¡Hola, cariño! ¡Esto es una pasada, como decís ahora! Me ha encantado –saludó Gonzalo con la voz alegre y un brillo especial en los ojos.
–¿Ha ido todo bien? ¿No has atropellado a nadie? –preguntó Aylynt con un hilillo de voz.
–¡Pero qué cosas tienes! Claro que ha ido todo bien. He estado en la Facultad de Física, y he visto al estúpido de Jake. Me he tenido que contener para no ir a romperle la boca.
Esta vez fueron los ojos los que abrió Aylynt como platos. Estaba claro que este hombre era una caja de sorpresas.
–He entrado en la planta de abajo y he visto a Claudia yendo a la cafetería acompañada de un hombre. Por la silueta que vi anoche, era Jake. He tenido cuidado para que ella no me viera, no te preocupes –continuó explicando Gonzalo.
–¿Y cómo has sabido ir a la facultad desde aquí, si anoche fuimos desde el restaurante de la playa? –preguntó Aylynt intrigada.
–Es muy fácil. Al salir de la urbanización he seguido los carteles que indicaban hacia la Diagonal. Y una vez allí, he divisado el edificio y he ido.
Aylynt estaba sin palabras. Gonzalo continuó con entusiasmo:
–Ayly, lo de la moto ha sido fabuloso. Me ha gustado mucho. ¿Crees que Diego me la dejaría un rato más? Es que me gustaría ir a al centro contigo, y de paso, me compraría un poco más de ropa.
Ella pestañeó y cuando entendió lo que le estaba diciendo, empezó a mover la cabeza de un lado a otro.
–¿Me estás invitando a un paseo en moto?
–Dí que sí, mujer, anda... –la cara de niñito implorante que puso Gonzalo, no tenía precio.
Aylynt se lo quedó mirando con todo su amor, se acercó y le dio un beso. Gonzalo la estrechó entre sus brazos, saboreando ese beso…
–Parejita…, me voy –les interrumpió Diego.
–¡Espera un momento, Diego! –le llamó Gonzalo–. ¿Nos dejas la moto para ir al centro?
–Por mí, haced lo que queráis. Hoy no la necesito. Eso sí, ponle gasolina, no me la dejes con el depósito seco. ¡Ah, y hazle una foto a Aylynt! Yo jamás he conseguido subirla a esa moto. Está claro que a ti te hace más caso –respondió Diego, dando unas carcajadas al final. Y se fue.
–¿Nunca has llevado la moto de tu hermano? –preguntó Gonzalo extrañado.
–No, es que siempre me ha dado mucho respeto, Gonzalo. ¡Es demasiado grande!

Aylynt se puso el casco de repuesto que tenía Diego, y finalmente salieron los dos en la moto. Ella tuvo que reconocer que ir sobre ese monstruo, agarrada a la espalda de Gonzalo, era….indescriptible. El piloto y la máquina eran tal para cual, fuertes y poderosos. Ni en sus mejores sueños se imaginó nunca Aylynt que llegaría a estar en esa tesitura. Cerró los ojos y apoyó el lateral de la cabeza sobre él. ¡Lastima de la molestia del casco, pero aún así, era como estar en la gloria! Ni siquiera tuvo que darle ninguna indicación, pues entre su prodigioso sentido de la orientación y los carteles indicadores, Gonzalo llegó a la Diagonal, siguió un buen rato por ella, dobló por el Paseo de Gracia, y en tan solo quince minutos, ya estaban aparcando en la zona azul de los aledaños de la Plaza Cataluña.
Al bajar de la moto, Aylynt vio a un par de chicas paradas, que los observaban. Literalmente se les caía la baba viendo desmontar a Gonzalo. Para ella sólo tuvieron una ligera mirada con un destello envidioso. Se rió para sus adentros. ¡Qué razón tenían!


La chica, rubia y despampanante, con un vestido de minifalda de color verde mar, le estaba ofreciendo un pequeño tetra–brik de zumo, con la pajita ya puesta. Mónica se la quedó mirando. Ya no lloraba. Ahora simplemente estaba sentada y atada a una silla, que a su vez estaba esposada a un radiador.
–¿No quieres? –le dijo la muchacha–. Pensé que tendrías sed, además los zumos llevan azúcar, para reponer fuerzas.
–¿Quién eres tú? –acertó por fin Mónica a preguntar.
–Soy Sara…vivo aquí…con ellos. Soy la chica de Yuri, el hijo del jefe –su voz sonaba átona, extrañamente desprovista de toda emoción.
–¿Y qué haces aquí con esa gentuza? ¿Por qué no te escapas? Tú no estás atada –le preguntó Mónica.
–A mí me tienen atada con algo más fuerte que una cuerda –susurró Sara. Miró hacia un punto indefinido de la habitación y prosiguió–. Yuri tiene a mi niña. La matará si me escapo. Estoy esperando a que se canse de mí y me eche. Y me iré con mi niña, lejos, muy lejos.
Mónica se fijó en el amplio muestrario de moratones en todos los estadios de maduración, que la chica llevaba por todo el cuerpo.
–Pues como te esperes mucho más…–replicó la periodista, dejando la frase sin acabar.
–Aguantaré, por mi niña –dijo Sara convencida, y con un brillo decidido en los ojos, por primera vez desde que habían empezado a hablar.
Mónica empezó a sorber el zumo con ansiedad. La chica tenía razón, sentía una sed tremenda. Se lo terminó en un santiamén.
–Sara, ¿quién es esta gente? –preguntó Mónica después. Si la iban a acabar matando, por lo menos quería saber quién y por qué, se dijo para sí, con una mezcla de rabia y dolor.
–Es la banda de Yordanov. Como el jefe está preso, ahora Yuri es el que manda –explicó la chica.
A Mónica le dio un vuelco el corazón. ¡Ahora lo entendía todo! ¡Esa gentuza estaba buscando a Ramírez para vengarse por lo del día anterior! ¡Pero cómo no se había dado cuenta! Y ella se lo había entregado en bandeja de plata. Sintió que la angustia le corroía por dentro. Aún suponiendo que ella saliera con vida de ésta, cosa que ya empezaba a dudar, siempre tendría sobre su conciencia la muerte de ese hombre, y quizá hasta la de la muchacha que le ayudó.
Las lágrimas empezaron a rodar silenciosas por sus mejillas. ¡Ahora entendía por qué él se había negado a reconocerle que era Ramírez! Él sabía a lo que se exponía, pero ella en su afán por ir detrás de la noticia, había mandado “el reportaje”, sin pensar en nada más. Y, al momento, lo habían emitido en el programa, monstruo incansable, devorador de historias y vidas.
–Han ido a buscar a Ramírez, ¿verdad? –preguntó Mónica en un ronco susurro.
–Sí, y a la chica. Sobre todo a la chica. Ella fue la que le pegó en los bajos al viejo. Yuri echaba espuma por la boca cuando se enteró.
–Dime, ¿cómo se han enterado de que el del reportaje, sí era Ramírez? –inquirió extrañada la periodista.
La chica dio un enorme suspiro y contestó:
–Porque se lo dije yo. Le llegó una foto sacada de las cámaras de seguridad del hospital, en la que se veía a la pareja. Entonces yo reconocí que él era el que salió ayer en tu programa.
Mónica movió la cabeza de un lado a otro con tristeza.
–¿Por eso me has traído el zumo? ¿Porque te sientes culpable?
–Sí –se encogió de hombros–. Pero yo no puedo hacer nada. Además, si se hubiera enterado que yo lo sabía y no se lo había dicho, aún hubiera sido peor. Así solo me pegó porque se lo había dicho tarde –explicó la joven.
–Si me ayudas a escapar, yo te ayudaré con lo de tu niña –trató de convencerla Mónica.
–No. No sé dónde la tiene, y no me puedo arriesgar. Mi niña es lo único que me queda en este mundo –Sara se sonrió dulcemente, recordándola.
–¿Yuri se ha ido? –inquirió la periodista.
–Sí, le ha llamado su abogado para tratar sobre lo de su padre y los otros. Pero están Bob y Frank. Es imposible escapar.
–Gracias por el zumo, Sara –replicó Mónica ensimismada, dando por concluida la conversación. Nunca creyó que llegara a sucederle, pero, por una vez, cuanto más sabía, menos le apetecía seguir sabiendo.
La muchacha se fue de la habitación, cerrando la puerta con llave.


Dejaron los cascos en la consigna de El Corte Inglés, y se subieron en las escaleras mecánicas. Gonzalo estaba feliz, con la alegría de un niño. Todo le asombraba y le maravillaba. En la tercera planta, la de ropa de caballeros, se apearon.
–¡Dios mío! ¡Hay tantas cosas por todos los sitios! ¡Qué diferencia con el pasado! –un ligero momento de tristeza empañó su mirada. Después de ver esto, ¿dónde quedaba ya el siglo XVII? La pregunta que más se había hecho desde que llegó es, ¿cómo se había podido acomodar Aylynt tan bien, al tiempo de él?
–Gonzalo, ¡ven! Mira estos pantalones…
Así estuvieron un buen rato. Él se compró unos pantalones negros y una camisa negra, que se dejó ya puestos. Además de otra camisa azul, y algo de ropa interior.
A Gonzalo le sorprendieron mucho los billetes, pues para él resultaba difícil de creer que se les llegara a dar tanto valor, un valor que, en realidad, no tenían, pues eran papeles. Y ya lo de las tarjetas de crédito…, ¡increíble!
El hecho de que la actual moneda de España, fuera común a gran parte de Europa, le llamó mucho la atención. Cuando en su época se libraban guerras con Portugal o Francia, ahora resultaba que los tres países hasta usaban la misma moneda, el euro. ¡Qué relativo es todo en este mundo!
Salieron de los grandes almacenes, y se dieron una vuelta por la librería de la Puerta del Ángel. Gonzalo se quedó extasiado, con tantos y tantos libros, de todos los colores, tamaños y formas, de todos los temas… ¡Su mente despierta y siempre ávida de conocimientos se los hubiera llevado todos!
Al llegar a la Fuente de Canaletas, en las Ramblas, el héroe hizo ademán de ir a beber de ella.
–¡Bajo tu responsabilidad, Gonzalo! Dicen que el que bebe de esta fuente, siempre vuelve a Barcelona –le explicó Aylynt jocosamente.
Gonzalo se la quedó mirando con un brillo especial en los ojos durante unos segundos y después, se puso a beber.
–Vamos a ver cómo sale de ésta el dicho –y se echó a reír.
Cogidos de la mano, empezaron a bajar por las Ramblas, paseando entre los puestos de pájaros, de flores, los quioscos de revistas y prensa… Sólo los que viven la vida jugándosela cada día, pueden sorber cada instante con la alegría que da el saberse vivos, de momento.
Gonzalo se aproximó a una de las estatuas vivientes. Representaba a un gladiador romano, hierático y estático, dorado. Se quedó pasmado mirándolo. Al lado, había una pareja, atrezzados como Dorothy y el hombre de hojalata de “El mago de Oz”. Más adelante, había un hombre vestido de samurai, con un fastuoso kimono, la cara blanca y la katana en posición de ataque. La pareja se miró y se sonrió.
Decidieron regresar hacia la Plaza Cataluña otra vez, y recoger la moto. Emprendieron rumbo al puerto. Gonzalo, volvió a quedarse anonadado por enésima vez en el día al ver los barcos anclados. Sobre todo los enormes ferrys de la Trasmediterránea que enlazan todos los días las Baleares con la Península, y un gigantesco barco de cruceros, que ese día hacía escala en Barcelona.
Cuando llegó la hora de comer, entraron en uno de los restaurantes de la zona. A la que se dieron cuenta, ya eran las cuatro de la tarde.
–A pesar de toda la situación por la que estamos pasando, Aylynt, el paseo de ayer por la playa, y el de hoy, han sido maravillosos –dijo él, tomándole la mano en la mesa.
–Yo creo que nos merecemos un poco de dicha y felicidad de vez en cuando, cariño –replicó ella.
Poco después, subieron a la moto y pusieron rumbo a casa. Gonzalo quería descansar un poco. Además, necesitaban planear cuidadosamente la vuelta al laboratorio para esa noche.
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Imagen de la Yamaha Vmax, para hacernos una idea más completa, jajaja

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Capítulo 12

Diego estaba sacando la llave de su casa para entrar en ella, pero no llegó a hacerlo. Un par de tipos enormes, con traje oscuro, se lo impidieron.
–¿Qué pasa? ¿Qué queréis? –dijo el muchacho atropelladamente.
Uno de los matones le enseñó una foto de fax.
–¿Les conoces? –preguntó con voz grave y ominosa.
Diego echó un vistazo y comprobó que eran Aylynt y Gonzalo.
–No. ¿Por qué tengo que conocerlos? –replicó con mal humor.
Los tipos se miraron entre sí y movieron pesarosos la cabeza de un lado a otro. De súbito, uno de ellos le propinó un puñetazo en el hígado. Diego se dobló de dolor, al tiempo que se llevaba las manos al abdomen.
–El tipo este, Gonzalo Ramírez, salió ayer por la tele, desde este mismo sitio. ¿Y nos quieres hacer creer que no le conoces? –esta vez el puñetazo fue en la cara. Diego empezó a sangrar por la nariz. Encogido y dolorido, finalmente levantó la cabeza. Su mirada, llena de odio, se posó sobre el que le había dado los dos golpes.
–Es un conocido que estaba ayer aquí, por casualidad –y escupió la sangre que le llenaba la boca.
–Veo que vas entendiendo –Tom dio una risotada –. ¿Y ella, quién es?
–A ella, no la conozco –dijo Diego, todavía doblado en dos, tratando de recuperar el resuello perdido por los puñetazos y el dolor.
–¡Llámalo a él, con el móvil, y dile que venga, o te matamos! –le conminó Joe.
Diego hizo la llamada. Pero Gonzalo no contestó.
–No lo coge –explicó Diego con la cabeza gacha.
Tom cogió el móvil y vio que, efectivamente, estaba llamando a un tal Gonzalo Ramírez.
–Pues nos vamos. Llevamos aquí muchas horas, y ya estoy harto de esperar. A ver lo que dice el jefe.
Joe fue a buscar la furgoneta, que habían aparcado a la vuelta de la esquina, y la estacionó frente a Diego y Tom. Éste, de un empujón, metió dentro al chico. Lo ató y lo amordazó, y salieron chirriando, como siempre.
Justo antes de subir, Diego oyó el ruido inconfundible de su moto. Un destello especial brilló en sus ojos. Esa era su única esperanza.

Gonzalo y Aylynt, a lomos de la Yamaha, enfilaron la calle Ponent. Se quedaron atónitos al ver que, a lo lejos, frente a su casa, un tipo metía a Diego en una furgoneta negra, y se lo llevaba. Ella hizo unas señas con la mano, en la espalda de Gonzalo, que asintió. Al pasar por delante de su casa, Aylynt tiró las bolsas con la ropa de Gonzalo dentro de su jardín, y continuaron la marcha detrás de los secuestradores de Diego. Salieron de la urbanización, y tomaron la Ronda de Dalt. La siguieron durante un buen rato y finalmente cogieron la salida que enlazaba con los túneles de Vallvidrera.
Aylynt se encontraba anonadada y asustada. ¿Quién se estaba llevando a su hermano? Gonzalo, como era habitual en él, entró en ese estado especial de profunda atención, que le hacía concentrar todas sus energías en el seguimiento de la furgoneta. Ya pensaría el siguiente paso cuando acabara la persecución.
En el peaje, tuvieron un pequeño susto, al ver como la furgoneta lo atravesaba limpiamente sin parar, por una vía T. Aylynt sacó un billete, y pagaron en uno de los carriles con vía manual. Aunque perdieron un par de minutos, que a ella se le hicieron eternos, cuando reemprendieron la marcha, Gonzalo apretó a fondo el acelerador, y al poco ya habían conseguido alcanzarlos. Justo a tiempo para ver cómo el vehículo tomaba la salida de Les Planes. Una vez ahí, Gonzalo redujo considerablemente la velocidad de la Yamaha. Había que ir detrás, pero tratando de no descubrirse.
Finalmente, la furgoneta se metió por el desvío de una de las urbanizaciones de lujo que había en aquella zona. Gonzalo pasó de largo la entrada de la urbanización y paró unos metros más adelante. Se quitó el casco y le dijo a Aylynt:
–No podemos seguirlos tan de cerca, se notaría mucho. Esperaremos un par de minutos y entraremos.
–¿Y si meten la furgoneta en un garaje? –preguntó Aylynt con aprensión.
–Tranquila. Confía en mí, cariño. ¿Vale? –el giró la cabeza hacia ella y le sonrió con todo su amor.
Todo el aplomo y toda la sangre fría que siempre había demostrado Aylynt cuando salían juntos de misión, había desaparecido. Esta vez se trataba de su hermano, y se sentía tan conmovida en su interior, que a duras penas podía contener las ganas de gritar.
–¿Por qué se lo habrán llevado? –preguntó en un susurro.
–Yo creo que tiene algo que ver con lo de ayer en el hospital –aventuró Gonzalo.
En ese mismo instante empezó a sonar su móvil. Sorprendido, lo sacó, y cuando iba a contestar, Aylynt se lo quitó de las manos.
–Es una llamada de Diego. ¿Cómo es que te llama si está secuestrado?
–¿Me llama para pedirme ayuda? – se preguntó Gonzalo extrañado.
–No, Gonzalo, no. No te molestes por lo que te voy a decir, pero para eso me llamaría a mí. Yo creo que te están llamando los secuestradores… ¡Ya está, ahora lo entiendo! –dijo Aylynt–. Han ido a por nosotros, y al no encontrarnos, se lo han llevado a él, para presionarnos.
El móvil dejó de sonar. Y Gonzalo comprobó que había otra llamada perdida de Diego, probablemente hecha antes de salir de casa. Pero subidos a la moto en marcha, no la habían escuchado. Luego apagó el móvil, pues no podían permitirse el lujo de que empezara a sonar en mitad del rescate.
–¡Vamos, no perdamos tiempo, esa gentuza es muy peligrosa! –la apremió Gonzalo.
Ya recuperada de la impresión, Aylynt consiguió por fin concentrar toda su atención en la misión. Ambos se miraron, él le guiñó el ojo, y ella le sonrió levemente.
Gonzalo se caló la visera del casco otra vez, puso en marcha la moto, y entró en la urbanización. No llevaban ni cinco minutos callejeando por ella, cuando al final de una de las calles laterales, vieron la dichosa furgoneta aparcada dentro del jardín de una casa enorme, rodeada de bosquecillos por tres de sus partes. Solo la parte delantera de la mansión, que daba a la calle, estaba relativamente libre de vegetación, aunque había unos cuantos árboles gigantescos que la disimulaban en gran medida.
Gonzalo paró la moto en la siguiente bocacalle, y bajó de ella. Aylynt le siguió. Se quitaron los cascos y los dejaron asegurados con la cadena antirrobo. Por un momento, Gonzalo llegó a pensar en dejárselo puesto, pero vio que era muy engorroso caminar con él. Extrañaba el anonimato que le daba su disfraz de Águila Roja.
Toda la casa estaba rodeada, o mejor dicho “fortificada” por una valla metálica de tres metros de altura. Empezaron a caminar alrededor, buscando un posible paso, que quedara oculto por la vegetación desde la casa. Cuando Gonzalo creyó haber encontrado uno, hizo ademán de empezar a escalarla.
–¡No! ¡Espera! Tenemos que comprobar si está electrificada. No lo parece, pero yo no me fiaría. Me resulta extraño que no tengan nada más… –susurró Aylynt al tiempo que tomaba un pequeño palo y lo lanzaba contra la valla. El trozo de madera chisporroteó y se quemó.
Gonzalo se quedó asombrado con los ojos muy abiertos. ¡Vaya con la tecnología moderna!
–Entonces, hay que encontrar una manera de traspasar la valla, sin tocarla, ¿no? –dedujo el héroe.
–Sí –repuso Aylynt.
Siguieron caminando un par de minutos más y por fin encontraron lo que buscaban: un árbol gigantesco que pasaba muchas de las ramas de su enorme copa por encima de la valla, pero sin tocarla. Gonzalo empezó a trepar, y luego le siguió Aylynt. Una vez arriba, fueron gateando por una de las ramas más gruesas, y saltaron dentro del recinto de la casa. Fue un salto desde tres metros y medio de altura, ejecutado con total maestría y sigilo. Aunque a Gonzalo le dio un fuerte pinchazo en la herida del pecho. Pero no había tiempo para lamentaciones, había que actuar.
Una vez en el suelo se acercaron a la casa escondiéndose entre los arbustos. Se pusieron a escudriñar lo que había dentro de las habitaciones a través de las ventanas, con mucho cuidado. Tenían que averiguar lo más exactamente posible, dónde estaba Diego, y cuánta gente más había. Después de haber inspeccionado todas las ventanas a la vista, que estaban enrejadas, se llevaron una gran sorpresa, al ver que no solo tenían secuestrado a su hermano, sino que junto a él, ¡estaba también maniatada Mónica Campos, la presentadora de televisión! Esto confirmó las sospechas de Gonzalo, aquellos matones debían ser de la misma banda que los asaltantes del hospital.
Había también, cuatro hombres más, y una mujer. Tres de los hombres estaban con los secuestrados, otro estaba en la cocina, bebiendo, y la chica, estaba recostada en un sofá, mirando la tele en el salón.
Gonzalo y Aylynt, se sentaron unos instantes en el suelo, con la espalda apoyada en la pared de la casa, para tratar de decidir cómo llevar adelante el ataque. Pero en ese momento uno de los matones, salió por la puerta principal de la casa, y se dirigió hacia la furgoneta. ¡Y no era ninguno de los cuatro que habían localizado por las ventanas! ¿Y si no eran cuatro, ni siquiera cinco, sino seis o más? Mientras ellos miraban por las ventanas, habían podido pasar de unas habitaciones a otras, de entre las que no tenían a la vista.
De repente se escuchó un grito de mujer. A Aylynt se le encogió el corazón, miró a Gonzalo, que asintiendo, empezó a correr agachado y se lanzó, por la espalda, contra el secuestrador, que ya estaba llegando a la furgoneta. Con el canto exterior de la mano, le asestó un golpe tan potente y certero en la arteria carótida del cuello, que cayó al suelo como un fardo, inconsciente. Lo cogió por debajo de las axilas, y lo arrastró hasta el otro lado de la furgoneta, el lado que no se veía desde la casa. Abrió con cuidado la puerta corredera, lo metió dentro, y con habilidad y rapidez, lo amordazó, lo ató de pies y manos, y lo esposó también al vehículo. Volvió a cerrar la puerta, y se disponía a regresar al lado de Aylynt, cuando oyó cómo ella le alertaba con un silbido que imitaba a un canto de pájaro.
Gonzalo se pegó a la furgoneta, por la espalda, y esperó. A los pocos instantes apareció otro tipo, muy parecido al anterior.
–¡Tom, se puede saber dónde te has…! –no llegó a terminar la frase, pues Gonzalo le descargó una tremenda patada en el pecho, que lo tiró al suelo. Esta vez, el maleante no quedó inconsciente a la primera, pero los reflejos del héroe fueron más rápidos, y con una segunda patada, ahora en el cuello, consiguió deshacerse de él, antes de que el burdo intento de defensa que hizo el matón tuviera éxito.
Si una cosa no faltaba en aquella furgoneta, eran armas, cuerdas, mordazas, esposas, y todo tipo de objetos contundentes. ¡Ya lo creo que estaban surtidos!, se dijo Gonzalo para sí. Dejó al segundo hombre, atado, amordazado, y esposado, pero, esta vez, al otro lado de la furgoneta. Salió con precaución, y se reunió con Aylynt, que había estado montando guardia, junto a la puerta principal abierta, por si salía alguien más.
–Al segundo sí que lo habíamos visto dentro de la casa –susurró Gonzalo muy bajito–. En principio, si no es que haya alguno más, dentro quedan tres hombres, los dos secuestrados y la chica del sofá.
Aylynt asintió con la cabeza, y añadió, también en voz muy baja:
–Desde que el segundo ha salido dejándose la puerta abierta, no paran de oírse gritos…creo que vienen de la habitación donde tienen a los secuestrados.
Entraron por fin en la casa, con infinito cuidado, en absoluto silencio y pegados a la pared. Empezaron a recorrer el recibidor y luego un pasillo, encaminándose hacia esa habitación. Gonzalo echaba de menos su katana. Se sentía desnudo, teniendo que entrar sin su arma preferida por delante. No quiso coger ninguna de las pistolas de la furgoneta, ni las que llevaban aquellos hombres, porque no estaba acostumbrado a ese tipo de armas tan modernas. Nunca era prudente manejar armas desconocidas entre tanta gente, algunos de ellos inocentes, pues podían darse desgracias inesperadas.
Por fin, llegaron hasta la habitación buscada. Nadie más había hecho acto de presencia, ni había intentado detenerles. Se notaba que aquellos mafiosos se sentían seguros y superiores en su cuartel general, y ni se les pasaba por la imaginación que alguien fuera a intentar atacarles.
Gonzalo y Aylynt, se quedaron pegados contra la pared, junto a la puerta entreabierta.

–¡Llámale otra vez! –bramó Yuri a Frank.
Gonzalo pensó en lo acertado de su decisión de apagar el móvil antes de entrar.
–Dice que está apagado o fuera de cobertura –repuso Frank, al cabo de unos momentos.
–Me estoy empezando a cansar ya de toda esta tontería –dijo el jefe agriamente–. Vais a tener que volver a la casa, a esperarle.
–¿Y qué hacemos con estos dos? –preguntó Joe, señalando a Mónica y a Diego, que seguían atados a sus sillas y con la cabeza agachada, esperando con recelo el próximo golpe del psicópata ese que los tenía retenidos.
–De momento, déjalos aquí. Luego nos desharemos de ellos –dijo Yuri con displicencia.
Mónica empezó a llorar otra vez, en silencio. ¡Qué manera más estúpida de morir!, se dijo con espanto. Diego, por su parte, seguía manteniendo una fervorosa esperanza en su hermana y su cuñado; era lo único que le quedaba. Pero, ¡cuánto estaban tardando! ¿Qué demonios estaban haciendo, que no venían ya?
Gonzalo miraba a través de la rendija que quedaba entre la puerta y el marco, en el lado de las bisagras. Se giró hacia Aylynt, extendió los dedos índice y medio de la mano, señalando que primero había que deshacerse de los dos matones; luego con otro gesto, le dijo que después irían a por el jefe. Ella movió la cabeza imperceptiblemente, en señal de asentimiento.
Por fin, entraron en la habitación. Antes de que se dieran cuenta los ocupantes, Frank y Joe ya estaban inconscientes, tirados por el suelo, tras el ataque simultáneo de la pareja.
Pero el jefe, por algo era el jefe. Su rapidez de reflejos, también era legendaria. Al instante, sacó una pistola de la funda que llevaba debajo de la chaqueta del traje, y apoyó la punta contra la cabeza de Diego, que miró a Aylynt aterrorizado.
–¡Pero qué inesperado placer! ¡Están aquí los dos amigos que estaba buscando! –gritó con una falsa y repulsiva alegría–. Si os acercáis más, ¡lo mato! –continuó con un susurro sibilino.
–No es necesario –respondió una airada Aylynt–. Nos rendimos, si es lo que quieres.
Gonzalo y Aylynt se quedaron de pie, con los brazos a los lados, totalmente desarmados.
–Así me gusta. Que hayáis captado la gravedad de la situación. El gran problema de los “buenos”, es que se os manipula de cualquier manera –y se carcajeó con una risa fría y desagradable.
Mientras tanto, Mónica miraba a la pareja que tenía delante, con los ojos abiertos como platos. ¡Habían venido a rescatarles! ¡Se habían metido en la boca del lobo, y sin armas! ¿Eran unos valientes, o tan solo unos temerarios? ¿Cómo iba a terminar todo aquello?
–Así que tú eres la que maltrató a mi padre…–empezó Yuri, mirando con morbosa atención a Aylynt–. Pensaba matarte cuando te encontrara, pero ahora que te veo, creo que te mereces un “mejor” destino…–su mirada era ya de franco deseo descarado.
Inesperada pero silenciosamente, la chica del sofá hizo su aparición por otra puerta de la sala, que quedaba por detrás de Yuri. Llevaba un jarrón en una mano, y un dedo de la otra sobre los labios, en señal de silencio. Sara había oído todo el estruendo, y acudió presurosa a ver qué ocurría. Cuando se percató de lo que estaba pasando, tomó la decisión más importante de su vida: ayudar a los enemigos de Yuri.
El entrenamiento de Aylynt y Gonzalo, les permitió verla a ella y sus intenciones de ayuda, pero sin delatar nada en absoluto en su mirada, que seguía fija en el jefe.
Aylynt, pensó que sería buena idea aprovecharse de la lujuria del matón, y lo empezó a mirar con una sonrisa incitadora, al tiempo que se pasaba la lengua por los labios de una manera insoportablemente provocadora.
Incapaz de resistirse, el jefe relajó la mano que empuñaba la pistola, y, ésta, se desplazó ligeramente de su objetivo, la cabeza de Diego, y quedó apuntando al suelo. Sara se dio cuenta del detalle y aprovechó ese instante, para estrellarle el jarrón en la cabeza al jefe, con todas sus fuerzas.
Mientras tanto, Gonzalo se abalanzaba sobre una de las katanas que estaban expuestas en la pared, y a la que había echado el ojo nada más entrar. Con una velocidad de vértigo, la desenvainó, hizo un par de molinetes, para sopesarla, y acabó apoyando la punta en el cuello de Yuri, que tras el golpe se había girado como una fiera contra Sara, con la intención de machacarla. Pero no pudo llegar a hacerlo. Y, para completar la jugada, Aylynt aprovechó para arrancarle al jefe la pistola de la mano.
Mónica se quedó con la boca abierta al ver la magnífica “coreografía” desarrollarse ante sus ojos. ¡Ni que la hubieran estado ensayando todo el día! , se dijo con admiración.
–¿Pero de qué vais? –escupió Yuri con desprecio–. ¡Mis hombres os van a aplastar como a chinches!
–¿Cuáles? –preguntó Gonzalo con ironía–. ¿Estos que están tirados en el suelo? ¿O los que están amordazados y atados en la furgoneta?
La cara del jefe, se puso roja de ira, como rojas eran las gotas de sangre que empezaron a caer sobre su impoluta camisa azul. Se la miró como si no acabara de creerse lo que estaba pasando. ¿Qué extraña pesadilla era aquella en la que habían asaltado su casa, habían dejado a sus hombres fuera de combate, y a él lo amenazaban con una de sus propias katanas en el cuello?
De súbito, Sara se abalanzó sobre él y dándole puñetazos empezó a preguntarle dónde estaba su hija.
El fanfarrón de Yuri hizo un intento de empezar a carcajearse de ella, al tiempo que la abofeteaba, pero no pudo hacerlo porque Gonzalo clavó un poco más la punta de la katana en su cuello. Otro torrente de rojas gotas empezó a bajar por su garganta.
Las miradas del héroe y del jefe se encontraron, y éste supo que, esta vez no había escapatoria, que esta vez, podía morir.
Con los ojos inyectados de sangre por el odio, miró a Sara y susurró unas palabras, el nombre del centro donde estaba internada la niña.
Aylynt, lo esposó con los brazos a la espalda, y de un rodillazo en la parte baja de los riñones, lo tiró de bruces al suelo, mientras Gonzalo retiraba la katana.
–¿Pero cómo habéis tardado tanto? –preguntó Diego, que no sabía si reír o llorar de la emoción, mientras Aylynt lo desataba y lo liberaba de la silla. Por toda respuesta, su hermana lo abrazó. Estuvieron así unos instantes en los que el muchacho le dijo al oído–: No me hagas caso, es hablar por no callar. ¡Gracias! He tenido el lujo de ver en acción a Águila Roja y a Águila Blanca. Me has impresionado, pequeña –y la estrechó aún más contra él.
Sara liberó a Mónica, mientras Gonzalo esposaba a los otros dos malhechores, que por instantes parecía que estaban recuperando la consciencia.
Por primera vez en su vida, la periodista Mónica se hallaba sin palabras. Se quedó mirando el trajín de la pareja, que se afanaba en dejar a los matones bien atados. ¿Quiénes eran? Habían conseguido atrapar a la banda de los Yordanov con dos actuaciones: la del día anterior en el hospital, y la de ese momento.
Cuando la pareja acabó de disponer de los tres hampones, Sara se acercó a Gonzalo y a Aylynt, y tímidamente, con lágrimas en los ojos les dio las gracias.
–Nunca olvidaré lo que habéis hecho por mí y por mi hija.
–Gracias también a ti, Sara. Ese golpe de gracia con el que interrumpiste, puso las cosas a nuestro favor mucho más fácilmente –le dijo Gonzalo cariñosamente, mientras se imaginaba la vida que había llevado al lado de aquel desgraciado, al ver el ojo morado de la muchacha.
Por fin, Mónica recuperó el habla y se acercó compungida.
–Yo quiero pediros perdón. Todo esto ha sucedido por mi culpa. Nunca debí dejar que emitieran aquellas imágenes. Prometo que a partir de ahora, pensaré mejor en las consecuencias de mi trabajo para los que me rodean, y para mí misma.
–Bueno, no todo ha sido malo. Hemos pillado a toda esta gente, y ella –dijo Gonzalo, señalando a Sara–, ahora puede ir a buscar a su hija. –La chica redobló sus lágrimas, al tiempo que se tiraba al cuello de Gonzalo. Éste, la abrazó también, tratando de infundirle ánimos.
–Voy a llamar a la policía –les comunicó Mónica.
–Espera un momento –la cortó Gonzalo–. Verás…, lo único que te pedimos es que no nos mezcles a nosotros en esto–. Él le guiñó un ojo, y continuó:– Creo que una periodista tan buena como tú, sabrá inventarse una historia totalmente creíble, en la que con la ayuda de Sara, os habéis deshecho de estos indeseables.
Las dos chicas se quedaron boquiabiertas, tratando de asimilar la petición.
–Es lo único que os pedimos, por favor –insistió Aylynt–. Nosotros tres queremos quedarnos al margen.
Mónica se quedó observándoles un rato, y, por fin, se dio por vencida.
–Está bien. Lo haremos así. Por lo que a Sara y a mí respecta, vosotros tres nunca habéis estado aquí –se giró hacia la joven, con el semblante interrogador.
–Yo también estoy de acuerdo –confirmó Sara–. Pero, ¿y estos? –añadió, señalando a Yuri y sus hombres.
–Estos no dirán nada. Al fin y al cabo, se quitan un secuestro de encima… –repuso Gonzalo con tono de enfado.
En esas, terció Diego, que ya bastante recuperado del susto, y después de haber ido al aseo a enjuagarse la sangre de la boca y lavarse la cara, se despidió de todos.
–¿Dónde me habéis dejado aparcada la moto? –les preguntó a su hermana y su cuñado.
Estos se miraron con incredulidad.
–¿Nos vas a dejar aquí tirados? –le preguntó Aylynt, que no daba crédito.
–Ahora mismo, necesito una buena carrera en mi moto para recuperarme de la impresión de esta ya inolvidable tarde. Y como los tres no podemos ir en la moto, vosotros dos podéis coger un taxi –concluyó el joven su disertación.
–Bueno,…¡qué le vamos a hacer! Al fin y al cabo el chico tiene razón –concedió Gonzalo.
Aylynt y Gonzalo repasaron por última vez las ataduras de los matones, y se fueron con Diego, mientras las chicas se quedaban para inventar una historia, y llamar a la policía.

Una vez fuera, revisaron que los maleantes de la furgoneta siguieran bien amarrados, y salieron a la calle. Al llegar a donde tenían estacionada la moto, Diego se subió a ella, y se fue. Aylynt llamó a un taxi, y Gonzalo y ella se encaminaron a la entrada de la urbanización. Se sentaron en el bordillo de la acera a esperar. Le habían dicho que tardaría un cuarto de hora por lo menos.
Gonzalo le pasó el brazo por los hombros a Aylynt, y la estrechó contra él. Ella se arrebujó contra el pecho del héroe.
Unos minutos más tarde, llegó el taxi. Al conductor le hizo gracia aquella parejita apretujada. ¡Qué bonito es el amor!, se dijo para sus adentros, sonriendo.
Cuando los clientes ya se habían sentado en la parte de atrás del taxi, se oyeron unas sirenas, y aparecieron varios coches patrulla de los Mossos d’Esquadra. Iba a preguntarles si sabían qué había pasado, cuando al mirar por el retrovisor los vio besándose. Decidió callarse, porque… ¡Qué iba a saber esta dulce parejita de tortolitos, ensimismados en sus demostraciones de amor, de la maldad que había por el mundo!
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 7:35 pm

Capítulo 14

–Déjame ver el vendaje, Gonzalo. ¡Con el día que has llevado…! –le pidió Aylynt.
Gonzalo se desabrochó la camisa negra con cuidado, y dejó el vendaje al descubierto. Y aunque no parecía el momento más apropiado, Aylynt no se pudo resistir y se quedó hipnotizada, con la boca abierta, mirando ese pecho fuerte y poderoso; ladeó la cabeza hacia un lado, suspiró, se sonrió y luego clavó sus ojos en los de él.
–¿Qué es lo que te hace gracia? –preguntó él, sonriente y extrañado a la vez.
Ella no contestó, sino que adoptando una pose de niña traviesa, se acercó hasta quedar pegada a él. Alzó la cara y empezó a besarlo en la boca. La respuesta de él no se hizo esperar. Sintió cómo el deseo surgía de sus entrañas y se apoderaba de él. Le respondió al beso con ardor y profundidad, sin dejar un recoveco de esa amada boca sin degustar, al tiempo que tomándola por la cintura la apretaba contra él. El pecho de ella subía y bajaba, a la vez que sus gemidos empezaban a llenar el cuarto de baño, donde se encontraban.
De súbito, algo le pasó a Aylynt por la mente, y sonriendo con descaro, se soltó del fuerte abrazo del héroe, se acercó al jacuzzi, manipuló los botones, y el agua caliente, borboteante, empezó a manar de todos los orificios. Luego empezó a desnudarse provocativamente, mirándolo con atrevimiento. Entró en el agua y estirándose, lo invitó con una tentadora pose y una voz insinuante:
–¡Ven!
La sonrisa lujuriosa, llena de deseo de él, no se hizo esperar. Y conforme se acercaba a ella, se fue sacando la ropa con gestos rápidos y precisos, para llegar tan solo cubierto por el vendaje. De un salto, se metió en la enorme bañera, salpicando de agua todo el cuarto de baño.
–¡Gonzalo! –protestó Aylynt entre risas.
En respuesta, él se sumergió por completo en el agua y empezó a besarle la cintura, mientras ella sentía que sus músculos se derretían y no la sostenían.
Durante más de media hora, cada uno de los amantes recorrió el cuerpo del otro con sus manos, con su boca, con su lengua, con toda su piel, hasta que juntos sucumbieron al éxtasis, unidos como uno solo, envueltos por la caricia del agua que avivaba sus sentidos y facilitaba las posturas más intensas.
Al terminar, Gonzalo sentó a Aylynt sobre él, que estaba a su vez sentado, y la estrechó con fuerza contra él. Con los ojos velados por la emoción, no pudo menos que expresarle su amor.
–Ayly, te quiero… Y aunque suene ingenuo y poco original, creo que no podría vivir sin ti. Quizá pudiera sobrevivir mi cuerpo, pero no todo lo demás. Desde que apareciste en mi vida, la iluminaste, la ensanchaste, la hiciste viva, en realidad…
Por las mejillas de Aylynt empezaron a deslizarse las lágrimas del amor y del agradecimiento. Y como se vio incapaz de contestar, con la garganta anudada por la emoción, se apretó más contra él, mientras se preguntaba a sí misma si se podía morir de felicidad. Esos momentos valían por todos los malos ratos, todas las angustias y todos los sinsabores con que la vida les aderezaba el camino. Y si una cosa habían aprendido, era que tenían que cazarlos al vuelo, disfrutarlos sin medida, porque nunca se sabía cuál podía ser el último. Sin duda, eso les pasaba por vivir cien vidas en una.
Al salir del baño, Aylynt le cambió las empapadas vendas a Gonzalo, y se vistieron con rapidez. Quedaba poco más de una hora para las nueve de la noche, que es cuando ella pensaba ir al laboratorio, para ver si podían acceder por fin a la Tempus 3000. Cenaron frugalmente y se pusieron con los preparativos.
–¿Cómo vamos a deshacernos del tal Jake? –preguntó Gonzalo.
–He pensado utilizar unas cápsulas que se toma para dormir –respondió Aylynt, mientras encendía el ordenador y escribía el nombre del medicamento en el buscador de Internet. Leyó los datos e hizo un cálculo rápido. Con tres cápsulas, el impresentable ese estaría fuera de combate durante un montón de horas. Y quedaba lejos de la dosis peligrosa, aunque fuera el triple de lo que se tomaba habitualmente. Como mucho tendría una fuerte resaca cuando despertase al día siguiente. Se lo merecía, por estúpido y metomentodo.
Gonzalo observaba con interés los manejos de Aylynt con el ordenador. ¡Estos tiempos modernos eran absolutamente asombrosos! En unos minutos podías acceder a más información de lo que jamás hubiera sido posible en el siglo XVII en toda una vida. Aunque lo que más deleite le provocaba era contemplar la cara de total concentración de su Ayly. ¡Era adorable! Ella, al notar su mirada, le obsequió con una sonrisa, al tiempo que le pasaba el teclado y le decía:
–Escribe ahí algo que quieras saber.
–No se me ocurre nada en estos momentos, quiero decir, en realidad me gustaría saber tantas cosas, que no sé por dónde empezar –replicó Gonzalo indeciso y nervioso–. Espera, ¡ya sé!
Gonzalo puso con cuidado sus manos sobre el teclado, rozó con suavidad las teclas y pulsando con el dedo índice de la mano derecha, escribió: “aylynt”. Y acto seguido se quedó extasiado mirando el nombre de su amor en la brillante pantalla. ¡Era la primera palabra que escribía con un ordenador! Luego se sonrió como un niño que acababa de hacer el descubrimiento de su vida y giró la cabeza hacia ella, que lo miraba con una ternura infinita.
–¿Y ahora qué hay que hacer para que salga la información? –preguntó el maestro convertido en alumno.
–Aprieta la tecla grande de en medio a la derecha.
Él lo hizo, y al instante una retahíla de enlaces a diversas páginas de Internet llenó la pantalla. Se puso a leer atentamente, y hacia el sexto o séptimo enlace, su mirada se volvió brillante y alegre. Tocó la pantalla con el dedo y dijo exaltado:
–¡Aquí pone Aylynt de la Vega!
Ella le tomó la mano con delicadeza, y la puso bajo la suya sobre el ratón. Luego le enseñó a llevar el cursor a dónde quería.
–¿Ves la manita? Quiere decir que si pulsas el lado izquierdo del ratón, te llevará a esa página de Internet.
Gonzalo, entusiasmado, apretó el botón izquierdo y se puso a leer lo que salía: “Fenómenos de interferencia cuántica”. Tesis doctoral de Aylynt de la Vega… Una punzada de pena atravesó momentáneamente su corazón. A cada instante se daba cuenta de todo a lo que ella había renunciado por ir en su busca. Pero se sobrepuso y comenzó a fisgonear por el documento. No entendía nada. Parecía escrito en sueco, porque él se apañaba con el chino y con el árabe, pero aquello…
En ese instante, llamaron al teléfono y Aylynt se levantó a atenderlo. Mientras tanto, Gonzalo se entretuvo practicando con al ratón hasta que involuntariamente salió del documento que estaba leyendo y vio un montón de dibujitos como de carpetitas con nombres debajo. Pulsó sobre algunas de ellas, y sin saber cómo, de repente, vio en la pantalla una imagen suya, ¡con Alonso, en el siglo XVII! Se recostó hacia atrás contra el respaldo de la silla y se quedó mirando impresionado. Luego se percató de que había unas flechitas debajo, y pensó en pulsarlas con el ratón. Y de manera increíble, fueron surgiendo estampas de su casa, su escuela y su vida en su tiempo.
Aylynt volvió comentando la llamada:
–Era Claudia. Dice que hoy todo ha estado aparentemente tranquilo. Aunque Jake estaba bastante raro. Quizá sea por lo mal que ha dormido la noche anterior –aventuró Aylynt dudosa.
–Cariño, ¿de dónde han salido estas fotos mías? –preguntó impresionado Gonzalo.
–Ah, ¡las has encontrado! Las hice antes de ir, para preparar mi viaje. Ten en cuenta que es más fácil que viaje la información para obtener las imágenes, que el que viajen seres vivos como nosotros.
–Por eso nos encontraste tan fácilmente, ¡porque ya nos habías visto!
–Sí, ¡digamos que tenía unos cuantos ases bajo la manga! –se rió Aylynt, mientras Gonzalo se levantaba y tomándola por la cintura le estampaba un beso en plena boca.
Luego, prepararon su marcha, poniendo su ropa antigua en la bolsa, junto con la medicación. Montaron en el coche, y después de pasar por una farmacia a comprar el somnífero, llegaron a la facultad de Física, donde Aylynt estacionó con cuidado, un poco alejados de la puerta lateral de entrada. Faltaba un cuarto de hora para las nueve, y fueron viendo cómo, sucesivamente, iban saliendo los compañeros de laboratorio de ella.
–¡Otra vez se ha quedado el indeseable de Jake! –refunfuñó Aylynt entre dientes, al notar que era el único que no había hecho acto de presencia–. Da igual, voy a subir. En cuanto consiga dejarlo fuera de combate, te llamo al móvil y subes.
Gonzalo asintió, y se quedó dentro del coche, sentado en el asiento del copiloto, con la bolsa sobre las piernas, y el móvil en la mano. Se notaba en tensión. La verdad es que estaba agotado. Las heridas, la operación, las novedades, los enfrentamientos con los Yordanov… Tenía unas ganas tremendas de retornar a su tiempo, con sus hijos…Se sonrió tristemente al pensar en ellos. ¡Ojalá dentro de un rato pudiera tenerlos otra vez entre sus brazos!

Aylynt, inspiró profundamente, levantó la cabeza, puso su mejor sonrisa, franqueó la puerta del laboratorio poniendo la mano en el escáner de palma del lateral y se dirigió, con una alegría que ciertamente no sentía, hacia el despacho de Jake.
–¡Caramba, Jake! ¿Otra vez te vas a quedar a hacer guardia? ¿Cómo te fue anoche? No te veo buena cara –dijo la muchacha, mirando con interés a su jefe y aparentando preocupación.
–¡Darling! Me alegro de verte –contestó Jake asombrado y gratamente sorprendido. Ella era su pequeña gran debilidad. Pocos lo sabían, o al menos, eso creía él. Era la grieta en su dura fachada. Una sonrisa de Aylynt, y se borraban todos sus anteriores desplantes. Se levantó, se aproximó a ella y le pasó el brazo por la cintura. Aylynt consiguió disimular a duras penas el horrendo escalofrío que le recorrió por todo el cuerpo.
–Jake, Jake, Jake…–dijo ella con voz melosa, al tiempo que lo tomaba gentilmente del brazo, y lo apartaba de su cintura–. No tan deprisa…querido…
El jefe se dejó hacer, prendado de la luminosa sonrisa de Aylynt.
–Aylynt, ¡sabes que por ti haría cualquier cosa! ¡Cualquier cosa!
–Jake, como llevo dos días sin poder venir a trabajar de día, he pensado en quedarme esta noche a hacer guardia contigo –explicó Aylynt sonriendo de oreja a oreja.
La sorpresa de Jake, dio paso a una lasciva sonrisa que puso los pelos de punta a la heroína. Recitó su mantra interiormente varias veces: “Andrés, Gonzalo, Andrés, Gonzalo…”.
–Voy a la máquina a buscar unos cafés bien cargaditos, ¿vale? ¡No te muevas, darling! –le dijo a Jake con una prometedora expresión en su cara, y girándose, desapareció por la puerta del despacho.
Una vez fuera, echó a correr hacia la pequeña habitación que hacía de office, y cerró la puerta con cuidado. Sirvió un café normal y otro descafeinado, por si a él se le ocurría mirar allí. Siempre le podía decir que el descafeinado era para ella, y el normal para él. Sacó el blíster con las cápsulas del somnífero, abrió tres y echó el contenido en el descafeinado. Añadió abundante azúcar para disimular el posible mal gusto, agitó durante un buen rato y dejó la cucharilla dentro para señalarlo. Al otro no le añadió nada. No pensaba tomárselo, pero si había que disimular, lo haría.
Luego, poniendo la mejor de sus sonrisas, entró contoneándose suavemente en el despacho de Jake, con una pequeña bandeja en la mano, donde llevaba los dos cafés. Estuvo a punto de caérsele todo al ver al impresentable recostado en el sofá, esperando…, mirándola como un depredador a su presa. Bueno, tampoco era malo, se dijo, porque eso lo volvía distraído.
–Aylynt, te veo radiante, divina… ¿Qué has hecho este fin de semana, que te ha sentado tan bien? –preguntó él.
–Nada en especial, Jake. He tenido contratiempos familiares; mi hermano ha estado ingresado, pero ya está en casa. Mañana me reincorporaré al trabajo –contestó ella, al tiempo que le daba el café.
Jake empezó a beber, pero al momento se detuvo. A Aylynt casi se le para el corazón.
–Nena, te has pasado con el azúcar. Pero aún así, me lo voy a beber porque me lo has preparado tú –dijo intentando ser cariñoso y agradable, algo imposible para él.
Aylynt odiaba el retintín con el que él solía llamarle “nena”, pero se abstuvo de decir nada. Tomó su propio café y sorbió un poquito. Luego intentó sonreír mientras vigilaba cómo poco a poco su jefe iba apurando el café.
–Siéntate aquí conmigo –le invitó él, palmeando con una mano sobre el sofá, a su lado–. Hace tiempo que no pasamos un rato juntos a solas.
–Voy un momento a mi despacho a buscar una cosa, ¡pero ahora mismo vuelvo, Jake! –dijo Aylynt en un susurro.
Pero no llegó a salir porque la mano del jefe se cerró sobre su muñeca, y dando un tirón, la sentó junto a él, y empezó a besuquearla en la boca. Aylynt sintió un momento de pánico, pero logró contenerse. No debía mostrar sus verdaderos sentimientos, mientras esperaba que a él le hiciera efecto el somnífero. Se dejó besar, y por un instante se preguntó cómo había podido enredarse alguna vez con aquél energúmeno que le estaba mordiendo los labios hasta hacerle sangre y le estaba estrujando sus doloridos pechos llenos de leche. ¡Dios mío, si seguía así, lo iba a descubrir!
De repente, empezó a notar que la presión de sus garras disminuía, y que apartando la cara de ella, se la quedaba mirando como aturdido. A los pocos segundos, caía como un fardo sobre el sofá.
Aylynt, se levantó rápidamente, le subió las piernas al sofá y lo dejó en una buena posición para que pasara allí toda la noche sin molestar. Estaba asombrada de la rapidez con que habían actuado las cápsulas. Llamó a Gonzalo para que subiera, y fue a la sala principal a preparar el viaje, ¡por fin! No se lo podía creer.
Franqueó las dos puertas sucesivamente a Gonzalo, y en menos de dos minutos, ya estaba allí. Se quedó sorprendido mirando a su alrededor.
–¡Así que es aquí donde se hace el milagro! –comentó mientras observaba a su alrededor. Luego fue a besar a Aylynt, pero se quedó parado como a un metro de distancia, mirándola.
–¿Qué te ha pasado en el labio? ¿Ha sido el estúpido ese? –preguntó con voz glacial.
–¡No, qué va! Yo, que me he mordido el labio de los nervios que llevo –replicó Aylynt, como por casualidad. Se sacó un pañuelo, y se lo limpió. Si Gonzalo se enteraba de lo que había pasado con Jake, era capaz de matarlo.
Después siguió manipulando los mandos de la máquina y copiando los programas de fuga, para que borraran su rastro después de su marcha.
–¡Ya está! Vamos a cambiarnos de ropa –dijo al terminar por fin.
Fueron hasta su despacho, se vistieron con su ropa del siglo XVII, y Aylynt puso la medicación de Gonzalo en una pequeña bolsita de tela. Guardaron todo lo moderno en un armario cuidadosamente y salieron a la sala.
Aylynt pulsó el botón de inicio del proceso, tomó de la mano a Gonzalo, y entraron ambos en el habitáculo de la máquina, que no era mucho mayor que un probador de ropa.
–En un minuto, empezará el viaje –le susurró ella a él, que la abrazaba protectoramente.
Pero pasaron no uno, sino cinco minutos, y la máquina no daba señales de vida. Aylynt, sin soltar a Gonzalo de la mano, estiró de él, y ambos salieron. Dio un vistazo a la pantalla del ordenador principal, y lanzó una maldición.
–¡El TCM no está en su sitio! –gritó desesperada. Fue hacia donde tenía que estar, abrió el compartimento y sacó lo que había. Nada más tenerlo en las manos se dio cuenta de que no era el verdadero, sino tan solo la carcasa más exterior, vacía por dentro. Lo lanzó contra el suelo, con rabia–. Habrá sido Jake, que lo ha escondido. ¡Vamos a buscarlo!
Estuvieron más de media hora buscando absolutamente por todos los rincones del laboratorio, pero el verdadero TCM no apareció. Nerviosa y angustiada entró en el despacho de Jake y empezó a zarandearlo.
–¿Dónde lo has escondido? ¿Dónde lo has puesto? –sus gritos acabaron convirtiéndose en sollozos, mientras caía al suelo de rodillas, desbaratada como una muñeca rota.
–¡Tranquila, Aylynt, tranquila! No te puede contestar, déjalo ya –trataba de serenarla Gonzalo, que finalmente, la tomó en brazos y la sacó de allí.
Una vez en su propio despacho, Aylynt empezó a llorar desconsoladamente.
–¡Ya no puedo más, Gonzalo! ¡No vamos a volver! ¡No vamos a volver! ¿Y los niños? –chillaba desesperada, aferrada a Gonzalo.
–¡Aylynt, cariño, te prometo que volveremos con ellos! –trataba él de consolarla, mientras le acariciaba la cara y la besaba. Le resultaba insoportable verla así. Y a eso se añadía su inseguridad. Estaban en un mundo desconocido para él, un mundo que apenas entendía. Le estaba prometiendo que todo acabaría bien, y ni siquiera sabía por donde empezar. ¿Dónde estaría el maldito trasto aquel? Las lágrimas de Aylynt le rompían el corazón. Y pensar en Alonso y en Andrés, lo enloquecía aún más.
Los sollozos de Aylynt fueron disminuyendo poco a poco, hasta que cesaron al fin. Su mirada se quedó vacía y perdida en la nada. Gonzalo la sentó en una de las sillas y se arrodilló frente a ella. Le tomó la cara con las manos y le limpió las lágrimas dulcemente con los pulgares. Había que hacer algo, y pronto. No podían hundirse. Había que encontrar el TCM como fuera.
–¡Aylynt, tesoro! –le susurró, mientras le tomaba las manos en las suyas y las llenaba de besos–. ¡Tienes que reaccionar! Eres la chica más fuerte y valiente que he conocido jamás.
Ella se lo quedó mirando con una tristeza infinita.
–No sé si queda algo de esa chica… –su voz se quebró y un par de lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas.
–¡Cómo no va a quedar! Eres la única mujer en el mundo que emprendió un viaje en el tiempo buscando el amor. Y lo consiguió... De esta también saldremos, cariño. Por ellos… y por nosotros –le replicó Gonzalo con convicción.
Una vaga sonrisa empezó a aparecer en la cara de Aylynt. Como tantas otras veces…, sus miradas se encontraron, y ella sintió que se hundía en aquel mar de amor que eran los ojos de él cuando la miraban. Había que seguir adelante.., por supuesto.
De repente, empezó a sonar el teléfono. Aylynt se sorprendió, pues era el fijo del despacho. Miró el número y se sobresaltó, ¡era Diego!
–Aylynt, te llamo a este teléfono porque el móvil lo tenías apagado –empezó a hablar el muchacho.
–¡Diego, no nos hemos podido marchar, el TCM ha desaparecido! –le dijo ella atropellada y entrecortadamente.
–Ya lo sé, Aylynt, ya lo sé… Por eso te llamo. Tenéis que venir inmediatamente a ver esto.
–¿Qué pasa? ¡Me estás asustando! –dijo Aylynt preocupada.
–No puedo contarte nada por teléfono. Es mejor que volváis a casa.


Capítulo 15

Mientras Gonzalo comprobaba que todo estuviera en su sitio, después del desesperado registro, Aylynt preparó un nuevo café muy cargado y con mucho azúcar. Lo vació casi todo en el fregadero del office, para dejar tan solo unos pocos milímetros, tal y como había quedado el de Jake, y lo sustituyó. También apoyó el borde en los labios de su jefe, como si hubiera bebido de allí.
Ya salía del despacho de él, cuando algo le llamó la atención. Sobre la mesa de Jake, había ¡tres! ordenadores portátiles. Ella le conocía dos, el azul que usaba para el trabajo, y el granate para sus asuntos privados. Pero es que ahora había uno más, de color negro. Lo cogió, le dio la vuelta, y lo volvió a dejar como estaba. No tenía nada de especial. Quizá estaba pensando en cambiar alguno de los otros dos.
Metió el vaso de plástico del café original con el somnífero en una bolsa, junto con la cápsula de la cafetera del descafeinado. Luego se desharía de ellos en casa.
Hizo salir a Gonzalo de la facultad, borró su paso por las cámaras de seguridad, y salió ella después, con cara de despreocupación. Cosa que evidentemente no sentía, pues estaba no solo aterrorizada porque no pudieran volver con sus hijos, sino intranquila por la situación que se le había creado con Jake.
Al llegar a casa, encontraron a Diego frente al ordenador. Miró a su hermana con afecto, a la vez que meneaba la cabeza de un lado a otro.
–¡Dinos ya lo que pasa, Diego! –le suplicó su hermana.
–Por fin pude entrar en su correo a través de su servidor y ha resultado que Jake ha vendido el TCM a alguien que le ha pagado diez millones de dólares. La entrega se efectuó esta noche pasada a las tres de la madrugada a un enviado del comprador –explicó sucintamente el chico, que al terminar se quedó mirando con cara de circunstancias a Aylynt.
El silencio se hizo espeso. Aylynt y Gonzalo se miraron estupefactos, incapaces de articular palabra. Al cabo de un rato, cuando por fin ella pudo reaccionar empezó a maldecir en voz baja.
–¡Hijo de …! ¡No solo nos ha fastidiado el viaje a nosotros, es que ha dejado en la estacada a todos los del laboratorio con los experimentos a punto de terminar! ¿Cómo les habrá engañado hoy para que Claudia y los demás no se hayan dado cuenta? –Aylynt resoplaba tratando de serenarse, pero a duras penas lo conseguía. Mientras tanto, Gonzalo apretaba la boca con rabia y luchaba por contenerse para no darle un puñetazo a la mesa.
–¿Y por qué no nos lo has dicho por teléfono? –preguntó ácidamente a su cuñado.
–¿Qué habéis hecho con Jake? Porque estaba allí, ¿no? –repuso Diego a su vez–. Él tiene que seguir aparentando que no ha pasado nada y que está vigilando el TCM.
–Le he dado un somnífero con el café y está tirado en su sofá, durmiendo tranquilamente –explicó Aylynt entre dientes.
–Me imaginaba que habrías hecho algo así. No os lo he dicho por teléfono porque para tener alguna esperanza de recuperar el TCM, tenemos que actuar con muchísimo cuidado. De ninguna de las maneras puedes descubrirte ante Jake, hermanita. Supongo que lo habrás dejado todo impoluto, sin nada que te incrimine en “el repentino sueño” de tu jefe.
Ella asintió con la cabeza, mientras Gonzalo con la mirada fija en Diego, le preguntó:
–¿Sabes cómo recuperar el TCM?
–Sé adonde se lo han llevado. Pero seréis vosotros los que tendréis que ir a buscarlo. Aunque yo ya he empezado a trabajar: os he comprado los billetes de avión a Los Ángeles…
–¿Qué? –Aylynt dio un grito desesperada.
–Jake ha vendido el TCM a un tal señor Schneider por diez millones, que le han sido ingresados en una cuenta secreta en las Islas Caimán, después de haber pasado por 27 transferencias intermedias tratando de que se perdiera el rastro…
Aylynt, a pesar de todo, se sonrió débilmente, “este hermano suyo…”
–…cosa que es evidente que no ha logrado conmigo. El receptor ha sido un tal John Stevens, de 34 años, rubio, alto y bien parecido; tengo su foto para que lo conozcáis. El señor Stevens tomó el avión esta mañana a las 6,20 en el aeropuerto de El Prat con destino a Los Angeles, y con transbordo en Nueva York. Dentro de media hora aterrizará en el Aeropuerto Internacional de Los Angeles, con el TCM en su bolsillo, camuflado como un vulgar teléfono móvil. Allí le espera Schneider con toda su camarilla. Parece ser que forman parte de algún tipo de organización que tiene un “plan” para el que necesitan el TCM.
Luego alargó la mano, cogió un montón de hojas de la impresora y se lo dio a su hermana.
–Aquí tienes copia de los 25 mensajes que ha intercambiado Jake con la organización compradora. Hay muchos datos y fotos, como la de Stevens. ¡Ah! Aquí están también los dos billetes; salís en el mismo vuelo de mañana, dentro de unas siete horas. También he entrado en el servidor de la embajada americana en Madrid, y os he conseguido el visado. Normalmente tardan un par de semanas, pero yo lo he aligerado un poco –explicó mientras se sonreía levemente–. Porque los dos tenéis pasaporte, ¿no?
Aylynt asintió, recogió todos los papeles que le entregó su hermano y se sentó. Necesitaba reposar unos segundos. Todo aquello le estaba superando por momentos. ¡Tendría que haber seguido su instinto y haber encerrado a Jake en el cuarto de las escobas el día anterior! Así hubieran conseguido marchar. Aunque luego pensó que no hubieran podido rescatar a Diego y a Mónica.
Gonzalo estaba anonadado. Recordaba haber visto imágenes de aviones en la tele. Incluso había observado alguno sobrevolándoles muy a lo lejos durante la mañana. Le habían llamado la atención las estelas en el cielo. Y ahora tendrían que subir en uno durante un montón de horas, para ir ni más ni menos que a América. Porque Diego había dicho “embajada americana”.
–Nueva York y Los Ángeles, ¿están en América? –preguntó de todas formas.
–Sí, Gonzalo –respondió Aylynt, que fue a por un atlas, y le explicó brevemente el mapamundi político actual. Sabía que él necesitaba ese tipo de explicaciones. En eso, eran iguales. Llevaban en su sangre el impulso irresistible de saberlo todo, controlarlo todo.
Después, el héroe se acercó a Diego:
–Quería darte las gracias por todo lo que estás haciendo por nosotros.
–Por la familia se hace cualquier cosa, ¿no? –repuso el chico–. Además, ¡esta tarde me habéis salvado de los temibles Yordanov! –añadió sonriendo.
–Ya, si no fuera que también somos los culpables de que te hayan secuestrado los temibles Yordanov, como tú dices…–contestó Gonzalo con cara de resignación.
–Sigue queriéndola como la quieres –le pidió Diego, mientras miraba a su hermana que en ese momento acababa de salir de la habitación, para ir a preparar la bolsa de viaje por enésima vez en tan pocas horas.
Gonzalo siguió la mirada de su cuñado.
–¿Sabes?, hace un rato se ha derrumbado por completo, cuando no nos hemos podido ir–le dijo.
–Pero ya se ha recuperado. Ahí la tienes, luchando otra vez por volver con su bebé –la defendió su hermano–. Y además, estoy seguro de que lo conseguirá.
–¿Por qué no te vienes con nosotros al siglo XVII? ¿No te gustaría conocer a tu sobrino? –le retó Gonzalo, medio en broma medio en serio.
–¡Ufff, creo que me quedo aquí! –contestó Diego a la vez que daba un par de carcajadas–. Además, todavía tengo algunas “cosillas” importantes que hacer.
Al momento volvió a aparecer Aylynt con la cara llena de intriga.
–Diego, ¿dices que la entrega fue a las tres de la madrugada de anoche, y que Stevens se fue en el vuelo de las 6 y 20? –le preguntó a su hermano.
–Sí –confirmó el muchacho.
–¡Pero si estuvimos toda la noche de guardia y no vimos salir a nadie…! Quizá salió por la puerta principal, que está en el lado opuesto del edificio respecto a donde estábamos nosotros… Pero la puerta principal se cierra desde la central de seguridad entre las diez de la noche y la seis de la mañana. Y no se puede abrir desde el laboratorio.
–Esto también sale en los e–mails de Jake. Hay un túnel que va desde los sótanos de la facultad de Física hasta los de la facultad de Química. Ya no lo usa nadie, pero es posible abrirlo con tan solo una llave corriente, la del cuarto más interno de la caldera.
–¡No me lo puedo creer! –Aylynt, con los brazos en jarra, movía la cabeza indignada de un lado a otro–. ¡Se escapó con el TCM delante de nuestras narices! ¿Y quién más sabe lo del túnel? Porque llevo un montón de años allí, primero como estudiante y ahora como investigadora, y jamás he oído hablar de él.
–Pues yo diría que solo lo saben los de mantenimiento. Y no tengo ni idea de cómo se enteró Jake.
–¿Y para esto tanta tontería de escáneres de palma y cámaras de seguridad? –la rabia de Aylynt no cedía–. ¿Y cómo salió de la otra facultad?
–Hay una pequeña puerta que permite salir sin ningún problema por la noche. Lo que no se puede es entrar, pero sí salir. Y desactivó las cámaras de seguridad de esa zona, desde la misma centralita eléctrica, aparentando que había saltado el relé. Una chapuza, vamos, pero no se ha enterado nadie.
Aylynt se quedó mirando a su hermano durante unos instantes, y después, sonriendo, se echó a su cuello, abrazándolo. Estuvieron unos segundos así, y después se soltó.
–¡Ay, qué haríamos sin ti! –le dijo en un susurro, con la voz quebrada.


Con exacta puntualidad, el avión de American Airlines, partió del aeropuerto de El Prat, a las 6 horas y 20 minutos de la mañana. Gonzalo se acomodó juntó a la ventanilla; estaba impaciente por observar con sus propios ojos lo que se veía desde 9000 o 10000 metros de altura, según le dijeron.
–¡Es increíble! –fue lo único capaz de decir, mientras con la boca abierta miraba cómo se iban alejando cada vez más del suelo después de despegar, y las cosas se iban haciendo cada vez más pequeñitas hasta dejar de ser visibles. Por último entraron en un banco de nubes. No se veía nada. ¿Cómo se pilotaban esos trastos, sin ni siquiera ver?, se preguntó Gonzalo extrañado.
Pero luego de unos minutos, poco a poco le fue venciendo el sueño. El terrible madrugón, pues no habían podido dormir más que dos o tres horas, y la medicación, hicieron su efecto.
A Aylynt, sin embargo, aunque también estaba agotada, le podían más los nervios. Su mente repasaba una y otra vez los acontecimientos de las últimas horas e iba sucesivamente de la incredulidad, a la rabia, y luego a la tristeza y al desánimo, para volver a elevarse cuando pensaba en Andrés. Después se leyó todos los papeles que le había dado su hermano. Eran veinticinco mensajes entre Jake y Schneider, donde se explicaban multitud de detalles. Había una foto de Stevens y los planos de los sótanos de las dos facultades. También se mencionaba en varias ocasiones, el “plan” de la “organización”, pero sin dar muchos detalles. Había una dirección de Los Angeles y pensaban utilizar el TCM en la otra máquina del tiempo, la del laboratorio de la universidad del Sur de California.
Recordó los tres meses que pasó allí haciendo un curso intensivo para aprender el manejo de la Tempus 3000. Fueron los primeros acercamientos de Jake… Torció el gesto y se giró para observar a Gonzalo. Se quedó mirándole embelesada. ¡Ese rostro tan amado! Con ese perfil tan perfecto…con esos labios entreabiertos que tantas veces se habían deslizado por su cuerpo volviéndola loca de dicha…Sintió deseos de rozar esa barba tan suave y mullida, pero se contuvo. Aunque estaba en horas bajas, se despertaría en guardia y, ¡quién sabe lo que podría pasar! Se fijó en el vaivén que hacía su pecho al respirar, ese pecho tan fuerte y poderoso, sobre el que una sentía que nada malo podía pasar. Gonzalo era, sin duda, el ser más maravilloso que había conocido jamás.
Finalmente, el sueño también acudió a ella y acabó quedándose dormida…soñando que esos labios deseados se posaban sobre los suyos…


Jake Donovan parpadeó débilmente al oír el ruido que hacían los del laboratorio al entrar. Estuvo así unos segundos hasta que por fin consiguió empezar a salir de la niebla que envolvía su mente. Se incorporó y se quedó sentado en el sofá de su despacho. Vio la hora en el reloj de pared: las nueve de la mañana. ¿Qué había pasado? Lo último que recordaba es que estaba con Aylynt. Se sonrió lascivamente…¡Cuánto le gustaba esa mujer! Lo volvía loco con cada uno de sus movimientos. Se ponía a mil con tan solo verla aparecer. Nunca ninguna mujer había conseguido tener ese efecto sobre él. ¡Y eso que en los últimos años había estado con unas cuantas!,… pero ninguna era como ella.
¿Y qué había pasado anoche? Cuando por fin había conseguido meterle mano, ¡él se había quedado dormido! ¿Cómo era posible? Se puso en pie de golpe y casi se volvió a caer tambaleándose. Allí había algo raro. Sí que hacía días que no dormía bien, con lo de la venta del TCM, y se había tenido que volver a tomar sus cápsulas, pero…
Se quedó mirando el vaso de café casi vacío. ¿Se había quedado dormido cayendo como un saco de patatas después de tomarse un café? Decidió salir de dudas sin tardanza. Agarró el vaso de plástico con los restos del café y salió. Ni siquiera dio los buenos días a sus colaboradores.
Una vez en la calle, tomó un taxi y se dirigió a la central de la policía científica de los Mossos d’Esquadra. Al llegar, fue en busca de su contacto.
–¡Hola Manuel! –saludó con una falsa alegría que se notaba a diez leguas.
–Hola Jake. ¿Qué te trae por aquí? Supongo que algún análisis urgente y muy importante, ¿no? –las palabras de Manuel trataban de tapar su enorme disgusto al ver al yanqui en su laboratorio. No lo podía soportar. Venía siempre con prisas, para hacer análisis por cuenta del consulado americano en Barcelona, e incluso, a veces, de la mismísima embajada de Madrid. No en vano, era uno de los “agregados científicos” de la embajada. De risa. ¡Si todo el mundo sabía que pertenecía a los servicios de inteligencia estadounidenses! Y encima lo tenían que hacer de tapadillo sin dejar constancia en ningún sitio, y sin recibir nada a cambio. Según su propio jefe, que ahora mismo le lanzaba una mirada de advertencia desde la lejanía para que se comportara con el recién llegado, había que mantener las buenas amistades con ellos. Pero el que tenía que hacer luego horas extras sin cobrar era él.
–Quiero que busques restos de venenos o somníferos o cualquier otra cosa en estas gotas de café. Y luego que me analices la sangre buscando lo mismo –explicó Jake.
–¿Te ha pasado algo? –inquirió Manuel intentando aparentar interés.
–Anoche me quedé dormido súbitamente después de tomarme este café, y me he despertado hace media hora con la cabeza totalmente embotada en el sofá de mi despacho.
–¡Vaya! ¿Te estás tomando alguna medicación?
–Sí. Hasta anteanoche durante unos días he tomado Somilin. He estado bastante nervioso por cuestiones de trabajo –respondió Jake.
–Ha podido ser un efecto del medicamento –aventuró Manuel.
–Manuel, amigo, ¡me dormí mientras estaba pasando un buen rato con Aylynt! –comentó el americano con incredulidad, dando un par de carcajadas.
–¡Ah, ya! –repuso Manuel. Recordó a Aylynt. Era una buena chica que había tenido la mala ocurrencia de liarse con aquel tipejo. Todavía le entraba la congoja al recordar el episodio cuando él le pegó. Por supuesto, hubo que taparlo todo por iniciativa de la embajada americana. No le extrañaría nada que hubiera sido ella la que le hubiera dado el café envenenado.
Le extrajo la sangre, puso ambas muestras en sus respectivos analizadores y tecleó las instrucciones. Un par de minutos después salieron los primeros resultados. Él mismo se maravillaba de la rapidez de estas máquinas modernas, y eso que las utilizaba todos los días. Ojeó los resultados, y luego le pasó los papeles a Jake.
–Pues no sale nada de especial relevancia. En el café no hay nada extraño. Es un vulgar café con mucho azúcar. Y en tu sangre, lo único que hay es el principio activo del Somilin. Eso sí, en cantidades bastante altas.
–¿Y cómo ha llegado ahí? –preguntó ansioso el americano.
–Jake, me acabas de decir que te lo estás tomando tú mismo. Cuando se está nervioso, a veces, el metabolismo de los medicamentos se ve alterado, y se acumula la sustancia. Debe ser lo que ha pasado en este caso.
–Pero, ¿y ese efecto tan brusco de anoche? –siguió insistiendo el gringo.
–Se llama efecto “paradójico”. Algunos medicamentos, al dejar de tomarlos pueden recrudecer su resultado durante unas horas –le explicó Manuel.
–Está bien. Creo que me he precipitado –claudicó por fin Jake.
Luego se despidió y se marchó. Pero al desaparecer el visitante por la puerta, una amplia sonrisa llenó la cara de Manuel. Se rió para sus adentros. ¡Menuda invención se había pegado! Pero era lo mínimo que podía hacer por aquella chica. Siempre le había quedado el remordimiento por no haberla podido ayudar cuando Jake la había maltratado. Ya se imaginaba la situación: otra vez el tipo aquel acosándola y Aylynt dándole un café cargadito de Somilin para quitárselo de encima. Porque la concentración en la sangre, hubiera bastado para dormir a un caballo. ¡Bravo por la muchacha! ¡Y qué tonto era a veces el americano! Si te envenenan con un café, ¡no van a dejar allí los restos para que los analicen! Meneó la cabeza y volvió a su trabajo. Ya había durado bastante la interrupción.

Con increíble puntualidad también, el avión aterrizó en el aeropuerto JFK de Nueva York a las 9,15 hora local, seis horas más en España. Tenían dos horas exactas para ir en busca del otro avión, el que tenía que llevarles a Los Angeles.
A Gonzalo, las horas de sueño le habían sentado de maravilla. Se notaba más en forma y con buen humor incluso. Bromeaba con Aylynt mientras estaban en la cola de inspección de pasaportes y visados, después de pasar por los aros de seguridad, y de que uno de los guardias metiera mano en su escuálida bolsa de equipaje, revolviéndolo todo y extrañado de que llevaran tan poca cosa.
–“Compañía Aylynt a su servicio: viajes por el tiempo y por el espacio sin desperdicio”–le dijo él en tono jocoso, abrazándola por detrás y apoyando la barbilla en su hombro. Ella se giró, sonrió y lo besó. Luego descansó la cabeza contra su pecho.
Primero pasó Gonzalo y luego fue el turno de Aylynt. Ya estaba dirigiéndose hacia la salida, cuando oyó al guardia que la llamaba.
There is a problem
Aylynt se quedó sorprendida mirándole mientras él seguía con la explicación en inglés:
–Señorita, hay un problema, está usted en la lista. Debe acompañarme. En seguida vendrá mi jefe y se lo explicará. Pase por aquí –mientras le señalaba una especie de pasillo con oficinas acristaladas.
Aylynt cerró los ojos con reprimida desesperación durante un instante. Luego los abrió, se tiró al cuello de un anonadado Gonzalo que no entendía nada de lo que estaba pasando, y le susurró al oído:
–Llama a Diego para pedirle ayuda. Dile que estoy en una lista en el control de pasaportes…
El guardia volvió a insistir, mientras tomaba a Aylynt por el brazo y, estirando, trataba de separarla de Gonzalo.
–Debe venir conmigo. Su acompañante tiene que esperar aquí.

Los brazos de la pareja se deslizaron entre sí hasta que por fin se separaron sus manos.

Y la mirada de desamparo de Gonzalo se reflejó en las lágrimas de rabia de Aylynt.
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Aylynt
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 7:40 pm

Capítulo 16

Gonzalo observó cómo se llevaban a Aylynt, y tomó mentalmente nota de todo lo que veía. En qué puerta del pasillo entraban, quién se la había llevado, cuántos agentes más había… Luego se fijó alrededor suyo y con una penetrante y escrutadora mirada hasta donde le alcanzaba la vista en aquellas inmensas salas, en unos momentos contó hasta ¡veinte! agentes de seguridad. Más otros de paisano, pero que él creía que también debían serlo…
Las posibilidades de efectuar el rescate con éxito, dado que él no llevaba armas y ellos iban con pistolas, eran bastante escasas. Pero lo peor sería que aunque consiguiesen escapar, perderían todas las oportunidades de coger un avión a Los Angeles, ya que tendrían que desaparecer del aeropuerto.
Decidió llamar a Diego.
–¿Que han detenido a Aylynt en el control de pasaportes porque está en una lista? –en ese momento cayó en la cuenta y se maldijo a sí mismo. ¡Con las prisas, la noche anterior no había comprobado si estaba en una de las famosas listas de los americanos! –Gonzalo cuelga, ahora te vuelvo a llamar.
Introdujo el nombre de su hermana en un programa que tenía creado para ello, y a los pocos segundos, obtuvo el resultado: Aylynt formaba parte de la lista de personas implicadas en proyectos científicos Top Secret del gobierno estadounidense, y para entrar en el país necesitaba el “visto bueno” de su “enlace”, que era, ¡quién si no!, el indeseable Jacob Donovan. Tras una segunda verificación, puso el programa a trabajar y en un minuto, Aylynt había desaparecido sin dejar rastro. Luego volvió a comunicar con su cuñado.
–Gonzalo, ya está fuera de todas las listas. Siento muchísimo todo esto, de verdad, fue un error mío anoche. Tendría que haber pasado su nombre por el programa; siempre lo he hecho para todos los demás casos, ¡no sé cómo se me ha podido pasar! –el chico se deshacía en disculpas, sin saber ya qué decir.
–¡Qué le vamos a hacer, Diego! Un error lo puede tener cualquiera –Gonzalo pensó que no era precisamente él el que se podía permitir reprochar los errores a los demás…
–Gonzalo, aún habiendo salido de la lista, van a tardar bastante en soltar a Aylynt. Esa gente son como perros de presa, les cuesta soltar lo que llevan entre los dientes –Diego intentaba preparar a su cuñado para las próximas horas.
–¿Vamos a perder el siguiente avión? –inquirió Gonzalo preocupado.
–Lo más probable –confirmó el joven–. Voy a intentar encontrar a algún conocido por allí, que pueda ir a echarte una mano,… sobre todo por el inglés.
–¡Claro, fíjate qué papelón! Un ignorante del siglo XVII en mitad del aeropuerto de Nueva York en el siglo XXI. ¡De pena! –dijo Gonzalo con sarcasmo.
–Gonzalo, no te pongas así. Los listos saben reconocer cuándo necesitan ayuda, y tú lo eres, y la necesitas.
–Está bien, está bien… –claudicó por fin el héroe.
–Cuando consiga a alguien te llamo para explicártelo, ¿OK?
–¿Qué?
–Que te llamo luego.


El sonido del teléfono despertó a Silvia. Miró de reojo el reloj y vio que eran las diez de la mañana. ¡Vale, era ya muy tarde, pero se había acostado muy tarde también!, se dijo. Mientras tanto el teléfono sonaba y sonaba sin parar, martilleándole el cerebro. Por fin, le respondió el brazo, y alargándolo, cogió el teléfono. Pero no hizo nada más, por lo que el comunicante, empezó a hablar.
–Silvia, ¿eres tú? Soy Diego, de Barcelona.
–¿Diego? ¿What…? –la voz pastosa y vacilante de Silvia, daba buena cuenta de su estado mental, producto de una noche de trabajo paseando a no se acordaba qué ministro ruso, cuyo aguante había podido comprobar fehacientemente. Mientras ella con cuatro vodkas estaba en ese lamentable estado, el ministro y su comitiva, después de beber cuatro veces más, estaban tan frescos como una lechuga. ¡Qué injusto era el mundo, unos tanto y otras tan poco! Suerte que su jefe le había dado fiesta hoy, en compensación por lo de anoche. Luego, recordó que le estaban hablando por teléfono, e intentó prestar más atención.
–…..de la Vega, uno de los nodos de la Red.
De golpe se le pasó toda la tontería, cuando se dio cuenta de quién era.
–Diego, darling, perdona que no te haya reconocido –carraspeó para aclararse tanto la voz como la mente. Por fin consiguió sentarse en la cama y se dispuso a escuchar con toda su atención. –¿Qué sucede?
–Silvia, necesito tu colaboración. Hay alguien en el JFK, que no sabe inglés y necesitaría que tú le ayudaras. ¿Podrías ir ahora mismo?
La interpelada se miró a sí misma y tras comprobar su penoso estado, saltó de la cama, se puso en pie y se fue directa al baño, con el teléfono pillado entre la oreja y el hombro.
–Dame diez minutos para ducharme y vestirme, y luego media hora para el taxi –accedió por fin–. ¿Es alguien de la Red?
–No. Te lo pido más bien como un favor personal, Silvia. Se trata de mi hermana.
–Pero tu hermana y tú sabéis hablar inglés perfectamente, ¿no? –preguntó la muchacha extrañada, ralentizando un poco sus movimientos.
–Sí. El problema es que han retenido a Aylynt por estar en una de las listas, y aunque ya la he quitado, tardarán varias horas en dejarla libre. No solo necesitaría que te interesaras por ella ante las autoridades del control de pasaportes…, está también su novio, que no entiende nada de inglés y es un poco…”especial”, ¿sabes?, se ha criado en España, pero en un lugar muy poco desarrollado, vamos…, que no entiende mucho de aviones ni cosas modernas…
–¿En España también tenéis amish? –preguntó Silvia intrigada.
–No, ni tenemos amish, ni él es amish…, pero has captado la idea a la perfección, honey –concluyó Diego dándole la razón a medias–. Por supuesto, te reembolsaré todo lo que gastes, taxi, llamadas, comida, lo que sea –le aseguró Diego.
–Está bien, no perdamos más tiempo –asintió por fin la muchacha, y colgó.
En Barcelona, Diego dio un suspiro de alivio. No había podido quitarse el desasosiego desde que se había enterado de que su hermana estaba retenida por su error. A ver qué le contaba Silvia de la situación cuando llegara.

Gonzalo se sentó con la bolsa, en uno de los bancos de la sala de espera. Por supuesto escogió un sitio desde donde se podía ver, a través de la lejanía, todo lo que pasaba tras aquellos malditos pasillos y puertas por donde había desaparecido Aylynt. ¿Cómo estaría ella? De repente tuvo el desagradable recuerdo de cómo efectuaba su trabajo su hermano en los calabozos. Esperaba que ahora fuese distinto, aunque…, quizá cambiaban las formas, pero el fondo seguía siendo el mismo. El poder se parapetaba detrás de leyes injustas para amargar la vida a los ciudadanos. Miró la hora en una de las pantallas de información de los vuelos de salida: las 10:20. Faltaba menos de una hora para tomar el siguiente avión, y allí no se veía movimiento alguno.
Se sentía mal consigo mismo porque no era capaz de acercarse a los guardias del control de pasaportes para preguntar por su mujer, al desconocer entre otras muchas cosas, el inglés. En otra situación más distendida, hubiera intentado algo, pero con ella retenida, no se atrevía…el mismo Diego le había prevenido de ello, cuando le volvió a llamar para decirle que una amiga suya iba en camino para ayudarles. Lo que le faltaba, ¡una niñera! Pero con rabia se reconoció que la necesitaban; y esperaba que llegase pronto porque ya no podía más con la angustia, pensando en lo que le estarían haciendo a Aylynt allí dentro.

El teniente Rayleigh se sentó en la mesa frente a Aylynt, con unos papeles en la mano. La situación era bastante inaudita. Uno de sus guardias juraba que Aylynt había salido en una de las listas, la de los científicos top secret concretamente, pero cuando fueron otra vez a mirar para sacar todos los datos del caso, ¡no había caso! Tan extraña era la situación, que habían llamado al Pentágono para recibir órdenes. Estaba claro, que si no estaba en ninguna lista, no la podían seguir reteniendo. Pero tampoco pensaba soltarla sin más ni más; su olfato le decía que allí tenía que haber algo que se les escapaba.
Y la muchacha, por supuesto, no decía ni mú. Aparentemente era una españolita media, sin conocimientos de inglés. Simplemente sonreía cándidamente cuando le preguntaban, con una mezcla de miedo y tristeza, y se encogía de hombros.
Aylynt, por su parte, estaba muy nerviosa, aunque lo disimulara tan bien. Tan solo pensaba en que iban a perder el avión, y que Gonzalo estaba solo allí afuera. Por lo menos, Diego había arreglado pronto lo de la lista, porque oyó a sus guardianes exclamarse con asombro cuando no la volvieron a encontrar. De momento, pensaba mantener todo lo que pudiera, la ventaja de que ellos no sabían que ella entendía el inglés.


En Barcelona, ajeno a todos estos enredos, Jake se encontraba en uno de sus restaurantes favoritos acabando de comer tranquilamente a mediodía. Bueno, no tan tranquilamente. Se preguntaba cuánto tiempo más iba a poder engañar a los del laboratorio con diferentes y variadas excusas, para que no se dieran cuenta de que el TCM no estaba en su sitio. Todavía necesitaba unos días más para terminar de encajar todo su propio plan. Y una de las cosas más importantes, si no la más importante, era que tenía que hablar muy seriamente con Aylynt. La quería para él. E iba a ser para él, no le cabía ninguna duda. Le iba a proponer matrimonio, y después de lo de anoche, estaba seguro de que esta vez, sí que le iba a aceptar. Cuando lo recordaba, le entraban escalofríos de placer. Adoraba su piel, sus formas, su pelo, todo…le gustaba de aquella mujer. Y cuando él le dejase entrever que en realidad era un hombre muy rico, ella fijo que lo dejaba todo y se iba con él. Con los diez millones podrían vivir los dos desahogadamente en un país tropical. Hasta le dejaría que lo escogiese ella.
Aunque se sentía bastante contrariado porque hoy Aylynt tampoco había ido a trabajar. Le había enviado un mensaje a Claudia esta mañana, diciendo que no podía ir por problemas familiares. Tendría que pasarse por su casa. Al fin y al cabo, sería interesante presentarse a su futura familia política…Pero eso ya sería otro día. Hoy lo necesitaba entero para resolver otras cuestiones menos placenteras y más urgentes en el laboratorio.


Silvia, montada en la parte de atrás del taxi, se dejó llevar por sus pensamientos. Y estos le llevaban ineludiblemente a Diego de la Vega. ¡Ay, Diego! El sueño de todas las chicas de la Red. Con su más de metro noventa, guapo, varonil y elegante. Su voz grave, y sensual. Muy inteligente, no en vano estaba considerado uno de los mejores hackers del mundo, incluso por sus enemigos. Capaz de infiltrarse en cualquier sitio público, o privado; hacer lo que quisiera y marchar sin dejar rastro. Él había creado la Red de Ayuda Mutua o RAM, que acogía y ayudaba a cientos de personas al año, proporcionándoles identidades y vidas nuevas, en otros lugares. Gente ninguneada por las autoridades, las leyes y la justicia.
Si bien es cierto que la Red era una estructura en la que no había cabezas visibles, sino tan solo nudos, o nodos, como ellos los llamaban, Diego seguía siendo su fundador y máximo adalid. Ella misma había sido ayudada a escapar de su país, cuando las cosas se les pusieron feas a todos los que no pensaban como el gobierno. Y ahora estaba muy bien posicionada en las Naciones Unidas como traductora trilingüe inglés-español-ruso. Incluso sus padres habían podido volver a España, su país de origen.
Volvió a pensar en Diego. Se decía que ninguna mujer había conseguido “cazarle”. Él, a veces, se dejaba querer momentáneamente por unos días, pero nada más. Su corazón seguía estando cerrado a cal y canto. Se rumoreaba que quizá había sido una antigua pena de amor, la culpable; pero nadie sabía nada a ciencia cierta. Ese aura de misterio, contribuía a engrandecer su leyenda en la Red. Ahora, ella iba a conocer a su hermana y a su “cuñado”.
¿Cómo sería éste? Frunció el ceño pensando en lo de que era “especial”, ¿qué quería decir Diego? Y lo de que se había criado alejado de la tecnología moderna… De repente le vino a la mente, una imagen de un troglodita. Luego se dijo, ¿y si llevaba boina? En España, la gente antigua, aún la llevaba. No sabía qué pensar. ¿Y si era peligroso? Lo desechó al momento, Diego no le hubiera pedido su ayuda.
En esas estaba cuando por fin, a las diez cuarenta, llegó a la parada de taxi de la Terminal 1, y se apeó después de pagar. ¡Suerte que se conocía el JFK de memoria! Por su trabajo había tenido que asistir a recibimientos oficiales muchas veces allí mismo. Se encaminó taconeando deprisa hacia el control de inmigración y empezó a buscar. Diego le había dicho que “Gonzalo”, así se llamaba el novio de su hermana, llevaba una cazadora de cuero negra y pantalones también negros; el pelo castaño por los hombros, y barba.
De súbito, lo vio. Estaba de pie, apoyado en uno de los innumerables y gigantescos pilares que llenaban la sala, y la miraba fijamente. Sus ojos, aunque intentaban ser amables, estaban tristes y preocupados. Al producirse el reconocimiento mutuo, él empezó a caminar hacia ella.
–Hola, ¿eres Silvia? –la atónita Silvia, tan solo pudo asentir con la cabeza, pues el impacto recibido había sido enorme. ¿De dónde había salido semejante espécimen? Alto y espigado, pero fuerte: con unos rasgos adorables y perfectos; con una elegancia y un saber estar incomparables. Emanaba una combinación de poderío y dulzura a la vez, que quitaba el sentido. Y sus ojos, ¡Dios mío, sus ojos!, te miraban con una intensidad, una fuerza y una limpieza, que te llegaban hasta lo más hondo.
–Soy Gonzalo, el “cuñado” de Diego. Gracias por tu disposición para venir tan rápidamente.
–Bueno…–por fin ella pudo articular algo–. ¿Cómo me has reconocido tan fácilmente?
–Diego me dijo que eras una chica encantadora, rubia con el pelo largo y rizado, delgada y que suele encaramarse a unos tacones altos y finos, como los que llevas ahora mismo con tantísimo arte. ¡Yo creo que me caería de ahí! –añadió él, bromeando.
Silvia, se quedó con la boca abierta mirándolo sin pestañear.
–¿Sucede algo? –preguntó Gonzalo solícito al ver que la muchacha no reaccionaba.
Ella, cuando por fin comprendió que tenía que cerrar la boca, que se le había quedado indecorosamente abierta de par en par, se puso colorada de la vergüenza.
–¡No, no! Solo que me ha sorprendido un poco lo que dices –consiguió finalmente arrancar la muchacha. Y sin alargarlo más, decidió centrarse en lo que le había llevado allí, porque lo otro, o sea, lo de ese hombre, no era natural, no podía ser verdad–. ¿Has sabido algo más de tu novia?
El gesto de dolor de él, la conmovió profundamente.
–No. Además, como no sé inglés, Diego me ha aconsejado que ni siquiera fuera a preguntar –explicó él.
–Has hecho bien. Podría haber sido contraproducente. Los gringos son muy suyos en estos detalles. Vamos para allá, a ver si puedo enterarme de algo.
Un destello de esperanza atravesó la mirada de Gonzalo. Le estaba costando toda su paciencia y concentración no meterse allí dentro a golpes para sacar a Aylynt.
Cuando ya llegaban al mostrador, les pasó un hombre vestido impecablemente con traje oscuro y corbata, que llevaba un maletín en la mano.
Silvia se giró hacia Gonzalo y le susurró:
–Este tipo tiene pinta de ser del FBI.
–¿Y eso es bueno o es malo? –preguntó él desconfiadamente.
–No lo sé. Pero al menos la cosa se está poniendo en movimiento.

Aylynt levantó la cabeza tímidamente al ver que entraba alguien por la puerta. Se trataba de un hombre moreno, trajeado y pulcro.
–Señorita de la Vega, soy el agente Mendes, del FBI. Me han asignado su caso –se presentó en castellano el recién llegado, mientras tomaba asiento en la silla situada en frente de ella en la mesa de la sala de interrogatorios. Leyó por encima las hojas que le había dado el teniente Rayleigh.
–¿Sabe por qué está aquí? –preguntó el agente.
Aylynt negó con la cabeza. Mendes suspiró, todos los sospechosos decían lo mismo.
–Resulta que cuando esta mañana el agente ha introducido su nombre en el sistema, usted estaba en la lista de personas asociadas a proyectos científicos de alto secreto del gobierno.
–¿Qué? –saltó Aylynt alterada y con cara de estupefacción, tratando de ser convincente en su papel.
–¿Cuál es su trabajo en España, señorita? –preguntó el agente con voz cansada.
–¿Trabajo? Verá agente…, yo ahora estoy en el paro, no tengo trabajo. A veces si sale algo de cuidar niños o algo así, pues me gano algo, pero no tengo trabajo fijo y menos del científico ese que usted dice…–Aylynt balbuceaba y ponía cara de circunstancias, mientras observaba con temor al agente.
Mendes se la quedó mirando. La chica era el vivo reflejo del desamparo, con la cara surcada por lágrimas ya resecas, despeinada y ojerosa. Su instinto le decía que aquella mujer no era una amenaza para la seguridad nacional, pero el caso era bien raro. Se levantó para marchar.
–Agente…–llamó Aylynt tímidamente.
Mendes se giró hacia ella.
–¿Si?
–Teníamos que coger un avión a Los Angeles a las once y cuarto…
El agente miró su reloj y moviendo la cabeza con pesar de un lado a otro le respondió.
–Pues lo siento señorita, son casi las once, y esto todavía va a durar un poco más. Hay que seguir con la investigación.
Las lágrimas inundaron el rostro de Aylynt silenciosas y amargas. Su mirada doliente de madre desesperada se clavó en el agente, que retiró la suya rápidamente. A veces, este trabajo se le hacía insoportable…
Una vez fuera, fue en busca de Rayleigh. Este le preguntó sobre qué es lo que tenían que hacer con la retenida.
–Mire teniente, lo he comprobado antes de venir y esta mujer no aparece en ningún otro sitio del sistema. Incluso tiene visado de la embajada americana, aunque no es imprescindible en su caso porque tiene billete de vuelta para dentro de quince días. O ha sido un error de su agente, o del ordenador. Porque dudo mucho que en cinco minutos, algún hacker despiadado amigo suyo se haya podido enterar y sacarla de las listas tan limpiamente, sin dejar rastro. Con nuestras medidas de seguridad, eso es virtualmente imposible. Por lo que dentro de una o dos horas, cuando ya haya perdido el avión a Los Angeles, la deja ir. De todas formas, avise a la tripulación correspondiente y al aeropuerto de LA, tan solo para que estén sobre aviso.
Silvia y Gonzalo se acercaron al mostrador cuando vieron que el del FBI se marchaba solo, igual que había venido. Ella empezó a hablar apelando a todo su savoir-faire:
–Disculpen, agentes. Queríamos saber sobre Aylynt de la Vega. Ustedes la han retenido hace ya bastante rato, y ni siquiera sabemos por qué. Tenía que tomar el avión a Los Angeles dentro de un cuarto de hora.
–Sí, está retenida hasta que se concluyan las investigaciones de su caso. Está bien, no se preocupe.
–Pero, ¿se la acusa de algo? –insistió Silvia.
–De momento, no, señorita –aseguró el agente, que dio por concluida la explicación y se fue.
Gonzalo se encaró a Silvia y le preguntó con ansiedad:
–¿Qué te ha dicho?
–Que está bien, que todavía están investigando y que de momento no la acusan de nada.
–¿Qué crees tú que va a pasar?
–Bueno, en principio no es mala señal. Si no han encontrado nada ya, es que no lo van a encontrar. Además, el del FBI no se la ha llevado con él. Yo mantendría las esperanzas para esta tarde –intentó animarle Silvia.
Gonzalo compuso una sonrisa de circunstancias y le dio las gracias por su ayuda.
Después pasaron por el mostrador de AAL y consiguieron cambiar los pasajes para el siguiente vuelo a Los Angeles, tres horas más tarde; por un “módico” 30% de recargo sobre el precio del billete. Gonzalo esperaba que pudieran tomarlo. Si no…, el asunto se iba a poner bien difícil…
Luego fueron a un bar. Silvia había venido en ayunas y necesitaba un café bien cargado con urgencia para poder seguir funcionando. Gonzalo la acompañó tomándose otro. Con el jet lag, no tenía ni idea de la hora que era en su organismo, y aunque había perdido el apetito por completo, pensó que tendría que tomarse la medicación.
–¿Estás enfermo? –preguntó Silvia preocupada al verlo tragar las cápsulas.
–No…, bueno, tuve un pequeño percance la semana pasada y me han dicho que me tome esto durante unos días.
–¿Sabes?, eres muy diferente a como te había imaginado según lo que me contó Diego.
–¿Ah, si? ¿En qué? –preguntó él intrigado, mientras la miraba con una de sus sonrisas traviesas.
Como dice el dicho vulgar, si hubiera llevado medias, se le hubieran caído. Silvia estaba pasmada con este hombre.
–¿De dónde has salido tú, eh? –preguntó ella por fin.
–¡Ay si te contara, pero es muy largo y complicado! –intentó despistar él, dando un par de carcajadas.
–Antes has sabido utilizar la tarjeta de crédito perfectamente, tanto para pagar los billetes como para sacar dinero del cajero. Si se sabe eso, uno ya está preparado para la civilización moderna –explicó Silvia riendo.
–¿Nos vamos? –dijo él levantándose, intentando hacerlo con suavidad pero dejando claro que no iba a seguir hablando del tema–. A ver si va a salir Aylynt y no vamos a estar allí.
Silvia se dio por aludida y asintiendo se puso a caminar a su lado. Se sentía como en un paseo por las nubes. Ese hombre irradiaba una fuerza y una luz, que jamás había sentido en ningún otro ser humano. A su lado se hacía realidad lo de sentirse segura.
Iba ensimismada sintiendo todas estas sensaciones cuando un hombre chocó con ella. Tras las exclamaciones y disculpas de rigor, ambos se separaron. Diez pasos más adelante, Gonzalo se paró y se giró hacia ella.
–¿Esto es tuyo? –le preguntó a la vez que le tendía la mano con un objeto.
Silvia se quedó extrañada mirando, pero cuando vio lo que era exclamó:
–¡Qué haces tú con mi monedero! –a la vez que estiraba la mano y lo cogía.
–Te lo ha robado el hombre ese que se ha chocado contigo. Me he dado cuenta y se lo he quitado yo a su vez, para devolvértelo.
Pero al advertir un destello de duda en Silvia, Gonzalo continuó:
–¿No creerás que te lo he cogido yo? Anda que…
–Por supuesto que no, Gonzalo, solo que no me negarás que parece increíble que en los cinco segundos escasos que ha durado el choque, te hayas dado cuenta de todo, e incluso te haya dado tiempo de quitárselo a él –la muchacha intentaba sobreponerse a la sorpresa–. ¿Cómo lo has hecho?
–Nada especial, solo es cuestión de entrenamiento de los reflejos –repuso Gonzalo intentando minimizar el hecho.
–Ya –Silvia se lo quedó mirando sonriente. Hacer de “niñera” del tal Gonzalo estaba resultando muchísimo más interesante de lo que parecía en un principio.


Capítulo 17

Gonzalo caminaba junto a Silvia, mirando hacia un lado y hacia el otro, asombrado por la gigantesca construcción que era aquel aeropuerto. De súbito, se oyó un estruendo espantoso, que venía de un poco más adelante de donde estaban, por lo que tanto él como Silvia echaron a correr para ver de qué se trataba.
–¡Madre mía! –fue lo único que atinó a decir ella al llegar al sitio donde había sucedido el percance, mientras se tapaba con la mano la boca abierta, horrorizada.
Ante su vista, en un rincón de la zona de espera apareció un montón de andamios, apilados unos contra otros de mala manera, que en su origen habían llegado hasta el techo situado a unos ¡quince metros de altura! Y colgando de dos sitios y en diferentes situaciones había dos obreros danzando en el vacío. Uno, atado a un arnés de seguridad, se balanceaba aparentemente inconsciente a unos diez metros. El otro, en su caída a la nada, había conseguido agarrarse con una mano de uno de los tubos traveseros, y se había quedado a unos seis metros pataleando, desesperado.
La gente miraba espantada, sin saber qué hacer. Algunos se pusieron a llamar al 911, pero de momento no aparecía nadie. El murmullo de tensa expectación crecía por momentos. Gonzalo se quedó observando atentamente la situación y en unos instantes planificó su actuación. Si no se intervenía rápidamente, aquello tenía pinta de acabar muy mal, todas las piezas del gigantesco mecano estaban en equilibrio inestable, tratando de decidir si se caían o no.
Le lanzó su bolsa de viaje a Silvia a los pies, y echó a correr ágil y silenciosamente hacia los andamios. Con la destreza sobrehumana que le caracterizaba, en unos segundos, escaló hábilmente hasta donde estaba el hombre que colgaba de una de sus manos. Gonzalo se estiró cuan largo era sobre uno de los tablones metálicos que aún quedaban en su sitio cerca del obrero y mientras se apalancaba fuertemente con su mano izquierda en uno de los tubos, con la mano derecha asió al hombre por la muñeca y lo izó a pulso, haciendo que todos los espectadores dejaran escapar una exclamación de esperanzada sorpresa y admiración.
Después, Gonzalo ayudó al tembloroso obrero a bajar por los tubos laterales del andamio hasta que llegaron a un par de metros del suelo, donde algunos de los espectadores más altos habían acudido a recoger al accidentado, al que luego dejaron con cuidado sobre el suelo, pues, del susto, las piernas no le sostenían.
Silvia estaba espantada viendo lo que acababa de hacer Gonzalo. ¿Quién era ese hombre?
Mientras tanto, Gonzalo ya estaba junto a la cuerda de la que pendía el hombre que no se movía. Miró hacia abajo y calculó los metros que quedaban desde el hombre hasta el suelo, unos ocho o nueve, descontando los dos que iban desde el accidentado hasta donde estaba él. Gonzalo miró con apremio a su alrededor hasta que al cabo de unos segundos encontró lo que buscaba: otro cabo lo suficientemente largo como para empalmarlo con el del obrero y que llegara al suelo. Cuando por fin consiguió unir los dos mosquetones entre sí, soltó el que estaba enganchado al travesero, y con infinito cuidado, fue dejando caer al accidentado, mientras la gente contenía el aliento, estupefacta ante semejante espectáculo en vivo y en directo. Cuando llegó al alcance del público, se pudo comprobar que aún respiraba, para alivio de todos.
En ese mismo instante, el frágil equilibrio que mantenía más o menos quieto todo el amasijo de andamios retorcidos y entrelazados, cedió con un estrépito ensordecedor. Algunas mujeres chillaron mientras todos se apartaban hacia atrás, mirando sobrecogidos al héroe que, de manera totalmente imprevisible se impulsó hacia adelante dando un tremendo salto y luego un par de volteretas, cayendo al suelo suave y elegantemente, quedando apoyado sobre su rodilla derecha con la cabeza agachada durante unos instantes.
Después, inesperadamente, echó a correr entre la multitud, desapareciendo como por ensalmo. Entonces hicieron su aparición los equipos de emergencia para hacerse cargo de los accidentados.
Silvia, completamente anonadada tardó unos segundos en reaccionar. Cuando finalmente se dio cuenta de que Gonzalo había desaparecido, cogió la bolsa de sus pies y se encaminó deprisa hacia donde creía haberlo visto marchar. Tardó cinco interminables minutos para ella, en volverlo a encontrar. Estaba sentado en un rincón apartado y solitario de una de las salas de espera, doblado sobre sí mismo con la cabeza agachada.
Iba a empezar a gritarle por desaparecer así, dejándola tan preocupada, cuando al verle levantar la cara, enmudeció. Era la viva imagen del dolor; los ojos vidriosos, la mirada triste, la boca entreabierta buscando aire.
–¡Gonzalo, Dios mío! ¿Qué te ha pasado? –se abalanzó Silvia compungida.
Gonzalo se incorporó ligeramente, la miró y tratando de sonreír, minimizando el asunto, le dijo:
–Nada, no te preocupes, se pasará…
–Pero Gonzalo, si has resultado herido, ¿por qué no te has quedado para que te ayudaran los equipos de salvamento? –preguntó ella nerviosa.
–Tranquila Silvia, tranquila. Siéntate aquí a mi lado un momento, enseguida se pasará…No hagas nada, solo te pido que esperes tranquila a que se me pase, ¿vale? –le volvió a decir él, con la voz y el resuello entrecortados, y sin acabarse de levantar.
Ella asintió, quedándose quieta, sentada a su lado, mientras su cabeza iba a mil por hora, rememorando todo lo que acababa de suceder, sin poder decidir qué era lo más increíble de todo.
Al cabo de ocho o diez minutos, la respiración de Gonzalo se había regularizado, y poco a poco, tanteando, se fue incorporando, hasta quedar normalmente sentado.
–¿Estás mejor? –no pudo evitar preguntar ella.
–Sí, gracias. Solo necesitaba descansar un poco –contestó él con una ligera sonrisa de disculpa.
–¡Vaya, Gonzalo! Eres una caja de sorpresas. Ha sido alucinante lo que has hecho, y ni siquiera te has quedado a que te dieran las gracias –le dijo ella bromeando.
–No tengo tiempo para esas cosas, y menos… si aparecen los de la tele.
–O sea…que ya has hecho antes de héroe y te fue mal con los medios –aventuró ella para sonsacarle.
Pero él no picó. Sino que le lanzó una mirada burlona y se puso en pie despacio. Tomó la bolsa y se encaminó a unos aseos que había a unos cincuenta metros.
–Voy a cambiarme de ropa. Ahora vuelvo –levantó la mano a modo de saludo y se marchó.
Cuando volvió, además de las gafas de sol, se había puesto unos tejanos azules, y una camisa azul claro sobre la camiseta blanca ajustada de manga corta que ya llevaba. Fue entonces cuando Silvia se dio cuenta del vendaje que llevaba en el pecho por debajo de la camiseta y que ahora sin la cazadora de cuero se notaba mucho más. Abrió los ojos desmesuradamente y balbuceó:
–No te has herido en el rescate, ¡ya estabas herido! ¡Por eso te tomabas los medicamentos!
–Sí, bueno…, pero no hay que darle más importancia. Vamos a buscar a Aylynt, que ya estamos tardando demasiado –le cortó él, un poco bruscamente. Al darse cuenta, intentó disculparse–. No te enfades Silvia. Te agradezco muchísimo todo lo que estás haciendo por nosotros, pero no puedo responderte a nada de lo que me preguntas, por nosotros, y también por ti, créeme.
Ella se quedó mirando la cara de circunstancias de él, y asintiendo en silencio, empezó a caminar.
Cuando llegaron a la zona de control de inmigración, Silvia volvió a preguntar por Aylynt, y entonces ya les informaron que en un cuarto de hora como máximo, la dejarían libre. El suspiro de alivio de Gonzalo, fue antológico. Se plantó allí de pie a esperar con los brazos cruzados, apoyado en uno de los mostradores desocupados.
La intriga de Silvia era tan grande que no pudo evitar empezar a preguntar otra vez.
–¿Por qué te has cambiado de ropa? No quieres que te reconozcan…
–Exacto. Todos han visto a alguien de negro. Yo ahora voy de azul –le replicó Gonzalo.
–¿Eres algo así como un Tarzán? –soltó ella de sopetón.
–¿Tarzán? ¿Qué es un tarzán? –preguntó él con cara divertida.
–Claro, tampoco sabes quién es Tarzán –murmuró ella para sí–. Tarzán es un personaje de novela que se perdió de niño en la selva, se crió allí, y cuando lo encuentran de mayor, está tan adaptado que brinca por los árboles de liana en liana, lucha con los animales salvajes y es capaz de proezas físicas increíbles…–ella se lo quedó mirando–, como tú –añadió en voz baja.
Gonzalo soltó un par de carcajadas, ¡qué insistente era aquella mujer con lo de saber de donde venía él!
–Bueno, sí te puedo decir que no me crié en la selva –le respondió él, mientras la miraba sonriente y travieso.
–¿Y trapecista? ¿Eres trapecista de un circo? –preguntó ella nuevamente esperanzada.
–No –respondió Gonzalo riendo con ganas, pero sin soltar prenda.
Como estaba claro que no le iba a explicar nada más, Silvia decidió dejarse de palabrería inútil y se concentró en observarlo. ¡Era tan atractivo aquel hombre! Te pegaba unas sonrisas que eran para derretirse del todo. Suspiró.
Cuando salió Aylynt y pudo por fin estrecharla entre sus brazos, Gonzalo no se lo podía creer. Aquellas dos horas le habían parecido dos días.
–¿Estás bien, cariño? –le susurró él al oído.
Ella asintió, a la vez que enterraba la cabeza en su pecho. Luego levantó la cara hacia él y le preguntó:
–¿Y tú? ¿Qué has hecho por ahí solo?
–No he estado solo. Tu hermano nos ha enviado ayuda –repuso él.
Y mirando a Silvia, se la presentó a Aylynt. Esta se quedó pasmada, ¡caramba con Diego!
Luego la pusieron al tanto del cambio de billetes y fueron a comer a un restaurante. Gonzalo había recuperado el apetito junto a Aylynt. Charlaron animadamente los tres, pero de cosas obvias, nada de lo que realmente quería saber Silvia.
Cuando las chicas fueron al lavabo al acabar, Silvia aprovechó para contarle a Aylynt lo del rescate de los obreros.
–¡Fue increíble! –dijo gesticulando al terminar la explicación, clavando su mirada en la de Aylynt–. Pero tú ya lo has debido de ver muchas veces, ¿no?
Y aunque Silvia no consiguió hacerle decir nada, si observó un destello fugaz atravesando los ojos de Aylynt. Estaba claro que allí había mucho, muchísimo más de lo que parecía a simple vista. Pero ella nunca lo sabría. Suspiró otra vez.
–Vigílalo. No te lo dirá, pero se ha resentido de la herida. Ha estado KO durante diez minutos después del salvamento –añadió Silvia para terminar.
Aylynt asintió agradecida, y se encaminaron al comedor.
Cuando se despidió de ellos y se dirigió a la parada de taxi, Silvia tuvo la sensación de haber vivido una especie de ensueño. ¿Eran reales esos dos seres? Parecían pertenecer a un mundo más allá de este. Un mundo donde existían héroes capaces de extrañas proezas que salvaban vidas… De repente, agitó la cabeza al ver los pensamientos tan raros que le venían. ¡Qué tonterías estaba pensando! Sólo eran la hermana y el “cuñado” de Diego, nada más. Iba a tener que dejar de leer tantos libros de aventuras, princesas en apuros y héroes al rescate…Aunque ese Gonzalo…, ¡era el hombre más perturbador que había conocido jamás! En el taxi de vuelta, se entretuvo en rememorar esos rasgos que la habían dejado traspuesta desde el primer momento. Una sonrisa bobalicona iluminó su cara.

En el avión que les llevaba a Los Angeles, Gonzalo aprovechó para dormir. El esfuerzo le estaba pasando factura, y le dolía bastante el pecho. Aylynt, mientras tanto, volvió a repasar los mensajes de Jake que su hermano le había sacado por la impresora. Cuanto más los leía, más le hervía la sangre, al comprobar el tamaño de la traición de su jefe. Estuvo pensando un rato sobre todo ello, y finalmente, trazó un plan de acción. Irían directamente a la sede de la organización, a “charlar” con el que encontraran, ya fuera Stevens, Schneider o cualquier otro.
Comprobó todos sus posibles movimientos en el plano de Los Angeles que había adquirido en el JFK. Lo más probable es que los compradores quisieran usar el TCM en el laboratorio de la Universidad del Sur de California donde estaba la otra Tempus 3000. No debía ser casual evidentemente, que solo hubiera diez minutos como mucho, andando, de un lugar a otro. ¿Para qué querrían utilizar la máquina esa gente?
Cerró los ojos agotada. Llevaban más de cuatro horas de viaje, y aún les quedaban más de dos. Observó la respiración suave pero acompasada de Gonzalo. Hacía cuatro días tan solo que había estado entre la vida y la muerte. Le entró un ligero temblor al recordar aquellas horas. Luego se preguntó por milésima vez, cómo iban a volver con sus hijos. Y aunque no hablaban de ello, en una especie de tácito acuerdo, resultaba que era en lo único que ambos pensaban. ¿Y si no podían volver jamás? La angustia la oprimía, igual que la leche sus pechos. ¿Y si entre tantas idas y venidas no lograban dar con el TCM y se les hacía imposible volver con Alonso y Andrés?
De súbito se dio cuenta de que no podía seguir revolcándose en la angustia y en el miedo. Eso era perjudicial para concluir la misión con éxito. Debía sentir menos, y actuar más. ¡Y por supuesto que iban a volver con sus hijos! ¡Iban a encontrar el maldito transponedor, aunque tuviera que colgar a Jake de los mismísimos!

Ya eran casi las seis de la tarde, hora de LA, cuando aterrizaron, nueve más para ellos. ¡Vaya día más largo que se estaba haciendo! Y lo mejor debía estar aún por llegar.
–Espero que esta vez no haya ningún problema –musitó Gonzalo entre dientes, en la cola para el control de pasaportes.
–Acabo de hablar con Diego, y dice que está todo correcto. Conociéndolo, creo que lo habrá revisado al menos diez veces –sonrió su hermana tristemente.
Como la bolsa de viaje con la poca ropa que llevaban la habían podido facturar como equipaje de mano, ni siquiera tuvieron que esperar a nada más, después de pasar por inmigración. Tan solo pararon un momento a comprar una mochila, más práctica, y pusieron ahí sus cosas. Gonzalo se la colocó al hombro.
Tomaron un taxi y fueron directamente a las señas que tenían de la organización. Su hermano le había dicho que no había podido conseguir ninguna información de verdadera utilidad. Era todo muy extraño. ¿Quién era aquella gente que se había gastado diez millones de dólares para obtener el TCM?
Era un edificio no muy alto, de cuatro plantas de apartamentos. En los bajos estaba la sede de la Asociación Cultural de California “El Planeta”, la organización para la que Schneider había comprado el aparato. Dieron una vuelta por los alrededores, estudiando el terreno. No había nada especial. La puerta cristalera de entrada era única, y el local parecía constar tan solo de varios despachos. En la entrada, tras un minúsculo escritorio había una recepcionista, rubia y elegante, digna de una portada del Vogue, por lo menos.
Decidieron que en un primer momento entrara Aylynt sola. Según lo poco que había encontrado Diego de la asociación por Internet, se dedicaban a “promover la paz entre las naciones a través del arte y la música”. ¿Qué ocultaba esa frase? Mientras tanto, Gonzalo se quedaría en la parada de autobús de enfrente, haciendo ver que esperaba uno de las muchas líneas que pasaban por allí.
Aylynt compuso su sonrisa más suave y natural, y entró en la asociación por las puertas automáticas, que se abrieron ante ella.
–Buenas tardes –le dijo a la chica de la recepción en inglés.
–Buenas tardes –repuso la aludida.
–Estoy interesada en sus actividades musicales de intercambio. Me han dicho que ustedes hacen cosas de este tipo. Represento a un grupo de música country y nos gustaría ir a festivales folklóricos por Europa.
La muchacha se quedó mirando a Aylynt pensativamente. Al cabo de unos segundos respondió:
–Pues le han informado mal. Nosotros no nos dedicamos a organizar festivales folklóricos.
–¡Oh, vaya desilusión que se van a llevar los chicos cuando se enteren! Estaban ansiosos por viajar y ver mundo…
En ese momento entró Stevens, alto, guapo y elegante, por la puerta de la calle, dijo unas breves palabras a la chica en un idioma desconocido por Aylynt y se dirigió hacia el pasillo de los despachos. Pero en el último momento, cambió de idea y girando sobre sus pasos, se encaminó hacia Aylynt.
–¿Me permite que le pregunte su nombre, señorita? He quedado sumamente impactado por su belleza rubia. ¿No será usted de procedencia europea, germana, tal vez? –Aylynt superó rápidamente el primer instante de asombro, y se puso a improvisar.
–Pues sí, es usted un caballero observador –respondió con una enorme sonrisa–, soy de origen francés, aunque llevo unos años viviendo aquí en América. Me llamo Sophie. ¿Y con quién tengo el placer de charlar?
–Me llamo John Stevens. Soy el secretario de la organización –explicó él, con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa amable pero voluptuosa en su bello y rubio rostro.
–La señorita está interesada en ir a Europa con su grupo de country. Pero ya le he dicho que nosotros no nos dedicamos a eso –intervino la recepcionista, tratando de aclarar las cosas.
–Bueno…, es cierto que no nos dedicamos a eso, pero todo se puede arreglar. Si es tan amable Sophie, puede pasar a mi despacho, donde charlaremos más tranquilamente –dijo Stevens, al tiempo que hacía un suave gesto con la mano para mostrarle el camino.
Una vez en el despacho, y cuando Aylynt ya se había sentado, él volvió a levantarse y excusándose, volvió a salir, dejándola sola.
A la legua vio Aylynt que aquello era una encerrona. El tío pensaba que se la podía ligar, y encima la había dejado sola para observarla mejor, pues estaba segura de que allí había cámaras. Le daría el gusto. Empezó a dar vueltas por la habitación, observando atentamente todo. De súbito le dio un vuelco el corazón. Empezó a vislumbrar de qué iba todo aquello y un escalofrío le recorrió la espalda. Tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo para no salir corriendo en ese mismo instante. Pero no podía hacerlo, ahora no podía huir. El tipo ese era el que se había llevado su TCM, y había que aprovechar la oportunidad de haberse topado con él tan rápidamente.
En una de las paredes laterales estaba el verdadero logotipo de la organización, con el símbolo que mejor la definía: una esvástica nazi. También cayó en la cuenta de que Stevens había hablado a la chica en alemán. No lo entendía, pero lo reconocía. Y luego la había llamado belleza rubia, y le había preguntado si era germana. O sea, Stevens había visto en ella a una representante de la raza aria, tan querida para los nazis. ¡El bastardo de Jake había vendido el TCM a una organización de nazis!
Como ya estaba en la boca del lobo, Aylynt decidió tirarse un farol, un gran farol. Por su hijo, lo que hiciera falta. Pergeñó una historia al ver las numerosas fotos repartidas por toda una pared, de los grupos de chicos adscritos al movimiento. Con sus botas, su pelo rapado, sus trajes negros y sus miradas de odio. Memorizó algunos nombres, y se volvió a sentar con aparente tranquilidad, aunque el corazón le iba a mil. Aquella gente no eran unos cualquiera. Eran una organización militar violenta.
Stevens volvió a entrar y se quedó observándola fija y fríamente.
–¿Qué le han parecido los chicos, Sophie?
Aylynt le aguantó la mirada unos instantes y luego contestó:
–Preparados para la lucha, como buenos soldados –hizo una ligera pausa y prosiguió–. Como ha adivinado, John –Aylynt alargó la pronunciación del nombre, a la vez que lo miraba sensual y coqueta–, no estoy aquí por el country, precisamente. Hace unos días conocí a unos chicos del sexto escuadrón, el de Donnington Park y quedé entusiasmada por sus brillantes ideas…y por su audaz plan. Me contaron que han comprado ustedes un aparato de alta tecnología que va a conseguir instaurar el cuarto Reich, aquí en América, ¡desde donde gobernaremos el mundo! –Aylynt puso los ojos en blanco, emocionada–. Lo que no sabían era el cómo. Pero por eso estoy aquí, señor Stevens, para presentarme voluntaria para lo que haga falta. Lo que haga falta, ¡con tal de echar de este mundo a todas esas razas inferiores que lo contaminan y emponzoñan! –terminó la frase medio escupiendo de rabia.
–¿Y cómo sé que puedo fiarme de usted, Sophie? –preguntó Stevens muy serio.
–Porque como usted mismo ha adivinado, soy aria. Y me siento orgullosa de ello. Y sí, soy francesa, pero mis antepasados eran alemanes. ¡Lástima que no haya podido aprender la hermosa y marcial lengua germana! ¿Me enseñaría usted alemán, John? –le preguntó en una especie de ruego a Stevens, aleteando inocentemente las pestañas.
–¿Enseñarle alemán? Sí, por qué no. Pero ahora que la veo, creo que podríamos encomendarle una misión mejor y de mayor rango. Estamos preparando un grupo de elegidas. Usted podría formar parte de ellas. ¿Le gustaría?
–¿Elegidas para qué? –preguntó Aylynt intrigada.
–Para ser las madres de la futura y mejorada raza aria que dominará el mundo, sin duda. Necesitamos sus genes arios, señorita.
Aylynt se quedó boquiabierta de la impresión. ¡Pero cómo deliraba esta gente, dios mío!
–Pero, ¡qué honor! ¡Ser una de las madres de la futura raza de superhombres! –apenas pudo balbucear Aylynt. Esperaba que Stevens creyera que era de la emoción, y no del pasmo que estaba sintiendo en ese momento.
–Señorita, en este momento debo dejar nuestra interesante conversación porque tengo un importante trabajo que realizar en colaboración con nuestro presidente, el señor Schneider. Pero tome este folleto, donde está todo explicado. Mañana puede pasarse por una de nuestras clínicas colaboradoras donde le harán los análisis genéticos correspondientes, y si salen correctos, podrá usted formar parte del grupo de madres fundadoras –hizo una leve pausa y prosiguió mirándola directamente a los ojos–. Por cierto, si por casualidad es usted una de esas activistas que aparecen por aquí de vez en cuando, intentando dejarnos al descubierto, déjeme decirle que pierde el tiempo. Tenemos afiliados en las más altas esferas, y ninguna cosa que usted haga, ya sea denuncia judicial o en los medios, llegaría nunca a nada. Y si creemos que va a hacer algo que nos pueda perjudicar, no tendremos el más mínimo reparo en hacerla desaparecer –añadió él con voz gélida.
–Me ofenden sus dudas, John –replicó ella cortante.
–Mejor que sea así. Sería una lástima perderla para la causa, señorita –repuso él, ligeramente más complaciente.
–Por cierto, John, ¿puedo preguntarle cuál es ese trabajo tan importante que va a hacer junto con nuestro presidente? –Aylynt echó el anzuelo, estaba tan pagado de sí mismo y de su organización que quizá picara, se dijo.
–El señor Schneider y yo vamos a viajar a 1945 a buscar a nuestro Führer, y traerlo a este tiempo para que dirija personalmente la guerra.
Aylynt se quedó horrorizada mirando a Stevens.
–¡Es broma, mujer! Tenemos que ir a hablar con unos banqueros, los que ponen el capital para nuestra organización. Y siempre es peliagudo, claro. Lo de ir a buscar al Führer era broma; todo el mundo sabe que no se puede viajar en el tiempo –repuso él ufano, mirándola taimadamente.
–Por eso, por eso me he quedado asombrada, porque está claro que no se puede viajar en el tiempo –pudo por fin contestar ella, con cara de circunstancias. ¡Pero bien sabía ella que sí se podía viajar en el tiempo! Ahora que se había enterado de lo que tramaban, decir que estaba aterrorizada era poco. Estaba al borde del colapso. No solo había que quitarles el TCM para que ellos mismos pudieran volver con sus hijos, sino que había que impedir por todos los medios que esa gentuza lograra su propósito. ¡Traer a ese desalmado al siglo XXI, lo que faltaba!
Aylynt siguió a Stevens hasta la puerta de la calle. Se despidió amablemente de él, y cuando vio que ya se había alejado unos metros de ella, andando por la calle, hizo un ligero movimiento de cabeza a Gonzalo que estaba en la acera de enfrente. Éste empezó a seguir disimuladamente a Stevens, calle abajo.
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 7:53 pm

Capítulo 18

John Stevens andaba tan deprisa que Gonzalo tuvo verdaderos problemas para seguirle sin llamar mucho la atención. Suerte que eran unas calles muy concurridas a esas horas, y no se notó tanto. En cinco minutos llegaron a la puerta del edificio de laboratorios de la Universidad del Sur de California, por donde desapareció Stevens.
Al poco rato, Aylynt se unió a Gonzalo, que la esperaba en la entrada. Los había seguido a mucha más distancia.
–¿Qué te ha contado? –preguntó él.
–Algo alucinante y terrorífico. ¿Recuerdas cuando te explicaba que hubo dos guerras mundiales en el siglo XX y que en la segunda, los nazis alemanes quisieron apoderarse de Europa, limpiando de paso el terreno de gitanos, judíos, españoles, polacos y demás razas inferiores según ellos? –le preguntó Aylynt.
Gonzalo asintió en silencio. La maldad de la raza humana siempre lo sobrecogía.
–Pues es una organización con esos ideales. Y para rematar la faena, Schneider y Stevens piensan ir a 1945 a buscar a Hitler y traerlo para guiar la instauración del cuarto Reich en la actualidad. ¿Cómo se te queda el cuerpo, querido? –musitó ella.
–Muchas veces me he preguntado qué haría la humanidad cuando fuera del conocimiento público lo de la posibilidad de viajar en el tiempo. A nosotros nos ha ido muy bien lo de la máquina del tiempo –añadió sonriendo. Luego volvió a ponerse serio–. Pero a la vista está que los seres humanos aún no están preparados para ello.
–Tendremos que hacer algo para evitar que el TCM sea usado después de volver nosotros –resumió ella.
–Sí –confirmó él escuetamente. De repente cayó en la cuenta–. ¿No pensarán hacer el viaje esta misma noche, ahora? –preguntó Gonzalo preocupado.
–Podría ser, pero no lo creo. Hace falta mucha práctica, como la que tenemos en Barcelona, por ejemplo, para hacer los ajustes necesarios para que el TCM funcione en otra máquina. A ellos les llevará días. Aunque probablemente estén ya en ello –miró su reloj–. Son las siete y diez. Stevens ha ido ahora porque ya no habrá nadie del laboratorio, o quizá tienen comprado a alguien del equipo.
Estuvieron unos segundos en silencio.
–Bueno, creo que ya ha debido llegar arriba. Voy a entrar yo –dijo Aylynt–. La última vez que he hablado por teléfono con Diego me ha confirmado que ha reactivado mis perfiles de iris y palma en el sistema de seguridad. Espero que después de los cinco años que hace para mí que estuve aquí, sigan siendo válidos –añadió ligeramente ansiosa–. Tú me esperas aquí, que en cuanto pueda te facilito el acceso desde el interior. El sistema “ve” si entra más de una persona, no puedo colarte a la vez que entro yo, sonaría la alarma.
–No. Esta vez me voy a buscar la vida yo solo. Me pongo muy nervioso esperándote, y no me fío un pelo de ese Stevens. ¿Y si llegas arriba y no puedes entrar en el ordenador del sistema?–replicó Gonzalo.
–Está bien, cariño, te entiendo –Aylynt le sonrió y le dio un beso rápido en la mejilla.
–Lo que me molesta es ir a cara descubierta y sin mis armas –continuó él.
–¡Ya salió Águila Roja! ¡Se me olvidaba! Esta mañana –¿cuántas horas hacía de eso, Dios mío?; echó una cuenta rápida, unas veintidós, he puesto un pasamontañas negro de Diego en la bolsa. Por si lo necesitabas –le informó Aylynt.
–¡Pobre Diego! Le estamos saqueando el armario –se sonrió él tristemente.
Gonzalo guiñó el ojo a Aylynt y echó a correr hacia un callejón que había allí al lado, a la vez que se calaba el pasamontañas. ¡Así estaba mucho mejor! Había divisado una de esas escaleras de incendios metálicas, típicas de los edificios americanos. Subiría por ella, y una vez arriba saltaría de tejado en tejado hasta llegar al edificio del laboratorio. Luego, ya vería.
Aylynt entró en el edificio por la puerta principal y subió en el ascensor hasta la segunda planta. Llegó ante la puerta con el escáner de palma, y consiguió pasar con éxito. Después había varios laboratorios. Se acercó al de la Tempus, y se quedó mirando por la pequeña ventana de cristal de la puerta. Dentro, Stevens estaba sentado, sin hacer nada, esperando. De pronto, apareció Gonzalo, le hizo un par de llaves, lo dejó inconsciente y rápidamente lo introdujo en uno de los despachos, cerrando a continuación la puerta. Aylynt se sonrió, se le caía la baba con este marido suyo. ¡Era tan maravilloso, perfecto, achuchable…! ¿Cómo había entrado tan rápidamente? Estaba en esos pensamientos cuando una voz a su lado la sobresaltó.
–¿Qué hace usted aquí?
Aylynt se giró instantáneamente y se encontró de cara con un hombre de unos cincuenta años, elegante y bien vestido.
–Y usted, ¿quién es? –la mejor defensa siempre era un ataque. No era nadie del laboratorio que ella conociera, pero no estaba segura del todo.
–Soy Gerhard Schneider, uno de los contribuyentes económicos de este laboratorio –dijo con voz autoritaria–. ¿Y usted, señorita? Aún no me ha respondido qué hace aquí.
Aylynt se lo quedó mirando con cara de suficiencia y le dijo:
–Yo trabajo aquí. He olvidado algo y he vuelto a buscarlo. Lo que no comprendo es qué hace usted aquí a estas horas. No hay nadie.
–He quedado con el director, Alfred Harrison, a las siete y media. Hemos de discutir ciertas cosas de importancia para el devenir del laboratorio.
–Pues va a tener que esperar aquí fuera el cuarto de hora que falta hasta que venga él. Yo ni debo, ni puedo dejarle acceder. Sonaría la alarma.
–Creo que no me ha entendido, señorita. Mis datos están en el sistema de seguridad y puedo acceder al laboratorio cuando quiera.
–Está bien –repuso finalmente Aylynt, dándose por vencida. Acercó su ojo al lector de iris, se abrió la puerta y entró. Schneider hizo lo mismo. Una vez dentro manifestó su extrañeza al no encontrar a Stevens.
–Lo único que puedo decirle es que espere aquí. Yo voy un momento a mi despacho, a buscar lo que he olvidado –explicó Aylynt.
La muchacha entró en el despacho donde estaba Gonzalo con Stevens, y cerró con cuidado la puerta, pasando incluso el pestillo. Se acercó rápidamente a Gonzalo y le dijo al oído:
–Ahí fuera está Schneider, el jefe de los nazis. Lleva un maletín. Está esperando a Stevens. Resulta que también está compinchado el director de aquí. ¡Desde luego, vaya par de desgraciados esos Jake y Fred! –Aylynt meneó la cabeza decepcionada.
–Intenta enterarte de lo que lleva en el maletín. Y déjame la puerta dos dedos abierta para poder controlar un poco. Si necesitas ayuda, ya sabes…, la clave.
–¿Qué hacemos con Stevens? –preguntó Aylynt.
–Voy a amordazarlo y atarlo para que no nos delate cuando se despierte.
Gonzalo se levantó el pasamontañas y besó con ternura a Aylynt en los labios. Esta le respondió con pasión. Finalmente, a regañadientes, se separaron y ella salió al encuentro del nazi.
–Señorita, todavía no me ha dicho quién es usted –dijo él con voz seca.
–Soy Dori –improvisó Aylynt el nombre de una de las componentes actuales de aquel laboratorio.
–Acabo de recibir un mensaje de Harrison en mi móvil. Dice que le ha surgido un imprevisto y que no podrá venir antes de las ocho. ¿Podría usted encender para mí la Tempus 3000? –le dijo Schneider.
Aylynt se quedó estupefacta.
–Discúlpeme, pero no sé si debo. Francamente, yo a usted no le conozco. Es cierto que ha pasado los controles de seguridad, pero… –Aylynt puso cara de circunstancias.
–Llame a su jefe y pregúntele –le dijo él, al tiempo que le ofrecía su teléfono móvil.
–Está bien, está bien –claudicó ella por fin–. De todas formas, aunque yo le ponga en marcha la Tempus, no serviría de nada; le falta una pieza imprescindible que nosotros no tenemos –añadió, echando el anzuelo–. Aquí hacemos experimentación con simuladores, pero la máquina totalmente operativa, como usted debe saber, está en Barcelona.
–Sí, ya, ya, pero enciéndala, por favor –volvió a insistir él.
Aylynt, con la práctica acumulada de los años que llevaba manejando la máquina idéntica de su laboratorio, puso en marcha la Tempus ágil y rápidamente. Schneider se quedó visiblemente sorprendido de su destreza.
–Ya la tiene encendida. ¿Qué quiere que hagamos ahora? – ella se quedó mirándole ligeramente retadora y cruzada de brazos.
El hombre estuvo pensativo durante un buen rato. Seguramente sopesaba los pros y los contras de aprovechar la oportunidad que se le presentaba. Porque a la vista estaba que aquella mujer sabía muy bien cómo iba todo. La tarde anterior, en la primera sesión que había tenido con Harrison, a este le había costado cinco minutos poner la Tempus en marcha. Y luego, en una hora, apenas había colocado el transponedor en su sitio y nada más. Tomó una decisión: usaría a la chica. Por supuesto no le contaría la misión última, traer al Führer. Y si había algún problema, siempre se la podía eliminar. Lo importante era el Plan, claro está. Lo que lo tenía alarmado era la tardanza de John. ¿Dónde estaría? Él siempre hacía gala de una proverbial puntualidad germana.
–Mire, señorita. Le voy a hacer partícipe de algo que de momento no debe salir de entre usted y yo –se la quedó mirando fríamente, amenazante.
Aylynt hizo el gesto de levantar las cejas, tratando de parecer interesada pero no demasiado.
–En este maletín está el TCM. Fue enviado ayer desde Barcelona, pero todavía no es conveniente que se sepa. Han sido mis contactos al más alto nivel los que nos han permitido traerlo –explicó Schneider.
–¡Pero si el contrato de cesión al laboratorio de allí no finaliza hasta dentro de seis meses! –exclamó Aylynt extrañada.
–Sí, pero hemos conseguido adelantar los acontecimientos.
“Claro, al insignificante precio de diez millones de dólares”, se dijo Aylynt para sí misma, enfadada.
Transcurrieron unos segundos en silencio.
–Pero, ¿qué espera? Sáquelo. ¡No tengo yo ganas ni nada de ver el trasto ese! –añadió Aylynt tratando de que la ansiedad no se le notara en exceso.
El nazi cogió el maletín, tecleó el código y lo abrió. Dentro había una pequeña cajita con otro dispositivo de seguridad. Aylynt resopló disimuladamente. Había aguantado todo aquel rollo para tratar de que el tipo abriera el maletín y evitar que ellos lo dañaran al forzarlo. Pero resultaba que había más.
Aylynt metió la cabeza en plan niña entusiasmada dentro del maletín y exclamó:
–¡Oh! ¿Y este otro sistema de seguridad?
–Es un dispositivo que solo se abre con un código de catorce dígitos –explicó un Schneider entusiasmado y con la guardia baja.
–¿Y se lo sabe usted de memoria? –preguntó Aylynt quedándose con la boca y los ojos exageradamente abiertos y los brazos en jarra.
–No, no hace falta. Lo tengo apuntado por aquí –y se echó la mano al bolsillo.
Aylynt estaba ya al borde del ataque de nervios. Si seguía dándole coba se harían las ocho y llegaría Fred, antes de que pudieran usar el TCM. Decidió arriesgarse y empezó a canturrear la canción que era la clave para que Gonzalo interviniese. Al instante se presentó el héroe, y antes de que Schneider se diera cuenta, estaba inconsciente, atado y amordazado en otro de los despachos.
Gonzalo y Aylynt se pusieron a mirar el papel donde supuestamente estaba la clave para abrir el segundo dispositivo de seguridad del TCM.
–¡Es una especie de poema, no me lo puedo creer! –dijo Gonzalo maldiciendo por lo bajo–. Teníamos que haber esperado a que lo abriera él.
–Lo siento, cariño. Me he adelantado. Es que se van a hacer las ocho, va a venir Fred y aún vamos a estar aquí –se disculpó ella con pesar.
–Es igual. No te preocupes. Vamos a resolverlo y ya está. Y si viene Fred, pues lo pondremos en otro despacho. Aún quedan cinco o seis –trató de animarla Gonzalo, mientras le sonreía con dulzura mirándola a los ojos y tomándole la cara con las manos.
Se concentraron en los “versos”, que traducidos del inglés decían:

“El Sol, la Luna y la estrella,
danzan y danzan sin cesar.
Gira, gira, la rueda de la fortuna;
los enamorados bailan al compás.
Pero sólo el loco sabe donde está.
Y el amo del mundo se hará”.


–¡Dios mío! Pero, ¿esto qué es? –exclamó Aylynt desesperada–. Vamos a tener que despertarlo y obligarle a que nos lo diga.
–¡Tranquila! Pensemos un poco. ¿Crees que será asignar un número a cada letra y luego sumarlos? –aventuró Gonzalo.
–No. Me parece demasiado complicado. Él me ha dicho que eran catorce cifras. El caso es que a mí estos nombres me suenan de algo…–dijo Aylynt.
Y al momento los dos gritaron al unísono riendo:
–¡El Tarot!
Aylynt cogió papel y bolígrafo y se puso a escribir.
–A ver, Sol, 19, Luna, 18, Estrella, 17.
–Rueda de la Fortuna, 10, los Enamorados, 6, el Loco, 0, y el Mundo, 21 –completó Gonzalo–. Si son siete figuras y catorce cifras, a los Enamorados habrá que ponerles el 06, y al Loco, el 00, ¿no?
–Es lo más lógico –coincidió ella–. El código tendría que ser: 19181710060021. ¿Y tú de qué te sabes tan bien los números de los arcanos del Tarot? –preguntó Aylynt divertida.
–¡Uy, los viajes en barco del siglo XVII no son precisamente tan rápidos como los de avión en el XXI! –repuso él riendo–. El Tarot es uno de los juegos de cartas preferidos de los marineros y piratas desde tiempos inmemoriales.
–A los nazis también les gustaba mucho todo lo esotérico y misterioso. Ni siquiera era una clave, solo ha sido una especie de recordatorio de los números.
Aylynt pulsó meticulosamente las cifras y, ¡voilà!, el dispositivo se abrió. La pareja se miró esperanzada.
Pero al momento, Aylynt cerró los ojos otra vez desmoralizada.
–Este no es el TCM –musitó con voz ronca.
–¿Qué? ¡No puede ser! Los nazis estaban totalmente convencidos de que sí lo era. ¡Míralo bien, Aylynt, por favor!
Ella lo sacó, lo sopesó y puso cara de extrañeza.
–Sé que no lo es, sin embargo, tampoco es una vulgar carcasa como la que dejó Jake en Barcelona. Pesa mucho más –se lo acercó a los ojos y lo observó atentamente. Por fin dio con la solución–. ¡Ya sé lo que es! ¿Ves estas letras tan minúsculas? Pone QST, no QMT. Quantic Space Transponder, no Quantic Master Transponder. Sirve para hacer viajes solo en el espacio, no en el espacio–tiempo, que es el que necesitamos nosotros, el Maestro, el total, el que lo hace todo. El QST fue el precursor del que utilizamos ahora. Hacía mucho que no sabíamos de él y resulta que se lo había quedado Jake, ¡cómo no!
–¡Esto es el cuento de nunca acabar! ¡Una pesadilla! –Gonzalo movió la cabeza desesperado de un lado a otro–. ¿Dónde está pues el verdadero transponedor maestro?
–El maldito de Jake nos la ha jugado a todos, a los nazis y a nosotros. Está loco, si cree que va a poder engañar a esta gente y luego irse tan tranquilamente con los millones–. Se quedó pensativa por unos instantes y entonces lo entendió todo:– ¡El TCM nunca ha salido del laboratorio de Barcelona! –concluyó Aylynt rabiosa.
–¡Pero lo registramos cuidadosamente y no estaba allí! –repuso Gonzalo.
–Pues algo no hicimos bien porque ahora estoy más convencida que nunca de que no ha salido de allí –Aylynt empezó a rememorar algunas cosas de Jake, aunque le causara repugnancia–. Una vez, no sé a cuento de qué, salió el tema de dónde esconderías algo para que no lo encontrara nadie. Y recuerdo que Jake dijo “las cosas escondidas a la vista de todo el mundo son las más difíciles de encontrar”. ¡Hay algo que me resultó muy extraño en el laboratorio, pero no lo acabo de recordar! –Aylynt hacía verdaderos esfuerzos por tratar de evocar esa idea, pero se le escapaba.
Gonzalo se puso a caminar un poco para relajar los nervios después de los últimos acontecimientos, y quedó sorprendido por una cosa que vio.
–¡Mira, Aylynt! ¡Un portátil negro con una pluma roja en la tapa! –dijo entusiasmado por la casualidad, y para romper la tensión del momento.
–¡Eso, eso es! –Aylynt chasqueó los dedos–. ¡El destornillador junto a los lápices en el bote, y el portátil nuevo de Jake! Escondió el TCM dentro del portátil nuevo. Jake es un manitas para las cosas mecánicas. Y a la vez es un obsesivo del orden de las herramientas de trabajo como sus destornilladores. Jamás le había visto dejar uno fuera de sus cajas. Tenía un destornillador junto a los bolígrafos porque lo necesitaba para abrir y cerrar el portátil nuevo. Allí dentro, camuflado como un componente más, debe estar el TCM. Si ya tiene dos portátiles casi nuevos, ¿para qué iba a querer un tercero? Eso fue lo que me sorprendió en aquel momento. ¡Tenía que haber caído entonces! ¡Lo que nos hubiéramos ahorrado!
–¿Qué hacemos ahora? –preguntó Gonzalo.
–Vámonos a Barcelona, ¿no? –dijo ella guiñándole un ojo.
–¿Podrás hacer funcionar el trasto “espacial” este? –preguntó él nuevamente animado.
–Yo creo que sí. Es como ir en bicicleta si sabes ir en moto –repuso Aylynt.
–Desconecta la seguridad de la entrada del laboratorio que voy a llevar a nuestros invitados a otro sitio. Así, aunque los encuentren, ganaremos un poco de tiempo.
Aylynt lo hizo y se abrió la puerta. Al instante, Gonzalo salió a recorrer la segunda planta buscando acomodo para Schneider y Stevens.
Ella insertó el transponedor espacial y empezó a programar el viaje. También dejó preparado el borrado de todos los datos después de efectuado. Luego llamó a Diego.
–¿Diga? –la voz dormida de su hermano la conmovió.
–Diego. Soy Aylynt. Perdóname, de verdad. Ya sé que ahí son casi las cinco de la mañana, pero te necesitamos.
–Vale, hermanita. ¿Qué ha pasado ahora? –su voz sonaba amodorrada y hastiada.
–Hemos encontrado a S&S, pero Jake nos ha engañado a todos. Les dio un transponedor espacial, no el maestro. Te llamo desde el laboratorio de la Tempus de Los Angeles. Gonzalo y yo vamos a ir al laboratorio de Barcelona ahora, creemos que el TCM debe de seguir allí. Me gustaría que fueras, tenemos algunas cosas que hablar –le explicó su hermana.
–¿A estas horas, Aylynt? Uffff…. –resopló el muchacho.
–¿Sabes que son nazis? –le dijo ella de sopetón.
–¡¿Quéee?! –Diego se despejó de golpe.
–Schneider dirige una organización neonazi. Habían comprado el TCM para viajar a 1945 y traer a Hitler al presente.
–¿Me quieres matar del susto? –aulló su hermano.
–No. Es verdad.
–¿Y qué habéis hecho con ellos?
–Ahora mismo, Gonzalo los está sacando a rastras del laboratorio, inconscientes, atados, amordazados y con los ojos vendados para dejarlos en otro sitio para despistar un poco, y ganar tiempo. Fred, el director de aquí, está al caer. También está en el ajo.
–Vale, voy para allá. ¿Necesitáis algo de casa? –preguntó Diego antes de acabar la conversación.
–Trae nuestra ropa del siglo XVII. No es imprescindible, pero mejor así. Y ves pensando qué vamos a hacer para que nadie más pueda viajar después de nosotros, Diego. Mucho me temo que surgirán otros Schneiders…
–Tienes razón, hermana, tienes toda la razón…

–¿Dónde los has dejado? –preguntó Aylynt a Gonzalo.
–En una especie de cuarto de mantenimiento que hay justo al otro extremo del pasillo. Entre que despierten y los encuentren, yo creo que pueden pasar horas. El problema es el tal Fred. ¿Cuánto falta para las ocho?
–Diez minutos.
–¿Qué pasará cuando encuentre el transponedor de los nazis colocado en la máquina? –preguntó Gonzalo preocupado.
–Supongo que acabará descubriéndolo todo cuando hable con S&S. No hay ni una docena de personas en el mundo que saben hacer lo que Schneider me ha visto hacer con la máquina. Y estamos todos bien fichados. Pero se lo voy a poner difícil. He borrado mi paso por las puertas, y desconectado y borrado las grabaciones de las cámaras de seguridad. De todas formas, tampoco van a poder decir nada a las autoridades. Ellos tienen mucho que ocultar también.
–¡El que no va a tener sitio donde correr va a ser Jake, cuando lo busquen los nazis! –repuso Gonzalo.
–Pues ahora que lo pienso mejor, no estoy tan segura. Él sabía que eso iba a ocurrir más pronto o más tarde. Debe tener algo preparado.
Aylynt señaló el habitáculo de la máquina y Gonzalo entró en él. Repasó por última vez todas las instrucciones dadas al ordenador, y finalmente, se colocó frente a su marido. Se abrazaron con fuerza. Aylynt le sonrió. Por lo menos esta vez, él iba consciente, y resultaba un placer inigualable sumergirse del todo en esa mirada tan llena de amor y vida. En esta ocasión harían el viaje con los ojos abiertos, mirándose. Suspiró.
La Tempus empezó a emitir su zumbido característico. Luego, con su visión periférica, captaron un intenso destello de luz que los envolvió. Un ligero vértigo, un chasquido y otro destello. Ya habían llegado.


Capítulo 19

Gonzalo y Aylynt se miraban embelesados. Se encontraban extasiados con su propio amor. Un amor que los unía y los convertía en un solo ser, en un solo corazón que latía al unísono.
De repente oyeron unas palmadas y unas carcajadas. Se giraron sorprendidos hacia el origen del ruido. Era Jake, riendo y aplaudiendo, desde el centro de la sala del laboratorio de Barcelona, a pocos metros de donde habían aparecido ellos. Había salido desde su despacho al oír el chasquido y notar el destello de un transponedor en uso. Al momento, su mente calculó que Aylynt y su acompañante debían venir de Los Angeles, mediante el transponedor espacial, el que le dio a Stevens. ¿Qué estaba pasando allí? Y además, Aylynt venía con un hombre, en íntima compañía. Sus enfermizos celos se pusieron a funcionar al máximo.
–¡Bravo! ¡Bravo! ¡Pero qué representación más excelsa! ¿Así que es con éste tío, con el que estás? –la voz de Jake, que había empezado irónica, terminó con una gelidez horripilante.
Aylynt se soltó de Gonzalo y encaró a su jefe.
–Sí. Y me da igual lo que pienses o digas –contestó ella con aplomo y decisión.
–Pues no debería darte igual, darling –replicó Jake saboreando malévolamente sus palabras.
–¿Me estás amenazando, estúpido ignorante, científico de pacotilla, espía de tebeo? –de forma inesperada, Aylynt empezó a destilar el resentimiento acumulado durante años–. ¡Sabemos que les vendiste el TCM a los nazis por diez millones! Pero, ¿qué digo? ¡No! ¡Les dijiste que era el TCM y les diste el TCE! ¿Qué crees que te hará Schneider cuando se de cuenta? ¡Vendrá a por ti! ¡Y te lo merecerás, por traicionarnos a todos en este laboratorio! ¿Dónde has escondido el TCM?
Los ojos de Jake fueron achicándose por el odio conforme Aylynt hablaba.
Gonzalo estaba poniéndose nervioso. ¿A dónde iría a parar todo aquello? ¿Qué debía hacer él?
–¡Qué lástima, Aylynt! ¡Hubiéramos podido ser tan felices con todo ese dinero! ¿Sabes que pensaba llevarte conmigo al Caribe? Habrías sido mi reina, my queen… –el psicópata de Jake compuso una falsa sonrisa en su rostro, y entornó los párpados al tiempo que hacía una especie de ronroneo repulsivo.
–¿Contigo? ¡Ni muerta…! –le espetó Aylynt con todo el desprecio del mundo.
–¡Tú lo has querido! ¡Si no eres mía, no serás de nadie más! –escupió él con odio.
Todo ocurrió en un segundo, en el que Gonzalo tan solo tuvo tiempo de abalanzarse sobre Jake. Pero llegó tarde… La bala de la pistola del americano ya había emprendido su certero camino impactando en el corazón de Aylynt, haciéndolo pedazos. Su cuerpo, ya sin vida, se desplomó en el suelo a la vez que Gonzalo caía sobre Jake y le rompía el cuello girándole la cabeza con rabia brusca y desesperada. Luego se volvió hacia Aylynt. Y al verla tirada en el suelo, muerta, sintió cómo se le detenía su propio corazón. Abrió la boca para chillar, pero no pudo. Luego le pareció que también se detenía el tiempo. Cayó de rodillas junto a ella y la tomó en sus brazos.
–¡¡Otra vez, no!! ¡¡Otra vez, no!!!!! –pudo por fin chillar en el paroxismo de su dolor. Sus lágrimas caían sobre la flor de sangre que había estallado en el pecho de Aylynt, y se mezclaban con ella, trazando extraños dibujos.
La mirada de Aylynt, de sorpresa, de incredulidad, asomaba todavía a sus ojos abiertos de par en par. El verde de sus iris comenzaba a perder ya su fulgor vital.
Gonzalo empezó a mecerse con Aylynt apretada contra su pecho, mientras le acariciaba el cabello. Al fondo de su mente empezaron a llegar unos sollozos, primero muy tenues, luego, cada vez más fuertes. Al abrir los ojos se encontró con la mirada de desconsuelo de Diego, de pie junto a ellos.
–¡Perdóname, Diego! ¡No he sabido protegerla, ha sido culpa mía! –susurró el héroe abatido mortalmente.
Diego se sentó en el suelo junto a su hermana y le tomó una mano. La besó. Luego, entre lágrimas, empezó a hablar con voz rota.
–¿Sabes? Hace nueve años ella se arriesgó por mí y me salvó la vida. Siempre pensé que algún día podría devolverle el favor. Pero…, ninguno de los dos hemos llegado a tiempo, Gonzalo. Lo he visto todo desde la entrada. No me lo podía creer. Me he quedado paralizado al ver la rapidez con que Jake ha metido la mano por dentro de su chaqueta, ha sacado la pistola y ha disparado.
Estuvieron unos segundos en silencio, tratando de sobrellevar su inmenso dolor, que se sumaba a su sentimiento de culpabilidad.
–Muchas veces, nos peleábamos…yo la hacía rabiar a propósito, ¡como todo hermano pequeño que se precie! –Diego sonreía y lloraba a la vez–. Pero, ¡la adoraba, la adoraba…! –Los sollozos del muchacho se intensificaron–. ¡Si se pudiese volver el tiempo atrás!
–¿Qué acabas de decir? ¡Repítelo, por favor! –dijo Gonzalo de repente, saliendo de las brumas de su suplicio.
–Que la adoraba…
–¡No, eso no, después! –exclamó Gonzalo.
–Que ojalá se pudiese volver el tiempo atrás –repuso Diego.
–¡Eso es! ¡Aylynt me explicó una vez que habían descubierto aquí, en este laboratorio, que el tiempo no es tan inmutable como nos parece! –cerró los ojos, intentando rememorar las palabras exactas que le dijo ella–. “El tejido espaciotemporal tarda en solidificarse unos minutos, catorce más o menos. En ese intervalo se puede echar el tiempo atrás de todo el planeta, poniendo el parámetro lambda a menos uno en la Tempus”.
–Pero…pero…aunque eso fuera posible, la cantidad de energía implicada no sería asumible por el sistema. ¡No habría energía suficiente en el mundo para hacer esa transformación! –replicó Diego entre esperanzado y desconcertado.
–¡No, Diego, no! También me dijo que apenas se requiere energía, porque el espacio-tiempo no está aún consolidado. En cada instante estamos en equilibrio inestable respecto al tiempo, en unos catorce minutos. Por inercia, sigue siempre hacia el futuro. Pero con un pequeño impulso, se puede volver hacia el pasado, hasta donde el tiempo aún no ha fraguado. Como cuando caminamos y estamos a mitad de un paso con el pie en alto. La tendencia es seguir hacia adelante, pero con un pequeño empujón, es fácil volver el pie atrás y desandar el paso. ¡Diego! Tú sabes cómo funciona la Tempus, ¿no?
El chico se quedó mirando a Gonzalo con la boca abierta por todo lo que acababa de oír.
–Bueno, sí… Pero habrá que hacerlo todo muy rápido, no sé si sabré, quedan pocos minutos… Hace al menos cinco que…ha pasado esto –Diego fue incapaz de verbalizar que su hermana había muerto. Luego recordó de pronto–: ¡Y no tenemos el TCM!
–Aylynt dijo que debía estar escondido en un portátil nuevo de Jake. Que había que usar un destornillador… –repuso Gonzalo, mientras dejaba cuidadosamente el cuerpo de ella en el suelo y echaba a correr hacia el despacho del americano–. ¡Ve encendiendo la máquina, Diego! ¡Y poniendo lo de lambda!
Gonzalo vio los tres portátiles sobre el escritorio y observó que uno parecía ligeramente más brillante, más nuevo. Le empezó a dar vueltas buscando tornillos. Luego cogió el destornillador del bote de los lápices, que estaba allí, efectivamente, como había dicho Aylynt, y los sacó rápidamente todos. Abrió el ordenador con cuidado y allí dentro, por fin, estaba el dichoso TCM, que tan caro les había costado. En una esquina estaban las letras QMT, verificando el hallazgo. Se parecía muchísimo al QST, pero su carcasa era de un tono más azulado. Fue corriendo hasta Diego.
–¡Aquí está el TCM! ¡Y pensar que el martes por la noche lo tuvimos delante de las narices y no lo vimos! ¡No hubiéramos llegado a esto! –la voz se le quebró al final por el dolor al recordar que Aylynt estaba muerta, y que lo que estaban intentando a la desesperada tenía muy pocas posibilidades de éxito.
Diego insertó el TCM en su sitio, después de quitar lo que Jake ponía en su lugar para disimular.
–¡Gonzalo! Alguien tendrá que meterse en el habitáculo de la máquina para recordar lo que ha pasado y saber qué es lo que hay que hacer. Si no, tan solo se repetiría otra vez todo igual. Será el único enclave espaciotemporal que no se verá afectado por la vuelta atrás. Y tú eres el único que puede detener a Jake. Pero es muy peligroso…, creo que podrías desintegrarte en la nada.
–Sin Aylynt, ya estoy desintegrado en la nada, Diego… –repuso Gonzalo con infinita tristeza.
–Bien, pues entra allí –dijo Diego. No las tenía todas consigo, ni mucho menos. Jamás había oído hablar de esta posibilidad, pero era lo único que les quedaba. Aunque cuando puso el parámetro lambda a menos uno, todo el resto de parámetros cambió cada uno a su manera, pero de forma increíblemente lógica. Comprendió que alguien había programado la máquina para esta eventualidad. ¿Había sido Aylynt? Un destello de esperanza brilló en la lejanía. ¿Sería verdad que tenían alguna probabilidad de éxito?
Cuando vio a Gonzalo correctamente colocado, pulsó el botón de inicio del proceso. Hacía doce minutos que había muerto Aylynt.
Gonzalo, de pie con los ojos entrecerrados, empezó a sentir un fuerte mareo. Luego comenzó a notar intensos dolores, como si le desgarraran las carnes. Y a su alrededor, de forma increíble empezaron a desfilar a cámara rápida y marcha atrás, todos los sucesos que habían ocurrido durante los últimos minutos.
Por instantes pensó que no iba a acabar vivo. Su cuerpo estaba siendo vapuleado por unas fuerzas gigantescas que no paraban de crecer. Hasta que de súbito, todo cesó y una especie de calma extraña y neblinosa se instaló entorno a él. A los pocos segundos, empezó a ver imágenes y oír las voces de Aylynt y Jake en plena discusión. ¡Ufff, había llegado a tiempo! Saltó al suelo y se acercó a Jake sigilosa y disimuladamente.
–“…ser tan felices con todo ese dinero! ¿Sabes que pensaba llevarte conmigo al Caribe? Habrías sido mi reina, my queen…”–Jake repetía la escena.
Gonzalo no esperó un instante más. Con una tremenda patada, le estampó brutalmente su pie en el pecho al americano, y lo tiró al suelo ya inconsciente. Luego le quitó la pistola y comprobó que no llevara más armas. Finalmente corrió junto a Aylynt, la tomó por la cintura, la levantó y riendo, empezó a dar vueltas con ella.
–¿Qué está pasando, Gonzalo? –preguntó la muchacha sonriente e intrigada.
–¡Nada! ¡Que te quiero! ¡Y soy muy feliz! –luego la besó en la boca.
–¿Por qué has hecho eso?
–¿Besarte? ¡Porque te adoro! –contestó Gonzalo alegre y risueño.
–¡No! Lo de Jake –insistió ella.
–Iba a sacar la pistola.
–No creo que hubiese llegado a usarla –repuso Aylynt.
–Yo creo que sí, cariño. Y, créeme, no podría soportar que estuvieras muerta –dijo Gonzalo.
–Pero no lo estoy, Gonzalo.
–No, no lo estás –él la tenía cogida por las manos y la miraba embobado.
–¡Qué raro estás, mi amor! –exclamó Aylynt extrañada.
Gonzalo sintió deseos de llorar de la felicidad. ¡El destino le había devuelto a Aylynt! ¡Era tan increíble! La había tenido muerta en sus brazos…Le sonrió y le acarició la cara dulcemente. Ella le tomó la mano y se la besó.
–¡Hola, tortolitos! Siento interrumpir el escenón, pero has sido tú la que me has mandado venir. ¡Y vaya madrugón, hermana! –saludó Diego medio dormido, medio despierto, entrando por la puerta del laboratorio–. ¡Anda! ¿Qué ha pasado con Jake? –preguntó al ver al americano tirado en el suelo.
–Llevaba pistola. Ha empezado a discutir con Aylynt y he preferido no correr riesgos –explicó Gonzalo escuetamente.
–Así que habéis venido en un pispás de Los Angeles. ¡Vaya cambio con el viaje de ida! Por cierto, muchos recuerdos de Silvia. Me tuvo ayer por la tarde una hora chateando explicándome tus aventuras en el aeropuerto, Gonzalo. ¡Te has ganado una fan incondicional! –dijo el chico sonriendo pícaramente.
–Dale recuerdos también de nuestra parte, cuando tengas ocasión –repuso Gonzalo.
–¡Ah! También llamó Cristina, la enfermera del hospital, para preguntar cómo estabas. Le extrañaba que no hubieras vuelto. ¡Por Dios, parezco al chico de los recados! –añadió Diego.
–¿Te comentó algo del estado de la subinspectora Fuentes? –se interesó Gonzalo.
–Pues ahora que lo dices, sí. Dijo que estaba recuperándose bastante bien.
–Me alegro por ella –asintió Gonzalo.
–También vi anoche en televisión a nuestra intrépida reportera Mónica contando la película de los hechos. ¡Qué inventiva tiene esa mujer! –Diego empezó a reír–. Pero le ha quedado una versión bastante creíble de lo que no ocurrió.
Gonzalo se sonrió al recordar a todas las chicas que había tenido ocasión de conocer estos días. Cada una a su manera, todas habían sido valientes y les habían ayudado mucho. Siempre las recordaría con cariño. Serían un buen recuerdo del siglo XXI.
Apareció Aylynt con el TCM en la mano.
–Como me imaginaba, estaba camuflado dentro del portátil nuevo de Jake –explicó.
Se quedaron los tres mirándose durante unos momentos.
–Ya os vais…–murmuró Diego.
Aylynt bajó la mirada. Finalmente se echó a sus brazos sin poderlo evitar. Diego la estrechó contra él unos instantes.
Después, Aylynt se soltó y fue a colocar el TCM en su sitio, encendió la Tempus y empezó a programar el viaje.
–Diego, cuando nos hayamos ido, deshazte del TCM y sabotea la máquina. Esto es un peligro. Ahora han sido los nazis, después será cualquier otro… La humanidad no está preparada para este regalo de la ciencia –le pidió Gonzalo.
El muchacho asintió comprensivamente.
–Creo que también podré inutilizar el transponedor espacial y la Tempus de Los Angeles –añadió.
–¡Es verdad! –se sorprendió Aylynt.– ¿Qué haríamos sin ti, que estás en todo? –le sonrió a su hermano.
Diego les entregó la bolsa con la ropa antigua, y Gonzalo y Aylynt se cambiaron y entraron en el habitáculo de la Tempus.
El chico reprimió el deseo de levantar la mano para despedirse, pero no pudo evitar que se le humedecieran los ojos. Su hermana, abrazada a su amor, le sonrió y le guiñó un ojo. Él le correspondió la sonrisa.
Un zumbido, un destello, y desaparecieron de su vista.
Se sentó a esperar. Pasó primero un minuto, luego otro…, y así hasta diez. Diego comprendió que su hermana esta vez se había ido definitivamente. Jamás volvería del siglo XVII. Si hubiera regresado, lo hubiera hecho al mismo momento de marchar, pues el transponedor secundario de la medalla del ángel, solo servía para regresar al punto de partida. Las paradojas creadas por un viaje en el tiempo eran incomprensibles para la mente humana. Los seres humanos habían creado un juguete muy peligroso que ni siquiera entendían.
Se levantó y empezó a ordenar el laboratorio. Pasó los programas de fuga por la Tempus. Cogió el TCM y se lo metió en el bolsillo de la cazadora. Recogió la ropa de Gonzalo y Aylynt y la puso en la bolsa para llevársela. Y, por último, llevó a rastras a Jake hasta su despacho, y lo dejó allí. Que se las apañara él con la que le iba a caer encima. Y se fue a casa, pues acababa de tomar la decisión más importante de su vida, y tenía mucho trabajo que hacer.

Diego estaba tomándose una cerveza, apoyado en la barra de de uno de los locales de moda en el puerto de Barcelona, en la zona del Maremágnum. A pesar de ser jueves por la noche había bastante gente. Hacía solo unas horas, aquella misma mañana a las cinco, se habían ido su hermana y su cuñado.
Llevaba toda su vida en un arduo empeño que estaba a punto de culminar. Durante varios años, Diego había liderado un grupo de hackers antisistema, conjurados para tumbar la trama del poder económico del mundo.
Con quince años hizo el primer intento, pero su mejor amigo, Javier, y el amor de su vida, Elena, murieron a manos de los “geos” que entraron a sofocar la revuelta de la comuna de hackers. A él lo salvó Aylynt, de manera sorprendente. Estuvo días sin hablarse con su hermana por haberlo rescatado. Luego comprendió que su hermana había hecho lo correcto y que él tenía una segunda oportunidad.
Aunque todo estaba preparado para que el sistema no descubriese a los miles de participantes por todo el mundo, alguien tenía que empezar el proceso, tirar la primera ficha. Y había muchas posibilidades de que lo encontraran y tomaran medidas contra él. Llegó a pensar en sacrificarse si era preciso. Pero durante la semana había visto una posibilidad totalmente insospechada: ¡se iría a vivir con Aylynt al siglo XVII! ¿No lo había invitado Gonzalo? Se sonrió y se acabó la cerveza. Una atractiva muchacha lo miraba de lejos, con insistencia. Diego meneó la cabeza. “¡Mala suerte, llegas tarde, chica!”, se dijo para sus adentros.
Salió y se acercó a la barandilla que separaba del agua. Había ido a aquel lugar a despedirse de su ciudad, de su vida, que ya nunca volvería a ser igual. También porque era un lugar concurrido, y sería más difícil que rastrearan la conexión. Sacó un móvil ilegal “limpio” sin estrenar y entró en Internet. Se quedó mirando el reflejo de las farolas en el agua, mientras sentía en el rostro la suave brisa marina.
–Por ti, Javier. Y por ti, mi amor –era cierto que el primer amor no se olvidaba nunca. Además en su caso había sido el único. Elena, pequeña y dicharachera, la más valiente…su Elena.
Pulsó la pantalla táctil del móvil. En una hora, cientos de miles de troyanos insertados en todos los puntos del sistema comenzarían su trabajo, cambiando, borrando y transfiriendo datos.
Le sacó la batería y la tarjeta SIM al móvil y lo lanzó al agua. Luego se dirigió a la estación de metro y subió en uno. Hizo un par de transbordos y al cabo de media hora salió frente al laboratorio de la Tempus. En un contenedor que encontró de paso, tiró la batería y la SIM.
Una vez arriba, comprobó que no había nadie. Había hablado a mediodía con Claudia para decirle que su hermana se había ido unos días de viaje, y ella le había explicado que estaban muy preocupados porque Jake y el TCM habían desaparecido.
Instaló el programa que media hora después de marchar él, sabotearía de manera definitiva tanto las Tempus como los transponedores, destruyendo algunos de sus componentes. Luego programó su viaje. Había grabado las coordenadas espaciotemporales aquella misma mañana, justo cuando se habían ido ellos.
Entró en el habitáculo de la máquina.
Escuchó un zumbido y vio un destello.




Epílogo


Gonzalo y Aylynt miraron a su alrededor, al principio con recelo. Pero cuando vieron que estaban realmente donde querían, en su dormitorio, estallaron en gritos sofocados de alegría. Ella se abalanzó sobre la cuna de Andrés. Estaba exactamente igual que lo había dejado. Al fin y al cabo, para el pequeño sólo habían transcurrido unos segundos. Aylynt lo estrechó contra su pecho llorando de la alegría. Gonzalo los abarcó a los dos con sus fuertes brazos, y no pudo evitar derramar alguna lágrima también.
De repente, un destello conocido surgió en la habitación otra vez.
Y apareció Diego, sonriente, guiñándole un ojo a su hermana. Esta, loca de contento se tiró a sus brazos, llevando aún a Andrés con ella.
–Pero…, pero… ¿qué haces tú aquí? –balbuceó Aylynt.
–¿Colaría si te dijera que he venido a conocer a mi sobrino? –dijo un risueño Diego.
–¡Dime la verdad, que te conozco…! ¿Qué has hecho esta vez?–le conminó su hermana riendo.
–Digamos que… he hecho saltar la banca –explicó el muchacho concisamente.
–¡Y has venido a esconderte aquí! –Aylynt meneó la cabeza. Luego se lo quedó mirando con dulzura :– ¡Bienvenido al siglo XVII, Diego!
Gonzalo le palmeó la espalda.
–¡Algo me decía a mí que acabarías viniendo con nosotros, cuñado!

Aylynt se quedó mirando a los tres hombres de su vida con el corazón henchido de gozo.
¿Se podía ser más feliz?

Fin



Con cariño, dedico este relato a todas las compañeras del foro de aguilarojafans.com, que con su aliento y su apoyo han conseguido que lo llevara a cabo. Sin ellas no hubiera sido posible.
¡Vivan las hermanas de la Vega!
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Aylynt
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA

Mensajepor Aylynt » Mié Abr 27, 2011 8:41 pm

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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA (COMPLETO)

Mensajepor moli » Mié Abr 27, 2011 10:22 pm

Yo no se como te lo pasatias tu, pero entre el audi...la mottaco... el amott en el siglo XVII, la historia contada de tu mano, con ese ingenio, con esa manera de sorprender, con ses tacto, con ese de todo ( me parezco a Jose Luis Moreno leches) vamos,q ue me tienes embobaica perdida, jamia, una vez lei un libro de un viaje en el tiempo, no recuerdo su nombre, pero era bastante CHENCHUAL, y la moza viajaba a Escocia con unos abueletes, alli conoce a su amor... en una cueva, era del siglo la tana...en fin, era entretenido, pero más le hubiera valido a la autora haber contado contigo nena, porque lo tuyo es arte y no los toros.
Gracias por los buenos ratos que me has hecho pasar.

PD. Tu te has divertido, yo aun me estoy encogiendo de amor y sorpresa, y sobre todo de la risa, que me veia alli a SIlvia con el Rusosqui... 8-) 41beber 41beber a la de España directo, a la otra, a tal y a cual, y no he parado de reirme joiaaaaaaaaaaaa :lol: :lol: :lol: :lol:
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA (COMPLETO)

Mensajepor Aylynt » Jue Abr 28, 2011 4:31 pm

¡Moli! ¿Ya te has leido la segunda parte también? 2hx64b6 Ojiplática me están dejando a mí, jamía. Pues nada, me alegro mucho de haber provocado en ti, amor, sorpresa, risa, jejeje
Un besito guapa 55o4mf
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA (COMPLETO)

Mensajepor Sherezade » Vie Abr 29, 2011 1:39 pm

Seño... queridísima Hermana de la Vega... te lo dije una vez, y te lo repito De mayor, quiero escribir cómo tú. Transmitir tanto y de una manera tan completa.
Reeler las aventuras de ida y vuelta de Ayly, ha sido reentrar en un mundo en el que me he visto absorvida, dónde he olvidado... dónde he acabado sentada al borde del asiento, aferrando el libro electrónico, no sea que las palabras se me perdieran o me quedara sin batería en el momento justo... ¡he vuelto a sentir el acongoje ! por esas heridas en uno y otro... he vuelto a suspirar y a sonreír con la lagrimilla colgando por los dos finales ... Y con tu permiso, me uno al grito final:

[font=verdana][/font]

Gracias, por compartir tamaño arte con todas nosotras. ¡Guapa!

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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA (COMPLETO)

Mensajepor Aylynt » Vie Abr 29, 2011 3:00 pm

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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA (COMPLETO)

Mensajepor moli » Vie Abr 29, 2011 5:40 pm

Hip, Hip, Urraaa, que vivan las hermanas de la Vega, y la madre que las parioooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

Grande, eres grande y muy grande :P
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA (COMPLETO)

Mensajepor bgots » Vie Mar 02, 2012 8:08 pm

ImagenImagenImagenImagen..... acabo de terminar de leerme el relato entero... que conste q son lágrimas de emoción, ME HA ENCANTADOOOOO, AYLYNT!!! toy totalmente embuclá con toda la historia.... Confío algún día tener el gran honor de conocer a Aylynt de la Vega en persona... y compañía... Imagen Imagen Imagen Imagen Imagen
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Re: LAS AVENTURAS DE AYLYNT DE LA VEGA (COMPLETO)

Mensajepor Aylynt » Sab Mar 03, 2012 5:15 pm

Me alegro mucho, Bgots de que te haya encantado. Imagen Imagen
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